La estirpe de Mitra Capítulo 42
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Capítulo 42

Descansaron unas horas alrededor de la estufa de hierro hasta que la noche cubrió por completo la montaña. Comieron un poco de los víveres que llevaba Martín en su bolsa y, abrigados hasta las cejas, partieron hacia el otro lado de la cresta.

Greta se aseguró de que a Samuel no le faltara de nada y le dejó cambiada la venda a Sarah antes de salir con el grupo.

La oscuridad del cielo era aterradora, era noche de luna nueva y los cuatro andaban a tientas por la ladera, pisando la nieve virgen lentamente para no dar un paso en falso.

Gracias a que Lucho encabezaba la fila y conocía el terreno, llevaban un buen ritmo.

No tardaron mucho en culminar el pico y desde allí vieron el otro lado de la montaña.

Una ladera que descendía hasta perderse en la negrura.

Tras unos minutos para coger aire, iniciaron la marcha.

Con las linternas guardadas en las mochilas para evitar ser descubiertos, fueron bajando por el sendero hasta que la niebla empezó a cubrirlos. El entorno empezó a poblarse de arbustos y poco a poco aparecieron los primeros árboles.

—Desde aquí son unos treinta minutos a través del bosque —susurró Lucho al resto.

—Ahora silencio absoluto —le advirtió Martín a la pareja—, a veces hay patrullas que se alejan del perímetro.

—No somos nuevos en esto —dijo Henry.

Greta le arreó un manotazo en el pecho para que se callara.

—Entendido, ha querido decir —dijo ella con tono conciliador.

El cuartel estaba en lo alto de una loma, una mancha rectangular rodeada de luz en la noche. Desde la distancia, a través de los árboles, divisaron la torre de comunicaciones. Un esqueleto metálico que se elevaba hacia el cielo y apenas se distinguía en la oscuridad de la noche.

Los cuatro se encontraban a mitad de distancia, estirados en el suelo, ocultos en la sombra de unos arbustos altos.

El espesor de los árboles y la falta de luz de luna hacían que el bosque quedara completamente a oscuras, permitiendo al grupo poder avanzar más rápido sin ser vistos.

Unas voces cercanas los hicieron frenar de golpe y tumbarse rápido al suelo.

Henry fue el primero en ver las linternas de la patrulla.

Los haces de luz se movían de lado a lado a medida que andaban por un sendero que cruzaba el interior del bosque de norte a sur.

No se encontraban cerca de ellos, pero cualquier ruido los habría alertado al momento.

Lucho se arrastró para acercarse al resto y habló con susurros.

—Cuando hayan pasado de largo, los distraeré para que podáis avanzar.

La pareja de guardias se acercó a la zona donde estaban escondidos. La nieve crujía bajo las suelas claveteadas mientras avanzaban por el camino. El aire helado les cortaba la cara, pero ellos seguían hablando para mantenerse despiertos.

—Te lo digo yo, Manolo —murmuró el cabo, ajustándose la bufanda—, este año el Athletic está que se sale. Con Zarra arriba, cualquiera les para.

—Bah —respondió el compañero, soplando vaho—. Mucho Zarra y mucha historia, pero el Madrid está mejorando. Ya verás cuando arranque bien la liga.

—¿El Madrid? Si no levantan cabeza desde antes de la guerra.

—Tiempo al tiempo. Además, tú siempre vas con los de Bilbao porque tu cuñado es de allí.

El cabo soltó una risa breve.

—Pues claro. Y porque juegan como hombres, no como señoritos.

—Sí, sí… ya veremos quién acaba arriba.

¡CRAC!

Iban a seguir discutiendo cuando un golpe seco, lejano, pero claro, resonó entre los árboles.

Ambos se detuvieron al instante. El cabo levantó la mano alumbrando con la linterna unos arbustos cercanos.

—¿Has oído eso? —El frío le hacía temblar la mano.

Manolo asintió, ya con la mano en el fusil.

—No será un animal. ¿Te acuerdas de aquellos lobos?

El silencio que siguió fue más frío que el aire de febrero. Poco a poco, se acercaron al lugar donde habían oído el golpe.

—Asómate —le dijo el cabo.

—¿Yo? ¿Por qué? —le preguntó Manolo.

—Porque tú eres… ¡Porque soy tu cabo, cojones! —susurró el otro.

Manolo apartó algunas ramas con el propio fusil mientras su compañero, un par de pasos por detrás, alumbraba con la linterna.

—Nada, —dijo el soldado raso —puede que fuera algún animal.

Distraídos con el arbusto y el ruido, no vieron las cuatro sombras que unos metros por detrás de ellos cruzaban el sendero, agachados, para meterse de nuevo en la zona de bosque y seguir hasta donde se encontraba el claro, y el cuartel.

—¡Bah! Señorito, sigamos la ronda que aún queda mucha noche —le dijo el cabo a su compañero.

Cuando llegaron al borde del claro, la cosa se complicó.

A partir de ese punto dejaban de estar al amparo de las sombras del bosque.

Además, el cuartel estaba provisto de tres pequeños focos que, instalados en las esquinas del techo, apuntaban hacia el suelo y dejaban todo el perímetro iluminado.

