Capítulo 39
En el jardín de la villa, siglos atrás se había construido un pequeño mausoleo donde varias generaciones de Guardianes descansaban para la eternidad.
Pero eso solo era la fachada de algo mucho más profundo.
Y lo de profundo era literal, uno de los nichos no contenía los restos de ningún guardián, sino que ocultaba el acceso a unas escaleras que conducían al mitrae de la orden.
Una sala alargada donde se efectuaban las reuniones de la organización desde hacía varios siglos.
Allí mismo, dos bocas de túnel partían hacia dos lugares más profundos aún.
El primero conducía a un pasillo donde habían construido varias celdas.
Sin ventanas, sin camastros, simplemente cuatro paredes y una puerta de madera gruesa con un pequeño ventanuco en medio.
El otro túnel era el más importante, conducía a la gran sala de los rituales.
La puerta del mitrae se cerró con un golpe seco que resonó como un sello.
El Escorpión fue el último en entrar, aún con la respiración agitada por el paseo desde la villa y la bajada por las escaleras.
El Cuervo se situó en un lateral, quedando de pie, rígido, con las manos cruzadas a la espalda.
En el centro de la sala, sentado en una silla alta de madera oscura, el Perro parecía una estatua tallada en la penumbra.
El farol que colgaba del techo proyectaba un círculo de luz amarillenta sobre la mesa.
El resto de la estancia quedaba sumido en sombras.
Pero en esa penumbra podían verse varias esculturas de animales situados en varios nichos verticales dispuestos a lo largo de la cueva, estáticos, erguidos, como si prestaran atención a las palabras de los allí presentes.
—Ha leído demasiado —escupió el Escorpión sin esperar permiso para hablar—. No deberíamos haberla dejado bajar ahí abajo. Es una intrusa. Una ladrona. Una amenaza.
El Perro no se movió. Ni un parpadeo, solo el brillo muerto de su ojo de cristal devolvía la luz del farol.
—La Serpiente no es una amenaza —dijo al fin, con una voz tan baja que obligó a los otros dos a inclinarse hacia él—. Es un eslabón más, como todos.
El Cuervo tragó saliva. Avanzó hasta la mesa y apoyó las manos en ella.
—¿Y si no lo es? —preguntó con cautela—. ¿Y si solo ha tenido… suerte?
El Escorpión bufó. Caminó despacio, como si su cuerpo pesara el doble, alrededor de la sala hasta situarse frente al Cuervo, al otro lado de la mesa.
—La suerte no abre mecanismos sellados secretos. No descifra lenguas muertas. No encuentra pasadizos ocultos. Cuida bien tus palabras, Cuervo. Y aléjate del veneno de esa Serpiente.
El Perro levantó una mano, y el silencio cayó como una orden militar.
—La suerte no existe —sentenció—. Solo la voluntad. Nosotros la pusimos en el camino y la voluntad la ha guiado hasta donde debía estar.
El Cuervo dio un paso adelante.
—Permitidme hablar con ella —reclamó con firmeza—. Dejad que averigüe lo que ha leído, qué ha interpretado y hasta dónde ha llegado. Si realmente es la Serpiente… lo sabré.
El Escorpión lo miró de reojo, desconfiado.
—¿Y por qué tú?
—Porque soy el único al que no le tiene miedo —respondió el Cuervo sin apartar la vista del Perro.
El Perro inclinó la cabeza, evaluando la respuesta. Era evidente que el Escorpión no era un tipo agradable de ver y no solía despertar simpatía en nadie. Si lo que necesitaban era sonsacar información y no un interrogatorio con intimidación, el Cuervo era la mejor opción.
—Habla con ella —dijo al fin—. Pero recuerda esto, Cuervo: la Serpiente no solo revela verdades. También las distorsiona.
El Cuervo asintió, aunque la frase le dejó un rastro de inquietud en la nuca.
Entendía que la chica estaba asustada y abrumada por todo lo que estaba pasando, y que lo más lógico era que se negara a colaborar.
Pero él lidiaba con estas situaciones a diario.
Era un empresario en su vida pública, las negociaciones complicadas eran su día a día.
El Escorpión dio un paso para acercarse al Perro.
—¿Y si miente? ¿Y si intenta manipularnos? Ya lo ha hecho antes.
El Perro se levantó despacio. Su sombra se alargó sobre la pared como la de un gigante antiguo.
—La Serpiente siempre miente —dijo con una leve sonrisa—. Es su naturaleza, pero incluso las mentiras revelan algo.
—Sé cómo acercarme a ella —dijo el Cuervo.
