La estratega y el conde (Deveran 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Un problema que no se resuelve se estudia. Es la regla que me ha mantenido viva, y a la mañana siguiente de que el conde me dejara sin respuesta, la aplico al único problema que se me ha resistido en diez años, que resulta ser él.

No he dormido. Lo anoto con alarma clínica, porque yo duermo siempre, incluso la noche antes de una operación que puede salir mal; el sueño es una disciplina como cualquier otra, y llevo diez años sin conceder que una preocupación me lo quite.

Anoche me lo quitó una pregunta de cinco palabras.

«¿Por qué soy la excepción?» La he oído repetirse en la oscuridad con la insistencia de una gotera, y cada vez que me acercaba a la respuesta, la mente se me apartaba de ella con el reflejo con que la mano se aparta del fuego: la certeza corporal de que tocar eso quema.

De modo que hago lo que hace un general que no puede tomar una posición de frente: la rodeo.

Si no puedo contestar por qué lo protejo, contestaré primero quién es, y quizá la segunda respuesta me entregue la primera sin obligarme a mirarla a los ojos.

Lo abordo como abordo cualquier amenaza que no logro clasificar: reuniendo datos hasta que el cuadro se completa y la decisión se vuelve obvia.

Si no consigo responder por qué protejo a este hombre en lugar de eliminarlo, entonces me falta información, y la falta de información se corrige del único modo que conozco.

Mando llamar a Dawes, que es el hombre de Marcus que mejor sigue a la gente sin que la gente lo note, y le encargo lo que debí encargarle semanas atrás en lugar de dejar que lo hiciera mi hermano a lo bruto.

Hay un alivio genuino en dar esta orden.

Mientras Dawes investiga, el conde deja de ser una pregunta sin respuesta y pasa a ser un expediente en curso, y los expedientes en curso no quitan el sueño: se esperan.

He recuperado, por unos días, la ilusión del control.

Me digo que, cuando la carpeta llegue con la grieta —el juego secreto, la deuda oculta, la querida en algún barrio discreto—, el conde se derrumbará hasta el tamaño de los demás hombres, manejable y previsible, y podré por fin archivarlo y dormir.

Me lo digo con tanta convicción que casi me lo creo.

—Todo sobre el conde de Casworth —le digo—.

No lo que ya sabemos, que está limpio. Lo que hay debajo de estar limpio.

Quiero sus deudas ocultas, si las tiene.

Quiero saber a quién le debe favores, quién le debe favores a él, qué vicio esconde, qué ambición no confiesa.

Nadie llega a los treinta y un años sin una grieta, Dawes. Encuéntrame la suya.

Dawes, que es hombre de pocas palabras y ninguna pregunta, asiente y desaparece.

Y yo me quedo más tranquila, porque he convertido la inquietud en tarea, que es lo que sé hacer con la inquietud, y espero el informe con la certeza serena de que traerá la grieta que lo explica todo.

La traerá. Siempre la traen. El vicio, la deuda, la ambición: uno de los tres, o los tres, sostienen a cada hombre que he conocido.

Cuando sepa cuál sostiene al conde, sabré cómo manejarlo, y cuando sepa cómo manejarlo, dejará de quitarme el sueño, porque lo que se maneja no da miedo.

Dawes tarda cinco días. Cuando vuelve, trae una carpeta más fina de lo que una investigación así debería producir, y una expresión que no le había visto: la del sabueso que ha perdido un rastro que estaba seguro de tener.

—¿Y bien? —Extiendo la mano hacia la carpeta.

—Es que no hay bien ni mal, señorita. —Dawes se rasca la mandíbula—.

Hay... nada. He mirado donde miro siempre.

Las mesas de juego: no juega. Las casas discretas: no las pisa.

Los prestamistas: no le deben ni les debe; paga al contado y no fía.

Pregunté por vicios en su servicio, que es donde salen los trapos sucios de un caballero, y su servicio lo adora, que es peor que si lo temiera, porque el servicio que teme miente y el que adora no tiene nada que ocultar.

