Capítulo 45
Amanecía en el pico Sayerri y la nube negra del combustible ardiendo aún sobrevolaba el lugar.
Aunque habían acudido varias furgonetas militares al cuartel en llamas, la falta de recursos estaba complicando las labores de apagado del fuego.
El ataque había ocurrido de madrugada y la explosión llegó a verse desde Borau o Villanúa a varios kilómetros de distancia.
Habían transcurrido unas tres horas desde entonces y el alto mando del lugar había empezado a desplegar puntos de control a quince, veinte y treinta kilómetros a la redonda.
Al otro lado del pico, a media hora del cuartel en llamas, León y su equipo habían llegado al refugio. Lacroix comprobaba el pulso de los cuatro cadáveres que habían encontrado mientras los dos soldados peinaron la zona buscando alguna pista.
—Las brasas de la estufa aún tienen algo de candor —dijo Lacroix saliendo del interior del refugio.
—Si pretendían ser discretos con lo de esta noche se llevan la palma —León se quitaba el polvo de las mangas del abrigo de lana.
—Hay huellas de una furgoneta en ese camino forestal —dijo uno de los soldados saliendo del bosque.
León levantó la vista hacia el pico. El humo se levantaba formando una columna oscura que se recortaba sobre el cielo anaranjado.
Se frotó las manos mientras se acercaba al muerto más corpulento de los cuatro.
Había quedado estirado boca arriba, con los ojos abiertos (sin brillo a estas alturas) y la mirada perdida hacia el cielo.
Del agujero de bala en medio de la frente brotaba un hilo de sangre seca que había corrido hacia la boca y empapado el fino bigote del tipo.
Cogió el cuchillo que llevaba enfundado en el cinturón y lo observó un momento.
—¡Lacroix! Mira esto —León levantó el puñal mientras su compañero se acercaba para verlo de cerca—, ¿lo reconoces?
Lacroix recogió el cuchillo de las manos de León y al ver la empuñadura se le dibujó una leve sonrisa en el rostro.
—Es una maldita daga de las JONS. El yugo, las flechas… Si hasta tiene grabado «Arriba España» —Lacroix le devolvió la daga a León, que la guardó de nuevo en la funda.
—Esta gente no eran simples falangistas. Este tipo era un pez gordo.
León se incorporó y miró alrededor.
—Entre la cagada del cuartel y ahora esto, lo van a tener difícil para alejarse del lugar.
—Lacroix, creo que ha llegado el momento de intervenir.
***
La carretera serpenteaba entre colinas cada vez más bajas, y el aire, un poco más cálido y denso, ya no cortaba la piel como el filo helado de los Pirineos.
El sol se levantaba oblicuo sobre los campos resecos, arrancando destellos dorados de los rastrojos y dibujando sombras largas que se estiraban como dedos cansados.
Henry conducía con las manos tensas en el volante; no dejaba de ver las llamas del cuartel y cómo subían hacia el cielo hasta estallar.
El fuego era de esas pocas cosas que conseguían despertarle un terror casi visceral, pero el traqueteo del motor y la monotonía del paisaje tenían algo de hipnótico que le ayudaba seguir conduciendo.
Sarah, en el asiento trasero, mantenía la mirada fija en Samuel, que respiraba con dificultad.
Cada bache era un latigazo. Cada curva, un recordatorio de que el tiempo se les estaba acabando.
Martín había prometido que este camino era más seguro.
«Un rodeo, sí, pero sin controles», había dicho.
Y durante un rato parecía cierto. La carretera secundaria estaba desierta, flanqueada por muros de piedra seca que se desmoronaban en silencio.
Ni un alma. Ni un vehículo. Solo una niebla baja que todo lo cubría y el crujido del polvo bajo los neumáticos.
—¿Creéis que podrán llegar a tiempo al caserón? —preguntó Sarah.
—La herida no parecía muy grave, no había tocado zonas vitales.
—Ya no es nuestro problema —dijo Henry de forma abrupta—. Hay que darse prisa en salir de aquí.
—No te caían bien, ¿verdad? —preguntó Greta.
—Les agradezco la ayuda que nos han prestado. Ya está. No les debo nada.
—Vale —dijo Greta sabiendo que la conversación había terminado.
El aire había cambiado. Ya no era el aire limpio de las alturas. El olor denso a orín de las granjas cercanas y la tierra húmeda los devolvía a la civilización que casi habían olvidado durante cuatro días en los cerros.
—¿Falta… mucho? —murmuró Samuel, con la voz rota.
—Aguanta —respondió Henry sin mirarlo, como si decirlo en voz alta pudiera sostenerlo un poco más.
Sarah se inclinó hacia él, intentando humedecer sus labios con el agua tibia de la cantimplora. Samuel tragó con dificultad. Su piel empezaba a perder calidez, y cada respiración parecía arrancada a la fuerza.
—Tenemos que llegar a la siguiente población —dijo Sarah, más para sí misma que para los demás—. No aguantará mucho más tiempo así; necesita un médico o algo.
