La estirpe de Mitra Capítulo 33
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Capítulo 33

La camioneta consiguió llegar al punto más alto del Puerto de Ibañeta.

El motor temblaba tanto que hacía tambalear toda la cabina.

Iñaki botaba en el asiento hasta un punto que empezaban a dolerle las manos de la fuerza que tenía que hacer para agarrarse al volante.

Greta apenas encontraba donde cogerse en la parte trasera y a eso se le añadía el problema de la carga que podía caer y aplastarla.

Una de las puertas había quedado mal cerrada y de vez en cuando se abría dejando a Greta al descubierto del coche que cada vez estaba más cerca.

—Cuando estemos a su altura —dijo Santiago frotándose el bigote—, le cierro el paso. No podrán seguir subiendo.

Julián, el chico que iba de copiloto asintió, tragando saliva. La adrenalina le hacía temblar las manos.

—¿Y si llevan armas?

—¿Armas? —Santiago soltó una carcajada seca—. Si las tuvieran, ya las habrían usado. Son ratas asustadas. Y las ratas corren… hasta que se quedan sin sitio.

El coche se pegó aún más al camión. Tan cerca que los faros iluminaban la matrícula cubierta de barro. El conductor bajó la ventanilla y sacó medio cuerpo fuera, intentando ver si alguien asomaba por la parte trasera.

—¡Vamos, vamos! —gritó, como si pudiera empujar el camión con la voz.

El motor del coche rugió una vez más.

Un tronco había caído en medio del camino, pero no fue un problema para la camioneta. Iñaki apenas pudo reaccionar para esquivarlo y el tronco pasó por debajo.

Los falangistas ni lo vieron. Un ruido seco, metálico, resonó en la parte delantera del coche. El conductor frunció el ceño. El tronco se había encajado entre las ruedas delanteras.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Julián nervioso.

Santiago no tuvo tiempo de responder. El coche dio un pequeño salto, como si hubiera pasado por encima de algo. El tronco pasaba por debajo del coche dañando el eje y las ruedas traseras.

—¿Habrá sido un animal? —gritó Julián—. ¡Hemos atropellado algo!

El volante vibró de golpe. El coche empezó a desviarse hacia la derecha, hacia el borde del barranco.

—¡Mierda! —el conductor tiró del volante con todas sus fuerzas—. ¡Mierda, mierda!

El coche zigzagueó, luchando contra la pendiente, con la rueda dañada y una inercia que lo empujaba hacia el vacío.

Los neumáticos empezaron a patinar por el camino. La humedad había creado una película de hielo que se quebraba, dejando surcos en la grava mientras el morro del coche se encaraba hacia el barranco.

El camión, mientras tanto, seguía subiendo, ajeno al caos que dejaba atrás.

Santiago logró enderezar el coche en el último segundo.

Apretó con fuerza el pedal del freno y el coche soltó un fuerte alarido mientras patinaba por el camino hasta quedar detenido en mitad de la carretera, jadeante como un animal herido.

Utilizó la bufanda azul que le colgaba del cuello para secarse el sudor de la frente mientras respiraba igual que el coche.

Julián miró hacia el camión que se alejaba.

—Se… se van.

El conductor golpeó el volante con el puño.

—No. No se van. No todavía.

Respiró hondo, intentando calmar la rabia.

—Vamos a por Ramón y Cayetano. Y luego… —miró la carretera oscura, como si pudiera ver a través de ella—. Luego encontraremos a esos cabrones.

El coche reculó por la carretera estrecha hasta que encontró un hueco en el muro de piedra para hacer una maniobra torpe y girar para ir de vuelta al bosque.

Los faros iluminaban los troncos retorcidos y se adentraron en la niebla baja como si tuvieran un muro blanco enfrente.

El conductor mantenía el volante firme y los ojos entrecerrados.

—Tienen que estar por aquí —murmuró el copiloto, asomándose por la ventanilla con la linterna en alto.

Unos minutos después llegaron a la zona donde los habían dejado. Había algo en el aire que a Santiago no le gustaba: un silencio demasiado limpio, un bosque demasiado quieto. El coche se detuvo con un chirrido. Bajó, ajustándose el cinturón y sacando una navaja corta del bolsillo.

—¿Qué haces? —preguntó el copiloto, nervioso.

—Escucho.

Mientras se peinaba el bigote, avanzó unos pasos hacia el borde del bosque. La luz de la luna apenas atravesaba las copas de los árboles. El olor a tierra húmeda y hojas aplastadas llenaba el aire.

