La estirpe de Mitra Capítulo 29
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Capítulo 29

El comedor de la villa era una sala alargada cuyo ventanal de arco dominaba el mar gris de Liguria. El viento del suroeste azotaba las cristaleras haciéndolas temblar, y la lluvia se deslizaba por los vidrios en riachuelos constantes.

Esos cincuenta minutos habían sido suficientes para que los tres invitados pudieran despojarse de sus húmedos ropajes y bajaran al salón reconfortados para disfrutar del almuerzo que habían preparado en su honor. Aunque no todos habían logrado quitarse de encima lo vivido recientemente.

Evelyn contemplaba la tormenta envolviendo la isla mientras apoyaba las manos sobre el mantel bordado.

El cansancio le pesaba en los párpados como una losa.

Seguía con la mente destrozada: la agónica detención de la Gestapo en Parentis, la celda y la incómoda presencia del comisario nazi aún le retumbaban en los oídos.

Sentía las muñecas vivas de dolor por las tiras de cuero con las que la habían atado a la silla y, en cada hueso de su cuerpo, persistía un calambre sordo tras la helada zambullida para escapar del hidroavión en el lago de Biscarrosse.

El dolor físico y el trauma de haber sido acorralada en territorio enemigo la tenían al borde del colapso.

Sin embargo, la temperatura del comedor, que aumentaba con los vapores de la cocina y el aroma denso de la villa de Gallinara, comenzaba a ejercer un efecto extraño.

Aquel ambiente recargado de arte antiguo y la calidez de la estancia actuaban sobre ella como un narcótico suave.

Poco a poco, una ebriedad pesada la iba envolviendo, amortiguando los ecos del horror reciente y arrastrándola hacia la fascinante y peligrosa atmósfera que reinaba en la isla.

El anfitrión se encaminó hasta la punta de la mesa, de madera oscura y pulida, que estaba cubierta con un mantel bordado que parecía demasiado delicado para soportar lo que estaba por llegar.

Apenas estaban tomando asiento cuando las criadas empezaron a entrar. Primero llegó el olor desde el otro lado de las puertas que conectaban el comedor con la cocina: aceite caliente, trufa, ajo y mantequilla. Un aroma tan denso que Evelyn sintió que podía masticarlo.

Las dos mujeres que servían llegaron con los primeros platos. Giorgio sacudió su servilleta para abrirla y se la colocó cubriendo el pecho como si fuera una corbatilla desplegada.

—Ah –dijo simulando sorpresa. –¡ Antipasti !

Una de las mujeres dejó una bandeja enorme, de plata labrada, repleta de comida delante del anfitrión.

—Esto es —señalaba con el dedo — Vitello tonnato . Finas lonchas de ternera cubiertas de salsa de atún y alcaparras.

Los tres invitados miraban cómo la mole del otro lado de la mesa levantaba los brazos con cada plato.

—Uno de mis favoritos. Acciughe al verde. Anchoas en salsa de perejil y ajo.

Cogió una de ellas, la más grande y brillante, y le dio un mordisco haciendo que un hilo de la salsa le resbalara desde la comisura hasta la barbilla.

Delante de Evelyn una de las criadas dejó una bandeja con una especie de tortillas doradas y brillantes.

El olor del aceite era intenso y le hizo recular la cabeza un instante.

—¡ Farinata ! —dijo Giorgio desde el otro lado de la mesa. —Tortas de garbanzo. Riquísimas.

Giorgio se frotó las manos, encantado.

—¡Ah, Liguria! —exclamó—. La tierra donde incluso los aperitivos pueden resucitar a un muerto.

Se sirvió él mismo un plato enorme, mientras los demás apenas tocaban el pan. Evelyn tragó saliva. El olor a anchoas era tan fuerte que le picaba la nariz.

Los criados trajeron una fuente humeante llena hasta el borde de pesto. Espeso, casi sólido, con un verde oscuro que delataba una cantidad obscena de albahaca, piñones y queso pecorino.

Giorgio hundió la cuchara con un gemido de placer.

—El secreto está en el mortero —dijo, guiñando un ojo a Evelyn—. Nada de máquinas. El sabor… debe sufrir.

Evelyn sonrió con educación, pero el olor a ajo y queso era tan intenso que tuvo que respirar por la boca.

Brandt ni siquiera intentó disimularlo, rompió un trozo de torta y lo dejó en el plato para que no se viera vacío.

Emmett, como siempre, permanecía inmóvil, mirando el mantel.