El camino se ensanchó un poco, y por primera vez en horas, Henry pudo ejercer un poco de presión sobre el acelerador.
El paisaje se abría ante ellos, una llanura que parecía no tener fin.
La sensación de encierro de las montañas desapareció de golpe, sustituida por una vulnerabilidad nueva, más peligrosa.
Pero la carretera permitía un poco más de velocidad y así ganarle algo de tiempo a la emergencia.
—Esto no me gusta —murmuró Henry.
—¿El qué? —preguntó Greta desde el asiento del copiloto.
—El silencio. Acostumbrado a una ciudad industrial que nunca descansa, se me hace muy extraña esta quietud.
Como si alguien hubiera oído su comentario, un sonido suave, casi elegante, apareció por la parte trasera de la furgoneta.
Un ronroneo mecánico que no pertenecía a ningún camión de gasógeno, ni a un coche viejo, ni a nada que hubiera circulado por esas carreteras en años.
Era un motor afinado, preciso, maquinaria de alto nivel.
Un sonido que no luchaba contra el camino: lo dominaba.
Sarah levantó la cabeza, alerta.
—Henry… ¿oyes eso?
Él no respondió. Conocía perfectamente el sonido de un vehículo alemán.
Solo apretó el volante, mientras la furgoneta avanzaba hacia un recodo flanqueado por muros de piedra seca.
Se desvió por un camino de tierra que se alejaba de la carretera principal.
Parecía llevar a varias granjas y a estas horas no había nadie en el lugar.
El aire parecía más denso. El calor de los animales de su interior se podía casi palpar entre las calles que cruzaban las estructuras.
Empezaron a oír el gruñido de los cerdos que despertaron con el sonido del motor de la furgoneta.
Samuel volvió a gemir, el camino era irregular y la furgoneta no podía evitar los socavones del camino. Sarah le tomó la mano.
—Ya casi estamos —susurró.
Pero, al final del camino, solo tenían la opción de doblar el recodo. Y la carretera, simplemente… terminó.
Henry frenó bruscamente para evitar chocar con el muro que tenían enfrente, a escasos metros. Accionó el cambio de marchas para recular, pero al mirar por el retrovisor lo vio.
Allí, atravesado de lado a lado, bloqueando el paso con una elegancia insultante, estaba el Mercedes-Benz.
Negro. Impecable. Brillante como un espejo bajo el sol de justicia.
Sin una mota de polvo. Sin nadie al volante.
Solo el clic-clic del metal enfriándose, como el latido de un depredador que acaba de acomodarse para esperar. Y había algo más: un hombre.
Estaba apoyado con naturalidad en la aleta delantera, como si llevara horas esperándolos.
Vestía un traje de lino gris que no tenía ni una arruga, ni una mota de polvo.
El contraste con los harapos de Henry y Greta era casi obsceno.
Su postura era relajada, casi casual, como si acabara de salir de una cafetería en lugar de bloquear una carretera perdida en el llano.
Su rostro era anguloso, afeitado con precisión. Los ojos, de un azul claro casi translúcido, no mostraban odio ni prisa. Solo una curiosidad clínica, como la de un médico que observa un síntoma inesperado.
Henry dio un paso adelante, instintivo, colocándose entre Greta y el coche. Su mano buscó el peso familiar del Colt en el macuto, pero se detuvo cuando oyó el sonido de puertas abriéndose.
Dos hombres bajaron de la parte trasera del Mercedes. Vestían trajes oscuros, corbatas rectas y, en sus manos, subfusiles MP40 sostenidos con la misma naturalidad con la que otros llevarían un maletín.
El hombre del traje gris caminó hacia ellos sin prisa, como si nada le afectara, como si el tiempo le perteneciera.
—Debo comunicarle, señor Turner, que su camino termina aquí —dijo con una voz profunda, modulada, en la que apenas quedaba rastro de acento—. Estaba dispuesto a dejarlos llegar a la costa, pero los fuegos artificiales de anoche han sido la gota que ha colmado el vaso.
Greta sintió un escalofrío. No por las palabras, sino por la forma en que las dijo. Sin burla, sin amenaza. Como quien comenta el clima.
—Pero me temo —continuó— que la historia ha decidido que su viaje termine en este callejón.
Henry apretó los dientes.
—¿Quién eres?
El hombre sonrió. Una sonrisa mínima, precisa, que no llegó a sus ojos.
—Llámenme León.
El silencio se espesó. Incluso el viento pareció detenerse. Solo los gruñidos guturales de los animales cercanos creaban una melodía que aumentaba la tensión de la situación.
—Y aunque no lo crean —añadió, inclinando ligeramente la cabeza—, he venido a salvarles la vida. O al menos, a asegurar que la pierdan por una causa más noble que morir de hambre en un monte español.
Sus ojos se posaron en la furgoneta, como si pudiera ver a través de ella, sabiendo a quien tenían dentro.
—Vengan con nosotros —dijo con suavidad— y el joven podrá salvarse.