La estirpe de Mitra Capítulo 51
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Capítulo 51

De cara a la galería, la Villa Valente era una residencia privada. El signore Gorgonzola era el amo y mantenía a un equipo de seis personas que se encargaban de las tareas básicas de la casa: servicio, jardinería y mantenimiento básico de la casona.

Pero la isla Gallinara era mucho más.

A espaldas del gobierno y del mundo, ese peñón en medio del mar era el centro neurálgico de Taurus. Y así llevaba siendo desde hacía cuatrocientos años.

Quien vivía allí de forma estable era el Escorpión, el resto de bestiae tenían sus lugares de residencia en otros países. El Cuervo provenía de Inglaterra, el Perro de Salónica y el León del sur de Francia. Pero cuando era necesario reunirse, acudían todos a la isla.

Este era uno de esos momentos.

Pero no era solo el lugar de encuentro de la alta esfera de Taurus.

En el siglo XV Ludovico Valente descubrió un pequeño yacimiento de ahrunio en el lado este de la isla, en la cara oculta al continente.

A finales del siglo, la orden empezó a reclutar novitii para iniciar las primeras excavaciones en las cuevas del subsuelo de la isla.

Cuatrocientos años después, Gallinara ocultaba una estructura de cientos de metros de túneles desde donde se seguía extrayendo el mineral para las ceremonias de la Orden.

Pero el ahrunio de la isla empezaba a escasear y varias galerías de los niveles inferiores habían sufrido inundaciones y derrumbes que obligaron a sellar esas zonas. Así que solo se realizaban tareas de extracción cuando había un ritual cerca.

Eso no ocurría desde 1666. Más de doscientos años que la Clavis había permanecido oculta y ahora por fin Taurus volvería a encender el Fuego de Mitra.

La isla llevaba una semana con una actividad inusual. Desde la llegada de los reclutas que Giorgio recogió en tierra firme, Gallinara ya no era un santuario silencioso, sino un hormiguero de túnicas y ropajes de novicio moviéndose en todas direcciones.

Los recién llegados —hombres jóvenes, fanáticos, endurecidos por meses de adoctrinamiento— habían tomado cada rincón disponible: los patios, los almacenes, incluso las antiguas casamatas de la costa.

Dormían poco y trabajaban mucho. Hablaban en susurros, unos por respeto y otros por miedo, como si el aire mismo fuera sagrado.

El ritual estaba cerca. Se notaba en la tensión que impregnaba la isla.

Los cuatro praefecti , así se conocían los lugartenientes y hermanos de los bestiae , se encargaban de encarrilar los trabajos de preparación de la cueva de Aión y de la extracción del metal.

Lorenzo, el mayordomo de la villa, ahora ya vestía con la túnica azul cobalto que caracterizaba a los guardianes y controlaba la zona del patio interior.

El señor Emmett, el praefecti del Cuervo, supervisaba la instalación de las piezas necesarias para el ritual.

Leonard Lacroix, jefe de los guardias de León, ahora llevaba el control de la sección superior de la mina de ahrunio, mientras que el lugarteniente del Perro controlaba las galerías inferiores.

A primera hora de la mañana, una columna de adeptos descendía hacia la zona norte, donde la roca se abría en una grieta natural que conducía a la mina.

Esa entrada no tenía nada que ver con la cueva del ritual: era más estrecha, más abrupta, reforzada con vigas de madera y cuerdas tensadas.

El olor que emanaba del interior hacía difícil el trabajo.

El metal parecía resistirse a ser extraído y sus vapores eran mortales si los novitii se pasaban largas jornadas expuestos a ellos.

Dentro, en las galerías, el sonido era ensordecedor: picos golpeando la piedra, cubos arrastrados, órdenes cortas y secas. El ahrunio debía extraerse rápido y enfriarlo para poder transportarlo. Así lo exigía la liturgia.