—Deja la carpeta en la mesa como si le pesara su ligereza—.

El hombre gasta su fortuna en libros y en pagarles bien a los que le buscan libros.

Da limosna sin que nadie se entere, lo cual descubrí de casualidad.

Y su única extravagancia conocida es un invernadero donde cultiva plantas que, según el jardinero, no sirven ni para comer ni para adornar.

Las cultiva por... —Dawes busca la palabra, la encuentra, la pronuncia con desconfianza— curiosidad.

—¿Enemigos? —pruebo, porque un hombre sin vicios puede tener, al menos, quien lo odie, y a quien odia se le compra—. Alguien tiene que quererle mal. Con esa lengua suya y ese título que no usa, habrá ofendido a media aristocracia sin darse cuenta.

—Ofender, ofende —concede Dawes—. Lo tienen por raro, por descortés a su manera distraída.

Le hacen el vacío en los clubes. Odiarlo, con ganas de hacerle daño...

—Niega con la cabeza—. Para odiar a un hombre con ganas hay que envidiarle algo, señorita, y nadie envidia a un conde que prefiere un herbario a un baile.

Lo desprecian. No es igual. Del desprecio no sale un enemigo útil.

—Alguien a quien le importe, entonces. Una mujer. Una familia.

—Huérfano, sin hermanos, soltero. Una tía abuela muerta que le dejó el título. —Dawes hace una pausa—. Está solo, señorita. Solo del todo. Es lo único que se le puede reprochar, y no es un vicio ni una deuda. Es una vida pequeña y limpia que a él, por lo que se ve, le basta.

—Todo el mundo esconde algo —insisto, y oigo, con fastidio, que repito la frase por segunda vez en una semana, como el que reza un padrenuestro en el que ha dejado de creer.

—Puede. —Dawes se encoge de hombros—. Si este esconde algo, señorita, lo esconde mejor que nadie que yo haya seguido, y llevo veinte años en esto.

Aunque le diré lo que pienso, ya que me paga por pensar además de por mirar.

—Baja la voz—. Yo no creo que esconda nada.

Creo que hay hombres, muy pocos, a los que la vida les fue tan bien de puertas adentro que nunca aprendieron a necesitar lo que necesitamos los demás.

No es que oculte su hambre: es que no la tiene.

Y un hombre sin hambre, con todos mis respetos, es la única clase de hombre que no sé cómo agarrar.

Despido a Dawes. Me quedo con la carpeta fina entre las manos, y la abro, y la leo entera, dos veces, buscando entre líneas lo que él no supo ver.

No lo encuentro, porque no está. Dawes tiene razón.

El conde de Casworth es, tal como dijo Isolde, tal como se empeña en demostrarme cada jueves, justo lo que parece.

Y aquí, sola, con la carpeta que ha fracasado en darme lo que necesitaba, me obligo por fin a hacer el inventario que llevo semanas aplazando. Lo hago como lo hago todo: por columnas, sin piedad, sin permitirme el consuelo de mentirme, porque mentirse es el lujo que antes conduce a la ruina.

Primera columna: ¿me teme? No. Y no por valor temerario, sino porque el miedo, en él, no llega siquiera a encenderse; entró en un almacén de hombres armados y les ofreció té. Un hombre que no me teme es un hombre al que no puedo controlar por la vía que uso con todos los demás, que es el miedo.

Segunda columna: ¿tiene una agenda? No. Dawes lo confirma, Isolde lo confirma, cinco semanas de jueves lo confirman.

No quiere mi dinero, ni mis rutas, ni mi protección, ni mi cama, ni mi nombre.

Un hombre sin agenda es un hombre al que no puedo comprar, porque no sé qué precio ponerle a algo que no desea nada.

Tercera columna: ¿intenta usarme? No. Sabe lo que soy, sabe lo que hago, conoce uno de mis métodos, y no ha movido un dedo para aprovecharlo.

