La estirpe de Mitra Capítulo 34
63%

Capítulo 34

El bosque se volvía más espeso a medida que avanzaban.

Las ramas bajas obligaban a Henry a agacharse una y otra vez, y cada movimiento le recordaba el dolor en el costado.

Samuel caminaba a su lado, atento a cada sonido.

Sarah les seguía un par de pasos por detrás.

La pelea con Santiago había dejado muchas marcas en su cuerpo y no era fácil mantenerse en pie.

—¿No era más lógico ir por la carretera? —dijo Samuel cansado de tanta piedra y tanta rama.

—Allí somos vulnerables, Sammy. Por aquí estamos al resguardo de las sombras y será más difícil vernos —le explicó Henry—. No queremos encontrarnos con más falangistas lo que queda de noche.

—Deberíamos verlo ya —murmuró Samuel—. El camión no puede haber llegado tan lejos.

Sarah levantó una mano para que se detuvieran.

—Esperad un momento.

Los otros dos se detuvieron.

El torniquete improvisado que le puso Henry había funcionado.

La hemorragia había cesado, pero la espalda la notaba cada vez más tensa y empezaba a pedirle reposo.

Intentó sacar fuerzas de algún lugar muy hondo para poder concentrarse.

Se agachó y olió el aire. Henry sabía que cuando hacía eso, algo había percibido.

—Hay humo y huele a gasoil —susurró ella—. No es fuego. Es de un motor.

Henry entrecerró los ojos y empezó a notar el olor del carburante quemado en el aire.

—Tienes razón. ¿Será Iñaki? –preguntó Henry.

Sarah asintió.

—No creo que sea otro, es el único camino y no hemos visto pasar más vehículos.

Avanzaron con más cautela. Habían llegado al alto del puerto de Ibañeta y el terreno descendía hacia un claro estrecho, donde la carretera volvía a asomarse entre los árboles.

A través de las ramas, Henry vio la camioneta detenida en mitad del camino, con el motor aún ronroneando, y la puerta del conductor abierta.

—¿Iñaki? —susurró Samuel pasando cerca del lateral de la cabina.

Una figura salió de detrás, encorvada, respirando con dificultad. Era él. Tenía la boina torcida y la camisa manchada de tierra.

—¡Por fin! —dijo en voz baja, aliviado—. Pensé que los habían cogido.

Henry se acercó cojeando.

—Casi —respondió—. ¿Qué ha pasado? ¿Y Greta?

Iñaki señaló con el pulgar hacia atrás.

—Está comprobando el camino un poco más adelante. Perdimos de vista a esos malnacidos en la cuesta y ya no supimos nada más.

Sarah frunció el ceño.

—No volverán por ahora.

Iñaki la miró con una mezcla de respeto y miedo.

—No quiero saber lo que habéis hecho, pero me alegro —dijo—. Solo quiero salir de este maldito monte.

Samuel se acercó a la parte trasera de la camioneta y abrió la puerta. Vacía. Solo las mantas y las cajas que habían usado para esconderse.

—¿Y la Clavis ? —dijo alarmado— ¿Dónde está?

—Está a salvo —interrumpió Greta a lo lejos.

Todos la vieron llegar a través de la niebla con el macuto de Sarah en la espalda.

Samuel corrió para abrazarla. Sarah se acercó a ella con una sonrisa de satisfacción de ver que el grupo estaba nuevamente junto.

Henry solo apoyó la espalda al lateral de la camioneta.

Greta le vio el gesto en el rostro y corrió hacia él.

—Si estáis vosotros aquí, deduzco que ellos han salido perdiendo —dijo Greta—. ¿Estás herido? —le palpó el pecho buscando sangre.

—Se encargó Sarah de ellos. Lo mío solo es un mal golpe.

—¿Creéis que volverán? –preguntó Greta.

—Sí —respondió Henry—. El que parecía el jefe salió bastante herido, sobre todo en el orgullo. Pero primero buscará a sus hombres; luego intentará entender qué ha pasado, y después… —miró la carretera oscura—. Después intentará seguirnos.

Iñaki tragó saliva.

—Pues más razón para largarnos ya —se apresuró a decir el viejo.

Henry asintió.

—Subamos. No podemos perder tiempo.

Ayudaron a Henry a subir a la parte trasera. Samuel se acomodó junto a Greta y Sarah se quedó un segundo mirando el bosque; le pareció ver unas luces lejanas entre los árboles.

Iñaki cerró las puertas y dio un último vistazo a la carretera.

—Virgen Santa, protégeme de esta gente… —murmuró.

Esta vez, el ambiente era distinto: una mezcla de miedo y cansancio por lo ocurrido, y un pesar incómodo que flotaba entre el humo del tubo de escape y el sudor frío de los cuatro.

