Capítulo 3
Le he dicho que vuelva el jueves, y llevo desde entonces intentando averiguar por qué.
No es una pregunta ociosa. En mi oficio, las decisiones que uno toma sin saber por qué las ha tomado son la grieta por la que se cuela el desastre.
Un patrón que actúa por impulso está, tarde o temprano, muerto o arruinado, y yo llevo diez años sin permitirme ni lo uno ni lo otro.
Así que me siento a mi escritorio el miércoles por la noche, con el almacén vacío y una sola lámpara encendida, y me someto al mismo interrogatorio al que sometería a un hombre sospechoso de haberme mentido.
¿Por qué le he dicho al conde de los libros que vuelva?
La respuesta razonable sería que aún le quedan manuscritos por reclamar entre mis cajas, y que despacharlos de una vez es más limpio que tenerlo apareciendo cada semana.
La respuesta razonable tiene, para mi disgusto, un solo defecto: no es cierta.
Los manuscritos de Holloway que había en mi depósito los sacamos ayer.
No queda ni uno. El conde no tiene, mañana, ninguna razón bibliográfica para cruzar esa puerta, y aun así le he dicho que la cruce, y le he dado un día concreto, como si lo esperase.
Repaso las otras posibilidades con el mismo rigor, una a una, como descarto sospechosos.
¿Lo he invitado para vigilarlo mejor, por si es más de lo que aparenta?
No: si sospechara de él, no lo querría en mi despacho, lo querría seguido por dos hombres a distancia.
¿Por vanidad, porque me gusta que alguien admire mi trabajo?
Tampoco: llevo diez años sin necesitar que nadie admire nada de lo mío, y la costumbre no se pierde en una semana.
Voy tachando motivos hasta que no queda ninguno de los que sé nombrar, y me quedo con el único que no sé, que es el más peligroso de todos, porque un motivo sin nombre no se puede controlar.
Apago la lámpara sin haber resuelto el interrogatorio. Es la primera noche en mucho tiempo que me voy a dormir con una pregunta abierta sobre mí misma, y descubro que no me gusta el sabor que deja.
El jueves llega, y el conde con él, puntual a una cita que ninguno de los dos ha fijado con palabras.
Trae libros. No los que yo pudiera haberle guardado, porque no le he guardado ninguno: trae los suyos, cuatro volúmenes que sostiene contra el pecho con el cuidado de quien carga algo vivo.
Los deja sobre mi escritorio, uno a uno, y los alinea con una precisión que reconozco, porque es la mía: la de quien no soporta ver dos cosas colocadas al azar cuando podrían estar colocadas bien.
—No le he pedido libros —observo.
—Lo sé. —Se quita el sombrero, lo deja en el borde de una caja, y esta vez el hombre que la semana pasada lo miró como una impertinencia ya no está para mirarlo—.
Estos los traigo yo. Verá, aquella tarde, buscando mi tratado de rutas, tropecé con algo que me tuvo despierto media noche.
Su almacén está lleno de mercancía que llega del continente, y la mercancía viaja por rutas, y las rutas del comercio de hoy son, en su esqueleto, las mismas que se dibujaron hace tres siglos.
Se me ocurrió que tal vez le interesara verlas. He traído lo que tengo sobre el asunto.
—¿Y cómo sabe que me interesan las rutas? —No es una pregunta inocente. En mi mundo, un hombre que averigua lo que te interesa lo hace para venderte algo o para usarlo en tu contra.
—No lo sé —admite, y parece sorprenderle que yo espere que lo sepa—.
Lo he supuesto. Un almacén ordenado como el suyo lo dirige alguien a quien le importan las rutas, entre otras muchas cosas.
Si me he equivocado, me llevo los libros y le pido disculpas por el atrevimiento.
No pierde usted nada por mirarlos; ese es el encanto de un libro frente a casi todo lo demás que le traen a este escritorio: no obliga a nada.
