Capítulo 41
El refugio apareció entre la niebla como un bloque oscuro incrustado en la roca.
El sendero era llano y ancho en ese tramo, pero la cuesta hasta allí había destrozado los pies de todos.
Greta se iba turnando con Henry para llevar a Samuel montado en la espalda.
Iban a paso lento hasta que llegaron al repecho, donde encontraron la pequeña cabaña.
Una caseta de cazadores, vieja, húmeda, con las paredes ennegrecidas por años de humo y abandono.
La puerta de madera cedió con un crujido que sonó demasiado fuerte en aquel silencio de montaña.
Dejaron atrás el viento helado para adentrarse en la oscuridad del refugio.
Dentro hacía frío, pero no tanto como fuera.
El aire olía a humedad, a lana mojada y a madera podrida.
Lucho encendió la vieja estufa de hierro que había en un rincón, y en cuanto la llama prendió, el vapor no tardó a levantarse de los abrigos como si todos estuvieran ardiendo por dentro.
Samuel gemía cada vez que Greta intentaba acomodarlo sobre un jergón improvisado. Tenía la frente vendada, el brazo inmovilizado y la respiración irregular. Cada movimiento era un recordatorio de que ahora era un lastre real, un peso que condicionaba cada decisión. Pero al menos estaba consciente.
Sarah se sentó a su lado, temblando. No sabía si era por el frío o por la culpa. Tenía los ojos rojos, las manos manchadas de sangre seca y el brazo vendado de nuevo, esta vez con más torpeza que antes. Las curas de Emilia se habían perdido por completo.
Henry estaba de pie, apoyado en la pared, con los brazos cruzados. No hablaba. No se movía. Solo observaba a Martín. Dejó el macuto en el suelo, cerca de sus pies. La Clavis volvía a estar a su cargo; esta vez no se separaría de ella.
Martín, por su parte, se había sentado en un taburete bajo, cerca del fuego.
Y sin poder evitarlo, no dejaba de mirar la bolsa de Henry.
Ya no podía quitar sus ojos de ella. Lucho, que no entendía del todo lo que estaba pasando, se mantenía cerca de la puerta, limpiando el fusil con movimientos lentos, atentos.
Como si esperara que en cualquier momento alguien dijera algo que lo obligara a intervenir.
El silencio era espeso. Casi físico. Greta fue la primera en romperlo.
—Tenemos que hablar.
Martín no levantó la vista del macuto.
—Eso parece —dijo el maqui.
Henry apretó los dientes. Sarah tragó saliva y Greta respiró hondo.
—Mañana no podremos seguir andando. No con Samuel así. Necesitamos un vehículo.
Samuel volvió a gemir y Martín levantó por fin la mirada. Sus ojos eran dos brasas.
—Ya lo sé —soltó con un tono seco.
—¿Entonces? —preguntó Henry, con un tono que no era una pregunta, sino un desafío.
Martín apoyó los codos en las rodillas y entrelazó los dedos.
—Antes quiero respuestas —señaló hacia los pies de Henry—, sobre eso.
Greta se levantó situándose en medio del refugio entre Martín y Henry. Se palpaba la tensión y era momento de calmar las aguas.
—Martín, no hay nada que contar. Ya te lo hemos dicho todo. Venimos de Inglaterra, donde se nos contrató para conseguir esta pieza y debemos entregarla en Italia.
El hombre la miraba serio, intentando adivinar si le estaban mintiendo.
—Debe valer una fortuna, por la manera en que se aferraba la pelirroja al macuto.
—¡Cuidado con lo que dices! –Henry dio un paso al frente.
—¡Basta!
Greta levantó la mano para frenarlo.
—No te voy a mentir —miró a Martín de nuevo—. Van a darnos bastante dinero por ello.
Martín y Lucho se miraron y este apretó las manos sobre el fusil. Greta se percató de ello y pensó algo rápido para salvar la situación.
—Pero Martín, el plato no tiene ningún valor. El precio lo ha puesto el cliente.
—¿Qué quieres decir? –dijo Martín.
—Que si tienes intención de robarlo y venderlo por ahí no sacarás una mierda —le dijo Henry apoyándose de nuevo en la pared.
—¿Nos estás llamando ladrones? —Ahora fue Lucho el que dio un paso al frente.
—Lo que quiere decir Henry —Greta levantó la voz para atraer su atención—, es que la pieza está hecha de latón y cristal. Son materiales sin valor. No hay oro, ni joyas, ni diamantes.