La camioneta volvió a ponerse en marcha, traqueteando mientras descendía por carreteras estrechas, pasando por aldeas dormidas y prados cubiertos por la primera escarcha.

En la parte trasera, envueltos entre la penumbra y las mantas apelmazadas que olían a gasoil y lana húmeda, cada choque contra los baches sacudía sus cuerpos exhaustos.

Henry apoyó la nuca contra la chapa helada del lateral, apretando la mano contra el costado.

Un calambre de dolor sordo, agudo y abrasador le recorrió la caja torácica en cada bache, robándole el aliento.

Trató de contener un gemido para no preocupar al resto, pero la respiración se le volvió corta y superficial.

Metió la mano con sigilo en el interior del macuto, que descansaba entre sus piernas, hasta que sus dedos rozaron la pequeña figura de hueso de los Ashvin.

La apretó en el puño, sintiendo las aristas de los dos caballos.

En los raros momentos de tregua, cuando la adrenalina de las peleas cedía, Evelyn volvía a irrumpir en su mente con la fuerza de un golpe.

« Llévala contigo y te protegerá » , le había dicho en Londres.

Cerró los ojos, abrumado por la culpa.

Recordó la farsa del secuestro, que cada vez le parecía más ridícula, y pensó en ella aterrorizada, sola en su apartamento, creyendo que su cuerpo aparecería tirado en algún descampado.

Esta travesía interminable hacia Italia empezaba a pesarle demasiado; solo quería terminar con aquello, sobrevivir al viaje y volver para contarle la verdad. Si es que ella aún quería escucharle.

—Déjalo, Henry. Intenta dormir si puedes —susurró Greta a su lado, notando su rigidez.

—No puedo —masculló, abriendo los ojos a duras penas—. Si me duermo, siento que la carne se me va a pegar a las costillas.

—¿Tú cómo estás? —preguntó Greta al más joven.

Samuel no dejaba de acariciarse las finas marcas que le cruzaban la mejilla y la mandíbula, recuerdos de los cristales rotos en Tiger Bay. Tenía los ojos fijos en la puerta trasera, como si temiera que entre la bruma del camino aparecieran de nuevo los faros de algún coche.

—Con el cuerpo en tensión —confesó en voz baja, ajustándose los bajos del pantalón empapados de nieve—.

Pensando en lo que nos espera al final de este viaje.

Si los de la Wehrmacht o esos falangistas nos pisan los talones en el norte de España, cuando lleguemos a Italia la cosa no va a ser mejor.

Esto ya no es Londres, Greta. Nos estamos metiendo en la boca del lobo.

—Llegaremos hasta el final, Sammy —dijo Greta desde la penumbra, con su voz serena y tajante.

Greta volvió la cara hacia Sarah, que permanecía apoyada contra las cajas de madera, vigilando las rendijas por donde se filtraba el aire nocturno.

—Dime una cosa, Sarah —preguntó Greta con prudencia—. Cuando os quedasteis atrás en la pineda, ¿qué ocurrió con esos falangistas?

Sarah no respondió de inmediato. Pasó los dedos por el lóbulo de la oreja, rozando la pequeña quemadura que le había dejado el rasponazo de la bala en Tiger Bay, y se encogió suavemente de hombros.

—Eran lentos y hacían demasiado ruido al pisar las ramas —dijo con esa frialdad natural que a veces infundía más respeto que sus propias habilidades—. Se separaron en la niebla y eso hizo fácil dejarlos inconscientes.

Pasado el puerto de montaña, la nieve empezaba a escasear y volvía el paisaje lleno de vegetación, pastos y pequeños altiplanos. Por fin la carretera se ensanchó, el terreno dejó de descender y la camioneta redujo la velocidad. Iñaki golpeó la chapa desde la cabina.

—¡Vamos a parar un momento! —gritó.

El motor se apagó con un suspiro largo. Los cuatro bajaron con cuidado. El aire olía a humedad, a tierra fría y el amanecer se empezaba a intuir.

Iñaki se bajó de la cabina, apoyó las manos en las caderas y respiró hondo. Tenía la cara pálida, los ojos hundidos y la expresión de un hombre que había visto demasiado en una sola noche.

—Seré claro. No puedo seguir —dijo sin rodeos—. No con vosotros dentro.

Henry frunció el ceño. Greta dio un paso al frente.

—¿Qué quieres decir?

Iñaki se pasó una mano por la cara, una mezcla de miedo y vergüenza lo invadió. Los años pesaban más que todo aquello.

—Soy un transportista, no un soldado. Y menos un héroe. Lo de esta noche… —miró hacia la carretera oscura—. Ha sido demasiado. Si me pillan con vosotros, me fusilan sin preguntar. Y tengo familia. Hijos.

Henry dio un paso adelante con la mano en las costillas.

