Capítulo 40
La luz empezaba a morir. No era todavía de noche, faltaban unas horas, pero el sol ya no calentaba y la niebla se espesaba como si quisiera tragarse la montaña.
Martín lo notó antes que nadie: el viento había cambiado, y con él, la temperatura.
Sus manos temblaban cada vez más y ya no sabía si solo era por el frío.
Nadie en el grupo de ingleses llevaba guantes ni iba preparado para el invierno en esas montañas y empezaban a notar las grietas en los nudillos. Samuel se frotaba los brazos para entrar en calor, pero era imposible, el viento les golpeaba hasta helar la piel.
—No podemos quedarnos aquí cuando anochezca —gruñó, adelantándose unos pasos—. Al otro lado de la ladera hay un refugio de cazadores. Viejo, pero aún aguanta en pie. Si no llegamos antes de que caiga el sol, mañana seremos témpanos en el risco.
—¿Está muy lejos? –preguntó Greta.
—Si apretamos un poco el paso, en hora y media estaremos allí –dijo Martín mirando al grupo.
—Haremos lo que se pueda Martín, no somos expertos en montaña y dos del grupo van medio heridos –protestó Greta sin querer ser brusca.
—Por mí no te preocupes, Greta. —Henry retiró la mano del costado y se incorporó un poco. —Estoy perfectamente.
—Yo solo os advierto que el frío no perdona. Y que si he accedido a guiaros será sin poner mi vida en riesgo —Martin sonaba severo y firme, pero sin violencia. —Aquí todos tenemos mucho que perder. Vamos a intentar hacer las cosas como os diga y todo irá bien. ¿Entendido?
Greta asintió sin discutir. Henry apretó el paso. Sarah tragó saliva, aferrando el macuto como si fuera parte de su cuerpo. Samuel, jadeando, intentaba seguir el ritmo.
Durante un par de kilómetros el camino era completamente ascendente.
La nieve que se mantenía por las bajas temperaturas ya empezaba a tener ese color oscuro al mezclarse con la tierra mojada y a cada paso que daban notaban las suelas resbalar en el suelo.
Cerca del pico, el sendero se estrechaba hasta convertirse en una cornisa de roca húmeda.
A un lado, la pared vertical y al otro, un vacío que la niebla hacía parecer infinito.
Cada paso era un acto de fe. A esa altura apenas había vegetación y solo sobrevivían algunos arbustos que conseguían enraizar entre las piedras afiladas.
Lucho iba delante, marcando el ritmo. Él era realmente el que conocía todas esas montañas desde muy pequeño. Ese era su terreno.
—No os paréis –dijo alzando la voz para que le oyeran todos—. Ni un segundo.
—¿Qué ocurre, Greta? –preguntó Samuel, que no comprendía bien el idioma.
—Dice que no nos paremos, sobre todo ahora –le respondió señalando el acantilado que tenían bajo los pies.
—Fácil decirlo —murmuró Samuel, resbalando ligeramente.
El terreno se inclinó más y la nieve vieja crujía bajo las botas.
El viento sopló una ráfaga que hizo tambalearse a todos.
Lucho, que conocía esas situaciones, reaccionó a tiempo y agachó rápidamente las piernas para que el viento no lo empujara.
El resto intentaron imitar el gesto, pero de una forma más torpe.
Sarah y Henry tuvieron que agarrarse a unas rocas que tenían al lado y apretaron el pecho contra ellas.
El viento soplaba con fuerza. Un silbido agudo subía desde el valle y las ráfagas les golpeaban en las mejillas como agujas.
Greta y Martín habían quedado un par de metros por detrás del resto, pero en cuanto aligeró el viento, reanudaron la marcha. Y entonces ocurrió.
Samuel pisó una roca suelta. El sonido fue un chasquido seco, como un hueso rompiéndose.
La piedra cayó por el precipicio rebotando contra los salientes y partiéndose en trozos a cada golpe que daba, hasta que desapareció dentro de la niebla.
El pie de Samuel se fue hacia atrás y su cuerpo hacia el vacío.
—¡Samuel! —gritó Sarah.
Ella se lanzó sin pensar. Samuel atrapó la muñeca de ella en el aire, pero el tirón le atravesó el brazo herido como un hierro candente.
El vendaje se tensó y el dolor le arrancó un gemido ahogado.
Sarah consiguió quedar boca abajo, estirada en el suelo y Samuel colgaba, suspendido sobre la nada, aferrado con una mano a la muñeca de Sarah.
El resto miraban la escena desde el sendero, buscando la manera de poder agarrarse a algo resistente y estirar la mano para poder ayudar.
—¡Aguanta! —jadeó ella con los dientes apretados.
—¡Samuel, no te sueltes! –Greta le gritaba nerviosa.
Pero el brazo de Sarah temblaba. La herida le ardía. La piel se abría bajo el esfuerzo. Varios hilos de sangre le asomaban por debajo de la manga y corrían hacia la mano de Samuel. Los dedos le iban poco a poco resbalando.
—¡No puedo! —chilló Sarah—. ¡Se está resbalando! ¡No voy a aguantar mucho más!
Durante un segundo el tiempo se detuvo. Los dedos de Samuel resbalaron por la muñeca de Sarah hasta soltarse. Ella solo podía chillar de rabia y dolor mientras veía a su compañero caer al vacío.
