La estirpe de Mitra Capítulo 49
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Capítulo 49

Los libros se amontonaban encima del escritorio.

La biblioteca empezaba a parecerse al estudio de Evelyn en Londres.

Varios tomos habían quedado en el suelo, delante de las estanterías de donde habían sido sacados.

Abiertos en algunos pasajes concretos. Ella iba y venía por la sala, buscando y recopilando datos de aquello que le iba revelando el maestro renacentista Valente.

A estas alturas, ya tenía la composición de los materiales de la Clavis . Ludovico la había hecho fabricar en una fragua en Tabriz, en el actual Irán, a partir de sus indicaciones. Allí contactó con un alquimista que le ayudó a encontrar los cristales para la pieza.

Evelyn pasó el dedo por el cristal rojo incrustado en la Clavis .

Resultó que no era un adorno. Era pyroxia, el cristal que los antiguos alquimistas consideraban un fragmento del fuego primordial.

Con la otra mano seguía un capítulo del libro de Ludovico, que al final resultó llamarse «El guardián en la isla».

Lo leía en voz alta, como si estuviera impartiendo una clase de mitología a las esculturas de la biblioteca.

—«Hoy he vuelto a enfrentarme al metal ardiente que brota de las entrañas de esta isla.

El Ahrunio responde con violencia cada vez que la luz roja, concentrada a través de la pyroxia, incide sobre él.

Al principio creí que la reacción era un signo de su pureza.

El metal se funde con rapidez, vibra como si despertara, y antes de que pueda contenerlo empieza a exhalar vapores rojizos que queman la garganta y ennegrecen la piedra.

Es un poder demasiado grande para ser manejado sin control. Demasiado inestable. Demasiado vivo ».

«Interesante», pensó Evelyn. Saber que el metal podía ser tan inestable, sobre todo cuando empezaba a vibrar, era un detalle importante para tenerlo en cuenta.

Pero no podía hacerlo estallar así sin más, esos vapores de los que hablaba Valente podían llegar a ser mortales y estar cerca no era muy recomendable.

Siguió leyendo con la esperanza de encontrar algún dato con el que poder afinar el plan.

—« He probado a reducir la intensidad del rayo, a variar el ángulo, incluso a mezclar el ahrunio con agua de mar o con aceites minerales. Nada ha servido. La pyroxia despierta en él una furia que no puede ser gobernada ». ¿Y se supone que mañana tendré que estar al lado de esto?

Evelyn empezaba a entender los motivos por los que la Clavis había permanecido tanto tiempo escondida de la Orden. Su propio descubridor lo dejó escrito.

—« Pero hoy… Hoy he visto algo nuevo ». Espera, que hay sorpresas —se inclinó sobre el libro para leer con más atención—.

« Mientras el metal se fundía, antes de que comenzara a soltar su aliento venenoso, coloqué por accidente —o quizá por destino— un fragmento de jade blanco entre la lámpara y el cuenco.

La luz atravesó la piedra y cayó sobre el Ahrunio como un rayo pálido, casi lunar » —se le abrieron los ojos al leer lo que seguía—.

« El efecto fue inmediato. El metal, aun blando, dejó de agitarse.

Su superficie se volvió lisa, obediente, como si una mano invisible lo hubiera calmado.

No se solidificó, pero tampoco explotó. Permaneció en un estado intermedio, maleable, dócil. Un estado que jamás había visto ».

« Así que la pyroxia despierta al Ahrunio, pero el jade blanco lo doma» pensó mientras pasaba páginas.

Respiró hondo al haber encontrado un dato que la tranquilizaba un poco.

Hasta ese momento todo indicaba que la Serpiente era una parte sacrificable del ritual, un miembro que debía manipular un mineral y que en cualquier momento podía exhalar un vapor mortal.

Eso en el mejor de los casos; en el peor, simplemente podía estallar en mil pedazos llevándose por delante todo lo que hubiera a su alrededor.

Pero la Estrella blanca estaba puesta allí como un estabilizador y eso era buena señal.

