La estirpe de Mitra Capítulo 46
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Capítulo 46

El silencio del dormitorio era tan denso que Evelyn podía oír su propia respiración. Llevaba horas sin que nadie viniera a verla: ni Brandt, ni Emmett. Ni tan siquiera se oían pasos en el pasillo.

Solo el mar. Ese rumor grave, constante, como si la isla respirara bajo ella.

Estaba sentada a los pies de la cama, repasando mentalmente cada detalle de lo que pudo leer en la cámara del guardián aquella noche, cuando un sonido seco la sacó de golpe de sus pensamientos.

Un portazo. Luego otro. Voces. Muchas voces en algún lugar de la casa. Evelyn se incorporó de inmediato. Corrió a pegar la oreja a la puerta. Eran voces femeninas, quizá las chicas del servicio. Parecían muy agitadas.

—¡Apartaos! ¡Necesitamos un médico ya! —gritó una mujer con un acento áspero, firme.

Evelyn sintió un vuelco en el estómago. Esa mujer estaba hablando en inglés. Otra voz, más aguda, más rápida, casi atropellada, recriminaba a alguien.

—¡No lo toquéis así! ¡Le estáis haciendo daño, joder! ¡Traed vendas, agua, lo que sea!

No reconocía la voz, pero sí el idioma. Y eso solo podía significar una cosa. Evelyn salió al balcón. No podía ver el patio desde allí, pero sí oírlo. Pasos apresurados. Órdenes cruzadas. Un gemido ahogado. El arrastre de un cuerpo. Un herido.

«Un grupo. Ingleses», pensó mientras le llegaban las voces atenuadas a través de la puerta. «Han llegado. La pieza está aquí».

Tras la conversación que escuchó a escondidas entre el Escorpión y el Cuervo, sabía que estaban esperando a esta gente. Y si sus deducciones habían sido acertadas, entre el grupo… estaba él.

El pensamiento le golpeó el pecho como un puñetazo.

«Henry». El nombre sonó en su cabeza. No escuchó su voz, pero sabía que estaba allí.

Fue como una presión en el aire, como un cambio en la temperatura, como si su cuerpo reconociera algo que su mente no quería aceptar.

Evelyn retrocedió un paso sin darse cuenta y entró de nuevo al dormitorio.

Las manos le temblaron, la respiración se le cortó.

El ritual cada vez estaba más cerca y puede que en algún momento se acabaría cruzando con él.

—No voy a permitir que me tiemblen las manos —murmuró, apretando los dientes.

Evelyn apoyó la frente en la pared, cerró los ojos y respiró hondo.

«Has llegado hasta aquí. No te dejaron elegir, pero eso va a cambiar».

De pronto le pareció que había transcurrido una eternidad desde que Brandy y Emmett la sacaron de Inglaterra.

Apenas podía recordar a la Evelyn que era antes de toda esta aventura, y lo mismo ocurría con todo aquello que creía conocer.

Para ella, Henry ya no era el hombre de la fábrica de aviones; no era más que un actor profesional que usó sus sentimientos para robar un museo.

Y el que creía ser el dueño de su antiguo trabajo, ahora resultaba ser un fanático miembro de una organización dispuesta a liquidar medio continente.

—Hay cosas mucho más importantes, Evelyn. En unas horas van a poner en tus manos la pieza que cambiará el curso de la historia —respiró hondo al oír esas palabras en voz alta. —Y ya.

Unos minutos después dejó de oír voces. Y pareció calmarse todo de nuevo, menos ella.

Evelyn no paraba de dar vueltas a la habitación.

Había intentado abrir la puerta en dos ocasiones, solo para acabar comprobando, las dos veces, que la puerta había sido cerrada con llave desde el exterior.

Así que hasta que no vinieran a buscarla no podía hacer otra cosa que andar y andar por el dormitorio.

—¡Dios! ¿Por qué tardan tanto? —Se acercó a la puerta de nuevo esta vez para golpearla directamente.

Pero su mano quedó en alto a medio camino cuando unas llaves empezaron a moverse en el cerrojo. Reculó unos pasos para dejar que abrieran la puerta y descubrió que esta vez era Brandt quien venía a recogerla.

—Son ellos, ¿verdad? Ya está aquí.

—Ahora no, Evelyn, te reclaman abajo.

Evelyn lo siguió en silencio, con el pulso acelerado y la espalda recta.

La frialdad del tono de Bernhard dejaba claro que ya no había cercanía entre ellos.

Alguien había vuelto a poner al Cuervo en su sitio.

Anduvieron por el pasillo en penumbra y acompañados solo por el sonido de sus pasos, y bajaron directos hasta la puerta del león.

Después de ver el fresco de Aión en la bajada a la cámara del guardián, esa puerta cobraba un nuevo significado.

Ahora sí que parecía que entraban en sus fauces.

Cuando cruzaron el umbral de la biblioteca, Evelyn se detuvo. Skylos estaba allí y a su lado había un tipo alto, fuerte y trajeado de gris ceniza que no conocía. «¿Más miembros?» pensó Evelyn.

Los dos esperaban de pie, rígidos, como estatuas vigilantes junto al altar de piedra del ábside. Y entre ellos, empujado por dos tipos que parecían guardaespaldas, apareció Henry.

Llevaba la ropa sucia y el rostro marcado por un moratón de algún golpe reciente. Estaba tan magullado y destrozado que no hacía falta que lo llevaran atado. Tenía los ojos bajos, derrotado y cansado.

