Capítulo 27
Samuel andaba por la cubierta del carguero intentando recuperarse.
El aire fresco en la cara le reducía el malestar y la sensación de náuseas.
No era su primera vez en el mar, pero la otra vez tuvo un viaje tranquilo en la zona del estrecho hasta las costas de la Normandía y ahora se encontraba en el mar Cantábrico en pleno enero, que no era tan amable y esos días las aguas estaban bravas.
El Centauro hacía esa ruta tres veces al mes y Manuel conocía todos los problemas que podían surgir. En aguas abiertas y lejos de la costa todo era fácil, pero a medida que se acercaban a Guipúzcoa tenían que ir con pies de plomo con las patrulleras que vigilaban la costa.
El vigía oteaba el horizonte buscando cualquier señal de botes de la Guardia Civil y el resto de la pequeña tripulación permanecía en sus puestos por si acaso daban la señal de alerta.
En este caso el Centauro no transportaba contrabando, pero Manuel sabía que los cuatro invitados a bordo eran mercancía peligrosa en caso de una inspección, así que tenían que ser tratados como tal.
Uno de los marineros se acercó a Samuel, que aún se agarraba a la barandilla de la cubierta con fuerza, intentando no caer.
—Hay que ir abajo. —Le indicó con señas para hacerse entender—. Que estamos cerca y hay picoletos nadando.
Samuel le miró fijamente, intentando entender lo que le estaba ordenando el hombre.
—¡Picoletos! ¡Policía! ¿Entiendes? —el marinero hacía con las manos una representación del tricornio tan característico de los guardias civiles.
Al oír la palabra « policía », Samuel reaccionó al momento y comprendió que era lo que trataba de decirle el marinero.
El capitán mandó aminorar la marcha y los motores temblaron hasta que el sonido se volvió un leve ronroneo.
Llevaban cuatro días viajando desde que habían dejado atrás Cardiff.
Ahora, por fin, la costa vasca asomaba en el horizonte, una línea oscura recortada contra el cielo gris.
El carguero entró en la bahía cuando el sol ya empezaba a hundirse por el oeste.
Cuando estaban a tan solo unos pocos kilómetros de llegar a puerto, Emilio, el vigía, avistó una motora de los guardacostas que patrullaba por delante de ellos.
—¡Capitán! —gritó mientras señalaba hacia la proa—. Los verdes al frente. Van hacia el este.
—Espero que estén en otra cosa —dijo Manuel.
Entró en el puente de mando y desde allí los buscó con los prismáticos. Se quedó un rato observándolos para ver si viraban o no su ruta.
—¿Qué hago Capitán? —dijo el timonel que permanecía agarrado a los mandos.
—Mantenga el rumbo y la marcha. —Salió a la cubierta de nuevo y se encontró con Andoni, el primer oficial—. Baje a nuestros invitados al muelle de carga y que se metan en el cajón.
—Sí señor —dijo Andoni.
Bajó las escaleras hasta la zona de los camarotes e hizo una señal a Henry y a Greta, que estaban sentados en el comedor.
—Estamos llegando a Pasaia. Hay que esconderse.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Sarah desde el fondo de la habitación.
—Nos van a llevar a un escondite —dijo Greta traduciendo—. Ya queda poco para llegar.
Siguieron al hombre escaleras abajo. El primer oficial levantó una plancha de madera en el suelo de la bodega, dejando al descubierto no un doble fondo real, sino una rendija de mantenimiento, encajonada entre tuberías ardientes y vigas de hierro.
El aire subió denso, saturado de aceite viejo y metal caliente.
Les indicó con un gesto rápido que bajaran.
—Ahí no cabe ni un perro —soltó Henry, dando un paso atrás al medir el hueco con la mirada.
—Es esto o el calabozo —zanjó Andoni sin mirarlo—. O los guardias.
—Nos está pidiendo que nos empaquetemos vivos ahí dentro —dijo Henry, observando el hueco con una mezcla de incredulidad y asco.
—No hay otro sitio —replicó Greta, empujándolo levemente por el hombro—. Dentro. Ya.
Se colaron a duras penas. El espacio obligaba a doblar la espalda y encajar hombro con hombro en una geometría imposible.
Tuvieron que cruzar las piernas entre tuberías que abrasaban la ropa.
La tapa de madera bajó de golpe, reduciendo el mundo a un cajón oscuro y sofocante donde el aire tardó segundos en volverse escaso mientras oían a Andoni arrastrar cajas justo encima.
El carguero entró en la bahía a media tarde.
El sol ya se hundía por el oeste, tiñendo de cobre los muelles.
Entre las grúas inmóviles y los almacenes de ladrillo, algunos estibadores fumaban apoyados en las barandillas.
Más allá, dos guardias civiles patrullaban con paso lento, sus tricornios recortados contra la luz.
El barco avanzó despacio, como si quisiera pasar desapercibido.
En la dársena, un estibador señalaba el atraque donde debían amarrar.
Una vez atados los cabos y bajada la pasarela, empezaron a desembarcar las mercancías que traían a bordo. Manuel y su primer oficial se quedaron apoyados en la barandilla viendo a sus hombres trabajar.
—Atento —dijo Andoni sin gesticular—. Picoletos abajo.
