Capítulo 24
El Citroën Traction Avant negro, avanzaba dando tumbos por la carretera secundaria que unía el hangar de Hourtiquets con la villa de Parentis. El motor emitía un ronroneo grave y metálico mientras esquivaban los charcos de la lluvia reciente.
El vehículo lo habían conseguido apenas media hora antes en el hangar principal del lago. A Brandt le había bastado con mostrar una orden firmada y dejar caer el nombre adecuado ante el oficial de guardia para que los acompañara sin hacer una sola pregunta.
En el asiento del copiloto, Emmett permanecía en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el parabrisas. A través del cristal se recortaba la silueta de Parentis, una pequeña población sumida en la negrura absoluta de la noche.
Brandt, sentado en la parte trasera, ordenó reducir la marcha al divisar el edificio de tres plantas que la Gestapo había acondicionado como cuartel provisional.
Las banderas con la cruz gamada colgaban inmóviles de la fachada principal.
Indicó al conductor que pasara de largo y esperara en la siguiente esquina.
El aire frío de la noche les azotó el rostro en cuanto abrieron las portezuelas.
Dos barreras de madera y un par de sacos terreros custodiaban la entrada principal, flanqueada por faroles de luz tenue.
Un centinela alemán, pertrechado con el casco y un fusil Máuser al hombro, avanzó desde la garita levantando una mano enguantada en cuero para darles el alto.
— ¡Halt! —exclamó el soldado con tono seco—. Zona restringida. Identifíquense.
Brandt avanzó, acomodándose las solapas del abrigo. Emmett caminaba medio paso por detrás.
— Buenas noches, soldado —dijo Brandt en un alemán impecable—. Necesitamos ver al comisario de inmediato. Es un asunto de máxima prioridad para la Oficina Principal de Seguridad del Reich.
El soldado frunció el ceño, sopesando la presencia de aquel hombre de ademanes elegantes y del gigante de rostro pétreo que lo acompañaba.
— Nadie entra a estas horas sin un pase firmado por el Sturmbannführer. Instrucciones directas. Muestre su documentación.
— Por supuesto —Brandt sonrió con amabilidad.
Sacó una cartera de cuero del interior de su chaqueta, pero en lugar de entregársela, la sostuvo entre las yemas de los dedos, dejando ver el sello en relieve.
— Entiendo su celo, soldado. Cumple con su deber, y eso le honra. Pero créame cuando le digo que la información que traemos no puede esperar al cambio de guardia. Si hago esperar a su superior, la reprimenda no recaerá sobre mí, sino sobre el hombre que me cerró la puerta en la entrada.
El centinela miró el papel por encima, pero volvió a negar con la cabeza, manteniendo la postura rígida.
— No está en la lista de visitas de hoy, señor. Tendrán que volver por la mañana.
Brandt dio un paso hacia él y su voz bajó un tono.
— Míreme bien. ¿Cree que venimos desde la costa a estas horas por un simple trámite administrativo?
Estamos hablando de la custodia de una prisionera británica de alto valor.
Un error le garantizará un traslado inmediato al frente del Este antes de que termine la semana.
Piénselo. ¿Merece la pena arriesgar su vida por no querer mover una palanca?
El soldado dudó un segundo; la mención del frente oriental se reflejó en sus ojos. Pero la disciplina militar se impuso de nuevo. Dio un paso atrás y llevó la mano al cerrojo del fusil.
— Por última vez. No pueden pasar. O me veré obligado a...
No llegó a terminar la frase.
Brandt suspiró levemente y ladeó la cabeza, haciendo una pequeña señal casi imperceptible.
—Emmett —dijo sin más.
Antes de que el centinela pudiera alzar el cañón del Mauser, la mano de Emmett se cerró alrededor del cuello del soldado con la velocidad de un cepo de acero.
El impacto del golpe seco evitó que el hombre pudiera gritar.
Emmett lo levantó unos centímetros del suelo antes de estamparlo contra el marco de piedra de la entrada.
Un crujido sordo resonó y el fusil se le cayó al suelo de las manos.
El soldado quedó inconsciente al instante y se desplomó como un saco vacío contra el suelo. Emmett lo depositó con cuidado en la penumbra de la garita para no llamar la atención desde la calle.
Brandt se ajustó su sombrero y echó a andar hacia la puerta de madera reforzada.
—Un orador nunca debe malgastar sus mejores argumentos con quien carece de oído —murmuró Brandt mientras abría la puerta.
Cruzaron el vestíbulo principal. El interior del edificio olía a cera de suelo, tabaco barato y papel húmedo.
Un par de burócratas uniformados trabajaban tras un mostrador al fondo del pasillo, pero ni siquiera levantaron la vista de sus carpetas; daban por hecho que cualquiera que cruzara la entrada principal contaba con la debida autorización.
Sin detenerse a dar explicaciones, Brandt y Emmett avanzaron a paso firme por el pasillo central, guiándose por el aire cada vez más frío y el tufo a humedad que ascendía de la planta inferior.
Tras doblar un recodo y descender unos escalones de piedra, llegaron a la reja de hierro que daba acceso a la zona de detención, donde un segundo soldado custodiaba el pasillo de las celdas.
El frío de las paredes de piedra parecía haberse instalado en los huesos de Evelyn. La habían dejado sola dentro de la celda, durante media hora tras la primera embestida del interrogatorio. Un aislamiento calculado para minar sus defensas antes de la siguiente fase.
