Capítulo 25
El carguero de Manuel bordeaba las costas de la Bretaña haciendo honor a su nombre. Cabalgando el oleaje como un centauro con las máquinas a máximo rendimiento.
Tras la furia de la borrasca que los había azotado al dejar atrás las costas de Cornualles y adentrarse en el golfo de Vizcaya, el mar parecía haber firmado una tregua.
El sol de la mañana filtraba haces de luz anaranjada a través de los tragaluces de la cubierta, haciendo bailar millones de motas de polvo en el ambiente denso y cálido del comedor de a bordo.
En la mesa central, el aroma a salitre y acero húmedo se mezclaba con el vaho reconfortante del café recién hecho, las rebanadas de pan de centeno tostado sobre la chapa y el guiso de rancho con cebolla y carne enlatada que los marineros habían preparado a primera hora.
—Si te soy sincera, Sammy, creo que la ventana de la furgoneta te hizo un favor —dijo Sarah, pinchando un trozo de patata con el tenedor mientras esbozaba una sonrisa pícara.
Samuel se detuvo con una taza de café a medio camino de la boca y la miró con fingida indignación.
Con la yema del índice izquierdo se rozó sin querer las finas costras rojizas que le cruzaban el pómulo y el lateral de la mandíbula, restos de los pequeños cortes que le habían provocado los cristales al estallar en Tiger Bay.
—¿Un favor? —repuso él—. Pica como el demonio cuando me lavo con agua salada.
—Digo que te da un aire interesante; ya no pareces ese chico de biblioteca —bromeó ella, apoyando los codos en la madera limpia de la mesa—.
Una o dos cicatrices más en la cara y en Pasaia pensarán que eres un contrabandista bregado del Atlántico y no un estudiante que se marea al tercer golpe de mar.
—Cállate y come, Sarah —intervino Greta desde el extremo del banco, aunque el comentario dibujó una leve sonrisa en sus labios.
Greta sostenía un pequeño espejo de mano mientras se ajustaba el cabello con delicadeza. El corte de la sien, que sangraba de forma aparatosa el día que subieron al Centauro, había quedado limpio y bien cerrado gracias a las curas de Txapeta.
Con un movimiento rápido de dedos, peinó un mechón hacia el lado derecho, comprobando satisfecha que la marca quedaba completamente tapada. Además, ya no cojeaba al apoyar el pie, aunque seguía caminando con cautela para no forzar la lesión de la cadera.
En la esquina opuesta de la mesa, Manuel desplegó un mapa náutico del norte de España junto a uno de carreteras del País Vasco y Navarra.
Greta dejó el espejo a un lado y se inclinó sobre el papel, repasando con el dedo la línea de la costa.
—Cuando atraquemos en Pasaia —explicaba Manuel en voz baja, dando una calada a su cigarrillo—, entre el trasiego de la maquinaria y los barriles de aceite, nadie reparará en la camioneta de Iñaki.
Es un hombre discreto. Os llevará hacia el interior, dirección Huesca, cruzando el valle antes de que la Guardia Civil monte los controles nocturnos.
—Nada de trenes ni posadas en pueblos grandes —asintió Greta con tono tajante—. Perfil bajo hasta cruzar la frontera o llegar al punto de encuentro en la costa.
A un lado del grupo, sentado en silencio sobre un cajón de madera, Henry permanecía con los ojos fijos en la superficie negra de su café.
Físicamente, la mejoría era evidente. Las costillas ya no le daban latigazos de dolor en cada exhalación y el corte que le había cosido Txapeta no mostraba rastros de sangre.
Pero su postura reflejaba un pesar, algo que dolía más adentro.
Mientras las bromas de Sarah y las instrucciones logísticas de Greta llenaban la estancia, la mente de Henry volaba a cientos de millas de allí, encallada en el recuerdo del apartamento de White Lion Hill.
Se imaginaba a Evelyn en la penumbra de su salón, aterrorizada, mirando la puerta cada vez que oía pasos en el rellano o esperando en vano una llamada de la policía que le confirmara si su cuerpo había aparecido en algún callejón de la City.
La farsa del secuestro, concebida para protegerla y durar apenas veinticuatro horas, se convertía en una agonía prolongada a medida que los días en el mar los alejaban más de Inglaterra.
El remordimiento le quemaba en la garganta, dejándole un sabor amargo que no lograba quitarse ni con el café.
Greta y Manuel se levantaron para subir al puente de mando y Sarah salió hacia la cubierta a tomar el aire. El comedor quedó sumido en un silencio tranquilo, roto únicamente por el ronroneo grave de los motores del carguero.
Samuel, que hacía girar sobre la mesa el pequeño lingote que cogió en la casa de subastas, se acomodó en el banco, justo al lado de Henry. Se fijó en la pequeña talla de hueso de los Ashvin que este tenía entre los dedos.
—Parece hindú —dijo el joven, refiriéndose a la pieza.
—Se les conoce como los Ashvin —le explicó Henry—, son unas deidades ancestrales. Son gemelos: Nasatya y Dasra.
Dejó la figura de pie encima de la mesa para que Samuel la pudiera observar mejor.
