La estirpe de Mitra Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

—Por supuesto —concedió Evelyn, ladeando un poco la cabeza—.

Pero da la casualidad de que yo pasé años en Cambridge estudiando la fonética del Mediterráneo oriental.

Y su cadencia al hablar inglés no es la de alguien nacido en el Peloponeso ni en las islas del Egeo.

Su pronunciación del latín y del griego es de la academia británica.

Su acento recuerda más a la alta sociedad de Inglaterra.

Los ojos del Perro se entrecerraron. El tono engolado comenzó a perder su matiz de cortesía.

—¿A dónde pretende llegar con esta conversación, señorita Carter? —preguntó, poniéndose a la defensiva, con la voz volviéndose más áspera—. Tenemos asuntos más urgentes que atender antes del amanecer.

—Solo intento comprender con quién estoy tratando —respondió ella, dando un paso lento hacia él, rozando lo personal—. Puedo preguntar... ¿cómo se hizo esas marcas en el rostro?

El Perro apretó la mandíbula. Las arrugas de la carne cicatrizada en su mejilla se tensaron. Evelyn bajó la mirada un instante hacia su pierna derecha, notando el apoyo rígido y descompensado que el hombre hacía sobre el suelo.

—¿Y la cojera? —insistió en voz baja—. No parecen heridas de un ritual místico de Taurus, señor Skylos.

El silencio cayó en la bóveda de la biblioteca como una losa de piedra.

El Perro la observó durante unos largos segundos.

Luego, una sonrisa amarga y áspera desfiguró aún más su rostro.

Suspiró, dejando escapar una risotada seca.

Comprendió que no tenía sentido continuar con aquella farsa.

Mañana sería el ritual y la Serpiente cumpliría su destino o moriría en el intento.

Ya no eran necesarios los secretos ante ella.

—El río Somme —dijo él, eufórico y lúgubre al mismo tiempo, adoptando un porte rígido, henchido de un retorcido orgullo de veterano—.

Verano de 1916. El primero de julio. Las fuerzas británicas y francesas nos lanzamos a romper las líneas alemanas a lo largo de un frente de cuarenta kilómetros al norte y al sur del río.

Más de cincuenta y siete mil bajas británicas solo en veinticuatro horas. El infierno en Francia, Evelyn.

Dio un paso torpe hacia adelante y el impacto del pie artificial resonó contra las baldosas.

Una granada de mano estalló a escasos metros de mi trinchera —continuó, señalando la mejilla cruzada por profundas cicatrices—.

La metralla me desgarró el rostro y otro pedazo de hierro me reventó el muslo, destrozando la articulación y la pierna.

Me dejaron tendido en el barro, dado por muerto entre la carnicería.

Evelyn tragó saliva, manteniendo la compostura ante la crudeza del relato.

—Pero entonces... ¿usted no se hacía llamar Skylos en el frente?

—En 1916 yo tenía otro nombre —admitió él con frialdad—. Me llamaba Franklin. Franklin Harrington. El hijo menor de la casa.

Evelyn parpadeó, encajando el golpe. En los registros de la casa de subastas Harrington & Sons, el hermano menor de William Harrington Jr. figuraba como un héroe lisiado retirado.

—Al volver de Francia, mutilado e inútil para el negocio familiar, me enviaron a un sanatorio en las islas griegas para recuperarme —prosiguió él con desdén—.

Aquella reclusión victoriana me asfixiaba.

Pero fue allí, hacia 1922, donde coincidí con Lord Carnarvon.

Y, por supuesto, con ese famoso arqueólogo que trabajaba para él. Howard Carter. Su propio tío.

Evelyn abrió ligeramente los labios al escuchar el nombre de su tío.

—Así fue como nos conocimos Howard y yo —explicó Franklin—.

Su tío empezó a mostrarme sus hallazgos de Egipto, los planos, la fiebre del descubrimiento.

Aquello me devolvió la vida. Financié mi propia expedición a Anatolia poco después.

Y allí, en las ruinas olvidadas de los hititas y los mitraitas, no encontré oro ni estatuas para los museos. Encontré a la Orden de Taurus.

Los ojos de Franklin parecieron brillar al rememorar aquel momento.

—Taurus me adoptó. Vieron en mí el fuego que la guerra no había podido apagar.

Me dieron un lugar, una jerarquía y un propósito verdadero.

Me otorgaron el rango de Canis y me bautizaron como Skylos, la identidad definitiva que juré servir.

Desde 1923 dejé de gestionar personalmente la casa de subastas en Londres, aunque continuó llevando mi apellido.

En realidad, fue la Orden la que acabaría controlando la firma a través de los Harrington, usando el negocio como tapadera para financiar nuestras expediciones y filtrar las piezas que necesitábamos.

Hizo una pausa, mirando a Evelyn con una mezcla de superioridad y reverencia.

—Así que, como verá, el destino nos ha estado uniendo desde hace mucho tiempo, señorita Carter.

El Perro —o Franklin Harrington— empezó a andar hacia el altar y Evelyn le siguió con la mirada, sin saber si ir tras él o no. El otro cogió la Clavis y la levantó hacia ella.

—Esto es lo que nos dará la renovación. Mañana, en el ritual, deberá colocarla como indican los textos. Y el maestro Valente —señaló con la otra mano el libro que Evelyn tenía al lado— le dirá en qué libros podrá encontrar todo lo necesario.

Soltó la Clavis en el altar con cuidado y se encaminó a la puerta.

—Y ahora, le dejo explorar el libro. Tengo asuntos que atender. Los novitii han empezado con los preparativos.

Tras cerrar la puerta, Evelyn se quedó de nuevo a solas en la iglesia.