La estirpe de Mitra Capítulo 26
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Capítulo 26

El golfo de Liguria despertó esa mañana con el cielo aún encapotado. A medianoche unas nubes negras empezaron a tapar el cielo que descargaron una tormenta fina y abundante. De esas aguas que agradecen los campos, que inundan, pero no ahogan.

La Riviera di Ponente , así se conocía esa zona del golfo de Albenga, estaba repleta de campos de olivos y viñedos que en esa época del año descansaban tranquilamente.

Frente al golfo, a no mucha distancia de la costa, en medio del mar gris de invierno, se levantaba la isla de Gallinara, un peñón repleto de vegetación y bosques de pinos y encinas.

El lado norte era más escarpado, lleno de riscos y pequeños cortantes en la roca, como muros verticales donde picaban con fuerza las olas, levantando espuma de mar en el aire.

La ladera sur era todo lo contrario, dotada de una pendiente suave y un pequeño golfo que calmaba las aguas.

Eso había permitido construir un pequeño muelle para que pudieran atracar embarcaciones.

Desde la barca, la costa de Albenga se dibujaba como una franja oscura salpicada de luces dispersas.

En la llanura, los campos de alcachofas y coles formaban manchas ordenadas bajo la humedad del invierno.

Más arriba, los viñedos desnudos dibujaban líneas negras en las colinas, y los olivos, siempre verdes, parecían vigilar el mar.

No era un paisaje muerto, sino uno que respiraba en silencio.

Bernhard Brandt y Emmett se habían sentado de espaldas al paisaje y no parecía preocuparles lo más mínimo.

Brandt, con las solapas del abrigo levantadas para protegerse el cuello del frío y la lluvia, solo miraba hacia el horizonte, esperando llegar.

Las gotas de lluvia corrían por el ala de su sombrero y se deslizaban hasta llegar al borde para dejarse caer a sus pies.

Emmett, también con el abrigo levantado, no llevaba sombrero y el agua le había calado el pelo dejándolo pegado a la cabeza.

Pero su rostro era completamente estático, como si la lluvia no fuera una molestia.

Evelyn, por el contrario, no salía de su asombro.

A sus veintiséis años nunca había salido de las islas británicas, y en apenas tres días su vida había dado un giro tan radical que no era capaz de entender todo lo que estaba viviendo.

Aún estaba procesando toda la información que había leído en el viaje; tenía el corazón cabalgando como un potro tras el vuelo y ahora se le sumaba la llegada a esa isla y la villa que había en la cumbre.

–¿Bien? –dijo Brandt.

–¿Qué? –preguntó Evelyn volviendo de sus pensamientos.

–¿Qué si estás bien? –repitió.

–Un poco aturdida.

El vaivén de la barcaza la obligaba a tener que aferrarse al borde y cada ola que golpeaba el lateral le salpicaba las piernas.

–Tranquila, seguro que el Escorpión nos espera con uno de sus famosos almuerzos. Son capaces de devolver a la vida a un muerto –dijo Brandt con una leve sonrisa.

–¿El Escorpión ha dicho? –preguntó ella extrañada.

–Es el nombre en clave de nuestro anfitrión, luego lo entenderás. Es un hombre al que le apasiona el placer de un buen manjar y no dudará en sacarlo a relucir en cualquier momento.

La barcaza llegó al golfo de la isla y redujo la velocidad.

El motor dejó de ronronear y poco a poco fueron acercándose al muelle mientras el oleaje los mecía suavemente.

El barquero saltó a las maderas y amarró el cabo.

El ama de llaves de la casona les esperaba a los pies de la larga escalinata.

Entregó un paraguas al señor Emmett, que se resguardaba de la lluvia junto a Brandt, y Evelyn acompañó a la mujer con cuidado de no resbalar.

Entraron a la casa por una puerta lateral que daba directo a un pequeño salón destinado a recibir visitas.

–No me lo puedo creer –dijo Evelyn viendo los cuadros y las esculturas del salón–. Nunca había visto tanta obra renacentista junta en un mismo lugar.

Evelyn avanzó despacio, empapada aún por la lluvia, con los ojos muy abiertos.

El salón no era grande, pero cada centímetro parecía contener siglos de historia comprimidos en un solo espacio.

Un tapiz flamenco cubría la pared principal.