En una de las hojas centrales del manuscrito encontró una ilustración de la Clavis en su forma definitiva que parecía hecha por el mismo autor o quizá era un encargo, viendo el nivel de detalle en los trazos de la pluma.

La lámina iba acompañada de un texto de Valente: «He comprendido que la Clavis no puede depender solo del fuego.

Necesita también la pureza. Necesita equilibrio.

He incrustado en su centro una gema de jade blanco, tallada con precisión para que reciba el haz en el momento exacto en que el metal alcanza su punto de mayor vulnerabilidad.

Si la luz roja abre el camino, la luz blanca lo estabiliza.

La disposición de las piedras me la han dado los dioses en una revelación.

Solo la fuerza de Tauro puede domar el fuego de Ahrun.

Y Aldebarán es su ojo, el que gobierna y controla la transformación.

Sin este segundo rayo, la obra sería imposible. Con él… Aión podrá renacer».

Evelyn cerró el manuscrito con un golpe seco.

El eco resonó entre las estanterías como un latido impaciente.

Se quedó inmóvil unos segundos, con la mirada fija en la ilustración de la Clavis que aún vibraba en su mente: la pyroxia despertando al metal…

el jade blanco domándolo… y ella, la Serpiente, en el centro de todo, sosteniendo un crisol que podía matarla si respiraba en el momento equivocado.

Si aquella reacción podía controlarse a una escala mayor, entonces no estaban hablando de un arma.

Estaban hablando de una catástrofe. ¿Cómo había llegado a convertirse en el cuarto jinete del apocalipsis?

¿Así era como quería ser recordada? ¿Cómo la mayor genocida del siglo XX?

Había que parar esto, pero eran demasiadas cosas para controlar.

La Clavis , el crisol… y aún no había visto la cueva del ritual.

—No puedo hacerlo sola —murmuró, y por primera vez no sonó a derrota, sino a una deducción científica.

Caminó despacio alrededor de la mesa, repasando mentalmente cada paso del ritual.

La luz roja debía incidir en el ahrunio en el instante exacto.

La luz blanca debía estabilizarlo.

La Clavis debía girarse en la posición adecuada.

«Yo estaré con las manos ocupadas, controlando un metal vivo que podía volverse contra cualquiera. ¿Quién demonios va a manejar la Clavis ?»

Evelyn volvió al manuscrito, pasando páginas con una mezcla de urgencia y temor. Había algo más, lo intuía. Ludovico no era un hombre que dejara cabos sueltos.

Y entonces, casi al final, encontró un pasaje escrito con una caligrafía más temblorosa, como si la pluma hubiera dudado antes de tocar el papel o fuera la mano de un hombre cansado.

« Aión exige equilibrio. Como el toro que Mitra ofreció para sellar el pacto, así también el Portador deberá entregar su fuerza al final del tránsito.

La Clavis abre el camino, pero la sangre sostiene el puente.

Y la Serpiente necesita de esa sangre para la renovación.

Ninguna obra nace sin un precio. Ningún renacer sin un sacrificio».

Evelyn sintió un escalofrío recorrerle la espalda al leer las últimas palabras.

« Y estas son las conclusiones: para que el ahrunio llegue a transmutar en el Fuego de Mitra, necesita de un último elemento, la sangre de Tauro».

¿El Portador? ¿La sangre? ¿El precio? No hablaba de ella.

No hablaba de la Serpiente. Hablaba de ellos:  del grupo de Henry.

Los que había traído la Clavis . Los que habían sido golpeados, machacados, humillados…

y que ahora, según el ritual, debían morir para que la Orden obtuviera su renacimiento.

—No… —susurró, cerrando el libro con ambas manos, como si pudiera impedir que las palabras escaparan.

Evelyn se llevó una mano a la boca. No podía permitirlo. Pero ¿cómo?

Salió de la biblioteca con el libro aun temblando entre sus manos. No caminaba: avanzaba como una flecha. La rabia le quemaba el pecho. Atravesó los pasillos, bajó los escalones y a través de los ventanales que daban al jardín, lo vio.

El Cuervo siempre buscaba silencio antes de un ritual. Lo vio entre los árboles del jardín, de espaldas, preparado con la túnica negra ondeando suavemente. Miraba hacia la costa italiana, como si el mar fuera un espejo donde leer presagios.

