Capítulo 53
Al poco de dejar atrás el mitrae, el pasillo que descendía con una inclinación suave dejó de tener ladrillos en los muros para convertirse en una galería como las de la mina, con las paredes y el techo de piedra basta sin pulir, simplemente picada para abrirse paso.
Se habían instalado puntales de madera y, más distanciados, colgaban faroles de aceite que iluminaban el túnel levemente.
Como el camino serpenteaba, no se veía el final desde el punto donde se encontraban, pero Evelyn empezó a notar el calor cuando llevaba ya un tramo largo de galería recorrido.
A lo lejos, empezaron a escucharse golpes metálicos al compás, como los de un segundero de un reloj gigante.
Poco después, por debajo de los golpes, notó un rumor de voces humanas que parecían recitar algo en voz muy baja.
El aire se fue volviendo más denso, debido a la profundidad a la que debían estar, posiblemente por debajo del nivel del mar, y debido a la alta temperatura y la humedad que desprendían las paredes, un vapor suave iba cubriendo el ambiente.
Y al fin, después de una leve curva en el pasillo, vio la salida de la galería.
Un agujero circular inundado de una luz roja encendida que provenía del otro lado.
Siguió avanzando tras los pasos del Cuervo, que iba justo delante de ella, y seguida por el Escorpión que cerraba la fila.
—Al fin.
Evelyn escuchó al Escorpión que habló en voz baja justo antes de cruzar el agujero y aparecer en la gran cueva.
Tuvo que cerrar levemente los ojos para acostumbrarse a la luz, después de un largo descenso por una galería en penumbra, pero cuando consiguió abrirlos, quedó paralizada en la misma entrada de la cueva.
Era imposible siquiera imaginar que debajo de esa isla, en las entrañas de la roca, alguien había podido llegar a construir tal barbaridad arquitectónica.
La cueva circular aún bajaba unos metros más por una escalinata de piedra negra pulida que empezaba en la salida de la galería y descendía pegada a la pared hasta llegar al suelo. El techo, con forma semicircular, se encontraba a unos tres pisos por encima de donde estaba Evelyn.
«Esto es inmenso» pensó, sintiéndose pequeña al lado de las columnas dóricas que ascendían desde el suelo hasta el borde de la cúpula.
—Impresionante, ¿verdad? —le preguntó Giorgio desde su espalda.
—No tengo palabras para describirlo —respondió Evelyn con absoluta sinceridad.
El ruido ensordecedor de golpes metálicos provenía de una plataforma circular que había al fondo de la cueva, cada golpe hacía girar un poco la pieza como si fuera un reloj.
Pero lo más imponente, y que no podía dejar de mirar, era la colosal escultura del dios Aión que se erguía en el centro de la sala, tallada en un mineral de color ámbar y tan pulida que, más que brillar, parecía que la luz brotara de su interior.
Era tan alta que la cabeza, con su pelaje y rostro de un león, quedaba a la altura del agujero por donde habían entrado.
Desde la misma escalinata habían instalado una pasarela que colgaba de varios cables para poder llegar hasta la mano del dios, que se alzaba en el aire haciendo el saludo romano. En su palma reposaba la cabeza gigante de la serpiente que trepaba enroscándose por todo el cuerpo desnudo de Aión.
Mientras miraba extasiada toda la cueva, se le acercó el Perro con la Clavis entre las manos.
—Llegó el momento —dijo, entregándole la pieza—. Deberás encajar la Clavis tal como la serpiente lo pida.
—¿Cómo? —preguntó Evelyn confundida.
—Lo entenderás cuando lo veas —el Perro le señaló la pasarela para que subiera.
Evelyn giró hacia la pasarela, entendiendo que, con esos primeros pasos, el ritual iba a comenzar. A los pies de la escultura localizó el gran crisol.
—Están colocando el metal en el lugar —dijo en voz alta Evelyn.
«El crisol, la serpiente… pero, ¿dónde están los portadores?» le recorrió un escalofrío por la espalda al caer en la cuenta de que no los veía. «Si los han dejado en las celdas estoy perdida, yo sola no podré hacer esto».
—¡Qué la luz se abra camino! —gritó el Perro desde un balcón situado a mitad de escalinata—. ¡Qué las estrellas nos hagan renacer!
Un grupo de novicios al otro lado de la sala empezó a girar una gran rueda de metal que conectaba con un sistema de cadenas.
Evelyn no podía quedarse quieta, tenía que iniciar el ritual, quizá desde la cabeza de la serpiente encontraría algo que poder hacer. Tenía que improvisar, paso a paso. Recordó por un momento la noche del lago, cogió todo el aire que le entraba en los pulmones y puso el primer pie en el puente.
Un crujido chirriante la espantó cuando apenas comenzaba a avanzar por la pasarela.
