La estirpe de Mitra Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

—Sobre la transformación del culto. Año 475 d.C. –dijo en voz alta.

Las líneas siguientes parecían escritas por una mano distinta, más firme, más consciente de su importancia. Evelyn leyó en voz baja, traduciendo mentalmente:

—Cuando Roma cae, no cae por los bárbaros, sino por la debilidad de sus propios cimientos. Los hijos de Mitra, dispersos en las legiones, han visto el final acercarse. No debemos sostener un imperio que pretende abarcar el mundo entero. Ningún hombre, ningún César, debe gobernar sobre todos.

Evelyn sintió un escalofrío.

—Dios mío… —susurró.

Siguió leyendo.

—El orden del mundo debe preservarse. Si un estado crece demasiado, debe ser quebrado. Si una nación se expande sin límite, debe ser contenida. Si un hombre pretende ser dueño del mundo, debe caer.

Era una declaración de intenciones.

El nacimiento de Taurus.

Entonces llegó la parte que la dejó sin aliento.

—Los iniciados del Sol Invicto, infiltrados en las cohortes, han debilitado las líneas; retrasado los refuerzos y sembrado la duda entre los tribunos. No para destruir Roma, sino para impedir que Roma destruya el equilibrio del mundo.

Evelyn se llevó una mano a la boca.

—No… no puede ser…

Pero el texto continuaba, implacable.

—El Imperio debe fragmentarse para que el mundo respire. De sus ruinas nacerán reinos, lenguas, pueblos. La diversidad es el escudo contra la tiranía.

Era la primera vez que Evelyn veía una justificación tan clara, tan fría, tan calculada. Taurus no había surgido para proteger Roma sino para frenarla, para impedir que un solo imperio dominara el mundo.

Entonces llegó el capítulo que explicaba la estructura de la organización: los animales, los símbolos y las funciones. Evelyn leyó con el corazón acelerado.

—Corvus: el mensajero. Scorpio: el destructor, la mano que corta la fuente de vida. Serpens: el renovador, el que ejecuta el cambio. Canis: el guardián, la fidelidad absoluta. León: la fuerza. Una orden, cinco funciones.

Evelyn cerró los ojos un instante.

—El Cuervo… Brandt. El Escorpión… Giorgio. La Serpiente… la ceremonia de mañana.

Y el Perro… —tragó saliva—. El Perro y el León son los que faltan.

Cuando abrió los ojos, la llama de la vela más cercana tembló con fuerza, inclinándose hacia la estantería del ábside. Evelyn frunció el ceño. El aire había cambiado. Una corriente fría se colaba entre dos estanterías y movía apenas la tela del altar. Se acercó.

Entre los módulos de madera, había una rendija vertical. Perfecta y recta. Demasiado precisa para ser un defecto.

Cerró el libro con un temblor en las manos.

La llama de la vela más cercana titiló con fuerza, inclinándose hacia la rendija como si señalara el camino.

Evelyn se acercó aún más. El temblor de la luz reveló un brillo metálico en el borde de la estantería, una bisagra oculta que solo podía verse desde ese ángulo.

Su corazón empezó a latir con la misma mezcla de miedo y fascinación que había sentido de niña al escuchar las historias de excavaciones nocturnas, de cámaras selladas durante milenios, de puertas que no debían abrirse… pero que alguien, inevitablemente, abría.

—No es una biblioteca —murmuró—. Es una fachada.

Y entonces lo entendió todo. Los libros del ábside eran demasiado normales.

Demasiado accesibles. Demasiado… públicos.

La verdadera biblioteca, la que Giorgio había mencionado, la que guardaba el Diario de los Guardianes, no podía estar a la vista.

Evelyn volvió al altar y, desde allí, empezó a buscar a su alrededor.

En algún lugar oculto había un botón o una palanca que accionaba el mecanismo de esa puerta.

Empezó a palpar las estanterías de alrededor, movía libros de las estanterías e incluso intentó girar alguna de las luces colgadas en las columnas cercanas.

Entonces se acercó a la mesa que había en el rincón donde habían tenido la conversación Giorgio y Bernhard.

Dejó el candelabro encima. Pasó los dedos por las cuatro esquinas, palpó por debajo, abrió el pequeño cajón y nada.

Sin saber que hacer más, se quedó observando la pequeña escultura que había encima de la mesa: una figura de Mitra clavándole el puñal al toro.

La famosa tauroctonía. Evelyn extendió la mano y con suavidad palpó con la punta de los dedos los cuatro animales que acompañaban la figura.

El cuervo en el hombro del dios, la serpiente y el perro, lamiendo la sangre que brotaba de la herida. Y el escorpión, debajo del toro.

—¿Qué es eso? —Evelyn se acercó al animal.

El pequeño escorpión tenía los bordes separados del resto de la figura, como si fuera una pieza aparte.

La apretó hacia dentro y se hundió unos milímetros con un pequeño clic debajo.

