Capítulo 48
Las dos mujeres se pusieron en alerta cuando la llave empezó a manipular la cerradura de la celda.
En otras circunstancias habrían intentado ofrecer algo de resistencia a los guardias que patrullaban por los pasillos, pero las dos estaban completamente exhaustas y ahora solo podían permanecer sentadas a esperar.
La puerta se abrió de golpe y dos tipos como dos armarios lanzaron, como si fuera un saco de heno, a Henry al interior de la celda. Este cayó de bruces sobre la piedra, vencido y magullado. Greta se acercó rápidamente para auxiliarlo y lo giró para apoyar la cabeza en sus piernas.
—Empezaba a pensar que no volverías —le dijo preocupada—. ¿Qué ha ocurrido?
Sarah se levantó y se dirigió a la pequeña ventana de la puerta.
—¡Hijos de puta! ¡Qué alguien nos saque de aquí! —gritaba al pasillo—. ¡Queremos ver a nuestro compañero!
Greta le miró a los ojos y al instante notó que algo no iba bien, sin tener en cuenta todo lo ocurrido, que era evidente que no estaba resultando el plan que ella había pensado.
—Todo esto es culpa mía. —Le cayó una lágrima por la mejilla—. Tendría que haber dicho que no al viaje. Todo esto por unas putas míseras libras.
Sarah se giró al oír esas palabras.
—¡Ni se te ocurra cargar con esta culpa! —le señaló con el dedo—. Aquí estamos todos por decisión propia. No obligaste a nadie a venir. Mira Alexander, él se quedó.
—El único listo en todo esto. —Miró a Henry de nuevo—. Se han llevado a Samuel y no sabemos qué están haciendo con él.
Sarah daba vueltas por la celda, inquieta. Negando con la cabeza, intentando comprender algo de esa situación.
—Si ya tienen la mierda de plato, ¿qué coño hacemos aquí encerradas? Quiero irme de aquí, ya.
Henry pareció recuperar el aliento y se incorporó hasta quedar sentado. Se tocó el costado y notó el ardor en la zona donde el mastodonte le había clavado el puño dos veces. Se llevaría un buen cardenal de recuerdo por ello. Aun así, Greta le ayudó a llegar hasta el camastro donde se sentó.
—Ella está aquí —dijo mirando al suelo.
—¿De qué estás hablando? —Greta le miró fijamente—. ¿Quién es ella?
—Evelyn.
Greta no daba crédito a lo que acababa de oír.
—¿Perdona? ¿Cómo que está aquí? ¿La has visto? ¿Seguro que era ella? ¿Dónde la has visto?
—¡Basta, Greta! —ella dejó de preguntar—. Era ella, estoy seguro. La he tenido delante cómo te tengo a ti ahora. Le dieron el artefacto para examinarlo. No sé cómo, pero la han traído para descifrar la Clavis .
Sarah se apoyó en la pared, escuchando las palabras de Henry.
—¿De quién habláis?
—Sarah, no es el momento. Danos un minuto —Greta sonó cortante y la otra levantó las manos y se hizo a un lado.
—Han dicho algo que me ha descolocado del todo. Creo que nos han utilizado. Aún nos utilizan.
—¿Qué estás pensando? ¿Qué han dicho?
—Cuando la he visto, Greta, pensé que la estaban utilizando para poder hacerme chantaje.
Que iban a pedirnos algo, no lo sé, pero que su vida estaría en juego.
Y solo quería machacarlos a todos por ello —Greta le prestaba atención sin decir nada—.
Y entonces descubrí que no la tenían capturada, que está con ellos.
—Entonces, ¿es de Taurus?
—No la tenían atada Greta, estaba de pie, allí, como uno más.
Sarah se cansó de esperar a que le hicieran caso y se arrodilló delante de la pareja. La celda pareció hacerse más pequeña, como si las cuatro paredes se acercaran a ellos. Sarah habló calmada.
—No sé quién es esa Evelyn, pero parece que es importante para ti, jefe —hizo una pausa—. La cuestión es: ¿cómo salimos de aquí?
Greta tenía la mano en el hombro de Henry, pero él no la sentía. Estaba mirando al suelo, como si allí hubiera una respuesta que aún no sabía cómo formular.
