Capítulo 45 #2
No era una oferta. Era la única y verdadera oportunidad.
Greta sabía que no tenían más opciones para mejorar el estado de Samuel.
Para Henry, sin embargo, no era una oferta.
Si aceptaban ir con esa gente —de la que no cabía duda de que pertenecía a Taurus—, aquello era una sentencia.
Pero en ese momento no tenían otra opción que aceptar.
—Suban a la trasera con el resto. —Hizo un gesto a sus hombres para que se adelantaran—. Y en unas horas todo habrá terminado.
Henry dio un paso atrás, como si estuviera obedeciendo la orden y se giró hacía Greta.
Bajó la mirada, fingiendo resignación. Y entonces ella lo vio, una leve sonrisa en el rostro de su compañero fue la clave para saber que no iba a rendirse tan fácilmente.
En aquel momento hubiera querido agarrarle del brazo para frenarlo, pero todo ocurrió más rápido.
Uno de los hombres de León, el de la izquierda, se había acercado a ellos y ahora estaba a unos pocos palmos de la espalda de Henry.
Fue suficiente.
Henry se lanzó hacia él con la velocidad de un resorte. El soldado apenas tuvo tiempo de moverse, sorprendido por la reacción del otro. No pudo evitar que Henry lo embistiera contra el lateral del Mercedes. El MP40 cayó al suelo con un golpe seco y Henry trató de correr a por él.
—¡Alto! —gritó el otro soldado, disparando el arma contra el suelo, cerca del otro subfusil.
—¡Quieto! Nada de disparos —ordenó León con calma—. Los necesitamos vivos.
Henry apretó los puños.
—No vamos a ir a ninguna parte.
León ladeó la cabeza, como quien observa a un niño testarudo.
—Señor Turner… no tiene usted tiempo para heroicidades. Su amigo está muriendo y usted lo sabe.
Henry avanzó un paso más. Greta intentó sujetarlo del brazo, pero él se soltó.
—¡Henry, por favor! —gritó ella.
—¡He dicho que no!
León suspiró, casi con tristeza.
—Atadlos. —Hizo un gesto con desgana, al ver que la situación se alargaba más de la cuenta.
El soldado obedeció y avanzó para intervenir. Henry, en un movimiento desesperado, logró golpear su estómago y arrebatarle el arma. La sostuvo mal, sin equilibrio, pero la sostuvo.
Greta gritó su nombre, pero él ya no estaba completamente ido.
El segundo soldado, aún apoyado en el Mercedes, se abalanzó sobre él. Henry intentó apuntar, pero el hombre le sujetó el brazo y ambos forcejearon, rodando por el suelo. El subfusil se deslizó fuera de su alcance.
Por un instante, Henry logró incorporarse y propinarle un golpe directo en el rostro. El hombre cayó hacia atrás, aturdido, y Henry se giró hacia el arma.
Entonces León intervino. No corrió. No gritó. Simplemente apareció entre Henry y el subfusil, como si hubiera calculado el movimiento desde el principio.
Henry lanzó un puñetazo directo al rostro de León. Pero, como si hubiera golpeado un bloque de hormigón, solo consiguió que el otro girara unos instantes el rostro.
Henry, sorprendido por la resistencia del tipo, lanzó otro.
Pero esta vez, León lo bloqueó con el antebrazo.
El tercero fue más rápido, más desesperado, más cargado de rabia.
Pero el hombre del traje lo detuvo sujetándole el puño en el aire.
El impacto sonó seco al encajar el puño de Henry en la mano abierta del otro.
Sintió cómo la mano del hombre se cerraba sobre su muñeca como un torno metálico. Intentó zafarse, pero era inútil.
León lo miró a los ojos, sin odio, sin prisa.
—Ya basta —le dijo con firmeza.
El golpe llegó sin aviso. Un puño directo al estómago. No fue definitivo, pero sí devastador. Henry perdió el aire de golpe y cayó de rodillas, jadeando.
León soltó su puño. Henry intentó levantarse, tambaleante. El segundo golpe fue limpio, seco, dirigido a la mandíbula. No hubo sangre ni dramatismo. Solo un apagón repentino.
Henry cayó de lado, inconsciente.
Greta se llevó las manos a la boca, paralizada. El soldado que había recibido el primer golpe se incorporó, dolorido, pero León levantó la mano para detener cualquier represalia.
—He dicho que no disparen —repitió, como si fuera una norma sagrada.
Se acercó a Greta y a Sarah, que habían salido de la furgoneta con el rostro desencajado.
—Suban —dijo con suavidad—. No volveré a pedirlo.
Sarah miró a Henry, tendido en el suelo. Luego a Samuel, que apenas respiraba. No había elección.
Los hombres de León cargaron a Henry en la parte trasera de la furgoneta, junto a Samuel. Sarah subió detrás de ellos, intentando estabilizar al joven. Greta lo hizo en silencio, temblando.
León cerró las puertas con un gesto casi cortés.
—Tú, conduce —ordenó a uno de sus hombres.
La furgoneta arrancó, avanzando por el camino de tierra. El Mercedes negro se puso en marcha detrás, con su motor ronroneando como un animal satisfecho.
A unos kilómetros de allí, el paisaje se abrió hacia un llano donde el camino se acercaba a un gran lago entre dos laderas montañosas. La carretera no tardó en bordear la enorme masa de agua que apenas podían distinguir entre la niebla.
Sarah levantó la cabeza.
—¿Dónde estamos? —preguntó nerviosa.
Greta miró por la ventanilla. Un cartel en el linde del camino indicaba que faltaban dos kilómetros.
—Talarn.
Henry apenas tuvo tiempo de reaccionar. Empezaron a oír el rugir de los motores del hidroavión antes de poder verlo flotando en el embalse.
León miraba el Short S.23 del Cuervo desde la ventanilla trasera del Mercedes. Mientras se ajustaba los gemelos del traje gris, sonrió satisfecho.
—Bienvenidos a su nuevo destino —dijo, mirando el hidroavión—. Italia les espera.