Parecía indeciso o atónito ante el espectáculo culinario.

Cuando trajeron el siguiente plato, el aire se volvió más pesado aún.

Conejo guisado con aceitunas, vino tinto, romero y piñones. La salsa era tan oscura que parecía tinta. Giorgio cortó un trozo enorme, lo llevó a la boca y cerró los ojos con un suspiro casi sensual.

— Coniglio alla ligure. La carne… debe deshacerse —dijo, con la voz pastosa—. Como la voluntad de los hombres cuando entienden su lugar en el mundo.

Evelyn sintió un escalofrío. No por la frase, sino por cómo la dijo.

Giorgio comía de todo, casi sin mirar. Apenas vaciaba el plato, volcaba otra cucharada de algo con una rapidez sorprendente para su tamaño. Cada bocado iba acompañado de un sonido húmedo, una respiración pesada, un suspiro satisfecho.

Evelyn no podía apartar la vista.

Era como ver a un animal salvaje devorando una presa.

Como si fuera un espectáculo de circo, las criadas entraban y salían por la puerta que llevaba a la cocina y llenaban la mesa con varios platos de carne, pescado y caldos humeantes. Poco a poco, Giorgio fue desapareciendo detrás de la montaña de comida que iba creciendo en medio de la mesa.

Después de media hora al fin llegó el postre. Un pastel enorme, redondo, cubierto de azúcar glas.

— Torta di nocciole del Piemonte —dijo Giorgio y cortó una porción que habría alimentado a una familia entera.

Al clavar el cuchillo y separar el trozo, Evelyn vio que era densa como un bloque y desprendía un aroma dulce que embriagaba el aire.

—El azúcar —dijo, con la boca llena— es el verdadero oro de Europa. Más valioso que cualquier corona.

Evelyn sintió que el estómago se le cerraba aún más. No había probado ni un bocado, pero estaba empachada solo de mirar.

Brandt se inclinó hacia ella y murmuró:

—No te preocupes, nadie come cuando Giorgio lo hace.

Ella asintió, y sonrió agradecida.

Giorgio alzó la copa de Barolo —un vino tan denso y oscuro que parecía tragar la luz de las velas— y la sostuvo en el aire.

La sonrisa de su rostro mantenía la misma curvatura grotesca de toda la comida, pero la piel alrededor de sus ojos ya no se arrugaba.

Sus pupilas se habían quedado fijas, frías, ajenas a la calidez de la mesa.

—Brindemos —dijo. Su voz ya no retumbaba con la jocosidad de antes; había bajado un tono, volviéndose sólida y pesada—. Por la causa. Por el orden. Por el equilibrio del mundo.

Evelyn levantó su copa por puro instinto social, un gesto automático para no desentonar, y se la llevó a los labios sin llegar a beber.

Mientras Giorgio echaba la cabeza hacia atrás y el líquido caía por su garganta, la tensión en su cuello reveló algo distinto.

No había placer en el trago. Sus dedos gruesos apretaban el tallo de cristal con una fuerza calibrada, casi quirúrgica, y el movimiento de su mandíbula al tragar fue lento, metódico.

El sudor de la ingesta le brillaba en las sienes, pero el aire a su alrededor parecía haberse congelado.

Fue al bajar la cabeza cuando Evelyn tropezó con esa nueva realidad.

Giorgio dejó la copa sobre la mesa. El choque del cristal contra la madera sonó sordo, denso, cargado de un peso excesivo. La boca volvía a sonreír, pero la mirada con la que la sostuvo a ella ya no buscaba la simpatía del anfitrión.

En la inmovilidad de sus facciones, en la forma en que su sombra abarcaba la cabecera del comedor sin que él necesitara moverse un solo milímetro, la mesa entera pareció encogerse.

La comida, la sala, las ventanas batidas por la tormenta e incluso el aire sofocante que Evelyn intentaba respirar habían dejado de ser el escenario de una cena extravagante.

Todo en la estancia había pasado a pertenecerle a él. Y ellos, simplemente, estaban sentados en su mesa.

—Ah… —exhaló, acomodándose en la silla que crujió bajo su peso—. Qué tiempos vivimos, ¿verdad? Tiempos de ruido, de confusión. De gente pequeñita que cree que puede cambiar el mundo con sus pequeñas manos.

Evelyn sintió que la miraba demasiado. No directamente pero como si cada palabra fuera para ella.

—Los tiempos siempre cambian, Giorgio. Es su naturaleza –dijo Brandt y se aclaró la garganta.

