La estirpe de Mitra Capítulo 31
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Capítulo 31

La caída desde el camión había sido brusca, pero los tres rodaron por la nieve sin hacerse nada grave. Oyeron el motor del vehículo frenar de golpe y cómo daban un portazo seco. Unos segundos después, el coche se alejaba cuesta arriba mientras las voces de los falangistas resonaban en la noche.

—¡Han saltado por aquí! —decía uno de ellos.

Henry se incorporó con un gemido, llevándose una mano al costado. Al rodar, una piedra oculta entre la nieve le había golpeado las costillas y ahora sentía dolor al andar. Samuel que había caído cerca lo ayudó a ponerse en pie.

—¿Puedes caminar? —susurró.

—Puedo intentarlo —respondió Henry, respirando entrecortado.

Sarah no perdió ni un segundo. Se agachó y miró hacia el sendero blanquecino que se adentraba entre los árboles. A través de la maleza, vio las dos linternas avanzar hacia ellos.

—Tenemos treinta segundos antes de que lleguen —dijo en voz baja—. Seguidme y no habléis.

El bosque era denso y oscuro, pero Sarah se movía como si fuera un animal más de los que vivían allí.

El suelo no había quedado cubierto del todo por las nieves de esos días y estaba cubierto de hojas, hierba alta y arbustos que creaban un colchón blando y húmedo que amortiguaba su marcha.

Sus pasos eran silenciosos, casi flotantes, mientras los hombres la seguían torpemente, apartando y pisando ramas que crujían a su paso.

Los falangistas avanzaban con las linternas en alto, iluminando troncos y matorrales.

—¡Han ido hacia abajo! ¡Lo veo! –decía el más alto y delgado.

Samuel apretó la mandíbula.

—Nos han visto —maldijo en voz baja.

—No —corrigió Sarah sin detenerse—. Creen que nos han visto.

Se detuvo de golpe y levantó una mano. Henry y Samuel se quedaron inmóviles. Sarah señaló un tronco caído y se deslizó detrás de él. Los otros dos la imitaron.

Las linternas se acercaban. Se oían ramas romperse, respiraciones agitadas, insultos entre dientes.

—Aquí hay huellas —dijo uno de los falangistas—. Están cerca.

Sarah cerró los ojos un instante, escuchando. Luego se inclinó hacia Henry y Samuel.

—Cuando pasen, os movéis hacia la izquierda. No corráis. No hagáis ruido. Y pase lo que pase, no miréis atrás.

Henry tragó saliva.

—¿Y tú? —le dijo acercándose a su cara.

Sarah esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Jefe, yo me encargo de que no nos sigan.

El coche que había arrancado con un bramido áspero dejaba tras de sí una nube de gasoil que se quedaba suspendida en el aire helado de la noche.

El conductor, el hombre de mandíbula cuadrada y bigote recortado, que Henry había lanzado por el suelo, apretó los dientes mientras giraba el volante con brusquedad para meter el vehículo en la estrecha carretera de montaña.

—¡Malditos! —escupió—. ¡No se nos van a escapar!

A su lado, el copiloto, más joven y nervioso, llevaba una vieja pistola Astra, mirando por la ventanilla como si esperara ver a los fugitivos aparecer entre los árboles.

—¿Seguro que van por aquí, Santiago? —preguntó.

—¿Tú has visto otro camino? —gruñó el conductor—. Esa puta camioneta no puede ir muy lejos. No sube ni una cuesta sin rezar tres padrenuestros.

El camino era cada vez más inclinado y se iba estrechando a cada curva.

—¿Y los otros dos? —preguntó el copiloto, refiriéndose a los compañeros que habían bajado a perseguir a los fugitivos a pie.

—Que se las apañen, joder —respondió el conductor—. Si pillamos al camión, pillamos a todos.

—¡Ahí! —dijo el copiloto, señalando con la pistola hacia adelante—. ¡Lo veo!

A lo lejos, los faros amarillentos del camión de Iñaki parpadeaban entre los árboles.

