Capítulo 42 #3
Lucho se arrastró hasta los arbustos cercanos para rodear a la pareja del bosque y cerrar el cerco. Desde ahí ya podía oírlos hablar.
—Creo que le he dado a uno —dijo el guardia escondido tras un árbol.
—Muy bien, Manolo —le animó el cabo—, ahora a ver si le das al otro.
Vieron a Martín salir por la puerta. Mientras Henry cubría la retirada con disparos hacia el interior del cuartel, Greta encendió el mechero.
La llama fue un punto diminuto en la noche, una decisión que no admitía vuelta atrás. Prendió el pañuelo que se encendió como una antorcha olímpica.
Los dos asaltantes ya habían llegado a la furgoneta y ahora estaban entrando en ella.
Greta arrojó la tela ardiendo hacia el hilo de combustible.
La llama lamió el líquido con un siseo que, por un instante, pareció un susurro.
Luego el susurro se convirtió en chirrido.
El fuego avanzaba por el riachuelo, devorando la nieve y dejando una estela negra.
En pocos segundos la pared del cuartel se iluminó con un resplandor anaranjado que creció como un amanecer artificial.
Los depósitos, ya calientes por el contacto, comenzaron a hincharse y a chirriar como un bostezo metálico.
Dentro, los dos guardias seguían sin entender por qué los asaltantes habían huido.
Martín arrancó el vehículo, que gruñó como un animal enfurecido, y aceleró sin tregua hacia el bosque.
Henry disparaba una última ráfaga desde la ventanilla del copiloto para cubrir la huida.
El guardia del retén se encontraba en el umbral de la puerta y miraba la columna de fuego con los ojos desorbitados.
La furgoneta llegó hasta la arboleda y cruzó el sendero hacia la oscuridad del bosque.
Greta corrió, con el mechero aún en la mano, y se unió a Lucho en la ladera.
Al ver el torniquete en la pierna no dijo nada, solo le cogió el brazo y se lo pasó por detrás del cuello para ayudarle a andar.
La expresión de dolor del explorador le indicó a Greta que debían parar, y buscaron un árbol cercano donde apoyar la espalda.
Desde allí vieron cómo la lengua de fuego lamía los depósitos y, en un instante que pareció eterno, una columna de llamas se elevó hacia el cielo.
El calor los golpeó como un muro invisible y la noche se volvió día por segundos.
La explosión sacudió la tierra.
El depósito cedió y liberó una onda de presión que barrió todo el claro, mientras una lluvia de chispas y fragmentos caía sobre la nieve.
El guardia del retén fue lanzado por los aires como un muñeco de trapo.
La nube negra, mezclada con el combustible ardiendo, empezó a disiparse y dejó ver los destrozos en el cuartel.
El muro de ese lado había desaparecido por completo; solo quedaban un montón de piedras, ladrillos y entre los que se veían dos cuerpos inertes medio, enterrados: el sargento y el operador de radio, que habían quedado sepultados en el derribo.
La patrulla del bosque salió a la luz para ayudar al joven soldado, a quien habían visto volar por los aires y aún parecía respirar.
La onda expansiva llegó hasta la trasera de la furgoneta, que no había cogido suficiente distancia, y la empujó hasta levantarla unos centímetros del suelo.
Las ruedas patinaron por el camino forestal y Martín frenó de golpe para poder tomar de nuevo el control.
Desde el interior, pudieron ver cómo una nube negra entre llamas devoraba los muros de la casa cuartel.
Luego se alejaron hasta adentrarse de nuevo en el bosque.
Pero, entonces, debido al destrozo, la torre de radio que estaba instalada en el techo empezó a inclinarse. Los cables tensores que la sujetaban ya no tenían ahora donde agarrarse y, de golpe, cedieron: la estructura se vino abajo y se convirtió en un amasijo de hierros y cables.
Greta y Lucho llegaron hasta la furgoneta, que les esperaba dentro del bosque.
La torre, la antena, el cuartel, todo ardía y quedaba inutilizado.
—Lucho, estás herido —dijo Martín al ver a su compañero.
—Puedo aguantar. Hay que irse. —Hacía gestos con la mano para que arrancara de nuevo—. Este camino pasa cerca del refugio.
El silencio que siguió fue pesado, lleno de sirenas lejanas que aún no llegaban pero que ya se anunciaban en la noche.
Greta apretaba con más fuerza el torniquete y presionaba con fuerza la herida de bala.
Henry, con la cara ennegrecida, miró al fuego y luego a sus compañeros.
El explorador apretaba los dientes para no chillar.
No hubo palabras al principio; bastó una mirada para saber que habían ganado tiempo, pero que el precio sería alto.
—Esto no lo olvidarán —dijo Martín por fin, con la voz áspera—. Les hemos hecho daño.
Se movieron por las sombras otra vez, alejándose del cuartel en llamas, con la montaña tragándolos de nuevo.
La noche se volvió de nuevo fría y muda, y detrás de ellos la luz crepitante marcó el lugar donde habían decidido que la guerra merecía un riesgo.
Ahora tocaba llegar al refugio para recoger al resto.