La estirpe de Mitra Capítulo 30
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Capítulo 30

La cordillera cantábrica recorría todo el norte del país hasta los montes vascos.

Cuando uno salía de Donostia en dirección a Francia podía escoger la ruta más rápida, yendo por la costa, o podía intentar adentrarse en las montañas y los bosques del interior.

Ninguna de las dos rutas era buena opción cuando lo que cargabas en la parte trasera de tu camión podía costarte la vida.

La carretera de la costa —así es como la llamaban los lugareños— era estrecha, de dos carriles y sinuosa como una serpiente.

Bordeaba un terreno salvaje lleno de acantilados y playas.

A pesar de su trazado complicado, era muy transitada por transportistas; camiones que llevaban carbón, pescado y todo tipo de mercancías desde los pueblos costeros hacia el resto del país o hasta la frontera con Francia.

Eso la convertía en una de las rutas comerciales más frecuentadas en el norte del país y, por lo tanto, en una de las más vigiladas del lugar.

Las patrullas de la Guardia Civil controlaban las entradas y salidas de los pueblos, y en las poblaciones más grandes se podía ver incluso al ejército controlando la zona.

Lugares como Irún y Hendaya era mejor rodearlos, cuanto más lejos mejor.

La carretera del interior era mucho más tranquila.

El terreno era más abrupto y hacía que en vez de pueblos, lo que más abundaran por esa zona fueran pequeñas villas, esparcidas por la orografía, alejadas unas de otras y rodeadas de grandes prados por donde los pastores llevaban a pastar sus vacas y ovejas.

Así, aquellos caminos —muchos de ellos sin asfaltar— que recorrían los altiplanos de la cordillera eran perfectos para circular sin llamar mucho la atención.

El pequeño camión de Iñaki se zarandeaba por la carretera de tierra, chirriando en cada curva.

Hacía un par de horas que había dejado atrás el puerto de Pasaia y ahora circulaba en dirección al interior del país.

La oscuridad de la noche hacía que apenas pudiera ver más allá de lo que iluminaban los dos faros frontales.

A los lados del camino, la cuneta se hundía medio metro y estaba cubierta, en la mayoría del recorrido, de matojos y hierbas altas.

Tras ella, un pequeño muro hecho de piedras y adobe separaba la carretera de las extensas praderas del lugar.

El hombre al volante respiraba nervioso y no dejaba de mirar por los retrovisores.

Hacía más de tres inviernos que había cumplido los sesenta y llevaba toda la vida de transportista por esas tierras.

Cuando estalló la guerra las cosas cambiaron, pero se le siguió contratando para el transporte de tropas y de enseres militares, así que tuvo la suerte de no tener que coger ningún rifle.

Al terminar la guerra y volver a casa ya nada era igual.

La escasez y el hambre estaba presente en cada casa y en cada pueblo de la sierra.

Así que cuando conoció al capitán del Centauro se le abrió un poco el cielo.

El estraperlo ayudó a traer productos a quienes los necesitaban, Iñaki tuvo clarísimo desde un principio que su labor no era aprovechar la situación para enriquecerse sino para hacer un poco mejor la vida a aquellos que no tenían oportunidades.

Lo habitual era alguna caja de café, cacao o como mucho, pequeños electrodomésticos que no se declaraban en la aduana del puerto.

Pero llevar a cuatro tipos en la trasera del camión era algo que superaba sus límites.

Algo había de ilegal si estaban cruzando el país de esta forma.

El camión no daba mucho de sí y no le permitía coger grandes velocidades, pero como el camino le era familiar, podía apretar un poco la máquina en algunos tramos que sabía que estaban al resguardo de la noche.

Pero al entrar al valle del Baztán el camino empezaba a ser más abrupto.

El río que daba nombre al valle serpenteaba entre las montañas y a veces corría paralelo a la carretera.

Eso obligó a Iñaki a reducir la velocidad.

Sobre todo, cuando empezó el ascenso hacia el Puerto de Ibañeta y el paisaje empezó a teñirse de blanco.

Dentro de la cabina, detrás de la cabeza del conductor, había un ventanuco enrejado que servía al conductor para comprobar de vez en cuando que la mercancía seguía estable y que no se había volcado ninguna caja. Pero ahora la estaba utilizando Greta para comunicarse con él.

—¿Por qué has reducido la velocidad? —preguntó asomando el rostro con cuidado.

—Es cuesta arriba y el camino es estrecho —dijo Iñaki levantando un poco la voz para que pudiera oírla—. Me pueden patinar las ruedas en cualquier curva.

—¿Cuánto falta? —preguntó de nuevo Greta.

—Poco más de una hora para el puerto, allí hay que ir con cuidado —explicaba él.

—¿Policía?

—Algún control podemos encontrar. Pero lo más peligroso es el hielo en la carretera.

Greta volvió a sentarse con el grupo, intentando que no se notara su cara de preocupación.

—¿Qué ha dicho? —le preguntó Samuel, que era el único que no hablaba español.

—Que aún falta un poco —le mintió Greta para no alarmar.

