Capítulo 36
El sendero se estrechaba entre robles y piedras cubiertas de musgo.
A uno de los lados la montaña subía hasta una pequeña cima redondeada a menos de cien metros de allí.
Por el otro lado la ladera se inclinaba suave hacia el valle, pero el terreno era boscoso y no dejaba ver el final.
El amanecer apenas había roto del todo, detrás de la cima se empezaba a intuir el rosáceo de los primeros rayos, pero el bosque seguía envuelto en una penumbra azulada.
El suelo estaba húmedo, resbaladizo, y cada paso que daban hacía crujir ramas secas bajo las botas.
Greta iba delante, con el macuto bien sujeto y el gesto tenso.
Detrás de ella, Henry avanzaba con cuidado, con el costado todavía dolorido.
Samuel cerraba la marcha, mirando hacia atrás preocupado.
Sarah andaba unos metros apartada del grupo, cojeaba ligeramente y la mancha de sangre de la manga cada vez era más grande.
—¿Seguro que es por aquí? —murmuró Samuel.
—Eso dijo Iñaki —respondió Greta, sin girarse—. «Seguid el camino hasta el caserío con el tejado hundido». No parece que haya muchos de esos por aquí.
El sendero hizo una curva y, de pronto, el bosque se abrió en un claro. El caserío estaba allí.
Una casa grande de piedra. Tal como había relatado Iñaki, parte del tejado estaba hundido.
Si no fuera porque la chimenea echaba un hilo de humo pálido, cualquiera podría pensar que estaba abandonada.
Las ventanas parecían ojos vigilantes. Las contraventanas viejas y desgastadas colgaban torcidas y las persianas estaban desplegadas, aunque con más agujeros que un colador.
Había un corral vacío en uno de los lados que antaño habría tenido gallinas correteando y una carreta vieja apoyada contra un muro.
Greta levantó una mano para detener al grupo.
—Nadie se mueve —susurró.
Se juntaron los cuatro detrás de un arbusto denso que los protegía de la vista del caserío. Henry observaba agazapado las ventanas para ver si se intuía algo de movimiento. El silencio era demasiado perfecto. Parecía que hasta los primeros pájaros matutinos habían dejado de piar.
Sarah se incorporó, dio un paso adelante y salió del cobijo del arbusto.
—Sarah —susurró Samuel.
—Nos han visto hace rato —dijo de forma calmada—. Solo están esperando a ver qué hacemos.
Greta asintió. Dejó el macuto en el suelo, lo abrió y sacó una caja metálica, rectangular, con una etiqueta algo desgastada. En letras grandes podía leerse «Pelargón, leche desecada para lactantes», y el fabricante: Nestlé.
Un tesoro en estos tiempos, para cualquier familia con un bebé. Greta dedujo que Iñaki debía conocer a esta gente y solía traerles productos difíciles de conseguir.
—Esto es lo que quieren —dijo—. Y esto es lo que nos abre la puerta.
Avanzó despacio pasando por el lado de Sarah hacia el caserío, sosteniendo la caja con ambas manos, bien visible.
—¡Buenos días! —alzó la voz, sin gritar—. Nos envía Iñaki. Necesitamos ayuda.
Nada. Greta dio dos pasos más.
—Traemos algo para vosotros —levantó la mano con la caja metálica para que la vieran bien.
El silencio se quebró.
Un chasquido metálico sonó a la derecha, luego otro a la izquierda. Henry reconoció el sonido: eran los seguros de fusil al quitarse.
—¡Quietos! —susurró Henry, sin moverse.
Una voz grave llegó desde una ventana tapada por una manta.
—Acércate a la puerta y deja la caja en el suelo.
Greta no buscó el origen de la voz. Miró al frente, al caserío.
—Necesitamos ayuda médica, mi compañera tiene una herida en el brazo. Iñaki nos mandó aquí y nos dio esto para ustedes —levantó un poco la caja—. Creo que lo estaban esperando.
Hubo un murmullo detrás de la pared. Pasos. Una puerta lateral se abrió con un chirrido y un hombre salió al patio.
Era alto, delgado, con barba de varios días y les apuntaba con un fusil. Llevaba una boina calada y una camisa remendada. Sus ojos parecían haber vivido mucho, sin embargo, no sumaría más de treinta inviernos.
