Capítulo 32
La tarde en el golfo de Liguria acabó calmándose.
La tormenta amainó, aunque no llegó a destapar el cielo y el ambiente se mantuvo frío y gris.
En la isla, la situación también se fue diluyendo después del almuerzo tan tenso que tuvieron.
Evelyn fue conducida a sus aposentos y tanto Brandt como Giorgio se retiraron para tratar temas de la organización.
Emmett se encerró en su habitación al lado de la de Evelyn.
—Si quiere dar un paseo en algún momento, puedo acompañarla –le dijo antes de cerrar la puerta.
—Quizá más tarde, ahora necesito descansar un poco —respondió ella.
El lujo de la villa de Gorgonzoni era insultante.
Lo que horas antes a Evelyn le había parecido fascinante, ahora se le antojaba una mortaja de seda.
Se miró en el espejo del dormitorio. Los ropajes con los que la habían vestido no eran, en absoluto, de su estilo.
La blusa de lino, extremadamente almidonada, le generaba picores por todos los brazos, y el traje de chaqueta y falda a juego le apretaba en las costuras, haciendo que apenas pudiera moverse.
El pelo, aunque se lo había recogido con su trenza habitual, seguía viéndose sucio y enmarañado, e incluso era imposible disimular el cansancio en su rostro.
Exploró la habitación y descubrió que tenía un baño privado. No se lo pensó dos veces.
Una hora después volvió al dormitorio reconfortada.
El agua caliente del baño le ayudó a cargar energías.
Se percató que mientras se aseaba alguien había entrado a la estancia.
Posiblemente alguien del servicio le había preparado una muda para dormir.
Un camisón de noche, corto y ligero, que le habían dejado sobre la cama.
Parecía caro; otra mujer lo habría apreciado como un regalo inasequible, pero para ella no era más que un uniforme de prisionera.
Aun así, se lo puso; la otra opción era volver a su ropa sucia o al traje rígido del almuerzo.
Luego quedó en silencio, tumbada en la gran cama, mientras observaba las telas que colgaban del dosel y los tapices al fondo del dormitorio.
Uno de ellos representaba a unos guerreros persas combatiendo contra los griegos; el otro, a un grupo de soldados romanos celebrando una especie de ritual alrededor de una hoguera.
—¿Qué hago aquí? —se preguntó en voz alta—. ¿Cómo he terminado aquí?
Cerró los ojos y, de repente, la imagen de la casa de subastas en Londres volvió a ella con una nitidez dolorosa.
El caos, el bombardeo, el refugio. Los dos asaltantes y la sombra de Henry, ahora Turner, moviéndose con una precisión que no era la de un simple comercial.
La arqueóloga empezó de nuevo a remover la información que había recopilado hasta ahora para poner de nuevo los hechos en orden.
El puzle que empezó a componer después de la «desaparición» de Henry tenía muchas piezas nuevas, pero la mayoría eran sombras.
Bajó de un salto de la cama y empezó a andar en círculos por la inmensa alfombra que había en el centro de la estancia, notando su espesor y calor en los pies descalzos. Se apoyó en la madera tallada de una de las paredes, dejando que el silencio la envolviera.
—Separemos los hechos —se dijo, adoptando el tono metodológico que usaba en sus cuadernos de campo—. Hecho número uno: Taurus quiere acabar con el nazismo. Hecho número dos: Bernhard opera en Inglaterra y el norte de Europa.
Abrió una de las puertas que daban a una balconada y de pronto un aire frío se coló al interior de la habitación. Evelyn se frotó los brazos para entrar en calor mientras buscaba la chaqueta que había traído.
—¿Y Giorgio? —murmuró al aire frío—. Está aquí, manda aquí... pero ¿controla todo el sector sur o solo es el guardián de lo que custodia esta isla? No tengo evidencias para saber su rango real, solo sé que ejerce el mando en este lugar.
Salió y examinó la fachada. Junto a su balcón había uno más a cada lado; el de la derecha debía ser el de la habitación del señor Emmett, el otro no lo tenía claro.
Miró hacia abajo y observó que el terreno en ese lado de la Villa era más elevado; aunque estaban en un primer piso, la distancia hasta el suelo era mucho menor.
Cerca de allí, un camino rodeaba la mansión.
El bosque allí era más escaso y dejaba ver toda la cuesta hasta el punto más alto del acantilado.
No había guardias patrullando, algo que ya le había llamado la atención cuando llegaron al muelle esa misma mañana.
«¿Soberbia de un anfitrión que se cree intocable?», pensó, arropándose en la chaqueta. «O quizá la sombra de Taurus es tan temida que nadie se atreve a acercarse. Es una hipótesis, nada más. No puedo dar por sentado que no haya vigilancia oculta».
