Capítulo 38
A media mañana el cielo empezó a clarear y dejó que el sol calentara un poco la tierra.
El frío de la noche que había llenado todo el bosque de escarcha se fue disipando para dar paso a una niebla tenue, haciendo que el verde de la hierba brillara como si se encendiera allí donde los rayos del sol llegaban a tocar el suelo.
Lucho y Carmen, dos de los maquis, patrullaban el exterior con sus fusiles en alto. Si era verdad que a los recién llegados los habían asaltado unos malditos azules, estos podían andar cerca y aparecer en cualquier momento.
Martín controlaba todo el interior del caserío desde la piedra donde estaba sentado, en una de las esquinas.
El cigarrillo le colgaba de la comisura de la boca, humeante, mientras se frotaba los nudillos.
La piel agrietada de las manos le escocía, sobre todo en invierno, y el temblor que había empezado a notar a mediados de otoño era cada vez más exagerado.
Llegaría un momento que no podría ocultarlo más a Emilia.
Observaba al grupo de recién llegados descansando alrededor de la estufa improvisada que habían instalado en medio de la estancia, un viejo bidón metálico al que le habían cortado un ventanuco en un lateral para poder meter leña.
La que parecía la jefa hablaba con Víctor, el hermano pequeño de Emilia.
El tipo rudo, que parecía un soplador de una forja, fumaba un Bisonte sentado en una de las sillas mientras miraba por la ventana.
El más joven leía un viejo libro que había sacado de uno de sus macutos, al lado de la joven pelirroja herida.
Esta dormía junto a la estufa, abrazada a su mochila como cuando un niño pequeño se agarra a su peluche por las noches.
Greta terminó de hablar con Víctor y se acercó a Martín. Este la observó unos segundos a través del humo del cigarrillo sin decir nada. Fue ella la que tomó la iniciativa.
—Nos vamos ya. Me ha comentado Víctor que hay una senda que cruza el bosque y de allí podemos coger un camino que va hacia Canfranc.
—¿De verdad vais a ir hasta Cadaqués andando? —dijo Martín.
—Tenemos que llegar como sea. Si hace falta cogeremos un vehículo prestado.
—Cuidado con eso, ya sabéis que algunos disparan primero y preguntan después —dijo en tono de broma. Y luego se puso serio de nuevo—. Yo ya os he dado toda la ayuda que puedo.
—Nos las apañaremos.
Unos minutos más tarde, Sarah ya estaba de pie.
Le habían cambiado de nuevo el vendaje del brazo y la espalda se había recuperado de los últimos golpes.
Le habían quedado un par de moratones en la zona lumbar, pero en unos días habrían desaparecido.
Henry parecía andar mejor y aunque la costilla le molestaba, ya no sentía los pinchazos de la noche anterior.
Iniciaron la marcha sin muchas despedidas; la única que parecía agradecida por la visita era Emilia, que les decía adiós con el pequeño en brazos. Cuando desaparecieron a través de la maleza del bosque, la mujer miró a su marido, seria, y luego volvió al interior del caserío.
Lucho, que volvía de hacer la ronda, se acercó a Martín.
—No creo que sea nada grave, pero me ha parecido ver en el cerro del sur, entre unos árboles, a unos tipos.
—¿Te han visto ellos a ti? —le preguntó Martín.
—No, me escondí antes.
—¿Azules? —preguntó mientras se encendía una colilla vieja del bolsillo.
—Creo que no, pero tampoco parecían picoletos –dijo Lucho. —Llevaban unos prismáticos de esos caros, de los que usan los militares, y se movían con una calma que no me ha gustado nada.
—Si están buscando a estos, acaban de irse.
—Creo que tu parienta te espera –le hizo un gesto con la cabeza.
Martín miró hacia la puerta y vio a Emilia con los brazos cruzados.
Supo que le esperaba una de esas charlas.
Cuando entraron los dos, Víctor observó la cara de su hermana, se levantó y les hizo una señal a dos compañeros para que salieran.
Uno de ellos cerró la puerta dejando a la pareja sola en el interior.
Todos conocían el carácter de Emilia. Si fuera una bomba, ahora llevaba la mecha encendida.
Cuando la puerta se cerró, el silencio del caserío se volvió más denso que el humo del cigarrillo de Martín. Emilia dejó al niño en la cuna improvisada junto al bidón hoguera y se quedó de espaldas a él, respirando hondo, como si contara hasta diez para no explotar.
—No me mires así —gruñó él, adelantándose—. Ya les hemos dado bastante. No son nuestra responsabilidad.
Emilia se giró despacio. Tenía los ojos húmedos, pero no de tristeza, sino de rabia contenida.
—¿Y dejarlos tirados en mitad del monte sí es tu responsabilidad?
—Emilia… —Martín se pasó la mano por la cara, cansado—. Somos cuatro gatos. No podemos ir cargando con cualquiera que aparezca por la puerta. ¿Quieres que nos maten a todos por ayudar a desconocidos?
—No son desconocidos —respondió ella, clavándole la mirada—. Son personas. Y están huyendo, igual que tú huías cuando te escondiste aquí por primera vez. ¿O ya no te acuerdas?
Martín apretó la mandíbula. Ese golpe había ido directo al hígado. Sabía que en el fondo llevaba algo de razón, pero debía pensar en los suyos.