El camión avanzaba despacio, trepando por la carretera estrecha. El motor se ahogaba en cada curva y el aire frío entraba por las rendijas del parabrisas como agujas. Iñaki mantenía las manos tensas en el volante, con los nudillos blancos.

Greta volvió a asomarse por el ventanuco al notar que bajaba la velocidad.

—¿Por qué paras? —susurró.

—No puedo seguir —respondió él, tragando saliva—. Hay algo en la carretera.

El camión redujo aún más la velocidad. A unos quince metros, en mitad del camino, había un obstáculo: un par de bidones metálicos y un tronco atravesado. Detrás, tres siluetas iluminadas por los faros de un coche. Dos de ellas llevaban unas linternas grandes en las manos.

Greta frunció el ceño.

—¿Guardia Civil?

Iñaki negó con la cabeza.

—No llevan uniforme.

Dos de los hombres avanzaron unos pasos. Uno de ellos levantó la linterna y la enfocó directamente al parabrisas. Iñaki levantó la mano para cubrirse los ojos.

—¡Buenas noches! —gritó una voz ronca—. ¡Baje del camión, amigo!

Greta desapareció del ventanuco. Dentro de la caja, los demás se tensaron y guardaron silencio para escuchar lo que ocurría afuera. Iñaki abrió la puerta con cuidado y bajó, intentando mantener la calma, dejando la camioneta al ralentí.

—Solo soy un transportista —dijo—. Llevo mercancía para un cliente de Huesca.

El hombre de la linterna se acercó. Era corpulento, con una bufanda azul anudada al cuello y un brazalete con el yugo y las flechas. Iñaki tragó saliva al verlo y le recorrió un escalofrío por el cogote.

—A estas horas solo circulan dos tipos de vehículos por aquí —dijo—: los que esconden algo… y los que llevan algo que merece la pena robar.

Los otros dos se rieron.

—Vamos a echar un vistazo atrás —añadió el corpulento, dando un golpecito al lateral del camión.

Iñaki sintió un sudor frío recorriéndole la espalda.

—No hace falta, de verdad. Solo son cajas de…

—¡He dicho que vamos a mirar! —gruñó el hombre, mientras andaba por el lateral de la camioneta.

Dentro, Greta murmuró algo. El resto asintieron.

El corpulento agarró la manilla. Greta tensó los músculos.

Y en ese instante, la puerta trasera se abrió desde dentro con un golpe seco que lanzó al falangista hacia atrás. No cayó al suelo, pero perdió el equilibrio lo suficiente para que Henry saltara fuera y lo empujara con fuerza.

—¡Sube y corre! —gritó a Iñaki.

Los otros dos falangistas no pudieron reaccionar a tiempo. Uno levantó la linterna hacia la parte de atrás del camión y el otro buscó su Astra en el cinturón, pero la camioneta ya estaba rugiendo. Iñaki había subido de un salto y pisaba el acelerador con todo lo que daba la máquina.

El vehículo avanzó, chirrió y soltó una nube negra. Pasó esquivando a pocos centímetros la pareja de falangistas, que se apartaron con un grito.

—¡Atrás! ¡Atrás! —vociferó uno de ellos.

Henry saltó dentro con los demás, que se agarraron como pudieron mientras la camioneta botaba por la carretera. Detrás, se escuchó el motor del coche arrancando a toda prisa.

—Nos siguen —dijo Greta, asomándose por el ventanuco.

El coche venía rápido, demasiado rápido para ese camino. El lateral rebotaba en las paredes de roca.

—No vamos a poder perderlos —dijo Iñaki, apretando los dientes—. No con este trasto.

La carretera se estrechaba aún más. A un lado, la montaña cubierta de nieve. Al otro, el barranco oscuro.

—Lleva demasiado peso —dijo Henry desde atrás—. Si no aligeramos nos alcanzará en el próximo giro.

Apoyado en un par de cajas y mirando la carretera por una ranura entre las puertas, calculó la distancia a la que estaba el coche de los falangistas.

—Cuando lleguemos a la curva grande, saltamos —dijo al grupo.

—¿Saltamos? —preguntó Greta señalando la cadera.

—No, Greta, tú no. Nosotros —dijo señalando al resto—.  Nos encargamos de esto y nos encontraremos más adelante.

Sarah le entregó su bolsa sin decir nada. Greta solo afirmó con la cabeza.

El camión tomó una curva cerrada. El coche de los falangistas se acercaba, casi tocando la parte trasera.

—¡Ahora! —gritó Greta.

Una de las puertas traseras se abrió y Sarah, Samuel y Henry saltaron hacia el lado de la montaña. Rodaron entre la nieve que se había mezclado con la tierra hasta quedar tumbados para ocultarse.

El coche frenó en seco patinando unos metros por la tierra helada. La maniobra había sido descubierta y dos de los falangistas bajaron para perseguirlos a pie.

Greta se quedó dentro mirando la escena mientras la camioneta iba consiguiendo algo de distancia.

—Iñaki, sigue —ordenó.

El camión aceleró cuesta arriba. El coche dudó un segundo, pero volvió a arrancar y siguió a Iñaki. Greta respiró hondo, se aferró a la estructura metálica y se preparó para lo que venía.

Los otros tres empezaron a correr hacia el interior del bosque.