—Ella me contó que Nasatya representaba la verdad y era la protectora de la salud. Y Dasra era la que se encargaba de las heroicidades y la medicina.
—¿Ella? ¿Te lo dio Evelyn?
—No te has acercado para recibir una clase de mitología hindú, ¿verdad? —Henry cambió de tema rápido—. ¿Qué querías?
El chico entendió que había tocado un tema tabú y sacó el paño de lana oscura. Desdobló con cuidado los pliegues hasta dejar al descubierto el brillo aceitoso de la Clavis Astralis .
—De acuerdo —dijo el muchacho en voz baja, llamando su atención—. Échale un vistazo a esto. Llevo un par de horas dándole vueltas a la disposición de las gemas.
Henry parpadeó, sacudiéndose las sombras del pensamiento, y centró su mirada de arqueólogo en el disco de latón.
—Cuéntame qué ves, Sammy —dijo, guardando los Ashvins en la bolsa y ajustándose en la banqueta para dejar que la lógica analítica de su profesión tomara el control, como un refugio necesario.
—Si esto fuera simplemente una rueda de combinación para un cerrojo mecánico, los bajorrelieves del zodiaco en el borde exterior bastarían para marcar los códigos —empezó Samuel, pasando la yema del dedo a milímetros del grabado sin tocar el metal—.
Pero las gemas incrustadas no están colocadas en plano. Tienen un tallado biselado, en ángulo.
Henry se inclinó un poco más sobre la pieza para apreciar ese nuevo detalle.
—Continúa.
—¿Por qué molestarse en labrar piedras semipreciosas con una inclinación tan precisa si el disco solo se utilizará como un elemento decorativo o un plato ceremonial?
—dedujo Samuel, con el tono de quien arma un rompecabezas paso a paso—.
No están pensadas para reflejar la luz hacia quien sostiene la pieza.
Puede que estén orientadas para refractarse en un ángulo muy concreto cuando la luz entra desde atrás.
Henry levantó de nuevo la Clavis hacia la luz que entraba por los tragaluces del comedor y observó cómo los haces se hacían finos y precisos sobre la mesa al atravesar las gemas.
—Fíjate cómo la luz se concentra al salir al otro lado. Samuel, puede que tengas razón. Es un instrumento óptico de proyección —confirmó Henry, atando cabos.
—Quien diseñó la Clavis Astralis puede que pensara en un marcador de un mapa o una llave de metal. Tengo la corazonada de que el plato es una herramienta en sí misma —Samuel señalaba las gemas.
—Exacto —asintió Henry entusiasmado—. Por eso las gemas forman la constelación de Taurus. En el mitreo de Harrington vimos que el sacrificio del toro era el elemento central del culto romano. El taller de forja que fabricó esta pieza tradujo esa iconografía antigua a la astronomía de su época.
—Y la piedra blanca central... —añadió Samuel, señalando el ópalo que destacaba en el corazón de la pieza.
—La gema blanca debe tener su propia función en esto —completó Henry—. Cuando la luz atraviesa el disco, las piedras pequeñas dibujan las estrellas secundarias en rojo, pero la gema blanca proyecta un punto de luz limpia y más amplia que el resto. Me niego a pensar que es algo decorativo.
—Lo que nos lleva a la pregunta clave —dijo Samuel mirando a los ojos de Henry—. ¿Para qué sirve esa proyección? ¿Y dónde encaja la Clavis ?
—Puede que encaje en una superficie receptora —respondió Henry sin dudar—. La estrella blanca marcaría un lugar exacto en un mapa. La Clavis necesita una pared, un bajorrelieve o una estructura de piedra diseñada específicamente para recibir esos puntos de luz en una hora o época concreta del año.
Henry pasó la mano por su barba de dos días, asintiendo despacio mientras procesaba cada deducción.
—Y el cliente nos ha cambiado el punto de entrega y nos cita en Albenga, en la costa de Liguria, por un motivo concreto—continuó Henry, cerrando la cadena lógica—.
En esa zona del norte de Italia sé que existen numerosos santuarios renacentistas construidos sobre antiguos asentamientos romanos.
Puede que haya restos de algún culto mitraico por la zona.
El cliente puede que sepa que la Clavis guarda alguna relación con el lugar.
—Es la deducción más sólida que tenemos —concluyó Samuel, mirando el artefacto—.
Nos contrataron para extraer la pieza de la casa de subastas porque sabían que estaba oculta bajo el suelo de Harrington.
Ahora solo tenemos que llevarla a su destino real, cobrar las quince mil libras y dar por terminado este trabajo.
La decisión más correcta y sensata es seguir el plan.
Henry contempló la Clavis Astralis un segundo más antes de volver a envolverla en el paño de lana.
Todo encajaba de forma impecable. Ahora solo quedaba descubrir si el cliente era un simple millonario con ganas de coleccionar objetos extraños, o si realmente era conocedor de la pieza que iba a adquirir y de cuál era su potencial.
Convencido de que avanzaban en la dirección correcta, Henry volvió a guardar el paquete en el macuto, ignorando que el destino al que se dirigían estaba a punto de contradecir cada una de sus impecables conclusiones.