La estirpe de Mitra Capítulo 52
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Capítulo 52

Cuando asomó el sol por detrás de los Alpes, para el mundo era otro martes cualquiera. Para media Europa suponía un día más al que habían sobrevivido, y para la otra mitad un día menos que faltaba para alcanzar la victoria.

En la isla Gallinara la sensación era otra.

Para muchos de los que estaban allí daba igual si era martes o jueves; algunos ni tan siquiera habían visto el sol desde hacía varios días.

Para otros, como Giorgio, el Escorpión, o Skylos, el Perro, era un día glorioso.

El día en que al fin todo volvería a restablecerse.

El primer día de una nueva era.

Cuando la pareja de custodes llegó al dormitorio para recoger a la Serpiente, ella ya les esperaba de pie, con la túnica puesta y el manuscrito de Valente entre los brazos.

Les siguió por varios pasillos hasta que llegaron a una gran sala. Un ala subterránea desconocida por ella: el mitrae de Taurus.

Allí, sentados de espaldas a una gran escultura de un Mitra victorioso, el resto de bestiae le esperaban.

El Perro levantó la mano sin decir nada, indicando la butaca vacía que ahora le pertenecía.

Evelyn se acercó tímida y acongojada. La imponente figura armada con un gladius 7 en la mano derecha y una antorcha en alto en la izquierda gobernaba toda la sala.

La arquitectura del recinto no llamaba al murmullo, sino a un silencio respetuoso.

La sala, alargada y flanqueada por arcos de piedra tosca, estaba dispuesta en una estricta simetría.

A ambos lados del pasillo central, elevados sobre banquetas de piedra, se extendían los miembros de la Orden.

El espacio dictaba el rango con impecable disciplina.

En la parte posterior, más cerca de la penumbra y de la salida, se alineaban los novitii , inmóviles, con la mirada clavada en el suelo.

Delante de ellos, erguidos y con los brazos cruzados, se situaban los custodes .

Y más cerca del altar, flanqueando la mesa de piedra donde los bestiae aguardaban, permanecían los lugartenientes.

Ninguno hablaba. El único sonido era el crepitar seco de las cazoletas de bronce que quemaban resina de cedro.

Evelyn caminó entre las filas sintiendo el peso de docenas de miradas que no la buscaban a ella como persona, sino a la túnica que portaba. Al llegar a la altura de las bestiae , ocupó el asiento indicado. Quedó situada a un lado, como un apéndice sagrado pero ajeno a la cadena de mando.

El Perro se adelantó con una calma casi litúrgica hasta el altar y abrió sobre la mesa de piedra el tomo encuadernado en cuero que había traído Evelyn: El Diario del Guardián.

Pasó varias páginas hasta detenerse en un pasaje concreto.

Su voz, grave y rasposa, resonó en la nave del mitrae sin necesidad de elevar el tono.

—«Nacimos del orden cuando la luz brotó del interior de la tierra» —recitó el Perro, con una devoción que helaba la sangre—. «Generaciones de Guardianes han sostenido el peso de la bóveda mientras el mundo se deshacía en sombras».

Mientras el Perro leía de fondo, Evelyn miró de reojo a los otros tres miembros sentados a su lado, cubiertos con sus túnicas ceremoniales y las capuchas puestas.

El Escorpión, el más cercano a ella, miraba al suelo con los ojos cerrados y recitaba en susurros, el mismo texto que predicaba el Perro.

El León, con su mirada altiva habitual, observaba al resto de miembros de la orden como si examinara de lejos el grado de atención que ponían a la ceremonia.

Y por último, el Cuervo, que giró la cara un segundo y sus miradas se encontraron.

Evelyn volvió la vista al frente al verse descubierta y se quedó congelada en la butaca.

—«Aión espera en el círculo —seguía el Perro con la lectura—; la Serpiente custodia el camino, y los bestiae entregan la fe para que la promesa de Mitra no sea devorada por la noche».

Skylos miró hacia un par de custodes que observaban la ceremonia desde la penumbra y les hizo una señal con la cabeza. Los dos se acercaron al altar y dejaron encima un cáliz y una daga.

Evelyn notó cómo se le estremecía el estómago al ver el puñal encima de la losa de piedra. «La sangre de los Portadores», pensó. Si el sacrificio iba a realizarse en ese lugar no tenía opciones de poder hacer nada al respecto.

—«La Serpiente necesita de la sangre para la renovación. Ninguna obra nace sin un precio. Ningún renacer sin un sacrificio».

