Capítulo 32 #2
Las paredes, gruesas y rugosas, conservaban la curvatura original de la nave, y la bóveda de cañón se arqueaba en el punto más alto del techo como el interior de una caverna sagrada.
Entre los estantes modernos aún se distinguían las marcas de los canteros medievales: pequeños símbolos tallados en la piedra.
La leve luz entraba por un óculo alto, un círculo perfecto abierto en la fachada original, ahora parcialmente oculto por una estantería.
El rayo de luz caía justo sobre el centro de la sala, iluminando partículas de polvo que flotaban como si fueran incienso.
En días soleados ese agujero dejaría entrar un foco de luz que bastaría para iluminar toda la estancia, pero en un día como hoy, lluvioso y nublado, la nave permanecía en una penumbra que otorgaba al lugar un aspecto lúgubre y fantasmal.
—Si hubieras recogido la Clavis en Londres ahora no estaríamos así, ¡maldita sea, Cuervo! —La voz de Giorgio sonaba con enfado, pero sin llegar a gritar.
—Sabes que cuando iniciemos el fuego de Mitra tendremos que probar su eficacia —le cortó Brandt—. ¿Acaso vas a querer probarlo en ti mismo?
Evelyn salió con cuidado de su escondite.
Cerca de la pareja había un recoveco: un ala lateral que en su origen fue capilla y ahora albergaba una mesa de lectura.
El arco de medio punto, sobrio y desornamentado, recordaba que aquel espacio había sido sagrado antes de convertirse en biblioteca.
Evelyn avanzó despacio, contenida por la sensación de estar jugando a los espías, y pegó la espalda al muro tras una estantería.
Desde allí la voz llegaba mucho más clara.
—Necesitamos a esa gente para probar el fuego —continuó Brandt—. Si les hubiéramos quitado la Clavis en Londres, jamás habrían venido.
—Son ratas de alcantarilla, Cuervo; les pones dinero delante y aceptan sin pensar. Pero da igual; si ya están llegando a la costa de España, en breve los tendremos aquí.
—León se encarga de ello. Ya sabes que no le gusta dejar cabos sueltos ni testigos inútiles. Otra cosa... He estado dándole vueltas a la ceremonia. Escorpión, ¿estás seguro de que la interpretación del texto es correcta?
—Skylos lleva años interpretando los libros y el Diario del Guardián no deja lugar a dudas —hizo una pausa—. ¿Qué te preocupa? ¿No confías en su palabra?
—El último registro de la Clavis es de 1666. Hasta entonces la orden usó el artefacto cuatro veces, y siempre quedó custodiado por el Escorpión, aquí, en la isla. Algo ocurrió esa vez para que desapareciera durante casi doscientos años.
—El pasado es inalterable, amigo Cuervo. Solo sirve para aprender de sus errores.
Giorgio se puso de pie haciendo crujir la madera de la butaca. Se acercó a Brandt y le apoyó una mano en el hombro.
—Las decisiones de nuestros antepasados nos han traído a este caos —dijo con tono severo y firme—. La orden de 1600 no supo controlar el fuego de Mitra y por eso escondieron la Clavis .
—Por miedo, Escorpión.
—¡Inaceptable! —levantó la voz Giorgio, haciéndola resonar por la nave de la iglesia—. Mira el precio que pagamos por su cobardía. Taurus es fuerza, Taurus es decisión. Somos la mano que amputa la gangrena del mundo para salvarlo. Aunque eso signifique hacerlo sangrar.
Evelyn se apretó contra la pared. Se tapó la boca con manos temblorosas para apagar su propia respiración. «Un arma —pensó horrorizada—. Lo que esconden aquí es un arma y voy a ayudarles a ponerla en marcha».
El sonido de unos pasos pesados la obligó a encogerse como un ovillo. Cerró los ojos, aterrorizada, mientras sentía la vibración de la mole pasando a escasos metros de la capilla.
—Tenemos la oportunidad de arreglar las cosas, Cuervo. No es momento para dudar.
Los pasos comenzaron a alejarse. Evelyn intentó respirar de forma pausada para aplacar el pulso retumbante de su pecho.
—Mañana hay que empezar a preparar la Serpiente —concluyó Giorgio—. Encárgate tú, tengo asuntos fuera de la isla.
—Tranquilo, Escorpión. Ella es cosa mía.
Desde su escondite, escuchó como abrían el portón de la iglesia y asomó la cabeza por detrás de una columna para ver cómo salían los dos y cerraban de nuevo dejando el lugar en silencio de nuevo.
Evelyn se quedó inmóvil, apoyada contra la piedra fría de la columna, escuchando cómo el eco de los pasos de Giorgio se perdía tras el portón. «Un arma, joder». La palabra le quemaba en la garganta como si acabara de tragar ceniza.
Durante años, la arqueología había sido para ella una forma de reconstruir la historia, de dar sentido al pasado.
Taurus acababa de convertir esa búsqueda en algo sucio.
Sintió una náusea fría en el estómago, un nudo de culpa que le oprimía el pecho: las mismas manos con las que limpiaba inscripciones y analizaba fragmentos antiguos estaban sirviendo para engrasar un mecanismo de muerte.
No era solo una académica prisionera en una red de fanáticos; era el engranaje necesario para poner un arma en marcha.
El pasado ya no era una lección; era munición.
—Joder, Evelyn —susurró hacia la penumbra de la capilla—. ¿Qué coño voy a hacer? Estoy atrapada en esta isla.
Salió del escondite, le dio al interruptor que había cerca de la entrada y se encendieron varias lámparas dispuestas por toda la iglesia.
Se quedó mirando la nave central y se dio cuenta de que estaba en el lugar adecuado.
Si tenía que encontrar una solución a todo esto, tendría que ser utilizando sus armas y las tenía todas enfrente: un mar de libros, cientos de ellos, posiblemente con información tan secreta como la propia orden que los custodiaba.
—Si hay una solución, está oculta en alguna de estas páginas.
Ahora volvería al dormitorio, antes de que la echaran en falta. Pero esta noche, volvería para investigar hasta que saliera el sol. Tenía que encontrar las respuestas antes de que llegara Henry con la llave.