La estirpe de Mitra Capítulo 54
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Capítulo 54

Los cánticos se alzaron por la cueva contagiando a todos los presentes de una euforia lisérgica.

El calor empezaba a ser tan sofocante que Evelyn notaba perlas de sudor correr por las sienes.

Miró de reojo a los cuatro del balcón. Dos de ellos parecían disfrutar tanto del momento que tenían los brazos en alto mientras elevaban la voz con el cántico de la Orden.

Detrás de Samuel, que aún lo llevaban en volandas, apareció Lacroix, el lugarteniente de León, que traía entre sus manos la daga ceremonial.

El Cuervo, que había quedado a un lado, la miraba con los brazos caídos y completamente paralizado.

Evelyn entendió perfectamente cuál era el siguiente paso en el ritual y miró hacia Brandt buscando algún gesto de complicidad.

Incluso con la capucha puesta, ella pudo intuir entre las sombras el rostro de preocupación.

Parecía no haber entrado en el éxtasis generalizado que reinaba en la ceremonia.

Fue entonces cuando sus miradas se cruzaron y Brandt entendió lo que iba a suceder y ya no podía evitarse.

Como si renaciera de dentro de ella una energía renovada, Evelyn golpeó en el rostro de uno de los novicios que transportaba a Samuel, que se llevó las manos a la cara del dolor.

El resto, sujetaban al portador como podían, sin saber cómo reaccionar.

Antes de que se diera cuenta del dolor que tenía en los nudillos, la serpiente saltó a través del grupo sorprendiendo a Lacroix, que cayó de espaldas con Evelyn encima.

Forcejearon y la daga acabó rodando por el suelo hasta el borde de la plataforma.

La fuerza de él era mucho mayor y consiguió lanzarla por los aires para quitársela de encima.

—¡Que no escape! —gritó el Escorpión desde el balcón—. ¡Debe seguir con el ritual!

Los novicios que llevaban a Samuel lo dejaron en el suelo y saltaron para intentar coger a Evelyn, que consiguió escabullirse por detrás del crisol, que cada vez temblaba más.

Con un gesto rápido, ella le dio un golpe con el pie al puñal, que patinó por la superficie metálica de la plataforma hasta que acabó al lado de Henry, que volteó el cuerpo para que sus manos pudieran cogerlo.

Lacroix empezó a retirar novicios para abrirse camino hacia Evelyn, viendo que nadie conseguía cogerla.

Desde el balcón, León sacó de debajo de la túnica su revólver y apuntó a Henry, que intentaba desatarse.

—¡No! —Brandt le golpeó el brazo desde abajo justo cuando apretaba el gatillo.

El disparo se desvió hacia arriba e impactó en una de las imágenes que adornaban las paredes, una representación de Mitra siendo adorado por toda una legión romana a la orilla del río Tíber.

—¿Estás loco? —le gritó—. ¡Podrías haberle dado al crisol!

León agarró la túnica del Cuervo por el pecho y se lo acercó al rostro.

—Ni se te ocurra volver hacer eso —le dijo apretando los dientes.

Lo lanzó contra la escalinata que tenían detrás y bajó corriendo hacia la plataforma. Giorgio se acercó al Cuervo, que se incorporaba sacudiendo el polvo de la túnica.

—Todos sabemos que no lo has hecho por el crisol —la voz del Escorpión era grave y rugosa cuando iba cargada de veneno—. Nunca creíste en el Fuego de Mitra, pero no voy a dejar que te salgas con la tuya.

Abajo, a los pies Aión, Henry ya se había desatado y ahora ayudaba a Greta a quitarse las ataduras. Las cuerdas eran fuertes y le habían dejado marcas en las muñecas y los tobillos.

—Quédate el puñal y ayuda a Sarah —le dijo mientras acababa de liberarla—. Yo me encargo del toro que baja por las escaleras.

Cuando se giró, Étienne —que así se llamaba en realidad el León— ya estaba al final de la escalinata.

Lo abrazó con el propio impulso hasta levantarlo del suelo y lo llevó por el aire hasta que impactó con la espalda contra una de las columnas.

El golpe retumbó mientras Henry soltaba un grito con el aire que se le escapaba de los pulmones.

Cuando León se separó, Henry cayó de culo al suelo, vencido.

Pero apretó los puños y se incorporó de nuevo.

León lanzó un gancho directo con la derecha que, para su sorpresa, Henry esquivó y aprovechó que le quedaba el vientre al descubierto para darle un directo a la boca del estómago.

El francés sintió el impacto hasta el fondo de la garganta y por unos segundos se encogió agarrándose el estómago.

El inglés vio la cara del otro tan cerca que apenas tuvo que estirar los brazos.

Bajó el puño desde arriba como un ariete y le golpeó en el pómulo, haciéndolo sangrar.

—Esta, te la debía.

Evelyn, que seguía detrás del crisol, vio como Greta corría a por Samuel, que empezaba a volver en sí.

Sarah, que ya se había liberado de las ataduras, corrió hasta donde estaba Evelyn y derribó a dos de los novicios golpeando sus cabezas entre sí.

El tercero se la quedó mirando mientras iba reculando lentamente y cuando vio que levantaba los puños, con los ojos inyectados de ira, se dio media vuelta y salió corriendo por la escalinata.

Evelyn, detrás del crisol, seguía asustada.

—Soy Sarah —le tendió la mano—. Gracias por ayudarnos.

