La estirpe de Mitra Capítulo 54 #2
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Capítulo 54 #2

Brandt enmudeció al ver a una joven con una daga en la boca trepando por las inmensas alas de la escultura de Aión mientras agarraba de nuevo por el pecho al cadavérico compañero.

Sarah había saltado desde el tramo de escalinata donde estaba y había tomado el camino más corto para llegar hasta la cabeza de león del glorioso dios que ocupaba toda la cueva.

El dolor del brazo parecía haber quedado guardado en algún lugar que luego sería molesto, pero ahora, el único objetivo era alcanzar al tipo obeso que corría pesadamente por las escalinatas hacia la pasarela metálica que había cerca de la cúpula.

Desde las rodillas del escultural dios saltó a una de las alas laterales y, haciendo fuerza con las manos para no resbalar por la superficie pulida, consiguió apoyar los pies en unas arrugas de la cintura. Aseguró bien las manos y se impulsó dando un bote hasta los hombros de Aión.

Pero allí no encontró dónde agarrarse y las manos empezaron a resbalar.

Notó que el cuerpo se le vencía hacia el vacío y se le hizo un nudo en el estómago.

Pero, como un felino que camina por una cornisa, giró la cabeza un momento y vio que la escalinata pasaba cerca en ese tramo; así que, en vez de intentar buscar dónde agarrarse en el torso o la espalda de la escultura, empujó las piernas como un resorte contra Aión y salió impulsada hasta la escalinata.

Quedó colgada del borde de los peldaños y, rápidamente, subió a ella.

Ahora le separaban solo unos metros de la entrada a la cueva y de la pasarela. Tocaba correr.

Brandt, que no daba crédito a la habilidad que acababa de demostrar esa mujer, seguía agarrando a Skylos por la túnica dispuesto a terminar con él antes de que el ahrunio empezara a soltar sus vapores mortales.

Los dos estaban agotados, no solo del esfuerzo de la breve pelea que los había ocupado los últimos minutos, sino también agotados el uno del otro, de la falta de confianza de uno, del exceso de misticismo del otro.

Las máscaras se habían quebrado y ahora solo eran ellos mismos mirándose a la cara.

—¡Bernhard!

Alguien gritó su nombre a sus espaldas. Era Evelyn que subía con Samuel sujeto por el brazo.

—¡Suéltalo, Bernhard! —exclamó Evelyn, acortando la distancia—. ¡Ese hombre al que tienes agarrado no es quién crees! ¡Skylos es una farsa!

Brandt ni siquiera pestañeó, pero la tensión en sus brazos delató el latigazo de la duda. Mantuvo los nudillos apretados en la tela, clavando una mirada gélida en su compañero.

—¿De qué estás hablando, Evelyn? —masculló sin soltarlo.

—¡Es Franklin Harrington! —reveló Evelyn con voz firme—. El verdadero heredero de la casa de subastas Harrington su otro objetivo había funcionado: esos segundos de distracción habían bastado para que Sarah alcanzara la pasarela a tiempo.

El tintineo de las cadenas metálicas alertó a la bestia, que se giró para ver a la pelirroja justo detrás de ella.

—¡Ni te acerques! —le amenazó.

Sarah se quitó el puñal de la boca y dio un paso al frente. Sus ojos eran los de una felina dispuesta a cazar.

—¡No te tengo miedo, sucia inglesa! ¡No eres nada para el Escorpión!

—¿Qué vas a hacer Giorgio? —la voz de Brandt resonó en el aire como si fuera el mismo Aión el que hablara—. Solo la Serpiente conoce la clave. ¿Cómo vas a iniciar tú la siguiente fase?

—¡Como sea necesario! ¡Por Mitra!

Giorgio le dio la espalda a Sarah y con un gesto rápido puso las manos alrededor de la Clavis para moverla. Evelyn levantó el brazo en un intento absurdo de querer parar algo que iba a ocurrir a más de veinte metros de ella. Abrió la boca para gritar un no, que se quedó atrapado en la garganta.

Las manos del Escorpión quedaron atrapadas en el borde de la Clavis . La concentración de luz con el calor que desprendían las gemas incrustadas, convertía el metal en fuego puro. Era tan fuerte ese calor, que las mangas de la túnica del Escorpión acabaron prendiendo.

Agarrado a la pieza, sin poder soltarse, Giorgio empezó a chillar como un animal asustado y moribundo, viendo como el fuego de sus telas iba avanzando y lo cubría por completo.

Haciendo un esfuerzo final, y encendido como una bola gigante en llamas, estiró con fuerza, hasta que la piel de sus manos se rompió. Del tirón, pisó en falso y acabó precipitándose al vacío de la cueva.

El escorpión aún chillaba cuando cayó ardiendo al lado del cuerpo del Perro.

Henry y Greta alcanzaron a Evelyn y Samuel.

—¡Tenemos que irnos ya! —les gritó Greta.

Evelyn miró a Brandt que aún seguía en el borde de la escalera observando a sus dos compañeros caídos al fondo de la cueva.

—¡Evelyn! —le gritó Henry para que les siguiera—. Ya no hay tiempo para él, hay que salir de aquí.

—¡Brandt! —gritó Evelyn para llamar su atención.

Éste no reaccionó a la voz de ella. Estaba paralizado, pensando si aún había alguna posibilidad de arreglar esa situación.

Henry bajó unos peldaños y cogió el brazo de Evelyn.

—Déjalo, nosotros aún podemos salvarnos.

Evelyn afirmó y se unió al resto. Ahora corrían todos escaleras arriba hasta el agujero que conectaba con la galería.

—¡Sarah, nos vamos ya! —le gritó Greta.

Desde la pasarela los miró sin moverse.