—Ya los tenemos.

Los falangistas pasaron a apenas tres metros del tronco.

La luz de una linterna rozó la bota de Henry, que contuvo la respiración hasta sentir dolor en el pecho.

Los tres mantenían las espaldas pegadas a la madera, casi mimetizándose con la vegetación de aquel rincón.

Los hombres siguieron adelante, maldiciendo la oscuridad.

Sarah esperó dos segundos más. Luego levantó la mano y susurró.

—Ahora.

Los dos se deslizaron entre los troncos, moviéndose en diagonal.

Henry notó cómo el terreno descendía y se volvía más resbaladizo debajo de sus pies.

El aire era más húmedo y las linternas de los dos tipos empezaban a descubrir una niebla baja que parecía pegarse a las ramas de los árboles.

Detrás, las voces se alejaban… hasta que una se detuvo en seco.

—¡Eh! ¡He oído algo! –dijo el más alto.

Un haz de luz barrió el bosque. Henry y Samuel se agacharon un segundo para camuflarse con los arbustos bajos.

—Nos han visto —murmuró Samuel.

Henry negó con la cabeza mientras señalaba los haces de las linternas enfocando el interior del pinar.

—No. La han visto a ella. Vamos a seguir —le dijo en voz baja a Samuel.

Como una sombra más, vieron a Sarah que salía de detrás del tronco y avanzaba hacia la oscuridad, silenciosa y ágil.

Henry quiso llamarla, pero Samuel le agarró del brazo.

—Confía en ella. Sabe lo que hace.

Los falangistas se adentraron entre los árboles, siguiendo el ruido que creían haber oído. La vegetación en esa zona era como un telón de ramas y arbustos que apenas dejaba avanzar entre ellos. Pero Sarah se movía entre los troncos sin dejar que la luz le iluminara el rostro.

Uno de los hombres, más pequeño y relleno, se adelantó, separándose del otro. Tomó un sendero que se dibujaba entre la nieve.

—¡Por aquí! ¡Creo que ha ido por aquí! —dijo iluminando el suelo—. Parece que hay pisadas.

Sarah lo dejó avanzar. Esperó. Midió la distancia. Escuchó su respiración acelerada, el crujido de sus botas, el tintineo metálico de algo en su cinturón. Y cuando estuvo lo bastante lejos de su compañero, se deslizó detrás de él como una sombra que cobra forma.

Henry y Samuel no vieron nada. Solo escucharon un ruido seco, un jadeo ahogado y luego silencio.

El segundo falangista se detuvo.

—¿Ramón? ¿Dónde estás? –preguntó el más alto que estaba a pocos metros de allí.

Silencio.

—¿Ramón?

La linterna tembló en su mano. Empezó a andar lentamente hacia el lugar donde había visto a su compañero. La linterna de Ramón, tirada en el suelo, alumbraba las ramas que parecían una criatura mitológica.

Entonces una voz tranquila surgió de la oscuridad.

—No deberías haberte separado.

El hombre giró sobre sí mismo, pero no vio nada. Solo árboles. Solo sombras. Solo el bosque respirando.

Henry y Samuel, escondidos entre los matorrales, escucharon un golpe amortiguado. Luego otro silencio profundo.

Sarah reapareció entre los árboles, caminando hacia ellos sin prisa, con la ropa llena de nieve y barro y el pelo enmarañado. Se frotaba las manos para calmar el dolor que ahora le palpitaba.

—Tenemos que seguir —dijo simplemente—. No tardarán en darse cuenta de que no regresan.

Henry la miró con una mezcla de alivio y desconcierto.

—¿Qué les has hecho?

Sarah se encogió de hombros.

—Dormirán tranquilos lo que queda de noche. Nada más.

—Vayamos a por Greta entonces –dijo Henry con un gesto de cabeza.

Y siguieron avanzando entre la niebla del bosque, con el sonido lejano del coche falangista aun rugiendo en la carretera.