—Escúchala. Y escucha lo que no dice —el Perro se acercó a él tanto, que pudo oler el metal oxidado que siempre parecía rodearlo.
—Y una última cosa —susurró—. No permitas que te vea dudar.
El Cuervo sintió un escalofrío recorrer la columna.
No era la primera vez que tenía la sensación de que ese ser extraño con levita parecía escudriñar su mente.
Años atrás, en el último ritual que la orden celebró le ocurrió lo mismo.
Era como si pudiera colarse en sus pensamientos y lo dejara desnudo por dentro.
Era cierto que desde hacía unos meses había tenido ciertas dudas sobre la eficacia de Taurus para mantener el orden.
El mundo era cada vez más complicado y la evolución de la humanidad parecía coger ventaja frente a las tradiciones arcaicas de una orden anclada en el pasado.
Si el mundo había cambiado y el poder de unos pocos se alimentaba de guerras modernas, con armas capaces de destruir ciudades enteras, Taurus necesitaba también algo a la altura del siglo XX.
¿Cómo iban a frenar el caos con alquimia de trescientos años de antigüedad?
El Perro volvió a su silla, como si la conversación hubiera terminado.
—Ve —le dijo mientras hacía un gesto con la mano—. La Serpiente espera.
El Cuervo salió de la sala sin mirar atrás y el Escorpión lo siguió con la mirada, con una mezcla de desprecio y sospecha.
La tarde anterior en la biblioteca, habían descubierto sus cartas y empezaba a preocuparle que el Cuervo perdiera la fe en Taurus.
El Perro, en cambio, mantuvo su ojo de cristal fijo en la puerta cerrada, como si pudiera ver a través de ella.
—Me preocupan sus dudas —dijo el Escorpión en cuanto cerró la puerta.
El Perro, desde la silla, y sin mirarle, murmuró para sí:
—Las dudas son semillas.
El pasillo de las celdas estaba sumido en penumbra, iluminado solo por una hilera de lámparas que parpadeaban nerviosas.
El Cuervo avanzó despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo, escuchando el eco de sus propios pasos.
Cada celda que dejaba atrás parecía observarlo, como si supiera que algo en él había empezado a resquebrajarse.
Se detuvo frente a la última. La puerta era de madera gruesa, reforzada con hierro.
En el centro, un ventanuco cuadrado y enrejado dejaba escapar una franja de luz temblorosa.
Respiró hondo, ajustó la expresión del rostro a algo neutral, profesional, casi impenetrable, y deslizó el cerrojo.
La puerta se abrió con un gemido. Encontró a Evelyn sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. No parecía derrotada, ni tranquila. Más bien… alerta. Como un animal acorralado que aún conserva la lucidez suficiente para morder.
Cuando lo vio, no se levantó.
—Así que te han enviado a ti —dijo, sin rastro de sorpresa.
El Cuervo cerró la puerta tras de sí y se quedó de pie, a cierta distancia. No quería parecer amenazante. Tampoco vulnerable.
—No me envía nadie —respondió con firmeza—. Vengo por decisión propia.
Evelyn ladeó la cabeza, estudiando su postura.
—¿Y por qué parece que está el señor Perro detrás de esto? Hay algo que os preocupa y aún no sé si es bueno, o malo. ¿Qué quieres saber?
El Cuervo no respondió de inmediato. Caminó hasta la pequeña mesa de piedra que había en un rincón y se apoyó en ella. La lámpara que había colgada del techo proyectó sombras en las cuencas de sus ojos, haciendo que su rostro pareciera una calavera.
—Quiero saber si comprendes lo que significa todo esto —dijo al fin—. Si entiendes el papel que debes desempeñar.
Evelyn soltó una risa breve, seca.
—¿El papel que debo ? ¿Acaso alguien me ha preguntado en algún momento que es lo que quiero yo?
Os creéis dueños del mundo, dueños de las vidas de los demás.
Queréis decidir el futuro de la humanidad simplemente porque no os gusta el presente.
Y generación tras generación habéis jodido —Evelyn vio como Brandt torcía la mueca—, sí Cuervo, jodido gobiernos para cambiar el curso de la historia a vuestro antojo.
El Cuervo se removió en su sitio. Quizá la descripción que acababa de hacer ella no estaba tan lejos de la realidad.
—Tus palabras están muy lejos de parecerse a la realidad —dijo con tono sarcástico—.
No estoy aquí para discutir de filosofía —exclamó, recuperando el tono frío—.
Veo que has olvidado muy deprisa la conversación que tuvimos en el hangar.
¿De verdad no ves cómo está el mundo? ¿Crees que las fuerzas del eje nos van a dejar vivir en paz?
