La estirpe de Mitra Capítulo 28
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Capítulo 28

Hacía una hora y media que Étienne se había reunido con Brandt en el bosque cerca de Biscarrosse y ya empezaban a ver los carteles que indicaban que Hendaya estaba cerca.

Dos soldados vestidos de paisano ocupaban la parte delantera. En silencio y con la vista clavada al frente, atentos a cualquier movimiento entre la penumbra de las Landas.

Detrás, Lacroix observaba a su hermano de armas mirar por la ventana, callado, pensativo.

—Llevas sin decir nada desde que has salido de la reunión —le dijo Lacroix a Étienne.

El otro pareció ignorar el comentario, inmerso en sus propios pensamientos.

—Étienne —Lacroix le dio un golpe en el muslo con la palma de la mano.

—León —dijo el otro, con brusquedad—, te he dicho mil veces que utilices el nombre de la Orden. Y más si están tus hombres delante.

Lacroix cruzó una mirada rápida con el conductor a través del espejo retrovisor y este volvió a poner los ojos en la carretera.

—Aún no has explicado porque nos dirigimos a España. ¿Qué se nos ha perdido allí?

León resopló y miró a su compañero dispuesto a dar explicaciones.

—Los ingleses han recuperado el artefacto.

Los ojos de Lacroix se abrieron de par en par.

—¿Entonces era cierto? ¿Estaba oculta en Londres?

León no respondió. Solo miró de nuevo por la ventanilla. A lo lejos pudo divisar el paso fronterizo. Las dos casetas de los guardias custodiaban una barrera rojiblanca que cortaba la carretera.

—¿Pero eso qué tiene que ver con este viaje al País Vasco?

—Salieron en barco desde Inglaterra hace unos días y llegarán en algún momento al puerto de Pasaia.

—¿No tenían otra manera de ir hacia Italia? —preguntó Lacroix.

Los dos parecían poco encantados con la idea de tener que cruzar la frontera y seguir al grupo de ingleses hasta que llegaran a Italia.

—Las órdenes del Cuervo son de no intervención. Solo si la situación pone en peligro el artefacto —explicó León a su compañero.

—¿Y si llegan hasta Italia? —preguntó Lacroix.

—No llegarán —respondió León—. Brandt tendrá el hidroavión preparado en Talarn.

—¿Talarn?

—Una pequeña población al noreste, cerca de Andorra. Allí hay un embalse donde amerizar el Short del Cuervo.

—En fin, que vamos de niñeras.

Al divisar la garita del puesto fronterizo de Hendaya, el conductor redujo la marcha hasta detener el Mercedes por completo.

Iluminada por los focos amarillentos entre la niebla del puente sobre el Bidasoa, el centinela se aproximó con la linterna en alto, haciendo un gesto seco con la mano.

El soldado que ocupaba el asiento del copiloto sacó sin prisa la carpeta de cuero por la ventanilla y mostró la Passierschein especial firmada por el mando militar de la Francia ocupada.

El oficial alemán examinó la orden de circulación.

Esta concedía libre tránsito prioritario y sin inspección a ambos lados de la frontera para misiones especiales de contrainteligencia.

Comprobaron la validez en la garita y lo marcaron con el sello de tinta violeta con el águila imperial.

El soldado volvió al vehículo y con un asentimiento frío hizo una señal al compañero de la barrera de madera que la levantó con un chillido sordo.

El Mercedes volvió a arrancar, cruzando la línea invisible hacia Guipúzcoa y adentrándose en las curvas oscuras que bordeaban la costa española.

Una hora y media más tarde, el motor del Mercedes se apagó a cubierto, tras los muros de los viejos almacenes de madera y arenisca que dominaban la bocana del puerto de Pasaia. El sol ya iluminaba por completo las aguas negras de la bahía, y los estibadores empezaban la jornada en la dársena.

Desde la elevación de la carretera, ocultos tras la pared posterior de un pabellón pesquero, los dos se agazaparon junto al muro de piedra. Étienne sacó los prismáticos ajustando la rueda de enfoque.

Allí abajo, mecido por la marea baja, descansaba el casco oscuro del carguero Centauro .

Junto a la pasarela de desembarco, varias figuras se movían con prisa coordinada entre la niebla del puerto.

Siguió buscando hasta que localizó un grupo de cuatro tipos cargados con macutos. Étienne sonrió al reconocerlos.

—Se les ve a la legua —dijo mientras le pasaba los prismáticos a Lacroix.

El compañero los vio hablar con un tipo grande y barbudo.

—¿Seguro que son ellos?

Los ingleses subieron a la parte trasera de la camioneta.

—Confirmado, son ellos.

Los dos vieron cómo arrancaba el vehículo y se alejaba del muelle por la carretera que bordeaba la costa.

—¿Y ahora qué? —preguntó Lacroix mientras volvían a Mercedes.

—Ahora a seguirlos.