Capítulo 35
La escasez de gente del servicio y lo grande que era la villa fueron una ventaja para que Evelyn pudiera volver al dormitorio sin ser vista.
Aún llevaba el corazón cabalgando cuando llegó y necesitó salir al balcón a que el aire fresco de la tarde le distrajera los pensamientos para poder relajarse. Fuera, en el balcón contiguo de su izquierda, encontró a Brandt fumando un cigarrillo.
—Buenas noches, señorita Carter. ¿Ha descansado usted?
—Me quedé dormida sin darme cuenta –dijo tratando de ocultar los nervios.
—En breve podremos bajar a la cena. –Brandt vio el rostro de Evelyn y matizó—. Estaremos solos, nuestro anfitrión ha tenido que ausentarse.
—Voy a prepararme entonces —dijo señalando el vestido que llevaba puesto—. A ver si pueden darme algo menos… pomposo.
Brandt sonrió y cada uno entró a su respectivo dormitorio.
El mar pareció calmarse esa tarde y el oleaje dejó de golpear con fuerza los acantilados del norte de la isla.
El viento por fin se llevó la negrura del cielo dejando a la vista un manto azul marino lleno de estrellas.
El invierno en la costa mediterránea era templado, o eso pensaba Evelyn, acostumbrada a esos días helados y grises de Cambridge.
Al final, una de las criadas consiguió encontrar una camisa de algodón y una cazadora de lana, algo gastada pero cálida y confortable, en el guardarropa del personal, además de unos pantalones de montar de una antigua visita.
Remataron el conjunto con unas botas cortas que debieron ser de la misma dueña de los pantalones.
La cena fue sencilla, una sopa clara de verduras y una lubina al horno con limón y tomillo. Nada pesado, nada que llamara la atención. Con Giorgio ausente, la villa parecía contener la respiración, como si incluso la comida hubiera decidido hacerse discreta.
Evelyn no tardó en anunciar que deseaba retirarse al dormitorio, les comentó a Brandt y Emmett que el libro de Mitología Arcaica indoeuropea que le habían dejado en el avión le estaba resultando muy esclarecedor y quería seguir leyéndolo hasta tarde.
Así que subió a esperar que la casa quedara dormida.
Evelyn cerró la puerta de su dormitorio con suavidad y durante un buen rato permaneció sentada en el pequeño escritorio pensando en el modo de salir de ahí sin ser descubierta mientras mantenía en su falda el libro de Emmett.
Vio avanzar las agujas en el reloj y pasadas las diez de la noche pensó que ya era suficiente tiempo de espera.
Evelyn dejó el libro sobre la mesita y apagó la lámpara.
No tenía intención de dormir, pero necesitaba que la casa creyera que lo hacía.
Esperó. Llegó el murmullo apagado de dos criadas recogiendo la vajilla. Después, el silencio. Un silencio espeso, casi físico, que parecía extenderse por los muros como una manta pesada. Evelyn se puso en pie.
Esperó de nuevo. Primero oyó pasos en el pasillo: un ritmo lento y pesado. No era el paso ligero de una criada; era vigilancia. Por el espacio que quedaba debajo de la puerta podía ver las luces de los faroles pasar de un lado al otro del pasillo. De pronto, una sombra se detuvo frente a su puerta.
Evelyn mantuvo la respiración. Unos segundos.
Dos más.
Y finalmente, el guardia siguió caminando. Evelyn exhaló despacio.
—Puede que sea Emmett que me está vigilando —susurró.
Se acercó a la puerta y apoyó la oreja.
Nada.
Pero sabía que, si la abría, la verían. Descartó la opción de la puerta.
Miró el balcón.
El aire nocturno entraba por la rendija de la cortina, frío y salado. La isla estaba en silencio, solo se oía el rumor del mar golpeando los acantilados. Evelyn abrió la puerta del balcón y salió.
El cielo estaba claro, pero esa noche había luna nueva y la oscuridad que envolvía la villa iba a ser una ventaja para escapar de allí. A su derecha, el balcón de Emmett estaba oscuro. A su izquierda, el otro balcón también vacío.
El muro exterior era rugoso, tallado en la propia roca de la isla.
No era un salto mortal, pero tampoco era un paseo.
Descartó la opción de saltar directamente al suelo, la negrura de ese momento le impedía ver el suelo con claridad y eso podía hacer que al caer diera un traspié y acabara doblándose un tobillo.
Así que la mejor opción era bajar por la fachada, al menos hasta alcanzar una altura más prudencial.
Evelyn se subió a la barandilla y el viento le golpeó la cara.
El corazón le latía tan fuerte que temió que alguien pudiera oírlo.
—Vamos, Evelyn… —susurró—. No es la primera vez que trepas por un sitio prohibido.
Se dejó caer hacia el lateral del balcón, agarrándose al borde de piedra.
Sus botas resbalaron un instante, pero logró aferrarse.
Permaneció quieta unos segundos y miró hacia abajo para ver el posible camino que debía tomar.
Descendió con cuidado, apoyando los pies en una cornisa estrecha.
