Capítulo 38 #2
Greta iba a responder cuando un chasquido seco, a su derecha, hizo que Henry se llevase la mano al arma, pero no llegó a sacarla.
—Tranquilos —dijo una voz grave entre los árboles—. Si fuéramos otros, ya estaríais criando malvas.
Martín apareció primero, con el fusil colgado del hombro y la expresión de quien no está del todo convencido de lo que está haciendo.
Lucho emergió detrás, más relajado, pero con la mirada alerta.
El grupo se tensó. Sarah dio un paso atrás y Henry se colocó ligeramente delante de ella, como un perro guardián. Martín vio el gesto y no le gustó.
—Vaya —dijo Henry, bajando despacio la mano del arma—. No esperábamos volver a veros.
—Ni yo a vosotros —respondió Martín, sin rodeos—. Pero… —respiró hondo, como si le costara decirlo—. Mi mujer cree que os vendrá bien algo de ayuda y cuando Emilia cree algo… bueno, más vale hacerle caso.
Lucho soltó una risa breve.
—Eso es verdad.
Greta asintió, agradecida, pero sin bajar la guardia del todo.
—No queremos meteros en problemas. Ya te dije que nos las íbamos a apañar solos.
—¿Y cuál es la idea que tenéis en mente? —preguntó Martín interesado.
Greta desplegó el mapa que le había dado Víctor y le señaló el pueblo de Villanúa.
—Esto no estará muy lejos de aquí. Queremos llegar allí e intentar conseguir un vehículo.
Martín se frotó la barbilla, y antes de hablar miró a Lucho un segundo.
—No es mala idea, pero por ese camino pasáis demasiado cerca del lobo —dijo, y volvió a mirar a Lucho, que alzó la vista hacia las montañas.
Henry, que se había percatado del juego de miradas, saltó a la defensiva.
—¿Qué pasa aquí? —Se puso al lado de Greta —. ¿A qué vienen esas miradas? ¿Qué es eso del lobo?
—Calma Henry —dijo Greta—. ¿En qué estás pensando, Martín?
Le cogió el mapa para darle la explicación, lo extendió en el suelo y todos se arrodillaron alrededor.
—Aquí está Villanúa —la marcó con el dedo—, y esto de aquí es Canfranc. Ir hacia allí os alejaría demasiado de vuestra ruta y aparte en esta zona —colocó una piedra pequeña en ese lugar—, hay una madriguera de nazis. Toda una hilera de ametralladoras antiaéreas.
—¡No me jodas! —dijo Sarah desde atrás—. Lo que nos faltaba.
—Tranquila, —dijo Martín levantando la mano—.
Lucho y yo sabemos de un paso que bordea esta zona.
No lo conoce prácticamente nadie. Algunos compañeros lo utilizan para pasar contrabando de Francia, pero aún no ha sido descubierto.
Desde aquí —puso el dedo en la punta de una de las cordilleras y fue siguiéndola—, hasta aquí.
—¿Pero? —dijo Greta.
—Pero, ¿qué? —respondió Martín.
—Siempre hay un pero —hizo una pausa—. Hay algo malo, ¿no?
Martín la miró con una media sonrisa al descubrir que eran más listos de lo que había creído. Y sí que parecían preparados.
—Sí que hay un pero, tienes razón. Hay un pequeño tramo a mitad que el paso es muy estrecho y hay riesgo de caer. El avance es lento y hay que asegurar bien cada paso. Pero nosotros lo hemos hecho varias veces y aquí estamos.
—¿Qué queréis que os diga? —dijo Sarah—. Si tengo que elegir entre despeñarse o nazis, me quedo con despeñarse.
Greta se alejó un momento del grupo y Henry la siguió por detrás. Se quedó en silencio a su lado mientras ella analizaba la situación.
—No hay mucho que pensar —le dijo Martín—. Y si os dejamos solos, acabaréis peor. El camino hacia el este está lleno de patrullas y vosotros… —miró a Henry, luego a Sarah, luego al macuto—. No parecéis precisamente gente que pase desapercibida. Creo que habéis llamado la atención a alguien ya.
Henry tensó la mandíbula, pero no dijo nada.
Martín dio un paso más cerca. No era una amenaza, pero tampoco una bienvenida.
Greta sostuvo la mirada de Martín un par de segundos antes de asentir con un gesto breve y seco.
No había mucho más que hablar: entre el abismo y los fusiles alemanes, el grupo ya había elegido el vértigo.
—Guíanos por ese paso, Martín —sentenció ella, ajustándose las correas de su propia carga—. Si vosotros habéis sobrevivido a él, nosotros también lo haremos.
Martín no respondió. Se limitó a escupir el resto del cigarrillo y hacerle una señal a Lucho, que ya empezaba a moverse entre los matorrales con la fluidez de una sombra.
Henry se pegó a Greta, manteniendo una distancia prudencial con los maquis.
Colocó la mano cerca de la culata de su arma por si acaso una rama crujía más de la cuenta.
La marcha se volvió brutalmente empinada. Los árboles empezaron a escasear, dejando paso a una roca gris y afilada que parecía querer expulsarlos de la ladera. El manto de nieve no era muy denso, pero seguía presente desde las últimas lluvias de hacía unos días.
Sarah subía con dificultad, con el rostro contraído por el dolor del brazo herido. Por muy resbaladizo que estuviera el terreno o aunque necesitara las manos para equilibrarse, nunca soltaba del todo las correas de aquel macuto.
«Hay algo ahí dentro que quema», pensó Martín, frotándose los nudillos doloridos.
Aquella mochila no contenía recuerdos; contenía un problema, algo lo suficientemente valioso como para atraer a los demonios que los perseguían o lo suficientemente peligroso como para volarlos a todos por los aires si daban un paso en falso.
El aire se volvió más frío y escaso conforme se acercaban a la cresta.
Ante ellos, el camino se estrechaba hasta convertirse en una lengua de piedra suspendida sobre el vacío, envuelta en jirones de una niebla que ocultaba el fondo del precipicio.
Martín se adelantó hasta quedar frente a frente con Greta, señalando hacia el inicio de la escalada.
—A partir de aquí, un suspiro fuera de lugar y no llegaréis a ver el amanecer —advirtió en un susurro—. Asegurad los pies y sobre todo —miró a Sarah que seguía cogida al macuto—, asegurad bien lo que traéis.
Greta no dijo nada, solo miró al resto del grupo unos segundos más, como para comprobar que estaban todos de acuerdo para seguir adelante.
Sarah dio el primer paso hacia la cornisa, tambaleándose ligeramente, mientras el viento comenzaba a aullar entre las grietas del granito.
La peligrosa ascensión hacia lo desconocido acababa de empezar.