Capítulo 47
La iglesia quedó en silencio. Solo lo rompía la respiración —ahora más pausada— de Evelyn y el viento que silbaba en el ventanal del ábside.
La Clavis descansaba sobre el altar, colocada con un cuidado casi reverencial sobre el paño oscuro.
Se acercó despacio, como si temiera que el objeto pudiera moverse por sí solo y apoyó las manos en el borde de la piedra, dejándolas a cada lado del plato sin llegar a tocarlo.
Respiró hondo, una vez, como si fuera a enfrentarse a una bestia salvaje.
—Así que tú eres la culpable de todo —murmuró, como si le hablara a la pieza.
Sonó como una confirmación más que una acusación y, mirándola fijamente, levantó una mano y rozó con un dedo el borde de la Clavis .
Esta tembló un poco al contacto, ya que estaba apoyada en la piedra por el lado cóncavo.
La levantó para verla de cerca y lo primero que notó fue el frío del metal en la mano.
Latón, no había duda. Al despegar la mano del plato, notó cómo la piel tardaba unos segundos en recuperar el calor y, curiosamente, era más ligero de lo que esperaba.
—Por tu culpa no trabajé en el museo —le decía entre dientes y agarrándola con las dos manos—, por tu culpa me siguieron, me utilizaron. ¡Por tu culpa me mintió!
Como si fuera el mazo de un juez, esta última frase quedó suspendida en el aire de la biblioteca.
Evelyn dejó la pieza en la mesa y observó con detalle los grabados del interior.
Inclinaba la cabeza mientras estudiaba cada uno de ellos.
«El zodiaco, las doce constelaciones», pensó Evelyn.
Estaban dispuestos los símbolos alrededor del arco de la Clavis , pero no era algo ornamental.
Se dio cuenta que no estaban en el orden habitual.
—Detrás de Escorpio debería estar Libra y aquí han puesto Géminis, —iba repasando con los dedos —y después de Géminis… ¿Y Tauro?
No había doce grabados, sino once. Y encima faltaba el principal, el que daba nombre a la Orden. Fue entonces cuando vio la disposición de las gemas rojas en el plato y no le hizo falta mucho poder de deducción para saber que ese dibujo era la constelación de Tauro.
—El que te hizo lo tenía todo pensado. Lo fabricó en latón, gran conductor de calor, y puso esos grabados en un orden concreto. ¿Por qué?
Levantó de nuevo la Clavis , esta vez a la altura de la cara, y descubrió que los cristales atravesaban el plato hasta el otro lado, dejando pasar la luz a través de ellos.
—Son guías, para situar la Clavis en una posición concreta. —Giraba la pieza en el aire como si fuera un volante. —Y los cristales… ¿qué mineral será?
Luego posó la mano sobre el cristal blanco situado en el centro de la constelación.
—Y tú… tú eres el misterio. La pieza que no encaja.
Era opaco, lechoso, casi orgánico. Como un ojo que no quería abrirse. Evelyn lo tocó con la yema del dedo y un escalofrío le recorrió el brazo.
—Tú… —susurró—. ¿Cómo te llamabas?
Intentó hacer memoria, sabía que había leído algo acerca de la constelación de Tauro.
Varias culturas antiguas, entre ellas la persa, ya utilizaban esas estrellas para sus rituales iniciáticos.
«Aldebarán», le vino el nombre de golpe.
La estrella principal de Tauro. Recordó un texto donde se decía que ya los griegos la llamaban «El ojo del Toro».
Dejó de nuevo la Clavis en el altar. Las luces de aceite hacían brillar el latón con un aspecto antiguo, como si fuera un artilugio de los dioses. Se cruzó de brazos y la rabia le subió a la garganta.
—¿Cuántas vidas has arruinado? ¿Cuántas guerras has encendido? ¿Cuántos hombres han matado en tu nombre?
La Clavis , por supuesto, no respondió. Pero Evelyn sintió algo extraño: una mezcla de fascinación y repulsión, como si estuviera mirando a un animal hermoso y venenoso.
Se quedó un momento en silencio, observando el plato como si pudiera descifrarlo solo con la mirada. La puerta de la biblioteca crujió a lo lejos. Se oyeron pasos acercarse. Evelyn no se movió. «Seas lo que seas, voy a destruirte», pensó.
Detrás de ella apareció el Perro, con un gran libro en las manos. Lo dejó sobre la mesa de escritorio de la bóveda lateral.
—Señorita Carter —dijo con una sonrisa que no le había visto jamás—. Ha llegado el momento de que comprenda la magnitud de lo que está a punto de presenciar.
Ella se acercó curiosa hasta que vio el tomo sobre la mesa; encuadernado en cuero rojo oscuro, con cierres metálicos y un símbolo grabado en la portada: una serpiente enroscada alrededor de un sol. Levantó una ceja y miró al Perro. Algo extraño ocurría que la hizo desconfiar.
—¿De qué se trata?
El Perro abrió el libro y las páginas crujieron como huesos viejos.
—Este manuscrito fue escrito por Ludovico Valente —dijo, acariciando las letras con la punta de los dedos—. Médico, alquimista… y Perro de Taurus en el siglo XV.
—¿Valente? —«In valentia veritas» —recordó Evelyn—. Así que era eso.