—No te pedimos que nos lleves hasta Huesca, solo acercarnos todo lo que puedas. Sarah necesita atención médica, esa herida hay que coserla.

—¿Y tus costillas? —dijo Sarah. —Todos necesitamos descansar.

—Iñaki —dijo Greta acercándose a él—, solo son unos kilómetros más. Luego nos perderás de vista y saldremos de tu vida.

—Ni eso puedo —respondió Iñaki, bajando la voz—. Pero sí puedo llevaros a un sitio donde os ayudarán.

Sarah lo observó con atención.

—¿Quién?

Iñaki dudó un segundo. Luego señaló hacia el este, donde el cielo empezaba a aclararse.

—Conozco a una familia. Gente dura, gente que sabe esconderse, y que odia a los falangistas más que vosotros. Están en un caserío abandonado. Si alguien puede llevaros hacia Huesca sin que os vean, son ellos.

Henry intercambió una mirada con Greta. Ella asintió.

—¿Están lejos de aquí? —preguntó Samuel.

—A un par de horas. Cerca de Borau, iremos por caminos secundarios. No quiero cruzarme con nadie más esta noche.

Subieron de nuevo al vehículo. Esta vez, el silencio era distinto, era una especie de tregua. Otro bache en el camino, pero siempre que hiciera avanzar al grupo no era un problema. Sarah abrió su macuto y destapó el plato de latón sin sacarlo.

—Ya queda menos —le dijo Samuel poniendo la mano en el hombro.

—No podemos permitirnos dejar rastros —asintió Greta, reafirmando la disciplina del grupo, aunque en sus ojos brillaba un poso de fatiga—. En cuanto Iñaki nos deje con esa familia cerca de Borau, tendremos que movernos por la sierra sin llamar la atención de nadie.

La noche se fue diluyendo poco a poco. El traqueteo del motor volvió a amortiguarse cuando la camioneta encaró un tramo de terreno más llano.

Unos hilos de luz grisácea e incierta comenzaron a colarse por las pequeñas rendijas del lateral de la camioneta, dibujando las siluetas de las cajas y las mantas.

El sol asomaba tímidamente por detrás de los montes cuando el vehículo redujo la marcha y terminó deteniéndose junto a un sendero que se internaba en un espeso bosque de robles.

—Es aquí —dijo, apagando el motor—. El caserío está a diez minutos andando. Seguid ese camino hasta que veáis una casa grande, con el tejado hundido por un lado. No os acerquéis sin anunciaros. Son desconfiados… y están armados.

Henry bajó con cuidado, apoyándose en Samuel. Sarah bajó observando la vegetación que les rodeaba. Los árboles eran más altos y el terreno más llano y con un manto verde que lo cubría todo.

Iñaki se quedó un momento en silencio, mirando a los cuatro como si quisiera grabar sus caras en la memoria.

Detuvo la mirada primero en Sarah, fijándose en la tensión de su espalda y en la palidez que intentaba ocultar, y luego en las manos de Henry, que aún apretaban sus costillas lesionadas.

Suspiró despacio, con el peso de la noche dibujado en las arrugas de los ojos.

—No sé quiénes sois —dijo al fin, dirigiéndose a Henry con un leve asentimiento de cabeza—. Ni qué lleváis encima, pero espero que lo que hacéis valga la pena.

Sin añadir una palabra más, metió la mano en el bolsillo de su chaleco, sacó un pequeño pañuelo de tela limpio y se lo tendió en silencio a Sarah, señalando con la barbilla la herida de su hombro.

Ella lo aceptó con una leve inclinación de cabeza.

Luego se giró hacia Henry y sacó del bolsillo del pantalón un paquete de cigarrillos Bisonte.

—Escuché antes que te habías quedado sin tabaco.

—Iñaki… gracias —Henry se guardó el paquete y le dio la mano.

El transportista la estrechó con fuerza, sosteniendo la mirada un segundo antes de soltarla.

—Una cosa más. Cuando os vean, decidles que venís de mi parte —Se acercó a la trasera de la camioneta y cogió una caja de cartón—. Les entregáis esto. Es para Emilia. Ella lo entenderá.

—Aunque no lo creas —le dijo Greta—, nos has ayudado mucho. Entiendo tu postura y no guardamos rencor por ello.

—Que Dios os acompañe —murmuró—. Porque yo ya no puedo.

Se subió al camión y arrancó. Sin mirar atrás, desapareció por la carretera.

El grupo se quedó solo, rodeado de árboles, con el sonido lejano de un gallo anunciando el amanecer.

Sarah ajustó la mochila en su espalda. Volvió a notar el peso que cargaba, pero eso no la frenó para empezar a andar por el sendero.

—Vamos —dijo—. Hay que continuar avanzando.