—Acércate despacio —dijo, señalando a Sarah con la barbilla—. Solo tú.
Miró de reojo a los demás y avanzó hasta donde estaba el hombre. Él apartó suavemente la tela del jersey ensangrentado para ver la herida y luego miró a Greta a los ojos.
—Déjala en el suelo —ordenó.
Greta obedeció, dejándola con cuidado.
El hombre se acercó a la caja y se agachó para abrirla, tanteando con una mano. Intentaba parecer firme mientras seguía apuntando a Greta con el arma. Dentro, las latas brillaban bajo la luz gris del amanecer. Leche en polvo. Comida para un bebé en un país de hambre.
El hombre tragó saliva.
—¿Dónde está...? —empezó a decir, pero se interrumpió.
Otra figura apareció en la puerta: una mujer joven, con un pañuelo en la cabeza y un niño pequeño en brazos. El bebé tenía la piel pálida y los ojos grandes, demasiado grandes para su cara.
—¿Es…? —preguntó ella, casi sin voz.
El hombre levantó una lata, se la enseñó.
—Sí.
La mujer apretó al bebé contra el pecho, como si de pronto el mundo pesara un poco menos.
El hombre levantó la vista hacia Greta y luego se incorporó. Ella, con las manos en alto empezó a explicar.
—Nos asaltaron unos falangistas esta noche. Iñaki nos llevaba en camión hacia el Mediterráneo.
—Si esto es una trampa, es la más cruel que he visto en mi vida —dijo el hombre con tono firme.
—No es una trampa —dijo Greta—. Solo necesitamos cruzar el país. Iñaki dijo que ustedes… podrían ayudarnos. Vamos a Cadaqués.
El hombre la miró durante un largo rato. Luego miró a Henry, a Sarah, a Samuel. No le gustó lo que vio —forasteros, extranjeros, gente que traía problemas—, pero tampoco podía ignorar la caja a sus pies.
—¿Quiénes sois? —preguntó.
—Me llamo Greta —respondió ella—. Ellos son Henry, Sarah y Samuel. No venimos a quedarnos. Solo estamos de paso.
El hombre suspiró, como si cargara con un peso que no había pedido.
—Oléis a problemas —dijo al fin—. Y aquí ya tenemos suficientes. Me da igual de dónde venís, me da igual a dónde vais. Os quiero fuera de aquí ya.
—Solo necesito vendas y algo de para limpiar la herida de mi compañera. No queremos daros problemas.
El hombre levantó el arma hacia Henry cuando notó que se movía hacia ellos.
—¡Ey! Tranquilo, amigo —dijo levantando las manos—. Baja eso, que puedes hacer daño a alguien.
—Henry —ordenó Greta—, puedo manejar esto. No lo compliques.
Se encaró hacia el hombre que mantenía el fusil en alto. Tenía que cambiar de estrategia, estaban realmente asustados y no los querían allí. De pronto la mujer que llevaba el bebe en brazos habló.
—Martín, dales algo para que se curen por lo menos. No somos salvajes.
Él respiró vencido. Sabía que llevar la contraria a su mujer era peor que lo que pudieran traer esta gente. Se giró hacia la casa.
—¡Bajad las armas! —gritó—. No son azules.
Los dos hombres que vigilaban desde la ventana y el tejado relajaron las posturas. Los fusiles se retiraron y volvieron hacia el interior del caserío.
Martín se agachó, cerró la caja y la levantó.
—Esto —dijo, mirando a Greta—, os ha comprado algo de confianza. No más.
Se retiró hasta la puerta.
—Entrad. Comed algo, descansad un poco. Emilia puede curar esa herida y luego os vais.
Greta asintió. Se giró hacia los otros.
—Vamos.
Henry cruzó el umbral con una sensación extraña: no era un refugio, no del todo, pero sí un respiro.
Sarah, al entrar, echó un último vistazo al bosque, como si se asegurara de que nadie los había seguido.
Samuel se quitó la boina y murmuró algo que sonó a gracias, aunque no iba dirigido a nadie en concreto.
Dentro, el caserío olía a humo, a sopa de cebolla y a ropa húmeda. Pero era lo más confortable que iban a tener. Aún les esperaba un largo camino hasta el mar y no sabían con qué peligros se iban a enfrentar.