Capítulo 23
Al acercarse, se percató de que el sudor le brillaba en la frente a pesar del aire helado; el pánico se le aferraba a la garganta como una garra.
—¿Qué ocurre? —preguntó Brandt, sin alterar el paso.
Emmett se giró con los ojos encendidos, al borde del colapso.
—¡Se ha escapado! ¡La muy…! —Se contuvo al ver la mirada de Brandt. Un destello helado en sus ojos le hizo tragar saliva—. No estaba en el avión cuando volví. Los hombres no la han visto. Nadie la ha visto.
Brandt no levantó la voz. No frunció el ceño. Tampoco mostró sorpresa. Solo se acercó a su subordinado, que temblaba levemente de hombros por la adrenalina y el miedo a las consecuencias.
—Piensa —dijo Brandt con un tono tan pausado que resultaba aterrador. Puso una mano sobre el hombro de Emmett, un gesto que, en lugar de reconfortar, sonó a advertencia—. Dónde podría esconderse.
Emmett apretó los dientes, intentando dominar el temblor de su voz.
—Ha.. ha debido saltar al agua. No hay otra salida.
En ese momento llegaron los dos soldados corriendo, con los rostros pálidos tras la búsqueda infructuosa.
—Hemos revisado todo el hangar, señor —informó uno de ellos, jadeando—. No hay rastro. Ha debido ir en otra dirección.
Brandt giró la cabeza hacia la extensión de agua. Un viento helado rizó la superficie del lago oscuro, rompiendo el reflejo de la luna en oleadas constantes que tiraban hacia el este, lejos de la otra orilla, demasiado distante para cruzarla sin sucumbir a la hipotermia en pocos minutos.
—¿Quién era el encargado de mantener la puerta del pájaro cerrada? —preguntó Brandt suavemente.
El soldado a la izquierda tragó saliva y dio un pequeño paso al frente.
—Yo... yo estaba en la garita, señor, pero…
Antes de que terminara la frase, Brandt sacó de entre los pliegues de su abrigo un pequeño Colt.
El disparo resonó seco, rompiendo la noche sin dar tiempo a un eco.
La bala atravesó el pecho del soldado, que cayó de espaldas y se hundió en el lago con un chasquido sordo. El agua pareció tragárselo en segundos.
Brandt guardó el arma con la misma fluidez con la que la había sacado y se ajustó los guantes de cuero, acomodando los dedos uno a uno.
El soldado restante y Emmett no se atrevieron siquiera a respirar. Brandt no iba a perder el tiempo con explicaciones.
—Si ha cruzado a nado, con el frío, habrá salido pronto a la orilla —continuó Brandt—. Tú, rodea el lago por el lado de Gastes. Si ha salido por allí, la verás.
—Sí, señor —susurró el guardia superviviente, echando a correr aterrorizado hacia la oscuridad.
Brandt miró a Emmett, que aún no desviaba la mirada del punto en el agua donde el cuerpo acababa de desaparecer.
—Vamos —le dijo Brandt a su compañero, retomando el paso con absoluta normalidad—. Si ha sobrevivido al agua, buscará calor. Y aquí solo hay un lugar donde encontrarlo.
Emmett miró el horizonte del lago y descubrió unas luces al otro lado. A menos de dos kilómetros de allí.
—Los bungalós —dijo Brandt señalando la otra orilla.
Caminaron bordeando el lago, con el paso firme y decidido, como dos hombres que ya sabían que la presa estaba herida.
El motel estaba silencioso, con las luces apagadas salvo por una lámpara en la recepción. El viejo del camisón aún temblaba cuando abrió la puerta.
—¿Qué quieren? —preguntó, con la voz rota.
Brandt no necesitó mostrar credenciales. Su presencia bastaba y el hombre dio por supuesto que eran importantes.
—Una mujer inglesa —hablaba un francés académico—. Joven. Empapada. ¿La ha visto?
El viejo tragó saliva.
—Entró por la ventana… rompió el cristal… mi mujer llamó a la gendarmería… —Se frotó la sien donde aún le dolía el golpe de la tapa—. Una patrulla alemana se la llevó hace veinte minutos.
Emmett dio un paso adelante.
—¿A dónde? —Su altura, en la cercanía, imponía a cualquiera, aunque su francés fuera más tosco.
—Al… Al cuartel de Parentis —respondió el viejo—.
Brandt no dijo nada. Solo se giró hacia Emmett.
—Vamos.
Y el viejo, al verlos marchar, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del lago.