Martín señaló con la barbilla un sendero lateral, más largo, pero menos expuesto.

—Podemos rodear el claro y subir por allí —les explicaba el maqui a los ingleses—. Parece que detrás hay un montículo que queda por encima del cuartel.

—Esos bidones del lateral parecen de gasoil y esa caseta parece un cobertizo —explicó Greta.

—Allí es donde tienen la cochera con la furgoneta —dijo Lucho señalando el lado del cuartel.

Martín reflexionó unos instantes para trazar una nueva estrategia.

—¿Cómo tenías pensado destruir la torre? —preguntó Henry —¿Con piedras?

Martín lo miró desafiante.

—En el sótano del cuartel tienen un polvorín. Cogeremos unas cargas de explosivos para volar por los aires la torre.

—¿Estás loco? —le dijo Greta—. Apenas podemos acercarnos al edificio, ¿y tú pretendes meterte dentro?

—El año pasado entramos con unos compañeros —interrumpió Lucho—, para robar unos documentos. Conozco el lugar.

—¿Y no os cargasteis la antena entonces? —preguntó Henry.

—La instalaron unos meses después. Poco antes del invierno —le respondió Lucho.

Los cuatro permanecieron quietos, observando el edificio. Vieron salir a un soldado del interior con el rifle colgado del hombro; empezaba su ronda.

—Con este ya son tres los guardias que hay en el cuartel —dijo Greta—. ¿Sabéis si puede haber alguno más?

—La pareja del bosque —explicó Martín—, el joven que está rodeando el cuartel y dentro están el sargento, el operador de radio y puede que un guardia de retén.

—Eso son seis —dijo Henry —estamos en desventaja.

Martín le hizo una señal a Lucho, que dejó su mochila y se alejó bordeando el claro, sin salir a la luz de los reflectores, hasta el sendero que subía por detrás del cuartel.

—¿Qué hace? ¿A dónde va? —susurró Henry nervioso.

—A equilibrar la desventaja.

El guardia que había salido a hacer la ronda desapareció tras la esquina más alejada.

En unos minutos daría la vuelta al cuartel y aparecería por la siguiente esquina, de nuevo a la luz.

Mientras, los tres, escondidos en las sombras, vieron como Lucho aprovechaba ese momento que la fachada principal quedaba sin vigilancia para salir corriendo hasta pegarse a la pared lateral.

En esa zona habían instalado unos depósitos altos de combustible y Lucho se pegó a ellos, de manera que quedaba oculto a la vista de cualquiera que saliera por la cara sur del edificio.

No pasaron ni dos minutos cuando, como estaba previsto, el joven guardia asomó por la esquina con el rifle colgado del hombro, frotándose las manos para entrar en calor.

Andaba tranquilo; no podía sospechar que estaba siendo observado desde la oscuridad.

Sobrepasó los depósitos y, cuando le dio la espalda a Lucho, este saltó por detrás y le rodeó el cuello con fuerza.

El pobre no tuvo oportunidad de reaccionar; cayó de espaldas con Lucho debajo, quien siguió presionando el cuello como para que, en apenas un minuto, el chico dejara de patalear.

—¿Lo va a matar? —preguntó Henry viendo a Lucho desde lejos.

—No somos animales —le respondió Martín—, solo lo dejará inconsciente un buen rato.

Mientras el explorador arrastraba al joven hasta algún lugar detrás de la caseta para ocultarlo, los otros salieron corriendo para situarse en la parte trasera del cuartel.

—¿Y ahora qué? —preguntó Greta a Martín.

—La pareja del bosque no tardará en llegar. Nos ocupamos de ella, cogemos los rifles y entramos.

—Martín, no veo claro lo de las cargas —insistió Greta—, van a ver la explosión a kilómetros. ¿No sería más fácil sabotearla? ¿Cortar los cables, o algo así?

—Lo pensamos alguna vez, pero tardarían dos días en repararlo. Y quiero joderles de verdad. Si la volamos por los aires les costará mucho tiempo arreglarla.

—Y así saben que vas en serio —dijo Henry—. Yo estoy él. Volemos esa torre.

Greta levantó la ceja mientras miraba a su compañero. Ese cambio repentino de actitud la sorprendió, pero prefirió no decir nada y seguir las instrucciones de los otros. Lucho llegó de entre las sombras con el rifle del guardia en las manos y se lo entregó a Henry.

—Están al caer. Mientras escondía al chaval, he visto las linternas acercarse por el sendero del bosque.

—Lucho, quédate con Greta para interceptarlos —se giró hacia Henry—, tú y yo vamos a entrar. Los vamos a pillar por sorpresa, puede que estén durmiendo.

Rodearon la fachada con cuidado de no ser sorprendidos y se acercaron a la puerta con los rifles en alto.

La puerta cedió con un crujido seco que sonó demasiado alto en la noche.

Martín y Henry se deslizaron por el umbral como sombras, rifles en mano, respiraciones contenidas.

El interior del cuartel olía a aceite y a metal frío; la luz de las lámparas colgantes dibujaba franjas amarillas sobre mesas y cajas.

Todo parecía dormido, demasiado ordenado para ser seguro.