Evelyn sintió cómo el mundo se le comprimía en el pecho. No por él, sino por lo que representaba; apenas era una sombra del hombre que recordaba. «Ahí está», pensó. «El hombre por el que casi me volví loca de dolor. El hombre que nunca existió».

Henry levantó la vista. Solo un segundo. Y eso bastó para que la vista se le desorbitara, incapaz de asimilar que era ella.

«Evelyn. Ahí de pie. Al lado de ese. En la isla. En manos de Taurus». Algo dentro de él se rompió.

—¡No! —la voz le salió como un rugido—. ¡No la toquéis! ¡No la uséis para esto, hijos de puta!

Uno de los guardias intentó sujetarlo, pero Henry forcejeó con una fuerza que no sabían que tenía. Se revolvió, entre los brazos de su captor e intentó lanzarse hacia ella. Evelyn intentó recular asustada por esa reacción súbita, pero Brandt le puso la mano en la espalda para frenarla.

—¡Si le hacéis daño os juro que…!

León avanzó dos pasos, casi aburrido, y le propinó un puñetazo en el estómago. El golpe lo dejó sin aire y Henry quedó desplomado sobre el altar durante unos segundos, hasta que los dos guardias volvieron a levantarlo. El hombre del traje gris se le acercó al rostro.

—Cálmate, héroe —gruñó León—. Nadie la ha traído aquí por ti.

Henry levantó la cabeza, jadeando, con los ojos llenos de furia.

—¡Mentira! ¡La estáis usando para obligarme a…!

El Perro intervino, con esa voz grave que no necesitaba gritar para imponerse.

—¡Ya basta! No se crea tan importante, señor Turner. —El Perro señaló a Evelyn con un gesto casi reverencial—. La señorita Carter es la que importa aquí.

Henry se quedó helado. Parpadeó antes de mirar de nuevo a Evelyn.

Esperaba ver miedo, o algo de alivio en su mirada.

Pero lo que vio fue frialdad. Distancia.

Una Evelyn que no conocía. Una mujer que no necesitaba que la protegieran.

Una Evelyn que no parecía estar allí por él.

Y por un instante, un pensamiento terrible le cruzó la mente. «¿Está… con ellos?»

—Señorita Carter —dijo León con esa calma insultante—, su caballero andante nos ha traído algo para que usted lo vea. Esperemos que la pieza no venga tan maltrecha como su portador.

—¿No han comprobado si la pieza está dañada? ¿A que esperaban? ¿A qué lo hiciera yo?

León apretó los puños ante el comentario de Evelyn.

Se inclinó sobre la bolsa que habían dejado sobre el altar.

Evelyn hundió las manos en el macuto. Bajo el peso de la Clavis , sus dedos rozaron un objeto pequeño y familiar.

El corazón le dio un vuelco que casi la delata.

Apartó un momento la tela que envolvía la reliquia y allí, en el fondo, entre restos de tabaco y polvo, vio las dos cabezas de caballo talladas en hueso: los Ashvin.

La pieza estaba desgastada por el roce, señal de que Henry la había apretado entre sus manos muchas veces.

En ese instante, toda la rabia de Evelyn se mezcló con una punzada de dolor.

Él la había llevado consigo; él no la había olvidado.

Luego alzó la Clavis y la examinó por los dos lados, sin detenerse mucho en ella. Cuando habló, su voz sonó a acero puro.

—La pieza parece estar en orden —respondió ella con una voz tan fría que hizo que Henry se estremeciera más que con el golpe de León.

Evelyn cerró el macuto con un golpe seco de la hebilla. Levantó la mano con la pequeña pieza de marfil entre los dedos y miró a Henry, que la observaba con los ojos empañados, buscando un rastro de la mujer que amaba en Londres. Ella sostuvo la mirada, impasible .

—Llévenselo —ordenó Evelyn, dirigiéndose a León, pero sin dejar de mirar a Henry—. Y usted, Turner… si de verdad cree que este amuleto de hueso que guardaba entre su basura sirve de algo, más le vale empezar a recitar su Ashwina.

Lanzó la pieza por encima del altar hasta que cayó a escasos centímetros de la mano de él.

Henry se tensó. Esa palabra: Ashwina. Levantó la ceja levemente al recordarla.

Más de una tarde, cuando paseaban juntos por las calles de Londres, Evelyn le había contado lo mucho que le fascinaban las culturas indoeuropeas y asiáticas. Cómo utilizaban ciertos mantras para invocar la ayuda de algunos dioses. Si ahora estaba volviendo a ella, era por algo.

—Necesitará toda la salud y la fuerza que pueda mendigar a sus dioses —continuó ella, con una voz que cortaba como el cristal—, porque ahora comienza el verdadero camino. Y yo no pienso permitir que nadie arruine mi trabajo.

«El verdadero camino» pensó Henry, y sintió que algo dentro de él se despertaba. Intentó hablar, pero la voz le salió rota.

—Evelyn… yo no… —desvió la mirada, incapaz de sostener la suya—. No sabía que estabas aquí.

Ella lo miró mientras recogía la figura, sosteniendo la mirada con una intensidad que él no pudo comprender al principio.

—Si ya han terminado —dijo sin apartar la vista de él—, me gustaría ver la pieza a solas.

Miró a Skylos, que parecía hinchado de orgullo por el espectáculo que acababa de presenciar.

—No necesito compañía.

El Perro asintió y León hizo un gesto a los guardias para que se retiraran. Henry fue arrastrado hacia la salida.

Nadie dijo nada más. Evelyn, por primera vez desde que todo empezó, sintió que tenía algo de poder.