Cuando apenas faltaba un metro para el suelo, dio un pequeño salto y se quedó agachada unos segundos.
El camino rodeaba la villa por la zona sur.
Desde allí, la entrada del servicio quedaba a unos metros, medio oculta por un muro bajo y unas macetas abandonadas.
Evelyn avanzó sin incorporarse, pegada a la pared.
El viento cubría cualquier ruido que pudiera hacer.
Llegó a la puerta del servicio. «¡Maldita sea!
», pensó al ver una figura oscura apoyada en el quicio de la puerta.
La candela de un cigarrillo prendió, iluminando el rostro del hombre misterioso: era el mayordomo de Giorgio, que había salido a fumar.
Quizá lo estaba haciendo a escondidas de alguien, porque le pareció oír ruidos dentro y lanzó rápidamente la colilla y regresó a la villa al instante.
Con las prisas, había dejado la puerta entreabierta.
—Gracias, destino —murmuró.
Entró con cautela de no encontrarse con nadie.
A través de una de las puertas, vio la luz de un farol alejarse hasta que la estancia quedó de nuevo en penumbra.
El interior olía a jabón, a madera húmeda y a comida fría.
Parecía un almacén lleno de estanterías con todo tipo de enseres para el cuidado de la villa: cubos, botes de limpieza y trapos.
Evelyn esperó hasta que todo volvió a estar en silencio para seguir avanzando.
Un pasillo estrecho conducía hacia la cocina, otro hacia la zona de lavandería y, más allá, la puerta que daba al pasillo principal de la planta baja.
Evelyn se deslizó por las sombras, silenciosa como un gato. La casa dormía. O fingía dormir. En algún momento dejarían de pasear por el pasillo de los dormitorios, solo esperaba que no intentaran contactar con ella, porque acabarían descubriendo que no estaba en la cama.
Avanzó hacia la biblioteca sin que nadie la viera.
La villa no había sido construida sobre la iglesia, había crecido alrededor de ella, como si alguien hubiera querido conservar ese corazón de piedra, ocultarlo, protegerlo… o esconder algo dentro.
Cerró el portón con la cabeza de león y esta vez no encendió las luces.
En la cocina, había encontrado un viejo candelabro y unas cerillas cerca de los fogones.
Así que paseó entre las estanterías de la biblioteca, iluminada por la luz de tres velas, mientras leía los lomos de algunos libros.
Sin buscar nada en concreto, solo iba descartando aquello que quedaba fuera de su interés.
El ábside, al fondo, también estaba cubierto por estanterías repletas de libros.
Y encima de ellas, una ventana románica —una simple rendija vertical— se abría hacia el exterior.
En el centro de la sala, descansaba un altar circular: un bloque pesado de piedra blanca con una losa gruesa de mármol encima que, ahora, ejercía de mesa.
Varios libros apilados descansaban encima; algunos, de aspecto muy antiguo, con cubiertas de cuero oscuro y símbolos bordados en oro en las tapas.
Una tela de terciopelo verde oscuro colgaba por los dos lados del altar, y cubría la losa a modo de mantel.
Evelyn se fijó que en los laterales habían hecho bordar un círculo perfecto del que emergían dos cuernos estilizados, curvados hacia arriba como los de un toro en posición de guardia.
—No hay duda de que adoran la teatralidad –dijo Evelyn acercándose a él.
Evelyn avanzó hacia las estanterías del ábside, atraída por la simetría casi obsesiva con la que estaban ordenadas. Los lomos eran hermosos: encuadernaciones antiguas, títulos en latín, griego, árabe…
Pero, cuando tomó uno al azar y lo abrió, algo no encajó. Era un libro común. Valioso, sí; antiguo, también, pero con información que podría tener cualquier libro de la biblioteca de Londres. Nada secreto. No era lo que esperaba encontrar en el corazón oculto de Taurus. Tomó otro. Y otro.
Todos eran tratados históricos, estudios de mitología, recopilaciones de inscripciones romanas, análisis de cultos orientales.
Libros que podría encontrar en Cambridge, en Oxford, en la Biblioteca Británica.
—Esto no tiene sentido —murmuró.
Si esta era la biblioteca «pública» de la villa, ¿dónde estaba la verdadera? ¿Dónde guardaban lo que Giorgio había llamado el Diario de los Guardianes ? ¿Dónde estaba el conocimiento que Taurus protegía desde hacía siglos?
Evelyn volvió a recorrer los lomos con la mirada, esta vez buscando algo que no encajara.
Y lo encontró: un volumen más grueso que los demás, con un título en el lomo que rezaba De Origine et Gestis Cultus , encuadernado en cuero oscuro.
«El origen del culto» tradujo mentalmente.
Lo tomó con ambas manos. Era pesado. Evelyn pasó las primeras páginas, escritas en un latín militar, directo, sin adornos.
Todo parecía indicar que era una crónica formal o un registro redactado de los archivos oficiales de la legión.
Y entonces llegó a un capítulo más extenso, con un título apenas legible:
De Mutatione Cultus — Anno CDLXXV .