Al levantar el dedo, la pieza saltó hacia fuera como si un resorte la hubiera empujado.

Evelyn la sacó de la ranura y descubrió que el animal era la parte trasera de una placa que se mantenía oculta dentro de la pieza.

—Una llave. –La levantó para verla de cerca.

Una sonrisa ancha se le dibujó en el rostro al encontrar esa pieza. La niña que jugaba años atrás a buscar tesoros había salido a flote y una ilusión y emoción la embargaron hasta que notó que se le ruborizaba la mejilla de los nervios.

Con la llave en alto, se fue paseando por la zona del ábside, convencida de que el mecanismo no podía estar muy lejos.

Volvió al altar y revisó los laterales de la losa.

No parecía haber nada. Miró el reloj de bolsillo en un intento de serenar los nervios, pero descubrir que ya habían transcurrido dos horas no ayudó.

Desde allí se dio cuenta de que la última columna de la derecha era ligeramente diferente al resto de columnas de la nave.

Se acercó a ella con el candelabro en la mano y, cuando la tuvo al alcance de su mano, la acarició.

Era el mismo material que el resto de la nave, pero su rugosidad era menor.

Esa piedra era más joven y el tiempo aún no la había erosionado como al resto de la iglesia; la habían colocado allí en años posteriores.

La rodeó para examinar y detrás, oculto a la vista de todos, descubrió un escudo tallado en la propia piedra a la altura de sus ojos.

El mismo símbolo que habían bordado en el mantel del altar era el centro de la heráldica y, alrededor del escudo, unas piezas con relieve representaban las cabezas de los animales simbólicos de la organización.

A los lados, una cabeza de perro y otra de un cuervo; en el pico inferior del escudo había una cabeza de áspid y Evelyn se dio cuenta de que en la esquina superior del escudo había una ranura.

—¿De verdad? –miró la llave de su mano —Tiene que ser esto.

La insertó con cuidado, temerosa de lo que podía ocurrir a continuación.

La llave parecía encajar a la perfección, pero no sucedió nada.

Ningún ruido, ninguna puerta abriéndose.

La sacó de nuevo para estudiarla con más atención ya que cabía la posibilidad de que entrara en otra posición.

Y entonces tuvo un pálpito: ese escozor en la nuca que a veces le ocurría cuando pensaba muy deprisa.

Cogió otra de las piezas del escudo y, sin esfuerzo, descubrió que también se podía extraer.

Hizo lo mismo con todas las demás, hasta que dejó la talla rodeada de huecos vacíos.

—Es un rompecabezas. Se diseñó para poner las piezas en un orden concreto –dijo mirando de nuevo el reloj–, pero no puedo perder el tiempo.

La combinación posiblemente no era aleatoria.

Después de ver cómo actuaba la organización, la colocación de esas llaves tenía que respetar algún orden establecido.

Esas últimas palabras resonaron en su cabeza, que no paraba de trabajar buscando en la memoria todo lo que había leído acerca de Mitra o de Taurus.

Las cabezas de los animales no era algo al azar; puede que también fueran algo a tener en cuenta.

Mientras intentaba recordar, empezó a observar a su alrededor y vio la escultura de Mitra encima del escritorio.

Ahí podía estar la clave. El cuervo iba encima del dios; así colocó la llave del cuervo en la ranura superior.

La serpiente y el perro, encima del toro; insertó las piezas en las ranuras de los laterales. Y el escorpión, debajo.

Cuando la última pieza terminó de encajar, varios engranajes empezaron a sonar dentro de la columna.

Efectivamente, todo el mecanismo estaba instalado en su interior y conectaba con alguna otra parte de la nave, porque unos segundos después la estantería del fondo del ábside se separó unos centímetros dejando al descubierto una abertura.

Entonces, como un eco de su infancia, la imagen de su tío Howard arrodillado ante la tumba de Tutankamón la golpeó con fuerza: la lámpara temblorosa, el polvo suspendido y el instante antes de abrir lo prohibido.

Recordó aquella frase que ella había escuchado tantas veces en su infancia: «Veo cosas maravillosas».

Evelyn sintió un nudo en la garganta. No por la belleza del momento, sino por su peso. Por la certeza de que estaba a punto de cruzar un umbral que cambiaría su vida tanto como aquel descubrimiento cambió la de su tío.

—Howard… —susurró, apenas audible—. Ojalá pudieras ver esto.

Se acercó al mueble y con las dos manos hizo fuerza para terminar de abrir la compuerta que ocultaba la cámara secreta.

La estantería se desplazó hacia adelante, revelando la puerta oculta en toda su altura.

Evelyn sintió un vacío dentro del pecho.

Era exactamente como en las historias de su tío: la piedra que se mueve, la oscuridad que respira.

El instante en que el pasado abre la boca y te invita a entrar.

—Vamos allá —susurró, con una mezcla de miedo y determinación.