La estirpe de Mitra Capítulo 43
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Capítulo 43

Martín conducía la furgoneta por la pista forestal, con el motor rugiendo ahogado entre los pinos y la mirada fija en el camino helado. En el asiento del copiloto, Henry se limpiaba la cara con la manga, mientras en la parte trasera Greta ajustaba la correa de su macuto.

Nadie hablaba. El humo del cuartel todavía les escocía en la garganta, pero la sensación de haber conseguido el vehículo y las medicinas les daba un respiro.

Un respiro que duró apenas lo que tardaron en enfilar el tramo final de la montaña.

De nuevo la vegetación arbórea desaparecía por completo; solo quedaban las rocas escarpadas y matorrales bajos con nieve acumulada.

Fue Greta la primera en notar algo extraño a lo lejos.

—Martín... para. Apaga el motor.

A menos de cien metros divisaron la explanada del refugio. La puerta del edificio de piedra estaba abierta de par en par; la luz tenue de la estufa proyectaba una sombra sobre la nieve.

Los cuatro bajaron del vehículo en silencio y avanzaron agazapados entre la maleza y las rocas, midiendo cada paso.

Al acercarse, el corazón de Henry dio un vuelco.

Cuatro hombres con camisas azules salían del interior del refugio, registrando la zona con linternas.

Uno de ellos, el más alto y con el pelo engominado, era una cara conocida.

—Hijo de mil madres —farfulló Henry entre dientes.

—¿Lo conocéis? —preguntó Lucho al ver al inglés tan nervioso.

—Ese bigote y esa bufanda no se olvidan fácilmente.

La ecuación encajó de golpe en la cabeza de Henry y la imagen fue desgarradora. Si los falangistas salían de allí tranquilamente, era porque dentro solo quedaban los cadáveres de Samuel y Sarah.

Henry apretó los dientes, consumido por una rabia sorda. Miró a Greta.

—Dame mi Colt —pidió en un susurro áspero.

Greta lo miró a los ojos, entendió el torbellino que llevaba dentro y le entregó la pistola sin dudar.

Henry cargó el arma, salió de la maleza y echó a correr hacia ellos, abriendo fuego desde la distancia. El estallido del primer disparo retumbó con furia en el silencio de la ladera. La bala impactó en el muslo de Julián, el más joven de los falangistas que cayó de golpe al suelo.

—¡A cubierto! —gritó Santiago.

El grupo de falangistas se dispersó a toda prisa.

Ramón corrió a parapetarse tras la pared trasera del refugio, mientras Santiago y Cayetano buscaban la protección de un montículo de rocas cercano.

El más joven sólo pudo arrastrar su cuerpo herido hacia el interior del refugio mientras dejaba un reguero de sangre tras de sí.

—¡Habéis armado una buena en la cima con los fuegos artificiales! —grito el falangista desde el montículo.

Cayetano vio desde su posición a los dos rebeldes replegarse para buscar una nueva ubicación y luego reconoció al loco que corría sendero abajo, apuntando con un Colt.

—¡Santiago! ¡Son los hijos de puta que nos atacaron en el Puerto de Ibañeta!

—¿Cómo? —preguntó el del bigote fino y la bufanda.

—Los que han reventado el cuartel —Cayetano señalaba hacia la furgoneta—. ¡Son los extranjeros!

—¡Acabad con ellos!

El cruce de disparos se volvió violento e intermitente; las balas rebotaban contra la piedra y hacían saltar esquirlas.

Martín, armado con el rifle de uno de los guardias, disparaba desde lejos y Greta, bloqueada ante la idea de haber perdido a Samuel y Sarah, permanecía sentada al lado de la furgoneta.

Diez minutos antes, Sarah había escuchado el crujido del ramaje y el chasquido metálico de los cerrojos de las armas acercándose por el sendero.

A través de una de las ventanas vio al grupo a escasos metros.

No dudó. Con el brazo en cabestrillo y el pánico ardiendo en el pecho, agarró a Samuel por la chaqueta y, ahogando los gemidos de dolor del muchacho, lo arrastró fuera por la pequeña ventana trasera de la caseta.

Procurando no hacer ruido, se alejaron en la dirección opuesta a los falangistas recién llegados hasta que encontraron un saliente.

Se ocultaron tras las rocas y la nieve, sumergidos en la penumbra helada.

Cuando Santiago y sus tres hombres irrumpieron en la cabaña, solo encontraron la estufa encendida y las mantas vacías.

Ahora, no muy lejos de allí, oculta en el socavón tras las rocas con Samuel, Sarah escuchó el tiroteo. Tenía al muchacho con la cabeza apoyada en su regazo, tiritando y delirando por la fiebre.

—Quédate aquí. Muy callado, Samuel. No te muevas —le susurró al oído antes de deslizarse fuera del escondite para intentar ayudar a sus compañeros.

Avanzó pegada a la roca hasta que volvió a la parte trasera del refugio.

Desde allí la pelea se escuchaba más cercana y decidió asomarse con cuidado para ver la situación.

Pero la suerte le jugó una mala pasada. Al rodear la esquina, Ramón, que buscaba un ángulo desde detrás de la caseta, la vio y antes de que ella pudiera reaccionar o levantar el brazo, el hombre se le echó encima, le agarró con el brazo por el cuello y, ahogando su grito, le encañonó el arma en la sien.

