La estirpe de Mitra Capítulo 40 #2
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Capítulo 40 #2

Los dos compañeros ayudaron a Sarah, que apenas podía hacer fuerza con el brazo herido, hasta que consiguieron subirla de nuevo al sendero donde Greta la abrazó con fuerza.

—Gracias a ti Samuel no está muerto —Greta lloraba al igual que Sarah, mientras la sujetaba fuerte en un abrazo eterno.

—Gracias, Jefe –dijo Sarah mirando a Henry desconsolada–, por saltar a por mí.

Henry, de rodillas, detrás de las chicas, miraba a Martín sin saber cómo reaccionar. Este los miró a los tres y levantó la mano con el plato.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras sostenía la Clavis como si fuera un animal vivo.

El metal, frío y pesado, parecía absorber la poca luz que quedaba en el cielo. Sus ojos, endurecidos por años de montaña y guerra, no parpadeaban. Fuera lo que fuera, era dorado y parecía tener cristales preciosos incrustados. Era mucho dinero.

Greta dio un paso adelante, con la voz firme pero contenida.

—Martín, dánosla. Ahora.

—Primero quiero saber qué demonios es esto —dijo sin moverse.

Henry, aun jadeando por el esfuerzo de sujetar a Sarah, sintió cómo la tensión le subía por la espalda.

Habían pasado por mucho para conseguir eso y más aún para llegar hasta allí.

Dio un paso hacia Martín, con los hombros tensos, la mandíbula apretada.

No iba a consentir que nadie se la arrebatara.

—No es asunto tuyo. ¡Devuélvela! —El eco hizo rebotar la última palabra por las montañas.

Martín levantó la vista hacia él, sin un ápice de miedo.

—Cuando algo casi nos manda a todos al fondo del barranco, sí que es asunto mío.

Henry avanzó otro paso, pero Greta extendió un brazo para detenerlo. Al ponerle la mano en el pecho, notó el corazón bombear con fuerza y temió porque pudiera empeorar la situación. Henry ya estaba demasiado encendido.

—No sabes lo que estás tocando —escupió Henry—. Dámela antes de que…

—¿Antes de qué? —interrumpió Martín, con una media sonrisa amarga—. ¿Vas a pegarme? ¿Aquí? ¿Con tu amigo ahí abajo medio muerto?

El silencio se volvió afilado.

Sarah, aún sentada en la roca, con el brazo herido temblando, levantó la voz por primera vez desde la caída.

—Por favor… ¡Basta!

Su voz estaba rota, pero cargada de urgencia.

—Samuel… sigue ahí abajo.

Greta aprovechó ese instante para recuperar el control. Su tono era bajo, pero cortante como un cuchillo.

—Henry, atrás –le dio un pequeño golpe en el pecho con la mano abierta.

—Pero…

—He dicho atrás.

Henry retrocedió un paso, respirando por la nariz como un toro a punto de embestir. Greta se volvió hacia Martín.

—Escucha. No tenemos tiempo para juegos. Ese chico puede morir si no bajamos ya.

—Quiero una respuesta —insistió él, sin bajar la Clavis .

Greta apretó los dientes. No quería revelar nada, pero tampoco podía permitirse perder a Samuel… ni a Martín.

—Está bien —dijo al fin—. Te lo diré. Pero por favor, devuélvenosla.

Martín permaneció quieto esperando la respuesta de Greta, sin apartar la mirada.

—Eso que tienes en la mano —empezó Greta— es una pieza que debemos entregar. No es nuestro, nosotros solo somos los mensajeros.

—¿A quién se la vais a entregar?

—A un cliente.

—¿Qué clase de cliente quiere algo así?

—El tipo de cliente que colecciona reliquias antiguas —respondió ella, sin titubear—. Nos dedicamos a eso. A recuperarlas. A sacarlas de donde estén. Y a sobrevivir gracias a ello.

Martín entrecerró los ojos. No sabía si creérselo, pero tampoco tenía tiempo para desmontar la historia. En ese momento, entre la niebla, apareció Lucho corriendo, con dos cuerdas enrolladas al hombro.

—¡He oído gritos! ¿Qué ha pasado? —llegó jadeando por la carrera que acababa de hacer.

Martín guardó la Clavis en el bolsillo interior de su chaqueta sin apartar la vista del grupo. Henry levantó la ceja al ver ese gesto, pero Greta le puso una mano en el hombro para frenarlo.

—Primero Samuel. La Clavis no va a ir a ninguna parte de momento –le dijo al oído.

Lucho le dio explicaciones mientras ataba uno de los cabos a un saliente y se anudaba la otra parte al cuerpo.

Entre Henry y Greta le ayudaron a sujetar la cuerda para bajar hasta el saliente.

Con algo de esfuerzo consiguió pasar la otra cuerda por la espalda y las piernas de Samuel, asegurando cada nudo.

No era la primera vez que hacía eso y se notaba en la seguridad de sus gestos.

—¡Arriba! –grito al grupo.

Entre Martín y Greta tiraron con fuerza hacia arriba el cuerpo inconsciente de Samuel y Henry iba recogiendo el cabo de Lucho que subía poco a poco, evitando que el otro se diera golpes en los riscos.

En unos minutos, Greta tenía en brazos a Samuel. Parecía no querer soltarlo.

—No quiero interrumpir, —dijo Martín –pero empieza a oscurecer. Debemos llegar al refugio ya.

Henry se puso delante de él y, mirándolo muy serio y sin decir nada, extendió la mano.

El otro le sostuvo la mirada unos segundos, pero se dio cuenta rápido de que tenía las de perder.

Había un brillo en los ojos de Henry que no era amable.

Era fuego de ira. Sacó la Clavis de dentro de la chaqueta y se la puso en la mano.

—Ahora ya podemos ir al refugio –se giró hacia el grupo. —¡En marcha!