Giorgio soltó una carcajada corta, que terminó en un silbido.

—¡Ah, Bernhard! Siempre tan… filosófico. Pero no. No, no, no. El mundo no cambia. La gente cree que cambia —levantó el dedo índice—. Pero el orden… el orden permanece.

Se inclinó hacia adelante y la mesa se hundió un poco bajo su peso.

—Y nosotros —dijo, señalando el pecho con el dedo grueso— somos los guardianes de ese orden.

Evelyn sintió un escalofrío. No por lo que decía, sino por la devoción que ponía en cada palabra. Giorgio dio un golpe suave en la mesa, casi delicado, pero su respiración era pesada, irregular, como si el vino hubiera encendido algo dentro de él. Evelyn notó que su sonrisa ya no era amable.

Era… demasiado amplia. Demasiado fija. Como una máscara que empezaba a resquebrajarse.

—Ah… —dijo él, pasándose la lengua por los labios manchados de vino—. Qué maravilla tener compañía. La soledad… es un veneno lento.

Una de las criadas apareció detrás de él con una bandeja de plata. Llevaba más dulces, más pastas, más cosas que nadie había pedido. Caminaba con cuidado, intentando no hacer ruido.

Giorgio levantó el brazo para servirse más vino y su codo golpeó la bandeja, haciéndola volar por los aires hasta estrellarse contra el suelo de mármol. El sonido metálico retumbó en toda la sala.

Los dulces se desparramaron como piezas de ajedrez de un tablero roto. La criada se quedó paralizada, con las manos temblorosas.

—Mi… mi señor, lo siento… —balbuceó.

Giorgio no se giró. No la miró. Solo dejó que el silencio se alargara.

Evelyn sintió cómo el aire se volvía denso, casi sólido. Brandt tensó la mandíbula temiendo lo peor. Emmett bajó la mirada.

Finalmente, Giorgio habló.

—¿Lo sientes? —preguntó, con una voz tan oscura y profunda que resultaba más inquietante que un grito.

La criada tragó saliva. Cualquier palabra que tuviera en la garganta quedó allí atrapada por el miedo.

Se acercó a la criada con pasos lentos, pesados, cada uno marcando el suelo como un sello.

Evelyn sintió un impulso visceral de levantarse, de interponerse, pero Brandt le puso una mano en el brazo, apenas un roce. Ella vio en su mirada un «no lo hagas».

Giorgio se detuvo frente a la joven y ella bajó la cabeza.

—¡Mira lo que has hecho! —dijo él, señalando el suelo con un gesto teatral, casi ridículo si no fuera tan amenazante—. ¿Sabes cuánto cuesta esto?

La criada abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

Giorgio inclinó la cabeza hacia un lado, como un animal curioso y de pronto le asestó un bofetón que le obligó a caer de rodillas al suelo.

—¡Giorgio! —Brandt levantó la voz sin pensar.

La mole levantó la mano con el índice estirado hacia él, sin mirarlo. Aquello no era asunto suyo. La criada empezó a temblar.

—Lo… lo limpiaré enseguida, señor.

Giorgio sonrió. Una sonrisa de satisfacción al ver su poder reconocido.

—Claro que lo harás.

Entonces, sin previo aviso, dio un paso hacia ella.

No la tocó. No levantó la mano. No gritó más.

Solo su mera proximidad, su hedor, su respiración entrecortada y empalagosa, su sombra enorme cayendo sobre ella…

Fue suficiente para que la chica se retirara unos centímetros y sin levantarse del suelo empezara a recoger los dulces con las manos temblorosas.

Giorgio la observó hasta que terminó y vio cómo se retiraba por la puerta que llevaba a la cocina aun temblando. Luego se giró hacia la mesa, recuperando su sonrisa amable como si nada hubiera pasado.

—Disculpad el pequeño incidente —dijo, volviendo a sentarse. —La juventud de hoy… tan torpe, tan distraída. Pero no importa. Aquí, en esta casa, todos aprendemos cuál es nuestro lugar.

Evelyn sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Brandt evitaba mirarla y Emmett parecía una estatua.

Giorgio levantó la copa de nuevo.

—Ahora sí —dijo, con una voz que ya no tenía nada de humano—. Continuemos.

Evelyn miró a su alrededor. La estancia pareció ensombrecerse, mientras la tormenta de fuera parecía intentar colarse por las grietas de la casa hacia el interior. La mansión de la isla Gallinara dejó de ser un paraje repleto de maravillas.

Evelyn acababa de entrar en la cueva de Taurus.