Martín reflexionó en silencio unos segundos. Levantó la mirada hacia Lucho y negó con la cabeza. Esa era la señal de que todo había acabado. Greta lo comprendió al momento, respiró hondo y dio un paso hacia Martín, con las manos abiertas, sin desafío.
—Mira, Martín… Sé que la situación en este país es una locura y que lleváis años sobreviviendo como podéis. Protegiendo a los vuestros, igual que yo protejo a los míos. Créeme cuando te digo que entiendo esa responsabilidad. Entiendo lo que es sentir que, si fallas, tu familia se hunde contigo.
Bajó un poco la voz para que sonara sincera.
—Ojalá pudiéramos ayudaros de alguna manera, de verdad. Después de lo que habéis hecho hoy por Samuel… por todos nosotros… Me gustaría poder devolveros la ayuda.
Hizo una pausa, mirando de reojo a Henry y luego al macuto.
—Pero no podemos retrasarnos. Si no entregamos esa pieza a tiempo, no recibiremos nada. Y sin ese dinero… no tendremos forma de seguir adelante.
Le sostuvo la mirada, sin huir.
—No queremos daros problemas. Es que no podemos permitirnos fallar.
El silencio volvió a instalarse en el refugio, pesado como una manta húmeda. La estufa crepitaba al lado de Samuel, que respiraba con dificultad, y el vapor seguía levantándose de los abrigos como si todos estuvieran sudando miedo.
Martín se pasó una mano por la barba, pensativo, sin la hostilidad de antes. Esta vez tenía pensado algo.
—Greta… —dijo al fin, con un tono sorprendentemente sereno—. Entiendo lo que dices, de verdad.
La miró con una mezcla de cansancio y lucidez.
—Este país está hecho trizas. Cada uno protege lo suyo como puede. Tú a los tuyos… Yo a los míos.
Greta asintió, agradecida por ese cambio de tono. Cuando habló de nuevo, lo hizo despacio, como quien elige cada palabra con cautela.
—Quizá… —dijo, inclinándose un poco hacia adelante.
Henry levantó la cabeza, alerta, y Sarah contuvo el aliento. Greta frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Martín se frotó las manos cerca del fuego y mordió un trozo de salchichón que sacó de su saco. Ya no parecía un hombre enfadado. Parecía un hombre que había encontrado una oportunidad.
—Dejando a un lado los malos entendidos, creo que tenéis una oportunidad.
Levantó las manos enseñándole las palmas.
—Hay algo que sí podéis hacer. Y con eso tendríais la furgoneta que os hace falta.
Greta tragó saliva.
—Cuenta.
Martín señaló hacia la ventana, hacia la oscuridad que ocultaba el valle.
—Cerca del pico Sayerri hay una casa cuartel. Allí tienen medicamentos —señaló hacia Samuel—, comida, armas y vehículos.
Su voz era baja, firme.
—Y una torre de comunicaciones.
Henry tensó la mandíbula y saltó sin poderse contener.
—¿De qué va esto?
Martín no sonrió.
Sus ojos brillaron con una chispa de estrategia pura.
—Si esa torre cayera, ellos quedarían sordos. Y mudos.
Se incorporó un poco más.
—Y nosotros… libres para movernos. Para abrir un corredor hacia Francia. Para respirar.
—¿Qué sacamos nosotros de hacer algo tan arriesgado? —preguntó Henry.
—Vosotros podréis huir con el vehículo que tienen, sin que nadie pueda dar la alarma.
Greta lo miró, incrédula.
—¿Quieres que la destruyamos?
Martín asintió, tranquilo.
Como si estuviera proponiendo algo tan simple como cambiar una rueda.
—Apenas os conozco, pero os he visto actuar. Si queréis salir de aquí cuanto antes, ese cuartel es vuestra respuesta. Luego podéis ir a Italia o a donde queráis a vender esa baratija.
—Lo que haga o adonde vaya te tiene que importar una mierda. Estoy empezando a cansarme de que vayas de listo. —Henry apretó los puños y los dientes.
—Cuida bien tus palabras antes de seguir hablando. No estás en una posición ventajosa —Martín acabó poniéndose de pie a pocos metros de Henry.
—¡Basta! –Greta se interpuso entre los dos mirando a Martín a los ojos. —Dame un minuto para hablarlo con ellos —le dijo bajando el tono.
—El tiempo que os sea menester. Pero recuerda que necesitáis una furgoneta y medicamentos.
Señaló a Samuel.
—Y los necesitáis ya.
Señaló a Henry.
—Y necesitáis cruzar estas montañas sin que os revienten a tiros.