Greta no pudo hacer otra cosa que gritar, y su voz resonó en las montañas como si quisiera partirlas en dos. Agarrada a la roca, lloraba impotente, sin poder pensar, completamente rota al ver a su «hermano» desaparecer por el acantilado.
Henry reaccionó como un resorte. Se lanzó hacia Sarah al ver que empezaba a deslizarse por las rocas y agarró lo primero que alcanzó: la tira de la mochila, tirando hacia atrás para evitar que cayera como Samuel.
—¡No ha caído! –gritó Lucho señalando hacia abajo.
Greta abrió los ojos de golpe al oír esas palabras. Junto con Martín se acercaron hasta Henry y llegaron a ver el cuerpo de Samuel. Había quedado apoyada panza arriba en un pequeño saliente unos metros más abajo. Se había golpeado la frente, haciéndose un corte profundo y quedando inconsciente.
—¡Samuel! —gritó Greta para intentar despertarlo.
—Chicos, ¡no puedo solo! —les gritó Henry apretando los dientes para no chillar por las punzadas en las costillas.
Greta y Martín se abalanzaron sobre Henry, sujetándolo con fuerza para que no cayera él también, y así quedaron unos segundos, haciendo una cadena humana para sujetar a Sarah, que había quedado colgando en el vacío por la mochila.
—¡Martín! El chico no está muerto –dijo el explorador.
Al estar más adelantado, Lucho había quedado en una roca desde donde podía ver bien la posición de Samuel.
—¡Escúchame! –dijo Martín haciendo fuerza mientras sujetaba a Henry –. Corre al refugio, no está lejos. Allí habrá cuerdas y algo de material para bajar a por él. Si vas tú solo irás más rápido.
Lucho asintió con la cabeza y emprendió la marcha. Greta no podía creer la velocidad con la que andaba entre las piedras y la seguridad que tenía en cada paso.
—¿Lo conseguirá? –le preguntó Greta mientras tiraba de Henry con todas sus fuerzas.
—Lleva desde niño en estas tierras. Se las conoce como la palma de su mano.
—No quiero parecer pesado, –dijo Henry a los de arriba –pero tirad con fuerza. No sé cuánto más va a soportar esto.
La mochila de Sarah no estaba hecha para soportar el peso de una persona. Las costuras, castigadas de años de viajes, empezaron a ceder con un sonido sordo y terrible.
Crac… Crac…
—¡No, no, no…!
Sarah, aún dolida por el accidente de Samuel, no podía parar de llorar. Hasta que de pronto empezó a notar cómo la tira en su sobaco iba perdiendo fuerza.
—¡Jefe! Esto se está rompiendo.
—¡Sarah, suéltate de la mochila! —gritó Henry—. ¡Gírate, agárrate a la roca!
—¡No puedo! –Sarah movía el brazo, pero estaba bloqueado.
Los puntos de la costura lateral empezaron a romperse y el desgarro se abrió.
La linterna se escurrió por el agujero y cayó a través de él, despeñándose al vacío.
Se partió en mil pedazos al impactar con un risco.
De pronto, algo metálico asomó. Primero un destello.
Luego el borde. Luego un símbolo. La costura no dejaba de ensancharse.
—¡Mierda, la Clavis ! –gritó Henry al verla a pocos centímetros de su cara.
Martín la vio. Y se quedó helado.
—¿Qué demonios…?
La tira cedió un centímetro más y la Clavis quedó medio fuera, colgando peligrosamente sobre el abismo.
—¡Sarah! —le gritó Greta al ver el dorado de la llave asomando por la costura—. Debes girar sobre ti misma y verás un saliente en tu espalda donde puedes agarrarte.
Sarah luchaba consigo misma para conseguir soltar el brazo del asa de la mochila.
Con lágrimas de rabia y miedo, hizo un esfuerzo sobrehumano.
Giró el torso y consiguió soltar la mochila.
El brazo le ardía de dolor, pero una oleada de adrenalina hizo que se aferrara a la roca con la mano libre.
Henry notó al instante que quedaba libre de todo el peso.
Pero ese giro terminó de abrir la costura.
La Clavis terminó de salir por el roto del macuto.
Un brillo dorado girando en el aire, a punto de caer al vacío.
Henry la vio y actuó sin pensar. Soltó la mochila, sabiendo que Sarah ya estaba sujeta a la roca y se estiró más de lo que era seguro atrapando el plato al vuelo.
Del tirón, a Martín se le escapó de las manos el brazo de Henry, pero Greta clavó los dedos con fuerza en la muñeca y estiró hacia atrás.
—¡La tengo! –gritó Henry
—¡Y yo a ti! –gritó Greta.
Pero no podía guardarla. No podía apenas sujetarla. La había cazado al vuelo y ahora la mantenía con las puntas de los dedos. Miró de soslayo hacia atrás e hizo lo único posible.
—¡Martín! —rugió.
Y lanzó la Clavis hacia arriba. Esta voló un instante suspendida en el aire hasta que Martín dio un paso adelante y estirando el brazo la atrapó, justo antes de que golpeara en una piedra y rebotara hacia el abismo.
El silencio que siguió fue brutal. Solo se oía el viento y el gemido lejano de Samuel, que había despertado del golpe.
Greta fue la primera en recuperar la voz mientras tiraba con fuerza hacia arriba de Henry, que ahora ya podía sujetarse con las dos manos.
—¡Samuel, no te muevas! Ahora vamos a por ti.
Martín no respondió. Miraba la Clavis en su mano, como si sostuviera un lingote de oro.