—Ramón —llamó, sin alzar demasiado la voz—. ¿Dónde os habéis metido?

Nada.

Julián tragó saliva.

—¿Qué crees que…?

—Creo que mis hombres no desaparecen, así como así —respondió Santiago—. Y creo que alguien los ha hecho desaparecer.

Se agachó junto al lugar. Pasó los dedos por la nieve removida, olió las hojas aplastadas y frunció el ceño. Había huellas en varios lugares cercanos.

—Hubo una pelea… hacia allí —murmuró, señalando un matorral—. Esos pasos puede que fueran de Ramón o Cayetano. Se alejan del lugar, pero no huyen.

Se incorporó despacio, como si escuchara algo que el otro no podía oír.

El joven lo miró, desconcertado.

—¿Cómo demonios sabes eso?

Santiago no respondió. Solo ladeó la cabeza, como un lobo que capta un olor.

—No están lejos —dijo—. Quién los ha tumbado… sabe lo que hace. Han peleado —dijo en voz baja—. Pero no veo sangre.

—¿Y eso qué significa? — se acercó un poco más, temblando.

Mientras se ajustaba la bufanda al cuello, levantó la vista hacia el bosque.

—Que el que se esconde entre las sombras nos está cazando.

En ese momento, un crujido suave sonó entre los árboles. Santiago giró la cabeza con rapidez, pero no vio nada. Solo sombras. Solo silencio.

—Vuelve al coche —ordenó—. Enciende los faros y que miren al bosque.

El joven obedeció. Maniobró con el coche y los faros iluminaron un tramo de árboles, pero no revelaron nada.

Mientras, Santiago avanzó entre los árboles con la navaja en la mano, la hoja corta y ancha, pensada para abrir camino… o para abrir carne. Sus pasos eran sorprendentemente silenciosos para un hombre de su tamaño.

Henry, Samuel y Sarah lo observaban desde las sombras, inmóviles, respirando despacio. Antes, cuando vieron las luces del coche reaparecer, corrieron a esconderse entre las sombras de unos árboles, y allí permanecían como si fueran piedras del bosque.

Él se detuvo de golpe.

—Ya sé que estáis ahí —dijo, sin levantar la voz.

Ninguno respondió.

El hombre sonrió.

—He seguido rastros toda mi vida. Jabalíes, lobos, hombres… Todos dejan algo atrás. Un olor. Un peso en la tierra. Un silencio distinto.

Giró la cabeza hacia donde estaban ocultos.

—Vosotros no sois distintos.

Henry quiso incorporarse, pero Sarah le puso la mano en el pecho y le negó con la cabeza. Salió de entre los árboles, sin prisa. Sus pasos no hacían ruido.

—¿Una mujer? ¿O una gatita? –dijo con burla.

—Tus hombres están vivos —dijo ella ignorando el comentario—. No tienes por qué seguirnos.

—Claro que tengo que hacerlo —respondió él—. Es mi trabajo. Y tú… tú no eres nada.

Se lanzó hacia ella con la navaja.

Sarah esquivó el primer tajo inclinando apenas la cabeza.

El segundo lo bloqueó con el antebrazo, desviando la hoja.

El tercero lo evitó girando sobre sí misma, con un gesto rápido de pies.

El falangista gruñó, impresionado.

—Rápida. Pero no tanto –dijo señalando sus ropas.

Sarah se fijó en un pequeño corte en la manga y una leve mancha de sangre que empezaba a mojar la ropa. Sintió la mordedura en la piel, pero no quiso darle el placer de mostrarse herida. No contestó. Avanzó un paso.

Él atacó de nuevo, esta vez más bajo, buscando las piernas. Sarah saltó hacia atrás, cayó en cuclillas y giró, golpeando su muñeca.

El golpe aflojó el agarre de la mano de Santiago.

La navaja se liberó, voló unos metros y cayó detrás de unas rocas.

Él, rabioso al verse desarmado, la embistió con todo su peso.

Sarah chocó con el tronco de un árbol y el aire escapó de sus pulmones.

Una nube de copos de nieve se desprendió de las ramas, cayendo encima de ellos.

El hombre retrocedió, sorprendido, pero sonriendo.

—¿Qué demonios eres?

Sarah avanzó, pero al dar el primer paso notó un pinchazo en la espalda.