Hacía apenas diez minutos que el comisario Müller y el joven oficial habían regresado, reanudando la rutina con una parsimonia aterradora.
Sobre la mesa de madera, el mecanógrafo colocaba una nueva hoja de papel con movimientos casi mecánicos, mientras Müller se paseaba a espaldas de Evelyn, con los pasos lentos marcados por el chasquido de sus botas.
El comisario no había necesitado levantar la mano todavía; la verdadera tortura residía en el ritmo de las preguntas, en la sugerencia de lo que le ocurriría si no colaboraba y en el tintineo constante de las llaves que colgaban del cinturón del oficial.
Evelyn mantenía la barbilla erguida a costa de un esfuerzo titánico, obligándose a no pestañear cada vez que la sombra de Müller se proyectaba sobre ella.
El interrogador se detuvo justo a su lado, apoyó las manos en el respaldo de la silla metálica y se inclinó hacia su oído para reanudar el acoso; pero la frase se le quedó congelada en la garganta al escuchar una voz chillando desde el pasillo.
— ¡Le digo que está ocupado!
El soldado de guardia gritaba a alguien en el pasillo de fuera. La voz llegaba amortiguada por la puerta metálica que cerraba la sala de interrogatorios.
— ¡Alto ahí! ¡Le he dicho que pare! —el guardia levantó más la voz.
Alguien golpeó la puerta metálica con un golpe seco. Müller y el oficial cruzaron sus miradas.
—¿ Qué demonios ocurre ? —preguntó el interrogador molesto con la interrupción —. ¿ Quiere ver lo que está pasando ahí fuera ?
El taquígrafo se levantó y miró por la portezuela antes de abrir. Giró la cara hacia el comisario, blanco.
—¿ Mi comisario? —apenas le salió la voz mientras abría la puerta.
Lo primero que entró fue el cuerpo del guardia inconsciente que había quedado apoyado en la puerta y quedó tumbado al no tener nada que lo frenara. Brandt entró con su abrigo oscuro, impecable, y un documento en la mano. Emmett iba detrás, como una sombra.
— Caballero! Le ordeno… — alzó la voz el comisario.
Brandt no le dejó terminar.
— Esta mujer está bajo jurisdicción de mi organización. — Levantó la mano con los papeles doblados —. Orden de transferencia inmediata.
Brandt desplegó el documento de papel grueso, amarillento, con el emblema rúnico de la Ahnenerbe en la cabecera.
Bajo él, una línea en alemán declaraba que el portador actuaba en misión especial de investigación para las SS.
El sello seco dejaba una marca profunda en la esquina inferior, y la firma, angulosa y precisa, pertenecía a un Sturmbannführer de la organización.
El comisario no necesitó leer más: aquel papel abría puertas que ni la Gestapo se atrevía a llamar.
—Ahnenerbe… — susurró.
Brandt no sonrió. No hacía falta.
—Libérela.
El oficial asintió sin discutir. Ni una pregunta. Ni una objeción. Evelyn levantó la mirada y entre los mechones de pelo mojado que se le pegaban en la cara vio el rostro de Brandt. Serio. Esperando a que la desataran para sacarla de allí.
***
En el Citroën que los llevaba de vuelta al hangar, Emmett la tapó con una manta para que entrara en calor. Intentó ocultar el enfado, pero su rostro hablaba solo. Los tres iban sentados en el asiento trasero y pusieron a Evelyn en medio.
No eran más de cuarenta minutos de trayecto, pero el silencio dentro del vehículo se hizo insoportable. Nadie quiso decir nada, por miedo o por vergüenza. Pero al llegar, y después de que bajara Emmett del vehículo, Brandt habló sin mirarla.
—¿Lo ves ahora?
Evelyn no respondió.
—Fuera de nuestro mundo —continuó—, no eres una arqueóloga.
Esa noche, se había sentido una fugitiva; nada de lo aprendido después de años de estudios le había servido de nada. Le habían apuntado con un arma y casi termina detenida por las fuerzas de seguridad alemanas.
Brandt la miró entonces, con una calma que helaba más que el lago. Salieron los dos del coche y anduvieron poco a poco hacia el hidroavión.
—Esta noche has sido una espía inglesa en territorio enemigo, no habrías llegado a la mañana siguiente.
Evelyn sintió un temblor en el pecho. Brandt se inclinó un poco hacia ella.
—Debes dejar de luchar como una presa. Empieza a pensar como lo que eres.
Evelyn tragó saliva.
—¿Y qué soy?
Brandt le recompuso la manta para taparle mejor los hombros.
—Aún no lo sabes. Pero lo descubrirás —él empezó a subir los primeros peldaños.
—Por cierto, —preguntó ella mientras se apartaba los mechones de la cara —, ¿qué fue lo que dijo el tipo de la Gestapo al ver el papel que le enseñó? ¿ Ahnenerbe?
—El Ahnenerbe es una asociación alemana dedicada a investigar ciertas locuras arias.
Pero lo importante es que fue fundada por el mismísimo Heinrich Himmler.
No tenemos nada que ver con ella, pero este documento despierta pavor, y nadie lo cuestiona.
Descubrirás pronto que tenemos recursos prácticamente ilimitados.
Y Evelyn, agotada, humillada, rota… sintió por primera vez una chispa distinta. El calor y el confort de la estancia del hidroavión la hizo sentirse segura.