—Es buena observadora, me gusta. Se ha fijado en el lema de la entrada de la biblioteca.
—Sí, y deduzco que no significa «En la valentía está la verdad».
El Perro sonrió divertido y pasó unas páginas. Unos fragmentos del diario de ese Ludovico y unas ilustraciones de la costa de Liguria y la isla Gallinara. Evelyn miró desde un lado los mapas.
—«Fui enviado por la Orden a Gallinara en el año del Señor de 1482, —leyó en voz alta ella— cuando la abadía ya no era sino un cascarón vacío, dos monjes que ahí quedaban eran guardianes de documentos que debían pertenecer a Taurus.
Para preservar la biblioteca, tuve que acelerar la despedida de los dos habitantes de la isla y, en la soledad, hallé lo que jamás hubiera imaginado: un fuego dormido bajo la roca, un metal rojo que parecía respirar».
—Ese metal que menciona el maestro —le explicó el Perro—, se encuentra en las profundidades de esta isla. Creemos que puede haber en otros lugares, pero la Orden lleva décadas buscando y, de momento, este es el único lugar conocido.
—¿Qué tiene de especial ese… metal rojo? —preguntó ella, aprovechando que tenía al hombre con ganas de hablar.
—El propio Ludovico lo dejó explicado —pasó varias páginas hasta que encontró el texto y leyó en voz alta—.
«Hoy he vuelto a descender a la cueva inferior, allí donde la roca respira un calor tenue aun en pleno invierno.
He tomado un fragmento del metal rojo —al que, por su naturaleza ardiente, he decidido llamar ahrunio, pues me recuerda las entrañas de Ahrun, el reino inferior— y lo he expuesto al fuego directo de mi lámpara.
Lo que ha sucedido desafía toda razón. El metal no se ha fundido como haría el plomo o el estaño.
No. Ha comenzado a vibrar, como si en su interior despertara un espíritu inquieto.
Y cuando el calor ha sido demasiado, el ahrunio ha exhalado un vapor rojizo, casi luminoso, que me ha obligado a apartarme.
Al entrar en contacto con la llama de la lámpara, la nube se ha prendido en una llamarada espontánea».
El Perro pasó un par de páginas buscando un pasaje concreto. Miró de reojo a Evelyn y se hinchó de orgullo al notar en el rostro de ella cierta fascinación por lo que estaba descubriendo. «La Serpiente ha empezado a mudar la piel», pensó.
— Esta parte fue muy reveladora. Escucha: «Es un metal que se vuelve volátil, como si buscara liberarse de su forma terrena.
Más tarde, ya en la villa, he probado a molerlo con el mortero de basalto.
El resultado ha sido muy positivo: reducido a polvo, el Ahrunio pierde su resistencia y se vuelve manejable, dócil, casi obediente.
En este estado, al aplicarle calor suave, no estalla ni vibra: se ablanda, se transforma en una pasta rojiza que puedo extender, mezclar, contener.
Es como si el metal, fragmentado, aceptara ser trabajado por la mano humana».
Evelyn miró por encima del hombro del Perro buscando el altar y la Clavis . Empezó a comprender que, con esos textos, no encontraba respuestas a sus dudas, sino que aún despertaba más preguntas que hacer.
—Entiendo que el mineral de estas cuevas es algo singular, —le dijo ella —pero no acabo de comprender cómo encaja la Clavis en todo eso.
—Todo a su debido tiempo, Serpiente.
Evelyn se sorprendió al oír cómo la había llamado.
Y entonces entendió cuál era su papel en esto.
Si efectivamente la Clavis debía encajar en algún artilugio de una manera concreta, quizá la respuesta se encontraba escrita en algún lenguaje que ellos no podían descifrar.
Y si solo era ella la que podía descubrir la verdad, era la única capaz de arruinar sus planes.
—¿Me dejaría explorar el libro? —preguntó Evelyn con tono amable—. Tengo que reconocer que ha conseguido captar mi interés, y creo que puede revelar muchas cosas. Pero si no sé lo que se espera de mí, tampoco sé qué debo buscar en todo esto.
El Perro pareció reflexionar unos instantes. Apartó las manos del libro y, sin mirar a los ojos de Evelyn, habló claro.
—En Taurus, cada miembro tiene su lugar.
En la parte más baja de la Orden tenemos a los novitii .
Los iniciados son arcilla sin forma, no se les confía nada que pueda perderse.
El siguiente grado son los custodes , guardianes que ven, pero no comprenden; son ojos sin mente.
A estos les siguen los praefecti , la mano que actúa cuando la Bestia no debe ensuciarse.
Y por último las bestiae : Corvus, el mensajero; Scorpio, el destructor; Serpens, el renovador; Leo, el gobernador... y Canis, el guardián.
Evelyn sostuvo la mirada del hombre. Apoyó suavemente las yemas de los dedos sobre la madera de la mesa.
—Canis... —murmuró ella—. Sin embargo, no hace mucho escuché al Cuervo referirse a usted con otro término. Lo llamó Skylos.
El Perro se mantuvo inmóvil, aunque la sombra de una ceja se le arqueó imperceptiblemente.
—Una simple coincidencia filológica, señorita Carter. Skylos es la palabra griega para «perro». En una sociedad con raíces tan antiguas, intercalar lenguas clásicas es lo habitual.