Capítulo 50
La túnica blanca pesaba más de lo que esperaba. No solo por el tejido, sino por lo que representaba. Evelyn se la ajustó frente al espejo: capucha baja, rostro serio, postura firme. La Serpiente en el pecho bordada.
Salió de la habitación sin dudar. Cada paso resonaba en los pasillos como un latido o, quizá, no eran los pasos y era su corazón el que le golpeaba en el pecho como un tambor.
No podía pensar en Henry. No podía pensar en lo que iba a decirle.
Solo en lo que debía hacer. Bajó por las escaleras hacia el mitrae y de allí al corredor que llevaba a las mazmorras.
No hacía ni tres días que había estado ella en esas celdas y ahora le parecía que hacía una eternidad.
Al ver el pasillo iluminado por las lámparas de aceite, se le hizo un pequeño nudo en el estómago.
El olor a humedad en el aire le molestó en la nariz y por un momento dudó de sus propios pasos.
Quizá era mejor dar media vuelta y probar otra cosa.
«No, Evelyn, no hay otra opción. O ahora, o nunca» la voz interior parecía empujarla desde atrás.
Y al final ganó a la duda y siguió adelante.
A medida que descendía, el silencio se hacía más denso, más opresivo.
Al final del pasillo, un guardia custode se irguió al verla. Era joven, demasiado joven para estar en un lugar así. Su mano fue instintivamente hacia la empuñadura del arma.
—Alto. ¿Quién…?
Evelyn levantó la cabeza con un gesto lento y calculado. La capucha dejó ver solo la mitad de su rostro.
—Soy la Serpiente —dijo con una voz grave que no parecía la suya—. Ábreme la celda.
El guardia parpadeó, desconcertado.
—Disculpe… yo… no he recibido órdenes de…
Por un momento vio como todo el plan se venía abajo por un crío que temblaba delante de ella. Pero la Evelyn que dudaba, la que siempre pensaba que era menos, había desaparecido ya. Ahora solo había una mujer que sabía que podía con aquello que creía. Y ningún niño la frenaría ante nada.
—¿Órdenes? —Evelyn dio un paso hacia él, dejando que la túnica blanca se abriera ligeramente, mostrando el símbolo bordado en el pecho—. ¿Te atreves a cuestionar a una bestiae ?
El Custode tragó saliva. Retrocedió un paso. Luego otro.
—No, señora… yo… disculpe. Es solo que… no sabía que bajaría aquí.
—El ritual es mañana —respondió ella, con un tono helado—. Y el portador es parte esencial del tránsito. Necesito verlo. Ahora. Abre la celda… y márchate.
El guardia dudó un segundo más, no había entendido nada de la explicación de Evelyn, pero al verla con una mirada que no admitía réplica, tragó saliva y decidió hacer caso.
Finalmente, el Custode bajó la cabeza, sacó el manojo de llaves y abrió la puerta de hierro.
—Gracias —dijo ella, sin suavidad—. Puedes retirarte.
El guardia se alejó casi corriendo por el pasillo, sin mirar atrás. Evelyn esperó a que sus pasos se perdieran en la distancia. Solo entonces respiró hondo.
Y entró.
En cuanto la pesada puerta de la celda se cerró, Evelyn vio a tres sombras sentadas en una esquina, débiles y cansadas.
De pronto, Henry se lanzó hacia ella, pero Evelyn reaccionó a tiempo y se descubrió el rostro.
Los tres abrieron los ojos, desorbitados.
Henry se quedó completamente paralizado en medio de la habitación
—Evelyn, por Dios... perdóname. No sabía que te traerían aquí, yo...
No pudo terminar. Evelyn no esperó a que se acercara. Fue ella la que acortó la distancia con un paso rápido y furioso. El sonido del bofetón resonó en la celda y en el pasillo como un disparo.
Henry se quedó con la cara girada, sintiendo el ardor en la mejilla y el sabor a metal en la boca. No se movió, sabía que se lo merecía. Las otras dos simplemente se quedaron en silencio en su rincón.
—Eso —susurró ella, con las manos temblando por la adrenalina— es por el miedo. Por cada noche que pasé pensando que te habían matado mientras tú jugabas a los ladrones.
Le cruzó la cara de nuevo, con el revés de la mano esta vez.