El Perro caminaba entre los trabajadores con paso firme, la túnica recogida a la cintura para no mancharla.

Observaba cada movimiento, cada herramienta, cada chispa que saltaba cuando el metal rojizo asomaba entre las vetas de la roca.

A su lado, León, que había bajado hacía escasos minutos, supervisaba a los trabajadores que transportaban los fragmentos recién extraídos hacia las cámaras de molido instaladas en la galería lateral.

—Van lentos —gruñó León, cruzándose de brazos.

—Van al ritmo que deben —respondió el Perro sin apartar la vista del mineral—. El ahrunio no perdona la prisa. Y menos hoy.

Un grupo de reclutas pasó cerca de ellos, con un compañero muerto en brazos hacia el exterior. León bufó, pero no dijo nada. Lacroix se acercó a ellos desde la galería de donde había salido el grupo.

—Con este van seis esta mañana —su tono era formal e informativo —. El mineral empieza a ser peligroso. Hemos sellado dos galerías del nivel tres.

—¿No es suficiente, Perro? —León señaló hacia el pasillo que llevaba al exterior—. ¿Has llegado a calcular cuánto mineral hace falta?

El Perro se miró las manos en silencio. Parecía absorto, reflexivo. O quizá simplemente ignoraba las preguntas de León.

—¿León, he cuestionado alguna vez tus labores de vigilancia y seguridad? —dijo de forma pausada. —Tu encárgate de que los reclutas sigan extrayendo, —entonces lo miró a los ojos —y ya te diré cuando tengo suficiente.

Un adepto apareció corriendo por la galería, esquivando a los mineros. Tenía el rostro desencajado y el aliento entrecortado.

—Maestro… —jadeó, inclinándose ante el Perro—. Un mensaje urgente. De la villa.

El Perro lo miró con frialdad.

—Habla.

—La Serpiente… ha bajado a las mazmorras. Ha pedido ver a los Portadores. A solas —hizo una pequeña pausa antes de acabar —. Ordenó al Custode que se retirara.

León giró la cabeza de golpe.

—¿A solas? —escupió—. ¿Con qué derecho?

El adepto tragó saliva y bajó la mirada como si la culpa fuera suya. Dudó unos segundos antes de responder; sabía que, según lo que dijera a continuación, podía llevarse un castigo del maestro.

—Con el derecho de una bestiae , señor. El custodes … no se atrevió a desobedecer.

El silencio cayó como una losa. Incluso los golpes de los picos lejanos parecieron detenerse un instante. El Perro no gritó. No maldijo. No se movió. Solo cerró los ojos un segundo, como quien recibe una confirmación de algo que ya temía.

—Muy buena jugada. No la vi venir. ¿Así que bestiae ? —murmuró.

León dio un paso hacia él.

—¿Qué significa esto?

—Significa —respondió el Perro, abriendo los ojos— que nuestra serpiente está tramando algo, y que ya no podemos confiar en que cumpla su papel sin interferencias.

El adepto temblaba. Lacroix le hizo una señal para que se retirara y con un simple golpe de cabeza se fue por el pasillo de donde había venido.

—¿Qué órdenes damos, Maestro? —preguntó el guardián del León.

El Perro habló con voz baja, pero cada palabra era un golpe seco.

—Seguimos adelante con el ritual. No hay marcha atrás. Pero León, habrá que encontrar la manera de que la Serpiente no tenga distracciones durante la ceremonia. Recuerda que el ritual exige la sangre del Portador, —hizo una pausa y con tono sarcástico terminó la frase —pero no dice cuánta sangre.

León inclinó la cabeza, satisfecho.

—Entendido.

El Perro volvió la vista hacia la veta de ahrunio que brillaba bajo la luz de las lámparas. El metal vibraba, vivo, impaciente.

—La Serpiente cree que puede cambiar el destino —dijo en voz baja—. Pero el destino ya está escrito.

Y se adentró en la mina, como si el corazón de la isla lo reclamara.