Aquellas palabras… «La Serpiente necesita de la sangre…». Evelyn las había leído ella misma el día anterior en las notas marginales del manuscrito. Escucharlas ahora en boca de Skylos, resonando en la penumbra de aquel templo subterráneo, transformaba un texto académico en una sentencia viva.

Al terminar la lectura, el Perro cerró el diario con un golpe seco que dio paso a una calma absoluta. Del borde del altar tomó el cáliz de plata labrada, de asas altas y patena ancha, y la daga de hoja corta.

Sin cambiar el rictus, sin una sola mueca de dolor ni duda, dibujó un corte limpio en la palma de su mano izquierda. Apretaba el puño con parsimonia mientras la primera gota, densa y oscura, caía al fondo de la copa con un sonido metálico.

A continuación, pasó el puñal al Escorpión. Giorgio repitió el gesto con idéntica sobriedad, dejando caer su sangre en la copa antes de entregar el arma a la siguiente Bestia.

La primera reacción de Evelyn fue de sorpresa. Quizá había interpretado mal los textos y la sangre de la que hablaban los manuscritos era simplemente una prueba de fe por parte de los seguidores de la Orden.

La copa comenzó a pasar junto al puñal por los adeptos y a descender por la jerarquía.

Tras los bestiae , el filo pasó a los lugartenientes.

Uno a uno, la hoja abría la piel de la palma izquierda; uno a uno, el metal de la copa recogía la ofrenda.

Después vino el turno de los custodes , que avanzaron en orden estricto, empapando el metal en un goteo constante y rítmico.

Por último, los novitii se acercaron a la mesa para aportar sus gotas a la mezcla.

No había exaltación, ni cánticos, ni frenesí: solo una entrega metódica, silenciosa y aterradora.

El fanatismo de la Orden no era una explosión de ira, sino un engranaje que giraba movido por la fe.

Finalmente, la copa, ya llena de un líquido espeso y oscuro, regresó a la cabeza de la sala.

El Perro tomó la daga y, extendiendo el brazo, la devolvió a su custode.

Evelyn soltó el aire que hacía rato que llevaba conteniendo, temiendo que en algún momento en la fila llegaría su turno.

En vez de eso, Skylos se acercó a ella y se inclinó para hablarle al oído.

—Tranquila, tu prueba de fe la celebraremos más tarde.

Ellos esperaban que sellara el compromiso, que aceptara ser el engranaje que cerrara la cadena de decenas de generaciones.

Pero Evelyn no movió un solo músculo. Mantuvo los brazos cruzados sobre el pecho, notando como todo el mitrae se comprimía encima de ella dejándola sin aire.

Él se incorporó despacio, como si cada movimiento tuviera un significado oculto. Su túnica rozó el suelo de piedra y el silencio se tensó como una cuerda. Se giró de nuevo hacia el altar.

—Hermanos… —dijo con una voz que parecía salir de un lugar más profundo que su pecho.

Alzó la mirada hacia la bóveda de la cueva.

—Hoy es el día en que el Sol invicto vuelve a mirar a la Tierra. El día en que Aión abre los ojos —hizo una pausa—. El día en que la Serpiente regresa a su lugar.

Todos miraron hacia Evelyn. Ella tragó saliva e intentó disimular la presión de las miradas.

—Durante siglos hemos custodiado el fuego que Ludovico despertó. Durante siglos hemos esperado a que la Clavis volviera a nosotros. Las últimas cuatro generaciones de bestiae intentaron mantener el orden en este mundo. Pero los dioses no pudieron ser llamados, sus puertas habían sido cerradas.

Se volvió hacia Evelyn. No con odio, sino con devoción.

—Serpens… Tu llegada no es un accidente. Tu resistencia no es un error. Tu sufrimiento no ha sido en vano.

Dio un paso hacia ella. El Cuervo se removió en su butaca cuando el Perro pasó cerca.

—Hoy, al fin, el ciclo se cierra. Hoy, al fin, Taurus respira. Hoy, al fin, el mundo será purificado por el fuego que no se apaga.

Alzó ambas manos, como si invocara algo invisible.

—Que el Sol nos vea. Que el tiempo nos escuche. Que la Serpiente cumpla su destino.

Entonces, con una reverencia mínima, casi imperceptible, se levantaron todos menos Evelyn y al unísono recitaron su lema:

—Por Taurus, por Mitra y por la Luz del Sol Invicto. Que la Serpiente cumpla su destino y que el Orden renazca en la Tierra.

Tres veces recitaron el cántico y luego se hizo el silencio en la sala.

—¿Está todo preparado? —preguntó Perro en voz alta.

—Sí, hermano —respondió León.

Y sin decir nada más, desfilaron por el pasillo contiguo al de las mazmorras hacia la cueva de Aión.