Es, de nuevo, la respuesta que no encaja. La correcta a mi pregunta era una mentira tranquilizadora. Él ha dado la verdad incómoda —«lo he supuesto»— y ha añadido una salida para mí, no para él. Nadie me ofrece salidas. En mi mundo, las salidas se cierran; no se regalan.
Abro el primero por curiosidad, que es un defecto que finjo no tener.
Es un tratado de navegación báltica del siglo XVII, en un latín que no leo con soltura.
Y en los márgenes, en una letra pequeña, apretada y ordenada, hay anotaciones.
Suyas. Traducciones de los pasajes difíciles, correcciones a las distancias que el autor calculó mal, flechas que conectan un párrafo con otro que lo contradice cien páginas más adelante.
El libro entero es una conversación que un hombre ha mantenido a solas con un muerto de hace doscientos años, y me la está enseñando a mí igual que quien enseña algo íntimo sin darse cuenta de que lo es.
También yo anoto los márgenes de mis libros de cuentas, con una letra igual de pequeña y por una razón parecida: para que la información viva pegada al sitio exacto donde va a servir.
Nunca pensé que ese hábito fuera otra cosa que eficiencia.
Ahora, viendo los suyos, me pregunto si no será además algo más: la manera que tiene la gente que no habla mucho de sostener, a pesar de todo, una conversación.
La mía es con cuentas de contrabando; la suya, con muertos que dibujaban mapas.
No somos tan distintos como el resto del mundo daría por hecho, y la idea, que debería reconfortarme, me inquieta, porque parecerse a alguien es la primera grieta por la que ese alguien se te cuela dentro.
Paso las páginas despacio. Más despacio de lo necesario.
—Ha anotado usted un libro que vale más que la casa de un caballero —digo.
—Un libro sin anotar es solo papel caro. —Lo dice sin dramatismo, como una obviedad—. Un libro anotado es dos mentes trabajando en el mismo problema. Prefiero la segunda cosa, aunque baje su valor de reventa. No compro libros para venderlos. Los compro para discutir con ellos.
Nadie ha traído nunca material no solicitado a este escritorio.
Lo pienso mientras paso otra página, y mido el peso exacto de la frase.
La gente trae a este despacho tres cosas: deudas que pagar, favores que pedir, información que vender.
Cada una de las tres es una transacción, y en cada transacción sé de antemano qué quiere de mí el que la inicia.
El conde ha traído una cuarta cosa que no tiene casilla: ha traído algo que le importa, sin pedir nada a cambio, solo porque ha pensado que a mí podría importarme también.
Es un gesto tan ajeno a mi mundo que tardo en reconocerlo, y cuando lo reconozco, no sé qué hacer con él, que es el problema recurrente que este hombre me plantea.
—Siéntate —digo.
Lo digo sin el «usted». Lo noto en el instante en que la palabra ya ha salido y no puede recogerse, y noto también que él lo nota, porque hay un cambio mínimo en su cara, la clase de cambio que yo cazaría en cualquier otro y archivaría, y que en él me limito a registrar sin saber en qué columna ponerlo.
He tuteado a este hombre antes de decidir tutearlo.
Es la segunda decisión en dos días que tomo sin haberla autorizado.
Se sienta. En la silla de siempre, la que no ofrezco nunca. Y por vez primera desde que la puse ahí, la silla no parece una prueba ni una trampa. Parece una silla, sin más, con un hombre encima leyéndome un margen.
—Esta ruta de aquí —dice, girando el libro hacia mí y señalando una línea de tinta desvaída— la cerraron en 1652 por los piratas del canal.
Los mercaderes la sustituyeron por esta otra, más larga y más cara, aunque más segura.
Trescientos años después, sospecho, sus barcos siguen prefiriendo la segunda sin que nadie recuerde ya por qué.
Las costumbres del comercio sobreviven a las razones que las crearon.
Es una de las cosas más melancólicas que conozco, y una de las más útiles: si uno encuentra la razón olvidada, a veces encuentra también una ruta que todos han dejado de vigilar.
Lo miro. Acaba de describir, sin saberlo, la médula exacta de mi trabajo: encontrar lo que todos han dejado de vigilar.