Señaló la puerta e hizo un gesto a su compañero. Greta esperó a que Martín y Lucho salieran un momento al exterior. En cuanto la puerta se cerró, el refugio pareció encogerse. El silencio se volvió más denso, más privado.
—Tenemos que decidir —dijo Greta, sin rodeos.
Henry bufó, cruzándose de brazos.
—No hay nada que decidir. Cogemos nuestras cosas y nos vamos. Ya nos hemos buscado la vida solos antes.
Sarah levantó la cabeza, con el rostro aún húmedo por las lágrimas.
—¿Y Samuel? —preguntó, con la voz rota.
Henry abrió la boca para responder, pero no salió nada. Miró a Samuel, tumbado en el jergón, respirando con dificultad. El vendaje de la frente estaba empapado. El brazo inmovilizado tenía un ángulo que no invitaba al optimismo. Greta se arrodilló junto a él, ajustándose la manta.
—No podemos cargar con él montaña arriba —dijo, sin levantar la voz—. No en este estado, ni con este frío, ni con la nieve que viene.
Henry apretó los dientes.
—Lo importante es entregar la Clavis . Este ha sido siempre el objetivo. Si no lo hacemos, todo esto no habrá servido de nada.
Sarah lo miró como si no lo reconociera.
—¿Lo importante? —repitió, incrédula—. ¿Eso es lo que piensas?
Henry evitó su mirada. Sarah se levantó, temblando por el dolor del brazo, pero firme.
—Somos una familia, jefe. Tú mismo lo dijiste. No dejamos a nadie atrás.
Se acercó un paso y buscó sus ojos para asegurarse de que la veía.
—Saltaste por mí, sin pensarlo. ¿Y ahora vas a dejar a Samuel tirado como un perro?
Henry tragó saliva. El golpe había ido directo al centro.
—No he dicho de abandonar a nadie. Nos las apañaremos para llevarlo como sea, pero esos dos ahora saben de la llave. No me fío de ellos.
Greta intervino, suave pero firme.
—Sarah tiene razón. —Miró a Henry–. Si nos vamos solos, Samuel no llega vivo al amanecer. Y tú lo sabes.
Henry cerró los ojos un instante, como si le doliera admitirlo.
—Entonces… ¿qué? ¿Ayudar a esos dos a volar una torre de comunicaciones? ¿Meter la cabeza en una guerra que no es nuestra?
Greta se incorporó despacio.
—No es nuestra guerra —admitió—. Pero sí es nuestro problema.
Míralo de este modo: necesitamos la furgoneta o el vehículo que tengan allí.
Sabotear esa torre de comunicaciones también es bueno para nosotros.
Si no la destruimos, darán la alarma de nuestra huida en todas partes antes de que lleguemos.
Señaló a Samuel.
—Y cuando hay problemas, da igual de dónde vengan; los solucionamos. Juntos. No es la primera vez que nos vemos con una tropa franquista.
—Greta, la otra vez fue distinto. La batalla nos rodeó y no había más remedio que participar para salir.
—¿Batalla? —interrumpió Sarah.
Miró a uno y a otro, buscando algún signo de broma en sus rostros, pero solo encontró arrugas marcadas por el recuerdo.
—¿De qué demonios habláis?
—En el verano de 1938 vinimos aquí, a buscar unas piezas romanas cerca del río Ebro —explicó Greta.
—Y sin querer, nos vimos metidos en medio de una de las peores batallas de la guerra civil—terminó Henry.
Sarah los observó en silencio, impresionada. La idea de que sus compañeros, con los que compartía camino, ya hubieran esquivado balas en ese mismo suelo le dio una extraña y aterradora perspectiva. Sabían exactamente qué clase de monstruos los acechaban fuera.
—Pero esta vez… —retomó Henry.
El silencio volvió a instalarse en la estancia. Solo se oía el viento golpeando con furia la madera del refugio. Henry respiró hondo, muy hondo, y finalmente asintió.
—Está bien —murmuró—. Lo haremos.
Sarah soltó un suspiro que parecía llevar horas atrapado en su pecho, mezclado ahora con alivio y respeto. Greta le puso una mano en el hombro a Henry.
—Vamos a decírselo a Martín.
Caminaron juntos hacia la puerta. Justo antes de abrirla, Greta se detuvo y lo miró de reojo.
—Henry…
Él levantó la vista.
—Cuando saltaste… ¿fue por Sarah… o por la mochila?
Henry sostuvo su mirada unos segundos. No sonrió. No se justificó. No mintió.
—Eso —dijo al fin— da igual ahora.
Y abrió la puerta.