—Y eso es por el engaño. Por haber usado mi vida, mi casa y mis sentimientos para vuestra puta guerra de reliquias. No vuelvas a decir mi nombre, Henry Scott. ¿O es Turner? El hombre al que yo quería no existe. Solo quedas tú... y no eres más que un mentiroso con suerte.
Henry la miró y, por primera vez en toda su vida, se sintió pequeño.
La Evelyn que tenía delante no era una tasadora; era un juez.
Ya no era la chica dulce que trabajaba en un despacho.
Había algo en su mirada que le era familiar.
Algo que él conocía muy bien: el sabor de la adrenalina cuando tu vida está en el límite.
La mirada de quien ha pasado miedo de verdad.
La mirada de la llamada de la aventura. Pero si estaba allí de pie, no era solo para venir a calentarle la cara; Henry tenía claro que había un plan.
—Tienes razón —dijo él, con voz ronca—. Pero este mentiroso con suerte es lo único que tienes para salir de aquí, ¿me equivoco?
Evelyn respiró hondo, intentando recuperar el control. No podía dejar que la rabia la desviara. Intentó ignorar la soberbia de Henry y centrarse en lo que venía a hacer.
—No tenemos mucho tiempo. Prestadme atención, por favor. La Clavis no es una reliquia, es un arma. Si la activan, si completan el ritual… Europa arderá.
Greta y Sarah decidieron acercarse a Evelyn para hablar con más calma.
—¿Cómo que un arma? —dijo Sarah, situándose al lado de Henry
Evelyn parpadeó.
—¿Teníais idea de lo que transportabais en la espalda?
Henry se encogió de hombros, con una media sonrisa amarga.
—No somos idiotas, Evelyn. Tenemos a un estudiante de arqueología en el grupo.
Y además sabemos unas cuantas cosas por nuestra cuenta.
Descubrimos que la Clavis no era un juguete el mismo día que la cogimos.
Lo que no podíamos llegar a imaginar era que tú…
—la miró con una mezcla de admiración y tristeza— acabarías en el centro de todo esto.
Ella sintió un nudo en el estómago. No conocía a Henry. No como creía.
—En realidad, llevo en medio de todo esto desde mucho antes de que lo supiera. Pero lo he descubierto, estos últimos días. Escuchadme bien —dijo, recuperando la firmeza—. Necesito vuestra ayuda. No puedo manipular el crisol y la Clavis al mismo tiempo.
—¿Qué crisol? —preguntó Greta.
—El ritual de mañana es una ceremonia donde se manipulará un metal para convertirlo en algo inflamable o explosivo. El crisol es donde estará ese mineral y, si no saboteamos el proceso… mañana habrá un sacrificio. A parte del vuestro.
Los tres se miraron al oír la última frase. Henry dio un paso hacia ella.
—Uno de los nuestros llegó a la isla herido de un brazo y con un golpe en la frente. Samuel, el chico arqueólogo. No sabemos nada de él, pero si dices que mañana habrá un sacrificio, esto pinta muy mal. Dinos qué necesitas.
Evelyn respiró hondo.
—No puedo contarlo todo aquí, pero hay una forma de desestabilizar el metal del crisol. Una forma de impedir que el Fuego de Mitra nazca. Cuando empiece el ritual, habrá un momento en que os necesitaré, pero no sé cómo aún. Solo os pido que confiéis en mí.
Henry asintió sin dudar.
—Ashwina.
Evelyn lo miró, sorprendida por la rapidez de su respuesta.
—Veo que lo entendiste.
—Solo espero que ellos no —dijo él.
Evelyn se acercó a la puerta. Miró por el ventanuco antes de abrirla. El pasillo estaba oscuro, silencioso. Tenía que irse antes de que el Custode regresara. Henry la siguió hasta la puerta, pero manteniendo la distancia.
—Evelyn… —empezó él, con voz baja—. Lo que te dije antes… lo siento. Por todo. Por cómo te mentí. Por cómo fallé. Por…
Ella levantó una mano, deteniéndose.
—No. No ahora.
Henry cerró la boca.
—Centrémonos en el plan —dijo ella, sin mirarlo—. Es lo único que importa.
Y salió, cerrando tras de sí, dejando a Henry con la mano aún extendida hacia la oscuridad.