Capítulo 37
Evelyn empujó la puerta. El aire que escapaba de la abertura era distinto del de la nave. Más frío. Más seco. Más antiguo. Como si hubiera estado atrapado allí durante siglos, esperando a que alguien lo liberara. Sostuvo el candelabro con ambas manos y dio un paso al interior.
El túnel descendía en una escalera de caracol estrecha, excavada directamente en la roca.
La pared se había pulido y escayolado para que algún muralista la llenara de escenas mitológicas. En ellas se mezclaban líneas mesoamericanas, símbolos indoeuropeos, números romanos y hasta pequeñas incisiones que parecían hechas con algún puntero, como si fueran cuentas de algo.
—No son decorativas –dijo Evelyn, observándolas mientras descendía—. Son registros. Marcas de años, creo.
Cuando llevaba tres vueltas de escalera empezó a percibir nuevos olores, óleos, barnices y óxidos. Eran más fáciles de percibir al haber estado encerrados y concentrados en ese espacio reducido. Debía de estar cerca del final.
—Esto no es un pasadizo —susurró—. Es un archivo.
La llama de las velas proyectaba sombras alargadas que se retorcían en las paredes como serpientes.
Cada paso que daba resonaba con un eco apagado, como si la montaña respirara con ella.
A mitad del descenso, Evelyn se detuvo.
El fresco de ese punto le llamó la atención.
En él se veía un lugar poblado de casas y los ciudadanos sufrían un ataque por una especie de fuego que lo quemaba todo a su paso.
Incluso quemaba por encima de los ríos que rodeaban la población.
Pero eso no fue lo que hizo que Evelyn se quedara paralizada.
El horror venía del origen del fuego. A un lado de la población, desde la cima de una montaña, un ser con cuerpo humano, cabeza de león y grandes alas extendidas amenazaba a los diminutos humanos que corrían ardiendo por las calles.
Una serpiente subía, enroscándose por todo su cuerpo y sujetaba en su boca una especie de medallón brillante, que levantaba en el aire para que los rayos del dios Sol lo atravesaran.
Estos salían por el otro lado de color rojo sangre hacia las casas, quemándolo todo.
Evelyn reconoció la deidad: había leído sobre ella en su época de estudiante y en el tomo que le fue entregado en el hidroavión.
—Aión... El dios con cabeza de león—susurró con la voz quebrada por el asombro y el miedo—. Pero en los libros no representaban el fuego así... no se hablaba de esta carnicería.
Siguió bajando.
El pasillo se estrechó aún más, obligándola a girar el cuerpo de lado para avanzar.
El aire se volvió tan frío que la piel de sus brazos se erizó bajo la cazadora de lana.
Finalmente, la escalera terminó en una puerta de madera sin pomo ni símbolos distintivos.
Evelyn apoyó la mano, empujo suave hacia dentro y sin apenas hacer ruido, la puerta se abrió.
La sala que apareció ante ella era pequeña y circular. Con la ayuda de una de las velas del candelabro prendió un par de lámparas de aceite que colgaban en la estancia y así acabo de descubrir todo lo que le rodeaba.
El olor a humo antiguo y pergamino la envolvió como un abrazo familiar.
Los libros de esas estanterías ya no eran como los de la biblioteca de arriba.
Una pequeña sección, que hojeó por encima, estaba formada por libros de cuentas: listas de préstamos y compras de infinidad de productos de todo tipo que habían servido a la organización para poder llevar a cabo sus trabajos.
Los primeros libros, después de examinarlos con algo más de detalle, eran de cálculo de mediados del siglo XV.
Por las cubiertas de los que estaban en los estantes superiores, podía ver que no tenían más de doscientos años
Se adentró en la sala hasta llegar a lo que parecía el lugar de un escriba. En el centro, sobre un atril de madera, descansaba un libro.
Evelyn no lo cogió de inmediato. Primero lo examinó a distancia.
Un símbolo grabado en la cubierta desprendía un destello apagado, casi tímido, que no pertenecía a la luz de la sala.
No era un dorado brillante, sino más bien un oro viejo, mate, trabajado a mano.
El hilo estaba incrustado en el cuero, cosido con un nivel de detalle tan meticuloso que Evelyn dedujo que solo un maestro podría ser el autor de ese trabajo.
Pasó la yema del dedo por el borde. Un trabajo así no era decorativo; era identitario. Un sello. Una advertencia.
Sus ojos comenzaron a desmembrar la red de trazos dorados que componían el pentagrama irregular. Acabó descubriendo que no era un diseño arbitrario; varios trazos dentro de la figura geométrica eran un criptograma de cinco caracteres entrelazados.
En el vértice superior, rozando el sol radiante que había allí representado, reconoció la letra sigma griega, «si está cerca del Sol, puede ser la inicial de Soter» dedujo Evelyn, en referencia al guardián del fuego sagrado en el culto mitraico.