La pareja de guardias civiles subió por la pasarela sin pedir permiso. Con el mosquetón colgado en la espalda y la mano apoyada en la cartuchera. El primero, un hombre de bigote fino y gesto duro, se plantó ante el capitán.
—Guardia Civil. Registro rutinario. Documentación.
Manuel, que ya estaba acostumbrado a estas situaciones, los miró con el cigarrillo en la boca, sin inmutarse. El segundo guardia civil no dijo nada; mantenía la vista fija en la bodega y la mano apoyada en el mosquetón.
—¿Qué transportan?
—Maquinaria —respondió el capitán.
—Lo veremos.
El guardia que no hablaba desapareció por la escotilla, como si conociera el barco mejor que la propia tripulación. Andoni lo siguió con la mirada y el del bigote se percató de ello.
—¿De dónde vienen? —preguntó tajante el guardia.
—Oficial —ordenó Manuel a su compañero—, vaya a buscar los documentos a mi camarote.
—Señor —respondió Andoni y seguidamente se fue.
—Venimos de Cardiff, agente. Traemos maquinaria para motores.
El guardia más joven avanzaba por el pasillo de los camarotes, haciendo crujir las maderas al asomarse a cada puerta, hasta que dio con el comedor.
Sobre una de las mesas había quedado un macuto medio abierto.
Apoyó el mosquetón contra su costado y hundió la mano a ciegas en el fondo del bolso.
Apartó a un lado un bloc de notas, rozó una linterna y sus dedos tropezaron con la superficie fría de algo metálico.
Un ruido sordo llegó del agujero de las escaleras.
Dejó la bolsa a un lado y se quedó quieto mirando hacia el piso de abajo, escuchando el silencio. Detrás de él se oyeron unos pasos y se giró con el mosquetón en alto.
—¡Quién anda ahí! —gritó.
Andoni, con la documentación recién cogida y con las manos en alto en medio del pasillo, lo miraba fijamente.
—¿Qué hace aquí? —el guardia se acercó sin dejar de apuntarlo.
—La documentación —movió la mano para que viera los papeles.
El guardia le arrebató las hojas con un gesto brusco sin dejar de clavarle la mirada. Leyó por encima la primera hoja sin dejar de mirar al hombre que tenía delante con las manos arriba. El guardia hizo un gesto rápido con la cabeza.
—¿Y estas escaleras?
—Bajan a la bodega del personal —Andoni agachó la cabeza por miedo a que pudiera notar algo en su mirada.
—Enséñamela —dijo el guardia lentamente y masticando las palabras—. Tú primero.
El primer oficial bajó las escaleras pisando fuerte, haciendo que sus botas resonaran en cada peldaño metálico. No se le ocurrió otra manera de advertir su presencia al grupo.
—¿Qué haces? —le dijo el guardia mientras bajaba por detrás—. ¿Eres tonto?
Es que... Estas escaleras resbalan un poco. Y hay que pisar fuerte.
—Tira p’alante —le empujó la espalda con el mosquetón.
Cruzaron el pasillo inferior y entraron a la bodega del barco. Una sala mal iluminada con una bombilla que colgaba del techo. Un olor rancio y denso flotaba en el aire. Había cajas de madera amontonadas al fondo, dos botas de vino y varios sacos de arpillera apilados a un lado.
—¿Qué es eso? —señaló con el mosquetón.
—Verduras, patatas, comida para la tripulación.
El guardia avanzó hacia las cajas de madera hasta ponerse justo encima de la chapa.
Andoni intentó tragar saliva, pero un nudo del tamaño de una nuez le había cerrado la garganta.
El otro sacó el cuchillo de la funda, un machete de un palmo y lo utilizó para hacer palanca en una de las cajas.
La tapa se despegó de golpe cayendo al suelo y dejando al descubierto el interior.
—Bueno, ¿qué tenemos aquí? —dijo el guardia con una sonrisa.
Al girarse llevaba entre las manos un par de tabletas de chocolate suizo.
Al primer oficial le cayó una gota de sudor por la sien y bajó la mirada, temiendo lo peor.
Entornó los ojos esperando el golpe y la espera se le hizo eterna.
Sin embargo, el guardia solo abrió la chaqueta y se las metió dentro.
Miró de reojo la caja y cogió un par más.
—Es que somos familia numerosa. —Le dio un par de palmaditas en la mejilla—. ¿Sabe lo que quiero decir?
Salió de la bodega dejando a Andoni congelado en medio de la habitación, al borde de un ataque de nervios.
Cuando llegó a la cubierta para volver con su compañero, le entregó el manojo de hojas de documentos. El del bigote fino los leyó con un poco de atención y, tras unos segundos, levantó la mirada hacia Manuel.
—Pueden continuar —dijo mientras le entregaba los documentos.
El guardia no sonrió. Simplemente se ajustó el mosquetón y se alejó con paso firme. Su compañero, en cambio, avanzaba detrás de él mostrando una sonrisa.
Manuel, quieto en la cubierta, veía a la pareja alejarse por el muelle, mientras los mozos del almacén más cercano empezaban a bajar con la grúa las grandes cajas de la bodega, que ahora ya permanecía abierta al exterior.