La estirpe de Mitra Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Martín avanzó pegado a la pared, midiendo cada paso.

Henry cubría el centro, atento a cualquier movimiento.

Al fondo, junto a una mesa, el operador de radio dormitaba con la cabeza inclinada sobre el equipo.

Un guardia, de pie junto a un armario, giró la cara en el instante en que Martín apoyó la culata del rifle contra su costado.

—¡Intrusos! —el grito del guardia irrumpió en la penumbra.

El tiempo se rompió. El primer disparo fue un estallido seco.

Henry respondió sin pensar, buscando cobertura tras una pila de cajas.

Martín se lanzó hacia la mesa del operador, empujándolo con el hombro para apartarlo del equipo.

El operador, aturdido, dejó caer la mano sobre el micrófono.

El botón chirrió y una voz quedó suspendida en el aire, un grito ahogado que pedía ayuda.

En la habitación contigua, el sargento saltó del camastro al primer disparo y desenfundó el arma que colgaba del cabecero.

El intercambio de disparos fue inmediato: ráfagas cortas, órdenes en voz baja, el olor a pólvora llenando la sala.

Martín sujetaba al operador de radio por la garganta para evitar que hablara.

—Estate callado —le espetó mientras se agachaba buscando cobertura.

El ruido rebotaba en las paredes como un latido desbocado. Mientras, Henry encontró el botiquín colgado en una de las habitaciones y lo vació entero en su macuto.

—¡Botiquín listo! —gritó para que le oyera Martín desde la otra estancia.

Este arrastró al operador fuera del alcance del micrófono y le apretó la garganta, aprisionándola con el brazo.

—¿Quién tiene las llaves de la furgoneta? —le preguntó apretando los dientes.

Un proyectil impactó en una viga cercana; una lluvia de astillas cayó sobre el suelo. El operador, con la cara pálida, forcejeó para desconectar el equipo, pero la radio seguía escupiendo estática y palabras incomprensibles que pedían respuesta.

—¡¿Quién tiene las llaves?! —le gritó mientras le golpeaba con la culata del rifle en el pómulo.

Afuera, la pareja del bosque oyó los disparos y aceleró el paso. Las linternas cortaron la oscuridad y sus voces se mezclaron con el eco de los tiros. Lucho y Greta, apostados detrás del edificio, vieron las sombras acercarse y supieron que el tiempo se les acababa.

—¡Se nos echan encima! —susurró Lucho, y sin pensarlo disparó hacia ellos impactando en un árbol cercano.

La pareja se movió rápido, estaban entrenados para ello, y utilizaron un árbol ancho y viejo de parapeto.

—¡Joder Manolo! Están en el cuartel —dijo el cabo a su compañero.

—No los veo, deben estar entre las sombras —el joven sacaba la cabeza por detrás del árbol.

Greta se movió como un animal: rápida, precisa. Se colocó cerca de la esquina con el arma de Henry en la mano, apuntó y disparó. Los guardias, sorprendidos, se escondieron de nuevo entre los troncos. Las balas levantaban polvo con cada impacto.

—¡Hay más de uno! ¿Qué hacemos? —el joven guardia empezó a chillar.

—¡Sé un hombre, cojones! —le dijo el cabo, poniéndose serio—. Apunta hacia la esquina, creo que están allí.

Lucho disparó varias veces hacia el árbol e hizo saltar trozos de corteza por los aires. Los guardias disparaban a ciegas hacia la zona oscura detrás del cuartel, con la esperanza de herir a alguno de los asaltantes. Las balas resonaban en la lejanía y multiplicaban ecos por el valle.

En medio del cruce de disparos, una bala rozó el depósito de combustible que estaba junto a la pared sur.

El metal gimió y una fisura comenzó a sangrar líquido oscuro que se deslizó por la nieve formando un riachuelo brillante.

Nadie lo vio al principio; el combate lo absorbía todo.

Pero Greta, agazapada, notó el olor. Vio el brillo que corría por el suelo, la promesa de una lengua de fuego si alguien prendía aquello.

Lucho, desde su posición, vio cómo el hilo de combustible avanzaba desde los depósitos pegados al cuartel.

—¿Lo tenéis todo ahí dentro? —Lucho gritó, esperando respuesta desde el interior del cuartel.

Su mirada se cruzó con la de Greta. No hicieron falta palabras. Un disparo desde el bosque atravesó el muslo de Lucho, que cayó de golpe al suelo con la mano en la herida.

—¡Salid! —gritó Greta hacia la puerta del cuartel—. ¡Salid ya!

Dentro, Martín y Henry oyeron la voz de Greta en un momento de silencio entre disparos. Se miraron sin comprender muy bien lo qué ocurría.

—¿Ha dicho que salgamos? —gritó Martín desde la sala de la radio.

—Hazme caso —gritó Henry desde la habitación contigua, escondido detrás de unas cajas—, si dice que salgamos ya, más nos vale correr.

Lucho se quitó el cinturón mientras veía el agujero sangrar a borbotones; se lo ciñó por encima de la herida y se hizo un torniquete improvisado para poder aguantar.

Martín, cubriendo la salida con ráfagas cortas, empujó al operador hasta el despacho del sargento.

Este disparó a lo primero que entró en la habitación sin mirar y le plantó un disparo en el pecho al soldado, que cayó desplomado en mitad de la sala.

Sorprendido, no supo reaccionar cuando Martín se asomó con el rifle.

El disparo retumbó en todo el cuartel. El sargento cayó de espaldas detrás del escritorio, sin vida.

Henry, con la cara tiznada de hollín y la respiración entrecortada, disparó para mantener a raya a los otros dos que se habían parapetado detrás del camastro.

Apareció Martín enseñándole las llaves de la furgoneta en la mano.

—¡Nos vamos! —le gritó.

Greta buscó con manos temblorosas en el macuto de Henry, que llevaba ahora en la espalda.

—Que esté aquí, por dios, que no lo lleve en el bolsillo —se decía a sí misma.

Encontró el mechero; su metal brilló un instante bajo las luces de la fachada. Por un momento pensó en cómo hacer lo que venía a continuación. La sensación de no tener la situación controlada fue horrible: el que se dejaba llevar era Henry, no ella.

Buscó por dentro del macuto a ver si encontraba algo de tela. Se palpó los bolsillos de la cazadora y al fin encontró algo: sacó su viejo pañuelo de algodón. «Esto valdrá», pensó. Estiró el brazo hasta el charco de combustible que tenía cerca y empapó la tela.

Un disparo desde el bosque impactó en la pared, cerca de donde estaba escondida, e hizo que las esquirlas del muro le cayeran encima.