Lo ha descrito mejor de lo que yo lo describiría, y lo ha hecho hablando de piratas muertos hace tres siglos, con la inocencia de quien no sabe que le está entregando a una contrabandista un mapa.
—¿Qué ruta sustituyó a la del canal? —pregunto, y me oigo, y veo que la pregunta no es una cortesía.
Quiero saberlo. Hay, ahora mismo, en mi cabeza, una parte de mí calculando si una ruta abandonada en 1652 podría estar hoy tan olvidada como para pasar por ella sin que ningún inspector recuerde que existe.
—Ah. —Sonríe, y la sonrisa es de un placer limpio, el del que ha encontrado a alguien que quiere seguir hablando de lo que a él le apasiona—.
Esa es una buena pregunta. La mejor que me han hecho sobre este libro.
Depende de la estación; la ruta de invierno y la de verano no coincidían.
¿Le importa que se lo explique con calma? Es más largo de lo que parece.
—Tengo tiempo —miento, porque no lo tengo, porque a esta hora debería estar revisando el cargamento de sedas de Cantón y calculando cuánto va a robarme el capitán borracho.
—La de invierno bajaba pegada a la costa —empieza—, porque el hielo empujaba los témpanos mar adentro y la orilla quedaba, por paradoja, más despejada.
La de verano hacía lo contrario: se alejaba de tierra para esquivar los bancos de arena que las tormentas de primavera movían de sitio cada año.
El mismo destino, dos caminos opuestos, según el mes.
—¿Y quién vigilaba cada uno?
Levanta la vista, y hay en sus ojos un destello de sorpresa agradable, como si la pregunta le confirmara algo que sospechaba de mí.
—Es usted la primera persona que pregunta eso.
Todos preguntan por dónde iban los barcos.
Nadie pregunta quién los miraba pasar. —Sigue con el dedo una nota al margen—.
La ruta de invierno la controlaba la Liga desde sus puertos del norte.
La de verano quedaba en tierra de nadie durante semanas, entre el deshielo y el primer convoy.
Un mes al año, más o menos, esa agua no era de nadie.
Un mes al año no era de nadie. Guardo el dato donde guardo los que valen oro, y me obligo a que no se me note en la cara, aunque sospecho que a este hombre, que no cataloga amenazas y sí todo lo demás, algo se le escapa de todas formas.
—¿Por qué le importa? —pregunto, y la pregunta sale más personal de lo que pretendía—. Son barcos muertos, milord. Rutas que nadie recorre desde hace trescientos años. ¿Qué gana usted sabiéndolo?
Lo considera con seriedad, como considera todo.
—Nada. Es la respuesta que decepciona a todo el mundo, así que suelo callármela.
No gano nada. No hay premio al final del tratado, ni fortuna, ni cargo.
—Se encoge de hombros—. Me importa porque alguien vivió pensando en esto, lo escribió con cuidado, y luego el mundo lo olvidó.
Me parece una descortesía dejar que siga olvidado si yo puedo evitarlo.
Es como visitar una tumba que ya no visita nadie.
No sirve para nada. Y aun así, alguien debería.
No tengo respuesta para eso. No porque me falte, sino porque la única que tengo —que en mi mundo nadie hace nada que no sirva para nada— acaba de sonar, dentro de mi cabeza, más pobre de lo que sonaba ayer.
Me quedo con el codo apoyado en un tratado que vale una fortuna, escuchando a un conde hablar de agua que fue de nadie, con la extraña, inédita, incómoda sensación de no querer que termine.
Wren asoma a media tarde, ve la escena —la señorita inclinada sobre un libro junto a un lord con gafas, los dos hablando de barcos— y se retira sin hacer ruido, con la cara de quien acaba de presenciar algo que no va a saber cómo contarle a los demás.
Lo registro. Sé de sobra el rumor que va a correr esta noche por el almacén.
Y, por una vez, decido no cortarlo antes de que nazca, lo cual es, ya van tres, la tercera cosa que hago esta semana sin permiso de la mujer que creía ser.