A su izquierda, el trazo anguloso de la runa Hagalaz podía representar la H de Hrafn, el cuervo de las tradiciones nórdicas.
Descendió con la vista hacia el centro, donde la Shin hebrea alzaba sus tres puntas como una llamarada viva.
«Puede que esta sea para Saraph, la serpiente ardiente de los textos bíblicos».
Finalmente, en la base, dos letras latinas cerraban la estructura: una S que trazaba la curva implacable de Scorpio , el Escorpión, y una C firme que asentaba los cimientos para Canis , el Perro.
Las cinco bestias de la Orden, ocultas a plena vista en un monograma de lenguas arcaicas.
—Esto tiene que ser el símbolo de Taurus –dijo.
Extendió la mano apenas unos centímetros por encima de la cubierta, como si midiera la temperatura de un cuerpo dormido. Cuando por fin la tocó, lo hizo con el dedo índice, apenas un roce, sintiendo la piel de la encuadernación.
—Piel auténtica, curtida con métodos previos al siglo XVIII —dijo en voz baja, como si estuviera anotando el análisis en algún registro.
Tenía un granulado irregular, como si hubiera sido trabajado por manos inexpertas, pero aún conservaba cierta elasticidad.
Eso significaba que había sido guardado en un ambiente relativamente estable, quizá en aquella sala, lejos de la humedad marina.
El libro no salía al exterior; se utilizaba siempre en ese lugar.
Evelyn acercó la nariz al libro. El olor era un mapa para ella.
Primero, la nota dominante: lignina oxidada, ese aroma dulce y quebradizo del pergamino que ha envejecido sin ser perturbado.
Luego, un matiz como de humo antiguo, no de papel quemado, sino de las lámparas de aceite.
Se incorporó y lo abrió con un gesto lento, casi reverencial.
El crujido que emitió no era el de un libro a punto de romperse, sino el de uno que llevaba demasiado tiempo a sus espaldas. Evelyn pasó el pulgar por el borde de una página: el corte era irregular, señal de que había sido cortado a cuchilla, no a guillotina industrial.
—Esto no es un libro cualquiera —murmuró para sí, más como diagnóstico que como admiración.
En la esquina inferior de la primera página, casi borrado, distinguió un sello en tinta ferrosa.
Lo tocó con suavidad. La tinta había penetrado tanto en la fibra que el relieve era perceptible al tacto.
Un sello así solo podía pertenecer a un copista monástico o a un archivo privado de familia noble.
Evelyn sonrió, esa sonrisa suya que mezclaba descubrimiento y peligro.
—Y tú… tú llevas años esperando a que yo te leyera.
El libro era una especie de diario. Al parecer no tenía un único autor, varias personas habían dejado escritas sus experiencias en él.
Evelyn pasó varias páginas con sumo cuidado ya que las hojas, aunque estaban sorprendentemente bien cuidadas, parecían muy antiguas.
Las primeras líneas estaban escritas en un latín tardío, con abreviaturas propias de escribas militares, no monásticos.
Eso la estremeció.
—Los Guardianes de Taurus, no eran un mito.
Ese latín de legionario confirmaba una continuidad escalofriante: el culto hundía sus raíces en el siglo primero o segundo después de Cristo. No era una secta errante, sino una estructura organizada, con registros, método y una disciplina inquebrantable.
A partir de ahí, Evelyn dejó de analizar y simplemente se entregó al manuscrito.
Sus dedos pasaban las páginas en un trance silencioso.
Cada siglo tenía su propia mano, su propio trazo, su propio deterioro.
Varios pasajes mostraban tintas de un negro denso; otros, pigmentos amarillentos al borde de la desaparición.
Las anotaciones al margen fluctuaban entre el griego, el lombardo y un italiano arcaico.
Era un libro vivo, un testigo de todos los guardianes de la Orden.
El libro había cambiado de manos al mismo ritmo que Europa cambiaba sus fronteras.
Entonces, la caligrafía sufrió una mutación.
El tiempo transcurría y los guardianes morían, pero la lengua se volvía rígida, estable.
Era el lenguaje mitraico del que le había hablado Brandt en Londres.
Al principio avanzó despacio, tropezando con la sintaxis, pero pronto su mente empezó a descifrar los patrones.
Las palabras cobraban sentido de forma fluida, como si el propio texto la arrastrara.
El tiempo empezó a girar a su alrededor y los minutos caían del reloj sin que ella se percatara.
Sumergida en el archivo, devoró páginas que hablaban de un fuego en Westminster para salvar al rey Jacobo I en 1605, y de la fatídica anotación « Ignis Londini 1666» .
Allí la lectura se detuvo. Los trazos del miembro apodado el Perro revelaban cómo la Orden, acorralada por el caos del siglo XVII, había activado la Clavis Astralis .