A su lado, un busto de mármol blanco se erguía en un pedestal oscuro, iluminado por una lámpara de aceite que proyectaba sombras suaves sobre sus facciones perfectas.

El calor del lugar se hacía palpable y el aire era denso, con un olor muy sutil a rancio. Evelyn buscó con la mirada de dónde podía venir ese olor, pero el lugar la distraía por completo; no dejaba de ver obras imposibles.

—Esto… esto no puede ser real —murmuró Evelyn, acercándose a un cuadro que reconoció al instante—. ¿Es un… Botticelli?

Brandt sonrió, divertido por su reacción.

—Una copia excelente —mintió con descaro—. Nuestro anfitrión tiene un gusto… particular.

Evelyn no estaba convencida. Se inclinó un poco más, observando el trazo, la textura, la pátina del barniz. Si era una copia, era la mejor que había visto en su vida.

—No lo creo —dijo señalando el lienzo—, ese color es amarillo oropimente. Dejó de usarse a finales del siglo XIX porque se fabricaba con sulfuro de arsénico y era muy tóxico. Si fuera una copia habrían utilizado amarillo de cromo. Creo que sí que es un original.

El ama de llaves cerró la puerta tras ellos y avanzó por el pasillo, invitándolos a seguirla. El corredor era estrecho, pero cada nicho, cada repisa, cada hueco estaba ocupado por algo extraordinario, incluso un pequeño retablo gótico que parecía fuera de lugar en una casa privada.

Evelyn, más que caminar, flotaba, incapaz de decidir dónde posar la mirada.

—¿Cómo ha conseguido todo esto? —preguntó en voz baja.

—El Escorpión tiene… contactos —respondió Brandt, sin dar más detalles.

—Tiene que ser alguien muy poderoso —hizo una pausa—. O tiene amigos muy poderosos.

Emmett, como siempre, no dijo nada, solo sonrió levemente con el comentario de Evelyn. Caminaba detrás de ellos, silencioso, con el paraguas aun goteando en su mano.

Subieron una escalera de piedra que serpenteaba hacia la planta superior. Las paredes estaban cubiertas de frescos renacentistas: escenas mitológicas, figuras aladas, dioses y héroes que parecían observarlos al pasar. Evelyn se detuvo un instante ante uno de ellos, un Apolo joven tocando la lira.

—Esto es imposible —susurró—. Este fresco… es del siglo XV. ¿Cómo…?

—No es un hombre que acepte límites —dijo Brandt—. Ni legales, ni morales, ni arquitectónicos. Y la comida, como puedes ver, no es su única pasión.

Llegaron a un gran vestíbulo circular. El techo, abovedado, estaba pintado con un cielo nocturno lleno de astros dorados.

En el centro, una constelación resaltaba frente al resto: las estrellas habían sido pintadas de rojo a excepción de una, la más grande que era de un blanco nuclear reluciente.

Y justo debajo, en medio del vestíbulo, una mesa de mármol sostenía un jarrón romano de casi un metro de altura con una ilustración de mitra y el toro en el centro.

Varias columnas de estilo dórico dispuestas se alineaban alrededor del vestíbulo.

De ellas colgaban candelabros de latón con cuatro bombillas de pera, que iluminaban la estancia con una luz tenue y anaranjada.

El hedor rancio en el ambiente había quedado atrás, y Evelyn percibió que el aire había cambiado. La planta superior olía a incienso, a madera vieja y a algo más… algo dulzón, casi empalagoso.

Evelyn arrugó la nariz.

—¿Huelen eso? –dijo girando hacia la pareja trajeada.

Brandt negó con la cabeza y Emmett levantó los hombros. El ama de llaves se detuvo ante una puerta doble de madera oscura, tallada con motivos de serpientes entrelazadas. Hizo una pequeña reverencia.

—El signore les recibirá en un momento —dijo con un acento italiano marcado y se fue por un pequeño corredor lateral.

Brandt se quitó el sombrero, sacudió unas gotas de agua y se volvió hacia Evelyn.

—Prepárate —dijo con una sonrisa ladeada—. Aquí empieza todo.

Evelyn tragó saliva.

Detrás de la puerta, algo se movió. Un paso pesado. Un murmullo gutural, casi un susurro.

La puerta empezó a abrirse con un gemido lento, casi teatral, como si la propia madera anunciara la llegada de alguien importante.

O de algo inevitable.

El olor dulzón se intensificó, como si alguien hubiera volcado una tinaja de miel en la estancia.