Volvió de nuevo al calor de la habitación.
—Volvamos a Londres, Evelyn —de nuevo daba vueltas por el dormitorio—. El robo en la casa de subastas. Hecho. Sabían exactamente dónde buscar; la marca en la caja lo prueba. Deducción. Taurus tenía un topo o información de inteligencia muy precisa sobre lo que había allí abajo.
Se detuvo en seco, mirando al vacío.
—La duda es Harrington. ¿Sabía él lo que custodiaba bajo el suelo de su propio negocio?
Si lo sabía, ¿por qué arriesgarse a mantenerlo ahí?
Y si lo ignora... entonces lo están utilizando.
No me cuadra que organices un asalto tan complejo si el dueño es tu aliado.
O Harrington es un peón a ciegas, o el robo fue una maniobra para extraer la pieza antes de que cayera en otras manos.
Hasta ese momento, Evelyn había tendido a analizar los eventos como incidentes aislados: su carrera estancada, el robo y esta invitación forzada a una isla privada en el Mediterráneo.
Sin embargo, la lógica le decía que la coincidencia no era una explicación científica.
Todo indicaba una estructura mayor, pero todavía le faltaban premisas para cerrar la ecuación.
Antes de asumir nada sobre el plan global de Taurus, necesitaba entender qué querían exactamente de ella.
Qué papel le habían asignado en ese tablero.
Esperó a que el reloj de mesa diera las cuatro antes de deslizarse fuera de su habitación.
El silencio en la villa solo era interrumpido por el siseo del viento marino contra los muros de piedra.
Se calzó unas zapatillas ligeras que le dejó el servicio y salió del dormitorio.
Pensó en llamar a la puerta de Emmett, pero, en el fondo, prefería investigar sin que nadie controlara sus pasos.
Al doblar la esquina que conducía a la planta inferior, se detuvo en seco.
Una figura se movía penosamente unos metros por delante.
Era la joven criada que había servido los dulces durante el almuerzo.
Evelyn contuvo la respiración al verla apoyarse en la pared, soltando un gemido ahogado.
La chica cojeaba ostensiblemente, arrastrando una pierna con un gesto de dolor agudo.
—Maldito seas, Giorgio —susurró Evelyn para sí misma, sintiendo un nudo de rabia en el estómago.
Era fácil deducir qué había pasado tras el incidente de la comida. La humillación de Giorgio ante sus invitados no había sido suficiente y después se había descargado con crueldad sobre la muchacha.
Aquello no era una villa de lujo; era una jaula de bestias. La sirvienta terminó de bajar la escalinata a paso ligero y desapareció por una de las puertas del otro lado del vestíbulo.
Cuando llegó a la planta baja, tomó el camino inverso al de la joven hasta que llegó al final.
Allí se encontró con un portón de madera oscura, barnizada y brillante.
Tenía varios detalles tallados en la parte superior con representaciones de hazañas de algún héroe griego o romano y, en el centro, una cabeza dorada de un león mirando desafiante al visitante que se acercaba.
Sobre la puerta del León, tallada en la piedra antigua y casi borrada por el tiempo, Evelyn distinguió una inscripción latina: IN VALENTIA VERITAS .
A primera vista parecía un lema sobre la virtud del coraje, pero algo en la forma de las letras, en la manera en que la palabra «valentia» destacaba sobre el resto, le hizo pensar que no hablaba de valentía en absoluto.
Con cautela, Evelyn empujó levemente la puerta y esta cedió. Acercó primero la oreja a la pequeña rendija que dejaba ver un poco el interior. El sonido de voces masculinas la obligó a buscar refugio tras una pesada cortina de terciopelo. Al ver que no salían, se aventuró a mirar al interior.
Al otro lado de la sala, a través de unas estanterías, pudo ver a Giorgio y Bernhard sentados. Entró con cuidado de no hacer ruido y cerró lentamente el portón, que soltó un leve quejido. Luego buscó un lugar en las sombras donde agazaparse.
Al cruzar el umbral, sintió que el aire cambiaba. No era el olor habitual de papel viejo y madera encerada, sino algo más profundo: piedra fría, humedad antigua y un eco tenue que no se correspondía con el resto de la casa. La estancia era más alta de lo que esperaba. Mucho más.
Alzó la vista y lo entendió. La biblioteca no era una sala construida dentro de la villa. Era una iglesia románica del siglo XII, intacta bajo la piel de la casa.
—¿Qué demonios hace esto aquí? —dijo mirando a su alrededor sin poder cerrar la boca.