Taurus no está aquí para decidir el destino de nadie. Me duele que lo interpretes así.
Se incorporó para alejarse de ella hasta la esquina opuesta y siguió.
—¡Son ellos los que deciden! Nosotros no hacemos la guerra, ni colonizamos civilizaciones para robarles sus riquezas, ni perseguimos a pueblos enteros por tener otras creencias.
Nosotros solo corregimos y borramos los párrafos equivocados de la historia.
Taurus tiene la verdad. Mitra nos dio la verdad.
—¿Pero de qué verdad estás hablando? —preguntó Evelyn—. ¿La verdad de Taurus… o la de todos?
El Cuervo tensó la mandíbula y ella lo vio. Y ahora podía jugar con ello.
—Te oí hablar con el Escorpión —continuó Evelyn, sin darle tiempo a reaccionar—. Oí tus dudas sobre la Clavis , sobre el ritual. Sobre lo que estáis a punto de hacer.
El Cuervo dio un paso hacia ella, no agresivo, pero sí cargado de tensión.
—No sabes de qué hablas.
—Sé más de lo que crees —replicó Evelyn—. He leído el diario. He visto lo que la Clavis puede provocar: Londres, París… Ciudades enteras ardiendo porque alguien decidió que el caos se debía frenar con más caos.
El Cuervo apretó los puños.
—No entiendes el contexto histórico.
—¿Contexto histórico? —Evelyn se incorporó despacio, sin apartar la mirada—. ¿De verdad creéis que podéis controlar algo que ni vuestros antepasados pudieron manejar? ¿O es que temes admitir que el Perro y el Escorpión están equivocados?
El silencio cayó como una losa. La luz de la lámpara tembló. El Cuervo sintió un nudo en el estómago. No por las palabras. Sino porque por un instante había sentido que eran verdad.
—Ten cuidado con lo que dices —murmuró, pero su voz ya no sonaba tan firme.
Evelyn dio un paso hacia él. No con actitud desafiante ni suplicante.
—Bernhard —dijo, usando su nombre por primera vez—. No soy tu enemiga, pero si seguís adelante con esto, lo seré. Y no porque quiera, sino porque no pienso dejar que destruyáis otra ciudad.
El Cuervo cerró los ojos un instante. Ese gesto, mínimo, lo traicionó. Evelyn lo vio y lo entendió.
—Tú no quieres esto —susurró ella—. Lo sé.
Él levantó la mirada hacia ella, como si despertara de un trance. Dio un paso atrás, recuperando la distancia, la máscara, el control.
—No estás aquí para juzgarnos —dijo con un tono más duro del que pretendía—. Estás aquí porque el Perro así lo ha decidido y porque tu papel en el ritual es… necesario.
Evelyn sintió un escalofrío. El rostro de Brandt había cambiado de nuevo. Algo no había salido bien, el intento de derribar sus murallas había fracasado y ahora parecía incluso más distante que cuando lo conoció en el hangar.
—¿Qué papel? ¿De qué estás hablando?
El Cuervo no respondió, no podía. Se dirigió a la puerta, pero antes de abrirla, se detuvo. No la miró, pero su voz sonó más baja, casi un susurro.
—No intente envenenarme, señorita Carter. No funcionará.
Ella se estremeció, quizá por miedo. Ya no la llamaba por su nombre. ¿A qué se debía ese cambio tan repentino? ¿Qué había ocurrido?
—¿Envenenarte? ¿Qué hago exactamente aquí?
El Cuervo salió de la celda en silencio y apretó el cerrojo con más fuerza de la necesaria. La puerta se cerró de golpe.
Evelyn se quedó sola, con la certeza de que había sembrado algo. No sabía el qué. Quizá una grieta en esa muralla. Una duda. Una posibilidad.
El Cuervo avanzó por el pasillo de las celdas con pasos rápidos, casi torpes, como si quisiera alejarse de la conversación que acababa de tener.
La lámpara del techo proyectaba sombras que se estiraban y encogían a su paso, deformando su silueta en la pared.
Cuando llegó al final del corredor, se detuvo un instante para recuperar el aliento.
No sabía por qué estaba tan alterado. O sí lo sabía, pero no quería admitirlo.
Giró hacia el túnel principal, para volver al mitrae.
El Perro emergió de la penumbra como si hubiera sido tallado en ella.
No llevaba lámpara. No necesitaba luz. Su ojo de cristal captaba el resplandor de las luces lejanas, que brillaban como un reflejo muerto. Vio a Brandt desaparecer al otro lado.
—La Serpiente es astuta —susurró entre dientes—. Sabe dónde morder y tú… tú has ofrecido la mano.