La estirpe de Mitra Capítulo 44
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Capítulo 44

La luz del techo parpadeaba casi de forma sincopada y los ladrillos de la celda se deformaban hasta convertirse en rostros desafiantes.

El tiempo se había difuminado entre esas paredes y ya era incapaz de saber si seguía en el mismo día o había hecho noche allí.

El agotamiento y el hambre habían vencido a Evelyn.

Sus ojos, cansados, se cerraban de vez en cuando, a ratos eran instantes y a ratos eran horas.

En el silencio que la rodeaba oyó pasos, pero el estado de ensoñación en el que se encontraba le dificultaba poder distinguir si esos ruidos eran reales o no.

El sonido del cerrojo de la celda no fue el habitual golpe violento de Giorgio.

Fue un clic metálico, seco y eficiente. La puerta se abrió y la silueta de Emmett se recortó por la escasa luz del pasillo.

Pero supo que era él, su pelo era inconfundible.

—Se acabó el tiempo en el sótano, señora —dijo Emmett con una cortesía que a Evelyn le resultó más aterradora que un grito.

Pero esas palabras fueron como un reactivo que la sacó de su estado de agotamiento.

Al fin la sacaban de allí y eso significaba que el momento se acercaba.

Evelyn se levantó, entumecida, sacudiéndose el polvo de los pantalones que ya empezaban a parecer una segunda piel sucia.

Mientras subían por las escaleras de piedra hacia los niveles superiores de la villa, el aire se volvía más ligero, menos cargado de humedad y secretos.

Evelyn decidió jugar su carta. Estaba despertando y su cerebro empezaba a estar de vuelta.

—¿Qué ha cambiado, Emmett? —preguntó observando el perfil rígido del hombre—. Hace unas horas el Cuervo parecía querer enterrarme aquí para siempre.

—¿Horas? —murmuró el lugarteniente.

Emmett no alteró el paso. Sus ojos permanecían fijos al frente. Solo subía con paso firme ignorando sus palabras.

—Señor Emmett. No le pido que me revele ningún secreto de estado, pero creo que merezco una explicación.

—No me obligue a ser descortés, señorita Carter —respondió sin expresividad.

—Él es como un hermano para ti, ¿verdad?

Y a Giorgio, ¿lo sigues a ciegas también?

—insistió ella, buscando una grieta, un rastro de duda en aquel soldado de la Orden—.

La "serpiente" de la que hablan... no es política, ¿verdad?

No es el poder que él imagina. He visto los libros, Emmett. Es algo que no se puede controlar.

Llegaron al rellano del piso superior. El aroma a cera de abejas y mar inundó los sentidos de Evelyn. Emmett se detuvo frente a la puerta de sus aposentos y giró la llave con parsimonia. Antes de dejarla pasar, la miró por primera vez a los ojos. No había odio en ellos; sólo una fe ciega y antigua.

—Le recuerdo que no se me permite hablar —dijo él, dando un paso atrás y señalando el interior de la habitación.

Evelyn entró, esperando encontrar la soledad de su prisión de lujo. Pero el cuarto no estaba vacío.

Junto al gran ventanal, bañado por la tenue luz plateada de una luna en cuarto creciente, estaba él.

El Perro permanecía sentado en un sillón de orejas, inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el pomo de un bastón de madera oscura.

No se giró al oírla entrar. Su ojo de cristal captaba el brillo muerto de la luna y le daba un aspecto de ídolo antiguo.

Evelyn se observó en el espejo desde el mismo quicio de la puerta, para descubrir un aspecto lamentable: el pelo enmarañado como un nido de pájaros, la ropa sucia, andrajosa y la piel oscura, cubierta de polvo y barro.

«¿Cuánto tiempo he pasado allí encerrada? » pensó.

Cerca de la cama, el servicio había dejado una mesa auxiliar con varios platos de comida.

Evelyn sintió el rugir de sus tripas en cuanto le llegó el olor de la carne guisada con verduras y la bandeja con varias piezas de fruta.

Se llevó la mano al vientre para calmar el leve pinchazo que sentía en su interior.

Se incorporó poniendo la espalda recta y se acercó al ventanal mientras él observaba el mar de Liguria como si fuera el dueño de las mareas.

—Se pregunta por qué no la he dejado allí abajo —dijo él sin mirarla. El brillo en su ojo de cristal era lo único que parecía vivo en su rostro—. Giorgio cree en el miedo. Yo creo en la utilidad.

—Soy una arqueóloga, no un ingeniero de armamento —replicó Evelyn, intentando mantener la voz firme—. Lo que sea que esperan que haga con esa... cosa, se equivocan de persona.

El Perro se levantó con una lentitud que helaba la sangre. Se acercó a ella hasta que Evelyn pudo oler el aroma a incienso y metal que desprendía.

—Usted no entiende su linaje, Evelyn. Su tío abrió una tumba y pasará a la historia por ello. Imagine cómo será recordada usted por abrir una era.