—¿Y por qué nos han metido en esta celda?
Henry levantó la cabeza despacio. Tenía los ojos enrojecidos, pero no por el golpe, sino por algo más profundo.
Algo que acababa de entender.
—No está con ellos —dijo al fin, con voz ronca.
Greta frunció el ceño.
—¿Cómo qué no? Henry, la has visto de pie, sin ataduras, al lado de esos animales. ¿Qué más necesitas?
Henry negó con la cabeza.
—No lo entendéis. Yo tampoco lo entendí al principio —Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta, tembloroso—. Pero me dejó un mensaje.
Sarah arqueó una ceja.
—¿Qué mensaje? ¿Te ha guiñado un ojo o qué?
Henry sacó el pequeño amuleto de hueso. Los Ashvin. Las dos cabezas de caballo.
Greta abrió los ojos de par en par.
—¿Eso lo llevabas tú?
Henry lo sostuvo entre los dedos, como si fuera algo frágil.
—Es… una figura antigua. Un amuleto —respiró hondo—. Son los Ashvin. Los gemelos divinos de la tradición védica, protectores de los viajeros. Hace semanas que lo tengo —dijo Henry, casi en un susurro—; lo he llevado en el macuto todo este tiempo.
Apretó el amuleto entre los dedos.
—Era suyo, desde su época de estudiante, y quiso que lo tuviera yo.
—Que tierno —bromeó Sarah.
—Y hoy… lo ha visto en mi bolsa y lo ha cogido para lanzármelo. Y me ha dicho una palabra.
—¿Qué palabra? —preguntó Greta.
Henry levantó la mirada.
—Ashwina.
Greta frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
Henry apretó el amuleto entre los dedos.
—No es una palabra cualquiera. Hace referencia a los dos gemelos, los Ashvin. Evelyn me explicó lo que representaban cuando me dio esto.
Miró las dos pequeñas cabezas de caballo.
—Mantente fiel a la verdad de Nasatya y tendrás la fuerza para realizar la hazaña de Dasra.
Sarah negó con la cabeza.
—Sigo sin entender nada.
Henry tardó unos segundos en responder.
—No tenías que entenderlo tú. Tenía que entenderlo yo.
Levantó los ojos hacia Greta.
—Me está diciendo que me mantenga fiel a la verdad, que no pierda de vista lo que sabemos y que, si lo hago, tendremos nuestra oportunidad de realizar la hazaña.
Greta sintió que el corazón empezaba a acelerarse.
—¿La hazaña?
Henry asintió.
—Sea cual sea.
—¿Me estás diciendo que esa mujer, la misma que te ha mirado como si fueras mierda… está intentando ayudarnos?
Henry cerró los ojos un instante, recordando la mirada de Evelyn. Fría, cortante, pero no vacía.
—Creo que no está con ellos —repitió—. Ahora lo veo claro. Está jugando a algo mucho más peligroso.
Apretó el amuleto.
—Y si ha usado esa palabra… es porque necesita que estemos preparados.
Greta se inclinó hacia él, con el corazón acelerado.
—¿Preparados para qué?
Henry levantó la vista hacia la puerta de la celda, hacia el pasillo oscuro.
—Tengo la sospecha de que es aquí. En esta isla es donde van a utilizar la Clavis .
Y creo que estábamos equivocados con ella.
No es una simple lente para marcar un lugar en un mapa; tiene que ser algo más importante.
Y si Evelyn hubiera encontrado alguna manera de parar esto, creo que necesitará nuestra ayuda para ello.
—¿Y cómo lo sabremos? —Sarah parecía estar convencida.
—Espero que nos haga una señal —dijo.
Sarah bufó, incrédula.
—¿Una palabra de un dios caballo nos va a sacar de una celda italiana?
Henry la miró con una determinación nueva, afilada.
—No es una palabra, Sarah —se incorporó un poco, pese al dolor—. Es un plan.
Silencio.
Pero esta vez no era un silencio de derrota. Era un silencio de alineación. Por primera vez desde que llegaron a la isla, los tres estaban mirando en la misma dirección.