Los músculos del abdomen se le tensaron para disimular el dolor y que el tipo del bigote no se creyera vencedor.

Pero notó un hilo de sangre correr brazo abajo hasta que asomó la mano.

Unas pequeñas gotas mancharon la nieve a sus pies. Levantó los hombros para coger aire.

—Alguien que no quiere matarte.

Él mostró su sonrisa al ver esas gotas pintar la nieve. Sabía que la herida era profunda.

—Pues yo no puedo decir lo mismo.

Se abalanzó sobre ella con las manos desnudas buscando su antebrazo para golpearla.

Era fuerte, más fuerte que ella, pero Sarah era más rápida.

Aún con el dolor en la espalda de la embestida, sabía que a golpes no lo vencería, lo único que podía hacer era aprovechar la fuerza del otro para derribarlo.

Lo esquivó, dejándolo pasar y lo empujó contra un tronco.

Ese gesto se cobró un leve latigazo en el hombro herido que le hizo apretar los dientes.

Entonces Santiago se giró, intentando agarrarla, pero Sarah se deslizó bajo su brazo, y con un grito contenido golpeó su costado con el codo y lo hizo tambalearse.

El falangista respiraba con dificultad; el golpe había sido certero y una punzada al coger aire se lo confirmó. Aun así, sus ojos brillaban y parecía estar disfrutando.

—Eres buena —dijo—. Muy buena.

Sarah se tensó. Esa última finta le había provocado un par de pinchazos en medio de la columna y empezaba a notar la manga húmeda y pegajosa. Esa herida habría que curarla rápido.

—Vete —Sarah apenas podía hablar.

—No.

Santiago se lanzó una última vez, embistiendo con los brazos por delante.

Sarah lo atrapó por la muñeca, giró sobre sí misma y lo derribó usando su propio peso. El hombre cayó de espaldas quedando hundido en la nieve blanda de ese claro, el aire se le escapó de sus pulmones en un jadeo.

Sarah se arrodilló sobre él, sujetando el brazo contra el suelo.

—Esto termina aquí —le puso la mano abierta en la garganta—.  No vuelvas a seguirnos.

El hombre la miró fijamente. No había miedo en sus ojos, solo rabia… y algo de fascinación.

—Volveré —dijo.

Sarah apretó un poco más. Él intentó levantarse, pero la presión en el cuello acabó pinzando el nervio adecuado y se le cerraron los ojos.

—No hoy.

Se levantó sintiendo un temblor recorriendo todo su cuerpo, respiró hondo y en ese momento llegó Julián.

—Eh! —chilló al verla con su amigo a los pies—. ¿Qué coño pasa aquí?

Sarah lo miraba sin moverse. Se pasó el antebrazo por la frente para secarse el sudor y el otro levantó la mano armada con el Astra y la apuntó.

Abrió la boca para decir algo, pero un clic metálico sonó detrás de él.

Henry.

Había salido del bosque con el Colt en la mano, apuntando con firmeza pese al dolor del costado.

—No queremos matarte —dijo Henry, con la voz ronca—. Solo queremos seguir nuestro camino.

El chico levantó las manos despacio.

—Yo… —dijo—. Por favor, no he hecho nada.

Sarah dio un paso más, situándose a su lado.

—No tienes por qué acabar muerto —dijo ella—. Solo da media vuelta y olvida que nos viste.

Julián la miró fijamente mientras ella le arrebataba el arma de las manos sin esfuerzo. Luego miró a Henry.

Luego al Colt.

—No os seguiré —dijo con tono de súplica—. Pero él no os olvidará —mirando hacia su superior.

Sarah tensó la postura, pero Henry negó con la cabeza.

—Déjalo —susurró—, es un pobre idiota.

Henry le señaló el suelo con el arma y el chico se tumbó. Poco a poco se fueron alejando sin dejar de apuntarle. Sarah aprovechó para coger una de sus linternas y Henry disparó a dos de los neumáticos

—No creo que lleven dos ruedas de repuesto —dijo sonriendo.

—¿Creéis que volverán? —preguntó Samuel, que acababa de salir del escondite.

—Puede —respondió guardando el Colt en el macuto—. Pero para entonces estaremos muy lejos.

Sarah miró la carretera oscura, como si hubiera visto unas luces amarillentas de otro coche a lo lejos.

—Tenemos que movernos —dijo—. La noche aún es larga.

Los tres empezaron a andar por la carretera con la certeza de que aquellos cuatro falangistas no serían su último problema.