El poder resultó incontrolable y el incendio consumió la ciudad entera.
Un aprendiz horrorizado sustrajo la llave para esconderla en las sombras. Evelyn leyó esa confesión de un tirón, sintiendo el calor de las llamas en las palabras, fascinada por la idea de una traición interna o un acto de piedad de la propia Taurus.
Siguió devorando décadas. «El mundo se expande y hay que frenarlo, 1758».
Siglos de historia estudiados en la universidad se desfondaban ante sus ojos, mostrando una trastienda oscura y fascinante.
Viajaba por el papel reconociendo la sombra de la Orden tras la Guerra de los Siete Años.
Los intentos frustrados por contener la marea de 1789 o el avance imponente del Corso en 1799.
Sin la fuente de poder, Taurus apenas podía influir en los gobiernos, contemplando impotente cómo las guerras devoraban el continente.
De pronto, en mitad del relato sobre la expansión francesa, una línea casi oculta, trazada con una caligrafía diminuta del siglo XVIII, la hizo frenar en seco.
Contuvo el aliento y murmuró para sí misma, paladeando cada sílaba:
—«Clavis in manibus Mitrae manet. Intra Londinium profunde. Quaere sub lapidibus antiquioribus quam ipsa urbs».
La traducción emergió en su mente con una claridad helada: «La llave permanece en manos de Mitra, oculta en las entrañas de Londres, bajo piedras más antiguas que la propia ciudad».
Ahí estaba. La pista original. La nota que, doscientos setenta años después, había permitido localizar la cueva. Giorgio no había exagerado: el mapa del presente llevaba siglos escrito.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Si la llave era el instrumento para aplastar el caos o frenar los conflictos, su pérdida explicaba la sangría ininterrumpida desde la Revolución Francesa hasta las trincheras del Somme en 1916.
Evelyn cerró el diario de golpe con ambas manos, levantando una pequeña nube de polvo, como si temiera que las sombras del papel pudieran escapar. Le costó un instante volver al presente y enfocar la vista en la habitación.
Las palabras del Escorpión cobraban un sentido aterrador: estaba dispuesto a hacer sangrar a Europa con tal de imponer orden, y ahora, por primera vez en siglos, tenía la herramienta para conseguirlo.
Recogió el candelabro y se dio cuenta de que apenas quedaban velas para quemar.
Había estado sumergida en esos textos de tal manera que había perdido la noción del tiempo.
En unas horas amanecería y no podían encontrarla aquí o vagando por los pasillos.
Subió con prisa la escalera de caracol, pero mirando bien donde pisar para no dar un traspié, hasta que volvió a ver la puerta oculta detrás de la estantería.
Salió en silencio y empujó el mueble para ocultar de nuevo el pasadizo secreto y recogió la llave escorpión de la columna para devolverla a la escultura de mitra en el escritorio.
Al girarse con ella en la mano se quedó congelada.
La llave le temblaba en la mano sin poder disimular el terror que le recorría el cuerpo en ese momento.
—¿Le han parecido interesantes los manuscritos?
Sentado en una de las butacas, casi fundido con las sombras, un hombre de avanzada edad la observaba.
Vestía una levita de color verde oscuro, de un corte antiguo y militarista.
Un farol sobre la mesa iluminaba su rostro desde abajo, proyectando sombras grotescas sobre tres cicatrices profundas que le cruzaban la cara como el zarpazo de una fiera.
El ojo de ese lado era una esfera de cristal inexpresiva, sin pupila, que parecía mirar hacia un lugar donde la luz no existía.
Detrás de él, como dos gárgolas custodiando a su señor, el Escorpión y el Cuervo permanecían en un silencio absoluto. Sus rostros no mostraban sorpresa, ni indignación. Solo una fría satisfacción.
Evelyn era incapaz de articular ni una palabra.
El aire de la biblioteca parecía haberse vuelto sólido.
Sabía que no habían llegado por casualidad; la habían estado esperando desde el momento en que movió la primera pieza del mecanismo en la iglesia.
La habían dejado fisgonear en la biblioteca secreta.
¿Qué podían hacer ahora? Nadie la echaría de menos.
—Quizá eso le ayude a entender el ritual que está por venir –la voz del Escorpión resonó en las paredes de la vieja iglesia.
El hombre de la cara marcada se levantó sin prisa. Era imponente, con una melena blanca que caía sobre sus hombros como la de un profeta de tiempos oscuros. Se acercó a ella hasta que Evelyn pudo oler el rancio aroma del papel viejo y metal que desprendía su presencia.
Con su único ojo clavado en el de ella, el hombre sonrió, dejando ver unos dientes amarillentos pero firmes.
–Al fin el Perro conoce a la Serpiente.