—Mi tío será recordado por una vida dedicada a la arqueología. Le pido que no banalice con eso —dijo Evelyn desafiante.

—Tengo la convicción de que no es consciente del potencial que alberga en su interior —le dijo el Perro eludiendo el comentario de ella.

Volvió a darle la espalda mientras observaba de nuevo el mar que se removía nervioso fuera.

—La Clavis no es solo un plato de metal. —Relajó los hombros antes de seguir hablando—. Aunque eso ya lo sabe, ¿verdad? Desde su creación se descubrió que sus materiales emanan cierta energía.

Evelyn juntó las manos en la espalda para disimular el leve temblor que le había surgido. Y mientras evitaba mirar la mesa auxiliar, tragaba saliva, que le bajaba por la garganta como si fuera un reloj de arena.

—Esa energía solo es percibida por unos pocos —seguía hablando el Perro—.

Yo, señorita Carter, solo soy un intérprete.

Pertenezco a un legado de guardianes, somos los custodios de los textos de la Orden.

Pero usted —hizo una pausa, clavando su mirada única en ella—.

Usted desciende directamente de la estirpe de Mitra.

Evelyn miró al Perro intentando comprender lo que acababa de oír.

—Dígame... ¿Qué sintió en la biblioteca? No me mienta.

Evelyn recordó el párrafo que había leído sobre el "fuego de Mitra" y el peso de la ceniza en su garganta.

—Sentí que ustedes son unos necios —susurró ella—. Que creen que pueden controlar un incendio forestal con una caja de cerillas.

El Perro tomó asiento de nuevo en la butaca. Acarició el lomo de cuero del viejo volumen que le entregó Emmett con una delicadeza que resultaba casi obscena en aquel lugar.

—Los hombres de este siglo son necios, Evelyn.

Creen que la alquimia murió para dar paso a la química, como quien cambia un juguete roto por uno nuevo —dijo con una voz pausada, carente de toda prisa—.

¿Dónde quedó la mística? El poder sentir el alma de las rocas.

La química de estos tiempos es la materia sin el poder de los dioses interviniendo directamente sobre el azufre y el mercurio.

Han convertido el milagro en una aburrida ecuación de laboratorio.

Se volvió hacia ella, y su ojo de cristal pareció desafiarla.

—Lo que ocurrirá en el ritual no es un experimento.

Es el despertar de un poder que mentes como la del Escorpión o el Cuervo apenas alcanzan a entender.

Para ellos es munición; para mí, es la Verdad recuperada.

Es como la existencia de Dios, querida: no necesita pruebas físicas para ser real, solo requiere la fe de quien lo invoca para que su existencia sea válida y absoluta —soltó un suspiro que sonó a nostalgia pura—.

Hubo un tiempo, en los primeros años de nuestra Orden, en que todo era más fácil.

No necesitábamos explicar el fuego; solo teníamos que arder en él.

—No son tan diferentes de los que ahora pelean por el poder de Europa. La única diferencia es que ellos no disfrazan sus masacres de decisiones divinas. —Dio un paso al frente—. Cuando el fuego de Mitra prenda, no habrá marcha atrás para nadie. ¿Me oye?

El Perro esbozó una sonrisa que no llegó a sus labios.

—Por eso la hemos entrenado todos estos años en la casa de subastas, querida. Para que no nos quememos antes de tiempo.

—El robo que cometieron en Harrington no quedará impune.

—No se puede llamar «robo» cuando el ladrón y el propietario firman con el mismo nombre.

Evelyn quedó paralizada en medio del dormitorio mientras el Perro pasaba lentamente por su lado de camino a la puerta.

— Skýlos 6 … —dijo en voz baja—. Parece que al fin he conocido al «perro».

Él se detuvo.

Por primera vez desde que había entrado en la habitación, Evelyn creyó ver una expresión distinta en su rostro.

—Habla griego —dijo él.

—Entre otras cosas.

El Perro apretó la cabeza del bastón con fuerza mientras se alejaba andando con su cojera.

—Permanecerá aquí hasta la llegada de la Clavis Astralis . Le recomiendo que descanse. —Cogió el pomo de la puerta para cerrar—. Y dúchese —dijo con desprecio—. Apesta.

La puerta se cerró con un clic seco, dejando tras de sí un silencio denso y cargado de incienso.

Ella inmóvil en el centro de la habitación, tras la reciente revelación, tardó unos segundos en darse cuenta de que al fin la habían dejado sola en la habitación.

Corrió hacia la mesa auxiliar y sin tregua empezó a devorar la carne como una fiera hambrienta.

Miró sus manos, sucias de la mazmorra, pero aún firmes. Si el Perro era quien decía ser, todo parecía indicar que la sombra de Taurus era más alargada de lo que ella creía.

Ahora tenía que decidir de qué lado del fuego quería estar cuando saltara la primera chispa.