Las cadenas, al ponerse en movimiento, habían activado algo en la cúpula del techo y esta empezó a abrirse como si fueran los párpados de un ojo gigante.
La luz del día se coló a través de la grieta, que se ensanchaba poco a poco, y provocó un estallido de luz en la piel del colosal dios.
Ahora parecía una escultura hecha de oro.
—¡Maldita sea! —La pequeña pasarela se tambaleaba a cada paso que daba—. ¿No había otra manera de llegar a la mano?
Evelyn nunca había tenido vértigo, pero andar por un puente de metal de tan solo dos palmos de ancho con un vacío de unos diez metros debajo y con una sola mano libre, hacía temblar a cualquiera.
Se concentró en su propia respiración y, sin mirarse los pies, llegó hasta la plancha de metal que se había instalada al lado de la cabeza de la serpiente.
Allí tenía un poco más de espacio y pudo relajar los músculos.
—Imagino que esto encaja de alguna manera. —Evelyn miraba la pieza con forma de media luna que sobresalía de la boca de la serpiente— « La lengua viperina coge la Clavis en invierno, para que el sol caliente la sangre » .
Al ver la estructura de la cabeza, recordó los dibujos del manuscrito y el texto que los acompañaba. Se fijó en una inscripción grabada en la frente de la serpiente: Luxim Hivernai arkhath ton Veyr - dróm.
—Este es el mensaje que dijo el Perro. «Cuando la serpiente lo pida», por eso me necesitaban. —Pasó los dedos por las letras grabadas en el metal.
Intentó centrarse en las palabras, pero los cánticos de los novicios y el chirriar de los engranajes se le mezclaban entre los pensamientos. «Tú puedes, Evelyn, te has preparado para esto». Apretó los dientes y casi sin darse cuenta, el ruido ambiental empezó a disminuir a su alrededor.
— Luxa es el plural sagrado que vi en el Diario del Guardián, en la cámara secreta —al fin pudo centrarse y la información empezaba a fluir en orden—, pero no entiendo por qué lo escribe Luxim.
Hivernai … esta es fácil, directa del latín arcaico; la terminación «-ai» también la vi en varias palabras en el Diario.
Arkhath… Arkh , el principio en griego, pero la terminación «-ath» …
—¡El ritual debe seguir! —el Escorpión le gritó desde los pies de la gran escultura.
Evelyn se asomó por el borde de la pasarela para pedir un poco más de tiempo, pero lo que vio en la plataforma giratoria a los pies de Aión la dejó paralizada y completamente rota.
Su rostro se desencajó al descubrir al lado del gran crisol a Henry y sus compañeros.
Estaban amordazados y tumbados en los huecos donde desembocaban los canalones por donde circularía el ahrunio una vez fundido.
Los tres forcejeaban con varios novicios que intentaban mantenerlos en su sitio.
Su mirada se encontró con la de Henry y no pudo aguantar el llanto que le invadió desde dentro.
El lugarteniente de León golpeó en la cara a una de las chicas, la más revoltosa, para que dejara de patalear.
Sin ellos no podría seguir. Apretó con fuerza la barandilla de la pasarela hasta que se le pusieron los nudillos blancos, para no gritar de rabia.
Esto cambiaba las cosas, o más bien las complicaba. «Debo seguir con esto, dejar encajada la Clavis y ver cómo puedo liberarlos», apretó los dientes y gritó a los de abajo.
—¡Esto no es fácil! ¡Necesito algo de tiempo!
—¡Concéntrate! ¡No hagas que dudemos de ti! —los gritos del Escorpión rebotaban por las paredes y llegaban hasta Evelyn como puñales.
Evelyn se centró de nuevo en la inscripción. Respiró hondo, se limpió las lágrimas que empezaban a brotar de los ojos y volvió al texto.
—La terminación «-ath» viene del germánico, tiene que ser eso, para acciones futuras.
Arkhath … Empezarán. Y Veyr se parece a vegr del nórdico medieval.
Al igual que drom recuerda a dromos , que es sendero en griego.
—Sopló levemente al creer que había comprendido el mensaje.
— Luxim Hivernai arkhath ton Veyr - dróm.
Las luces de invierno, empezarán el camino. Eso es.
Miró al cielo que había quedado al descubierto al abrirse la cúpula. “Luces de invierno” pensaba. Luego levantó la Clavis que tenía entre las manos. “Estamos a enero, invierno” volvió a asomarse por la barandilla.
—¿Qué día es hoy? —Evelyn le gritó a Brandt que seguía en la balconada junto al Perro.
—¡Martes! —dudó por unos segundos, sorprendido por la pregunta. —¡Dieciséis de enero!
Evelyn volvió a la cabeza de serpiente. «¡Eso es!
