Capítulo 27 #2
En cuanto la pareja de guardias desapareció detrás de la dársena, los dos marineros corrieron hasta la bodega de la tripulación para levantar la pesada trampilla de madera del suelo.
Los cuatro ocultos salieron de dentro como si les faltara el aire; sin mediar palabra, Henry pasó corriendo entre los dos oficiales escaleras arriba.
—¿Y esas prisas? —dijo Andoni mirando a Henry desaparecer.
—¡Más te vale que no lo hayan cogido! —decía Greta mientras salía del agujero.
—¿Qué ocurre? —preguntó Manuel.
—El muy burro se ha dejado la bolsa en el comedor —dijo Greta mientras subía las escaleras detrás de Henry.
—¿Y qué pasa? —Manuel la siguió.
—¡Qué el encargo está la bolsa!
Llegaron al comedor con prisas y frenaron al cruzar la puerta. Henry estaba de espaldas a ellos con la cabeza agachada.
—¡Mierda, joder! —dijo en voz baja.
—¿Se la han llevado? —Samuel estaba realmente asustado.
—Henry, no me jodas –dijo Greta intentando mantener la calma.
Henry se giró hacia ellos con el macuto entre las manos, abierto, para que pudieran ver el interior.
—Me han quitado el tabaco —dijo muy serio—. ¡Maldita sea!
—¡Eres imbécil! —le gritó Greta.
—¿Sabes lo difícil que es conseguir esa mezcla?
Greta se abalanzó sobre él como una fiera y le arrebató el macuto de las manos. Sacó la pieza envuelta en telas y le lanzó la bolsa a la cara. Henry consiguió cogerla al vuelo, pero algo rígido le golpeó en la frente.
—¡A partir de ahora —gritó con el artefacto en alto—, esto lo llevará Sarah!
Se lo encajó contra el pecho a Sarah, que lo abrazó torpemente. Sintió la rigidez del plato a través del paño, consciente de pronto de que se había convertido en el centro de todas las miradas.
—Yo… —balbuceó, sin atreverse a apretarlo demasiado.
—Greta —dijo Samuel—, creo que yo podría…
—Tú también tendrías que haber vigilado esto. Así que silencio —lo interrumpió de golpe.
Enmudecieron los cuatro en el comedor. La tensión empezó a pesar hasta que Manuel, que se había quedado a un lado sin entender lo que ocurría, decidió hablar.
—Greta, os esperan en el muelle.
Se giró con calma hacia el capitán.
—Danos unos minutos.
Manuel y Andoni salieron a la cubierta a esperar mientras veían una camioneta acercarse al muelle. De la cabina bajó un hombre grande, con una barba prominente y una sonrisa amable que los saludó.
Mientras los marineros bajaban varias cajas de menor tamaño guardadas en la bodega del personal y las cargaban en la trasera de la furgoneta, el grupo salió del interior del barco y bajó también a tierra.
Los cuatro se quitaron la chaqueta al notar que el frío del lugar no era tan gélido como el de casa.
Henry se fijó en el rostro de los estibadores, que iban entrando en carretillas todo un cargamento de barriles a uno de los almacenes próximos.
Rostros delgados, huesudos y tristes. Sus ropas llenas de parches y remiendos les hacían parecer mendigos trabajando por unas migas de pan.
Mientras, Greta hablaba con Manuel y el desconocido al lado de la furgoneta.
Pasaron cerca de ellos un par de camiones con depósitos que dejaron en el ambiente un pesado olor a gasógeno.
—¿Habéis notado el silencio que hay? —dijo Sarah, mirando el puerto desde los pies de la pasarela.
—Y todo parece roto y quemado —Samuel miraba los viejos cobertizos que abarcaban toda la extensión del muelle de Pasaia.
—Acaban de salir de una guerra, chicos —dijo Henry—. ¿Cómo queréis que estén?
Greta se acercó a ellos.
—Bien. Ese es Iñaki, un mercader de Pamplona. Lleva parte del cargamento de Manuel hacia Huesca. Nos puede llevar hasta allí, pero hay que ir detrás, con la carga.
Todos se miraron, cansados, exhaustos, pero aceptando que ya no estaban en casa y encima estaban en territorio hostil.
Aquí no solo eran extranjeros, eran enemigos del gobierno.
Si eran capturados daba igual la Clavis Astralis , daba igual el encargo.
Podían acabar presos o peor; muertos en una cuneta cualquiera.
—Lo que sea, Greta, pero avancemos ya —dijo Samuel con un tono apagado.
Era el que peor había llevado el viaje por mar; su rostro reflejaba aún el malestar del oleaje y pedía a gritos descansar en tierra.
Se les acercó su nuevo guía y les hizo un gesto con la cabeza. Abrió la puerta trasera del pequeño camión y se giró hacia el grupo.
—Subid atrás —ordenó Iñaki con un gesto seco, sin dejar de vigilar el extremo del muelle—. Entre las cajas de piezas de motor hay un par de mantas, las vais a necesitar. El aire del norte no perdona a los que vienen de fuera.
Henry subió el primero y ayudó a un Samuel, todavía pálido, a subir al espacio oscuro y viciado de la furgoneta.
Antes de saltar al interior, Sarah vio unos hombres trajeados apoyados en un gran Mercedes Benz, y a otro que permanecía en el interior del vehículo.
Los miraban como si los estuvieran esperando.
Abrazó el macuto contra su pecho. Notó el bulto del plato de latón presionando contra sus costillas, como un recordatorio constante del peso que ahora cargaba, y entró de un salto en la camioneta.
—¿Todo bien? –-le preguntó Henry al ver su rostro.
—Sí, tranquilo. Unos tipos nos miraban desde lejos.
—Acostúmbrate. Cuando sales a otro país siempre te mirarán mal.
La puerta trasera se cerró con un estruendo metálico que resonó en el silencio sepulcral del puerto, dejándolos en una penumbra rota solo por las rendijas de la chapa. Quietos, hechos un ovillo, se miraban entre ellos con una mezcla de nervios y miedo.
Segundos después, el motor tosió con violencia, soltando una nube de humo negro. Cuando la camioneta empezó a traquetear sobre los adoquines, Henry supo que el mar ya no podía protegerlos. Estaban entrando en una tierra de lobos heridos y hambrientos.