En la zona de rocas, el tiroteo llegaba a su fin. Lucho, apostado en un flanco, había logrado abatir a Cayetano, que, herido de muerte, se había arrastrado intentando llegar hasta su jefe. Allí, sangrando a escasos metros de él, quedó tendido boca abajo.

—Muere, fascista —dijo Lucho entre dientes y, mientras rabiaba de dolor por la herida de la pierna.

Santiago se quedó solo. Buscó a Ramón desde su posición, pero apenas podía asomar la cabeza desde la roca donde permanecía escondido.

Apretó el gatillo de su arma y esta solo devolvió un chasquido seco, sin munición.

Vio el rastro de la sangre de Cayetano y apretó los puños, intentando mantener una fachada de bravuconería.

—¡Se acabó! —gritó Santiago, saliendo de su cobertura con los brazos a medio levantar e inflando el pecho.

Henry, de pie, aún lleno de hollín por todo el rostro y a menos de seis metros de Santiago, no dejaba de apuntarle. Sus ojos, llenos de ira deseaban verle sangrar y sufrir.

—¡Se me han acabado las balas! ¡Si quieres matarme, ven y hazlo como un hombre! ¡A puñetazos!

Santiago tragó saliva viendo como el otro mantenía el arma en alto, apuntando a la cara. Pero sonrió con suficiencia al ver lo que aparecía a espaldas del inglés.

De detrás del refugio surgió Ramón que empujaba a Sarah con el arma pegada a su cabeza.

—¡Suelta la pistola si no quieres ver cómo le vuelo la tapa de los sesos! —bramó Ramón.

La situación dio un vuelco absoluto. Santiago recuperó la sonrisa socarrona y dio un paso al frente.

—¡Sarah! —exclamó Greta para sí misma al verla aparecer con el falangista.

Se secó la cara con las mangas del abrigo y corrió con la cabeza agachada hasta unas rocas que quedaban cerca de Henry.

—Se acabó el juego —dijo Santiago, alzando la voz con ardor ideológico—. Habéis perdido. Las sirenas se oyen cada vez más cerca. No tenéis salida en esta montaña.

Escondida detrás de la roca, Greta cayó en la cuenta de que no hacía falta esconderse.

Solo quedaban estos dos tipos y uno de ellos iba desarmado.

Así que se incorporó y se acercó andando hasta ponerse al lado de Henry.

Mientras Santiago soltaba su discurso, ella miró fijamente a Sarah y le hizo un gesto imperceptible con la cabeza, preguntándole en silencio por el chico.

Sarah, con el cañón de Ramón apretado en la sien, asintió levemente sin pronunciar palabra.

Greta dibujó una leve sonrisa. Samuel estaba a salvo.

—Voy a darte la oportunidad de terminar con esto —decía Santiago con la cabeza en alto—. Si no bajas el arma, vuestra pelirroja muere.

Lucho levantó el rifle, tratando de apuntar desde su posición a Ramón, pero su compañero vio la fragilidad de su pulso y puso la mano en el cañón bajando el arma.

—Es muy arriesgado Lucho. Podrías darle a la chica.

El rugir de varios motores llegó atenuado desde el otro lado de la montaña. Los refuerzos debían de estar ya en la zona del cuartel. No tardarían en desplegar brigadas de búsqueda por la zona.

—Martín —le dijo el compañero bajando el rifle al suelo—, la situación empieza a descontrolarse. Tenemos que volver. Piensa en Emilia y el chiquillo.

—Solo un minuto más y nos vamos.

Los dos escondieron la cabeza detrás del montículo donde se encontraban y observaron la escena delante del refugio.

Greta respiró hondo. Su rostro se volvió completamente de piedra, más seria de lo que nadie la había visto jamás.

—Henry, acaba ya con esto —dijo sin mirarlo.

No hubo advertencia. En una fracción de segundo, con un movimiento fluido y preciso, Henry desvió la trayectoria del arma hacia un lado y disparó.

El proyectil atravesó el aire y se incrustó exactamente en el centro de la frente de Ramón. El hombre abrió los ojos con sorpresa antes de desplomarse como un saco de arena, liberando a Sarah.

Sin perder el ritmo del retroceso, Henry volvió a centrar el cañón de la pistola en la frente de Santiago.

Santiago se quedó helado. Miró el cuerpo de Ramón en la nieve, luego el cañón humeante de la Colt y finalmente los ojos de Henry. La fachada de gallardía desapareció por completo. Entendió que aquel era el final.

Samuel abrió los ojos despacio. El estruendo de un disparo lejano rompió su ensoñación. Tenía la mente en una neblina densa de fiebre y dolor; no sabía cuánto tiempo llevaba allí tirado tras las rocas, escuchando ecos amortiguados que no lograba comprender.

Parpadeó, intentando enfocar el cielo nocturno.

De pronto, una figura se recortó en la penumbra. Era Greta, que se arrodilló a su lado con rostro aliviado. Lo rodeó con un abrazo firme y cálido, sujetándolo para que no se desplomara.

—¿Dónde... dónde estamos? —murmuró Samuel, completamente desorientado, con la voz rota.

Greta le acarició la cabeza con suavidad y le ayudó a ponerse en pie despacio.

—Tranquilo —dijo ella con voz serena y reconfortante—. Nos vamos ya. Todo ha terminado.