Un hombre que no me usa es un hombre al que no puedo predecir, porque toda mi capacidad de predecir a la gente se apoya en saber qué quiere sacar, y él no quiere sacar nada.

Miro las tres columnas. Tres «no». Tres barrotes rotos de la jaula con la que sujeto al mundo. Ni miedo, ni agenda, ni uso: los tres resortes con que manejo a cada persona que cruza esa puerta, y los tres inservibles con este hombre.

Lo he intentado con los tres, sin darme cuenta de que lo intentaba.

Le he tendido el miedo —le recordé que en este muelle los errores se pagan— y lo recibió como quien recibe el aviso de que va a llover.

Le he tendido el desprecio, la frialdad, el silencio, todas mis maneras de empujar lejos a alguien, y las ha cruzado como si fueran cortinas y no muros.

No se le puede echar. Lo he probado. Es como intentar cerrarle la puerta al aire.

Es la primera persona en diez años que se acerca a mí desnuda de los tres motores que me permiten manejar a la gente, y eso debería aterrarme, porque un hombre al que no puedo manejar es, por definición, el más peligroso de todos.

Hago la prueba que zanjaría el asunto. Llamo a Pell —lo llamo de verdad, no en mi cabeza como la otra vez—, y Pell asoma, y abro la boca para decir las cuatro palabras que resolverían el problema de raíz, «si el conde vuelve, no está», las mismas que aplacé hace una semana.

Están ahí. Las tengo en la lengua. Pell espera, atento, dispuesto a ejecutar lo que le ordene, como siempre.

—Nada —le digo—. Me he equivocado. Vete.

Pell se va, perplejo, y me quedo con las cuatro palabras pudriéndose sin decir, y con la evidencia ya incontestable de que no es que aplace la orden: es que soy incapaz de darla.

Aplazar es una decisión. Esto es otra cosa.

Esto es descubrir que un músculo que siempre te obedeció, de pronto, ante una orden concreta, no responde.

Debería aterrarme. Y en la casilla donde debería escribir «amenaza máxima», mi propia mano, la que no ha temblado en diez años, escribe otra cosa.

Escribe: «Requiere observación adicional».

Me quedo mirando las tres palabras. Sé lo que significan.

Sé que «requiere observación adicional» es lo que escribe una mujer que quiere seguir viéndolo y no se atreve a poner por qué.

Sé que es un eufemismo, una cobardía con letra bonita, la clase de mentira administrativa que yo detecto en un instante cuando la usan conmigo.

Lo sé todo, con la lucidez insoportable de quien se ve engañarse en tiempo real.

Y no lo corrijo.

Dejo la frase donde está, en su casilla, cobarde y falsa y mía, y cierro la carpeta sobre ella como se cierra una puerta sobre una habitación que uno no está listo para ordenar.

Mañana, me digo. Mañana tacharé «requiere observación adicional» y escribiré la palabra verdadera, la que Isolde ya pronunció por mí en un salón y yo me negué a oír.

La palabra no es complicada. Tiene menos letras que «contrabando» y muchas menos que «represalia», que son palabras que escribo sin pestañear.

La conozco desde niña; se la vi a mi madre, las pocas veces que la sorprendí mirando a mi padre antes de que él desapareciera, y decidí, junto a su tumba, que era una palabra para otras mujeres, para las que podían permitirse el lujo de necesitar a alguien.

Yo no podía. Una mujer que dirige lo que yo dirijo no puede tener un flanco con nombre propio.

Y aquí estoy, a los treinta años, mirando ese flanco tomar la forma de un conde que colecciona rutas muertas, y descubriendo que la palabra que decidí no usar jamás llevaba todo este tiempo esperándome, paciente.

Mañana. Es la misma palabra con la que aplacé, la semana pasada, la orden de cerrarle la puerta. Empiezo a acumular mañanas como otros acumulan deudas, y sé, porque de deudas entiendo, que todas las mañanas aplazadas se cobran juntas el mismo día, y que ese día suele llegar sin avisar.