—Brandt —le llamó cuando estaba a escasos metros de él.

Él giró la cabeza, lento, como si ya supiera que venía cargada de tormenta.

—Señorita Carter, ¿ha terminado sus lecturas?

Evelyn avanzó hasta colocarse frente a él. No había cortesía en su voz.

—¿Lo sabías? —escupió—. ¿Sabías que los Portadores van a ser sacrificados?

Brandt no respondió. No lo necesitaba.

—Evelyn, cuando uno decide formar parte de una orden como Taurus debe asumir que en algunos momentos las cosas no serán del todo de su agrado.

Llevamos varios cientos de años existiendo y no vamos a cambiar ahora uno de los rituales más importantes de la orden porque a ti se te haya antojado salvar a una de las cobayas.

—¿Cobayas? ¿O ratas de alcantarilla?

Un destello cruzó los ojos del Cuervo al recordar cuando utilizó por última vez esa expresión. «Así que la serpiente ha aprendido a moverse por las sombras», pensó. Pero no respondió nada, solo la miró impasible.

—Son ellos quienes han hecho posible que la Clavis esté aquí —replicó ella, dando un paso adelante—. Gracias a ellos, la encontrasteis. Gracias a ellos, la tenéis. Y ahora los vais a sacrificar como si no valieran nada.

Brandt entrecerró los ojos, irritado.

—Son cuatro miserables, Evelyn. Cuatro. Mientras hablamos, miles mueren en Europa. ¿De verdad vas a cuestionar un ritual que puede detener esa masacre?

—Ese sacrificio no sirve para nada —dijo ella, clavándole la mirada—. No afecta al proceso químico. No es necesario. Es superstición; es crueldad.

Brandt sonrió, apenas.

—La liturgia no existe para satisfacer a la materia —respondió—.

Existe para fortalecer la fe. Los rituales no cambian: no por capricho, no por…

sentimentalismos. Querida Evelyn, el plomo se convierte en oro en el crisol, pero los hombres solo se convierten en soldados ante el fuego del sacrificio.

No buscamos ciencia, necesitamos devoción.

Evelyn sintió que algo dentro de ella se rompía. No podía convencerlo. No a él; no así. Respiró hondo y cambió de estrategia. Agachó la cabeza, mirando al libro que llevaba entre las manos.

—Sé que el ritual es para un bien mayor —dijo con tono calmado—, que la intención de Taurus es muy loable. Y después de leer al maestro Valente, entiendo que a veces hay que hacer un mal menor para conseguir… Cuervo —dijo, usando el título con una frialdad calculada—. Participaré en el ritual.

—¿Por fin lo has entendido?

—He entendido que, si voy a ser la Serpiente, necesito una garantía —dijo ella, con voz firme—. Quiero que me asegures que el Fuego de Mitra se usará solo contra quienes lo merecen. Que no habrá un genocidio. Que no arderán inocentes.

Brandt la observó largo rato. El viento movía las hojas a su alrededor, como si el bosque contuviera la respiración. Evelyn miró hacia la costa, temía cruzar su mirada.

—Pides mucho —dijo al fin.

—Pido lo justo —respondió rápido.

Otro silencio. Y entonces, Brandt asintió.

—Tendrás tu garantía. El Fuego se usará dónde debe usarse.

Evelyn inclinó la cabeza, como si aceptara el pacto. Pero por dentro, algo muy distinto se estaba gestando. No tenía claro si la mentira había fraguado, pero ahora debía seguir adelante con ella, hasta que encontrara la manera de contactar con el grupo para cambiar las cosas.

—Bien —dijo ella—. Me prepararé.

Se dio la vuelta sin esperar permiso y regresó hacia la villa.

Cuando entró en su habitación, encontró sobre la cama la túnica blanca de la Serpiente, cuidadosamente doblada.

La tocó con la punta de los dedos. «Ya soy uno de ellos», pensó.

Y entonces lo vio claro. La túnica normalmente era un símbolo, pero esta vez iba a ser una llave.