—Yo… Soy Evelyn —se incorporó y cambió el tono—. No hay mucho tiempo, Sarah. El metal de aquí dentro va a empezar a arder si no se estabiliza. Y eso podría destruir toda la cueva.

—Chicos —Sarah gritó al resto—. ¡Esto va a estallar en breve! ¡Hay que largarse!

Greta había conseguido levantar a Samuel que, aunque llevaba el brazo en cabestrillo, parecía poder andar. Pero Henry estaba atrapado entre los brazos del León, que lo abrazaba por la cintura como un oso. Mientras, él le golpeaba los hombros.

—¡Yo… Voy a necesitar… Algo de ayuda! —gritaba con esfuerzo.

El calor empezó a aumentar y el crisol con el ahrunio parecía una olla a presión. La luz que refulgía de su interior ya era de un blanco tan potente que parecía el renacer de un pequeño sol.

—¡Hay que girar la Clavis ! —gritó Giorgio desde la escalera—. ¡Si no estabilizamos el metal lo perderemos todo!

—¡Olvídate del metal, imbécil! —el Perro le miraba con rabia—. ¡Esto va a estallar!

Evelyn y Sarah se juntaron con Greta y Samuel al inicio de la escalinata. El tiempo apremiaba y no podían dudar en tomar ninguna decisión. Greta se acercó a Evelyn y le puso la mano en el hombro.

—Necesito que ayudes a Samuel a subir la escalinata.

—Puedo andar —dijo Samuel—, es el brazo lo que me duele.

—¡Tú, te callas! —le ordenó Greta con un tono seco—. Yo ayudaré a Henry. Sarah, tú ves abriendo camino.

La pequeña pelirroja sonrió al ver que Greta tomaba de nuevo las riendas de la situación. Samuel pasó el brazo bueno por encima de los hombros de Evelyn y miró la escalinata que subía rodeando toda la cueva.

Vio a dos de los encapuchados que discutían unos metros más arriba, en un balcón. Otro, también con túnica verde oscura y muy obeso, corría con esfuerzo por las escaleras hacia la salida de la cueva.

—Ese está huyendo ya —dijo Samuel señalando hacia arriba.

—Es Giorgio —dijo Evelyn al verlo—, no está huyendo. ¡Va a por la Clavis ! Si consigue girar la llave hará que el haz de la Estrella Blanca estabilice el metal y nada de esto habrá servido para nada.

Samuel recordó lo que había leído sobre esa pieza y todo el recorrido que había tenido a lo largo de la historia. Imaginó el poder destructivo que en esos momentos se estaba cociendo en ese crisol, y de pronto fue consciente de la gravedad de la situación.

Se giró hacia Sarah, que ya había empezado a subir por la escalera. La pelirroja lanzaba en ese momento a un par de custodios por el hueco hacia la plataforma de abajo.

—Sarah! —gritó él para que la oyera—. ¡Hay que romper la Clavis ! ¡Si el gordo aquél la coge estaremos jodidos de verdad!

—¡Hay una cosa más! —dijo Evelyn a Sarah—. Es peligroso tocarla ahora. Me imagino que arderá como el fuego.

—¡No os preocupéis! ¡Yo me encargo! —les enseñó el puñal que se había guardado en el bolsillo.

Los dos encapuchados que vio Samuel en el balcón eran Brandt agarrando a Skylos de la túnica y lo tenía inmovilizado contra la pared de la cueva.

Toda la tranquilidad y la frialdad que había demostrado hasta ese momento, ahora había desaparecido.

La rabia de ver que la Serpiente estaba logrando sabotear el ritual y que la semilla de la duda que germinó en el Cuervo ahora ayudaba a ello, le hizo brotar de dentro una cólera que estaba aflorando en ese momento.

Ya le había propinado un par de golpes en la cara y Brandt le miraba sin soltarlo, asustado mientras le sangraba la nariz y el labio.

—¡Maldita sea tu muerte, Brandt!

Skylos había dejado a un lado los nombres de la orden, ya no había bestiaes ni Taurus, solo dos hombres peleando por su vida.

—¡Me convenciste de que la chica era la elegida, Brandt! ¡Invertimos años en ella! ¡Y ahora nos va a destruir por tu maldita empatía!

El tuerto consiguió liberarse y lanzó con fuerza al inglés contra la pared cayendo vencido al suelo.

Skylos vio entonces la pintura del muro que había justo enfrente, encima de su hermano, el traidor, donde se podía ver al gran dios Aión surgiendo de una nube, rodeado de un cielo lleno de constelaciones y planetas.

—Él nos enseñó que la vida es circular —le explicaba a Brandt señalando la pintura—, que todo se basa en morir y renacer. Eso es lo que ha hecho Taurus a lo largo de los siglos: ayudar al ser humano a morir y renacer.

—¡Eso no es ayudar, Skylos, se llama genocidio! —le gritó Brandt desde el suelo.

—¡Nosotros no dictamos las normas! ¡Es él quien nos dice lo que hacer! —Señaló la otra pintura de la cueva, un fresco descomunal de Mitra con el cetro en alto, guiando a sus adeptos hacia el sol.

Los dos hombres ya no se miraban como hermanos de la Orden, ya no había respeto mutuo. Solo eran dos aristócratas reprochando sus propios desvaríos.

—¡Estás loco! —se incorporó y le lanzó un golpe con la derecha que le impactó en la cara—. ¡Ahora entiendo porque la orden de 1600 escondió la Clavis ! Esto acaba aquí.