Un aroma denso, empalagoso, como una mezcla de colonia barata, sudor seco y algo lácteo que Evelyn no supo identificar al instante…

pero que le revolvió el estómago. Su olfato, tan fino, captó matices que otros no habrían percibido: humedad en la ropa, restos de comida en la tela, un perfume demasiado fuerte intentando cubrir lo que no podía taparse.

Luego llegó la respiración: cansada, húmeda. Como si cada inhalación fuera un esfuerzo y cada exhalación, un susurro pegajoso.

Y finalmente, apareció él.

Giorgio Gorgonzoni llenó el marco de la puerta antes incluso de cruzarlo.

Su cuerpo ancho, envuelto en un traje de lino que parecía sufrir bajo la tensión de cada costura, avanzó con lentitud.

Su rostro, redondo y brillante, sonreía con una amabilidad tan exagerada que resultaba casi obscena.

Los ojos, pequeños y hundidos, brillaban con una inteligencia fría, casi matemática.

—¡Mis queridos invitados! —exclamó, abriendo los brazos como si quisiera abrazar a los tres a la vez—. ¡Qué alegría teneros por fin en mi humilde morada!

Su voz era honda y cavernosa, pero arrastraba las palabras como si las saboreara demasiado tiempo. Evelyn sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Brandt inclinó la cabeza con una cortesía impecable y le devolvió la sonrisa.

—Giorgio. Siempre es un placer.

—¡Bernhard, viejo amigo! —Gorgonzoni avanzó dos pasos, y el suelo pareció quejarse de su peso—. ¡Y el señor Emmett! —le estrechó la mano con una efusividad casi violenta, sin dejar de sonreír.

Luego sus ojos se posaron en Evelyn.

Y la sonrisa cambió. No se volvió más amable. Ni más desagradable.

Solo… más intensa.

Como si la estuviera evaluando. Como si fuera un objeto nuevo en su colección.

—Y tú… —dijo, alargando la vocal como si la degustara—. Usted debe de ser la señorita Evelyn –hizo una pausa de unos segundos–. Carter.

Evelyn tragó saliva. El olor era más fuerte a esa distancia. Su instinto le gritaba que diera un paso atrás, pero se obligó a mantenerse firme.

—Un placer —dijo ella, con una voz más firme de lo que esperaba.

Gorgonzoni inclinó la cabeza, exageradamente.

—El placer es mío, tesoro. Es tan aburrido estar aquí, solo, en esta isla.

Dio una leve palmada y señaló con la palma de su mano el lugar.

—Sé que usted es una gran experta en arte —hizo una pequeña pausa—. ¿Qué le ha parecido mi pequeña colección?

Evelyn sintió un nudo en el estómago.

—Pequeña… —buscaba las palabras para responder al anfitrión—. Me ha parecido espectacular.

—¡Eso no lo dudo! Señorita Carter —le interrumpió Giorgio—. ¿Algo en particular que le haya llamado su atención?

—No sabría decir… Quizá el Rafael de la escalinata. Conozco esa pieza y hay uno igual en la iglesia de Santa María de la Steccata.

Giorgio soltó una carcajada por la respuesta y se le acercó levemente.

—¿Le cuento un secreto, señorita Carter? —dijo con voz traviesa—. Hace seis años que ya no está en esa iglesia.

Evelyn abrió los ojos al comprender lo que acababa de revelar Giorgio.

—Pero basta de solemnidades. ¡ Venire ! ¡ Venire ! ¿Tenéis hambre?

Evelyn miró a Brandt un segundo y él le devolvió la mirada levantando una ceja.

—El almuerzo os espera y creedme… —sonrió, mostrando unos dientes pequeños, casi infantiles— …os hará olvidar la lluvia, el frío y cualquier duda que hayáis traído con vosotros.

Se giró, esta vez moviéndose con sorprendente agilidad, y los invitó a seguirlo por un pasillo lleno de esculturas en los lados.

—El servicio os acompañará a vuestros aposentos para cambiaros de ropa —Giorgio miró un reloj de cuco que colgaba de la pared—. En cincuenta minutos nos vemos en el gran salón.

Evelyn respiró hondo. El olor seguía allí.

Y algo en su interior le dijo que ese hombre, con su amabilidad exagerada y su presencia invasiva, era mucho más peligroso de lo que parecía.