Dieciséis de enero; ¡las luces son constelaciones!
». Esa idea tenía cierto sentido y buscó en la Clavis el símbolo que pertenecía a la constelación de invierno.
Colocó la pieza en el metal con forma de media luna de manera que Capricornio se alineaba con la boca.
El resto ocurrió solo. La cúpula tembló y se puso en movimiento.
Pero, en vez de cerrarse de nuevo, del agujero asomó un gran cristal que se colocó encima de la cabeza de león, haciendo que la luz del sol se concentrara encima de la Clavis .
Como si fuera algo mágico, del otro lado aparecieron ocho rayos de luz rojos como la sangre, que bajaron hasta la plataforma circular del fondo de la cueva.
Evelyn supo que había colocado bien la Clavis al ver que, en esa posición, el jade blanco quedaba oculto a la luz por una sombra fugaz de la propia cabeza de serpiente.
—¡Por Taurus, por Mitra y por la Luz del Sol Invicto! ¡Que la Serpiente cumpla su destino y que el Orden renazca en la Tierra! —todos en la cueva empezaron a recitar el cántico a viva voz.
Evelyn recordó que Ludovico había dejado escrito el segundo mensaje en el crisol, de ahí que ahora tuviera que ir hasta él para descifrarlo. Así que apretó el paso mientras cruzaba la pasarela y, dando zancadas, corrió por la escalinata hasta la plataforma giratoria.
Cuando llegó, no pudo contener una fugaz mirada hacia el grupo que estaba atado. El Perro, desde el balcón, se dio cuenta de la expresión de Evelyn y dibujó una pequeña sonrisa. El plan había surtido efecto.
—¡Ayúdanos! —Greta había conseguido quitarse la mordaza de la boca y le gritaba a Evelyn.
En la parte baja de la cueva el calor apretaba mucho más fuerte y los ropajes pesados empezaban a molestar.
La frente de Evelyn se empezó a llenar de gotas de sudor que le corrían las mejillas abajo.
Miró a Greta por un momento y luego a Henry que tenía a un par de novicios encima y uno de ellos le golpeaba para que estuviera quieto.
Evelyn movió los labios y pronunció una palabra sin articular sonido: —Ashwina—. Greta le entendió al momento y afirmó levemente con la cabeza.
Tras observar la plataforma, la Serpiente estudió rápido los elementos que hacían girar el crisol y localizó una especie de palancas en un lateral. Miró a un par de novicios que tenía cerca y los señaló.
—¡Vosotros! —dijo con voz firme—. ¡Empujad esa barra hacía aquí!
Se agarraron fuerte a ella y, al hacerlo, la plataforma empezó a moverse. Evelyn sonrió al ver que funcionaba. El gran crisol, poco a poco fue deslizándose hasta quedar bajo los haces de luz de la Clavis .
—¡Seguid! —los animaba Evelyn a empujar—. ¡Un poco más!
Bernhard sonreía desde el balcón, al lado del Perro. Los otros dos bestiae se acercaron a ellos por precaución o miedo a lo que pudiera ocurrir cuando los haces se conectaran con el metal.
—¡Os dije que era ella! Que era la Serpiente —el Cuervo tenía que alzar la voz para que le escucharan—, desde el momento en que la vi, lo supe.
—Tranquilo Cuervo, aún no ha terminado el ritual. —El Escorpión le dio unas palmadas en el hombro.
—¡Caballeros! —gritó el Perro—. Guarden las formas. Lo que estamos a punto de presenciar no ocurre desde hace más de dos siglos. Respetemos a Taurus.
Al llegar al punto exacto, los haces de luz penetraron al interior y al tocar el ahrunio, este empezó a emanar un resplandor rojizo. Desde la balconada, los cuatro bestiae vieron cómo el metal empezaba a vibrar lentamente, haciendo temblar todo a su alrededor.
—¡Serpiente! —gritó el Perro—. ¿Qué dice la segunda clave? ¡Antes de que empiece a hervir!
Evelyn miró hacia ellos y luego al crisol. Tenía tan cerca al grupo que por un momento dudó de dejarlo todo e intentar liberarlos, pero no sabía aún cómo iba a reaccionar el metal. ¿Y si el proceso de fundición era más rápido de lo que ella creía?
—¡Que la sangre del portador le dé la fuerza al fuego! —gritó el Escorpión dando la señal a los custodios para que iniciaran el sacrificio.
Evelyn se giró de golpe al oír los cánticos de los novicios a su espalda.
El primero portaba entre sus manos, a la altura del pecho, el cáliz que había llenado la Orden en la ceremonia y, tras él, otros cuatro llevaban a cuestas a Samuel —el joven que mencionó Henry en la celda—, quien se encontraba medio inconsciente.