—No compares. Yo no tenía detrás a media Falange buscándome. Además, si han llegado hasta aquí, seguro que saben apañárselas solitos.
—¿Solitos? —le imitó el tono. —Tú sabes cómo es esta montaña. ¿Crees que aguantarán mucho tiempo cuando suban al pico Tendeñera? —Emilia dio un paso hacia él—. ¿No has visto cómo caminaba la chica pelirroja? ¿O el chaval, con la costilla rota? Acabarán despeñados por cualquier acantilado.
Martín bufó, frustrado.
—Sí, sí que lo he visto. Y también he visto otras cosas.
—Señaló hacia la puerta por donde habían salido—.
La pelirroja no se ha separado ni un segundo de su macuto.
Ni para dormir. Ni para que le curaras el brazo.
¿Tú has visto a alguien abrazar una mochila así?
Como si llevara dentro algo que no quiere que nadie vea.
Emilia frunció el ceño, sorprendida por el detalle.
—Está asustada, Martín. ¿Qué esperabas?
—Vienen desde Inglaterra cruzando el mar y ahora todo el norte, ¿no te parece extraño?
—Hay una guerra ahí fuera. ¿Qué es lo que te parece extraño? ¿Qué huyan?
—Y el otro, el grandullón… —continuó él, ignorando la interrupción—. Siempre en guardia. Siempre mirando las ventanas, las salidas, los techos. Eso es alguien entrenado, alguien que oculta algo. Y no quiero a gente así cerca de los nuestros.
Emilia respiró hondo, conteniendo la réplica.
—¿Y si lo que ocultan es miedo? —preguntó con voz más suave—. ¿Y si lo que llevan en esa mochila es lo único que les queda? ¿Y si ese hombre mira las ventanas porque teme que vuelvan a atacarlos?
Martín negó con la cabeza, incrédulo.
—No me lo trago. Hay algo raro en ellos, algo que no me gusta. Y cuando algo no me gusta, suele ser por una razón.
—¿Y desde cuándo te guías solo por el miedo? —replicó Emilia—. ¿Desde cuándo eres un hombre que abandona a otros porque “no le gustan”?
Martín abrió la boca para responder, pero no encontró palabras.
Emilia aprovechó ese instante.
—Nos han traído leche para nuestro hijo. Leche, Martín. ¿Sabes lo que me costó conseguir la última lata? ¿Sabes cuántas noches he pasado sin dormir pensando en qué le daríamos cuando se acabara?
Él tragó saliva.
Ella bajó la voz aún más.
—No sé qué esconden. Puede que nada, puede que algo. Pero sé lo que he visto en sus ojos. No son mala gente y tú lo sabes. Si lo fueran, no los habrías dejado entrar.
Martín se frotó los nudillos, nervioso. El temblor volvió a recorrerle la mano.
—No puedo arriesgarme —murmuró—. No puedo arriesgaros.
—Y yo no puedo mirar a otro lado mientras los dejamos morir —respondió Emilia—. No quiero que nuestro hijo crezca en un mundo donde la gente se abandona así. No quiero que tú seas ese hombre.
Eso lo desarmó.
Martín cerró los ojos un instante, le faltaba el aire.
—Emilia… —su voz se quebró ligeramente—. Si salgo, puede que no vuelva.
—Lo sé —dijo ella, acercándose y apoyando la mano en su pecho—. Pero si no lo haces, tampoco vas a poder vivir contigo mismo. Y nadie como tú conoce esos caminos. Si hay alguien que pueda guiarlos, eres tú.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto.
Se aguantaron la mirada unos segundos largos hasta que Martín se dio por vencido.
—Está bien —dijo al fin—. Los guiaré. Solo hasta un sitio seguro. Y luego volveré.
Emilia sonrió, cansada pero sincera.
—Con eso me basta.
Martín asintió, resignado, y se giró hacia la puerta.
—Buscaré a Lucho. Si vamos a hacer esto, necesito un buen rastreador.
***
El bosque se había vuelto más oscuro conforme avanzaba la tarde.
La niebla, que por la mañana había sido una caricia tenue sobre la hierba, ahora envolvía los troncos como un animal silencioso.
Greta caminaba en cabeza, con el mapa doblado en la mano y la mandíbula apretada.
Henry avanzaba unos pasos por detrás, atento a cada crujido, a cada sombra.
Sarah, más pálida que antes, seguía aferrada a su macuto como si dentro llevara su propio corazón.
Samuel cerraba la marcha, respirando con dificultad por la pendiente.
Llevaban poco más de media hora andando y la cresta de la montaña parecía alejarse en cada paso que daban.
Veían un final en la subida, pero cuando llegaban a él, solo era un repecho en la ladera y descubrían que el camino seguía subiendo un tramo más.
La intención era llegar hasta Villanúa, que era la población más cercana.
Allí, con suerte, podrían robar algún vehículo con el que avanzar hasta la costa.
Era arriesgado, habría controles de la guardia civil por todas partes, pero era lo más rápido y seguro.
Pero primero tenían que salir de ese bosque interminable. El silencio era tan profundo que cuando un pájaro levantó el vuelo, todos se detuvieron al instante.
—No me gusta esto —murmuró Henry, sin dejar de mirar a los lados.