Capítulo 22
Evelyn no había tenido tiempo para recuperar fuerzas. Después de salir corriendo del hidroavión se había quedado sin estrategias. Y ahora, ni se imaginaba lo que estaba a punto de suceder.
El traslado a Parentis había transcurrido en una nebulosa de luces rojas, órdenes en alemán y el chasquido constante de los cerrojos.
La sala era asfixiante. Una estufa de hierro al rojo vivo secaba el aire hasta volverlo irrespirable, pero la ropa de Evelyn seguía empapada, adherida a la piel como una segunda capa de hielo.
Tiritaba de forma incontrolable, con el pelo pegado al rostro y las piernas temblando contra las patas de la silla metálica.
En una esquina, un oficial alemán tecleaba en una máquina de escribir con la monotonía de un reloj de pared.
Müller caminaba despacio alrededor de ella. No gritaba. No mostraba prisa. Ese ritmo pausado era, en sí mismo, una forma de tortura.
—¿Quién es su contacto en Francia, señorita Carter? —preguntó en un inglés pausado, correcto, manchado por el acento prusiano.
Evelyn cerró los ojos. El calor de la estufa le quemaba las mejillas mientras el frío del agua retenida en la tela le helaba la espalda.
Intentó ordenar las ideas, pero la historia real era tan disparatada que sonaría a burla en aquella habitación.
Si les contaba lo sucedido en los últimos días, pensarían que se reía de ellos; si guardaba silencio, confirmarían sus sospechas.
—¿Qué hace en esta zona? —insistió Müller, manteniendo el mismo tono plano, casi desinteresado.
—Me... me han traído a Francia —articuló con la garganta seca—. Yo no quería estar aquí.
El tecleo de la máquina de escribir no se interrumpió. Müller se detuvo frente a ella, sacó una petaca de cigarrillos y encendió uno con parsimonia. El humo denso flotó entre los dos, irritándole los ojos a Evelyn.
—Nadie cruza el Canal de la Mancha en un hidroavión sin querer, señorita Carter —dijo Müller, dejando escapar una espiral de humo—. Empecemos de nuevo.
Se hizo el silencio en la habitación durante unos segundos. El oficial alemán aguantaba las manos en alto en la máquina de escribir como un pianista instantes antes de un concierto.
—Nombre —dijo Müller de nuevo.
—Evelyn Carter —la voz le tembló, quebrándose en la segunda sílaba.
—Bien. ¿Quién es su contacto?
La mecánica de la pregunta era desoladora.
Sin la vehemencia de los gritos, la repetición constante empezaba a martillarle las sienes.
El sonido de la máquina de escribir, el crujido de la estufa, la presencia constante de Müller a sus espaldas...
Evelyn apretó los puños. Las fuerzas se le escapaban por momentos.
Ya no podía sostener la erguida postura del principio; los hombros se le vencieron y la cabeza se le descolgó, vencida por el peso de las últimas horas.
—No soy espía —musitó apenas, con la voz reducida a un hilo—. Soy arqueóloga.
El chasquido de las teclas se detuvo de golpe. El silencio repentino en la sala pesó más que cualquier grito.
Müller se inclinó despacio hasta situar su rostro a la altura del de ella. El olor a tabaco rancio y a cuero húmedo la envolvió.
—¿Arqueóloga? —sonrió con una mueca helada, sin calidez alguna—. ¿Y qué desentierra una arqueóloga británica a las tres de la mañana en los lagos de las Landas?
—No.. no soy una espía —repitió ella, aferrándose a esa frase como si fuera el único cabo suelto de su identidad—. No.. soy... una espía.
Müller no perdió la calma. Apoyó el cigarrillo encendido en la esquina del cenicero de metal y, con un movimiento seco, directo y desprovisto de ira, le cruzó la cara con el reverso de la mano.
El impacto desestabilizó la silla metálica.
Evelyn cayó de lado contra el suelo. El impacto de la cabeza contra el cemento pulido provocó un destello blanco en su visión, seguido de un mareo sofocante.
Se quedó allí tirada, con la mejilla pegada a la superficie fría del piso, incapaz de articular movimiento alguno mientras las lágrimas se abrían paso entre la suciedad del rostro.
Nadie hizo ademán de levantarla. Los segundos transcurrieron en un absoluto desamparo.
Müller se agachó junto a ella, apoyando una rodilla en el suelo. El tono de su voz siguió siendo inquietantemente bajo.
—¿Sabe una cosa, señorita? Una vez que me sacan de la cama, ya no tengo prisa por volver a ella. Podemos pasar la noche entera en esta habitación. O podemos empezar a hablar de las personas que la esperaban en el muelle.
Hizo una señal con la cabeza. El agente se levantó de la máquina, agarró el respaldo de la silla y la enderezó de un tirón, devolviendo a Evelyn a la posición vertical con un golpe seco. La cabeza le daba vueltas y el mundo parecía oscilar a su alrededor.
Müller volvió a recoger su cigarrillo del cenicero y le dio una larga calada, observándola a través del humo.
—Bien —dijo él, volviendo a ponerse frente a la mesa—. Empecemos otra vez. Nombre.
Evelyn parpadeó, tratando de enfocar la figura de Müller a través del halo de luz que colgaba del techo. La mejilla le ardía con un pulso sordo y constante que le llegaba hasta la mandíbula. El sabor metálico de la sangre en la boca se mezclaba con el hedor a tabaco y hierro caliente.
—Nombre —repitió él, imperturbable.
—Evelyn… Carter —dijo, apenas en un suspiro.
Müller asintió despacio, como si anotara mentalmente un dato irrisorio. Dio un par de pasos hacia la mesa, apoyó las palmas sobre la madera y se inclinó hacia ella. Esta vez no había agresión en sus gestos, solo una paciencia destructiva.
—Bien, Evelyn —el uso de su nombre de pila sonó áspero, casi invasivo—. Vamos a jugar a otra cosa. Dejemos a un lado los nombres, las profesiones y los mapas. Hablemos de lógica.
Se paseó detrás de su silla. Evelyn quiso seguirlo con la mirada, pero el cuello le dolió tanto al girar que tuvo que mantener la vista fija en la estufa.
—¿Sabe qué hora es? —preguntó Müller a sus espaldas.
Evelyn tragó saliva. La garganta le raspaba como si hubiera tragado arena.
—No… no lo sé.
—Son casi las cuatro de la mañana. Fuera hace un frío que congela los huesos y sus amigos ya se han ido. Nadie se queda a esperar a una prisionera de la Gestapo, señorita Carter. A estas horas, en Parentis, usted no existe para nadie. Solo para mí.
El tono de Müller no transmitía odio, sino una aplastante certeza.
Evelyn cerró los ojos, intentando aferrarse a algún pensamiento coherente, pero la fatiga empezaba a distorsionar las voces.
El calor seco de la estancia la sofocaba por dentro mientras la tela mojada de su vestido continuaba helándole la piel.
Era una tortura doble, una tenaza de frío y fuego.
Müller volvió a colocarse frente a ella y miró al agente que seguía junto a la máquina de escribir.
—Átela.
El oficial reaccionó de inmediato. Se acercó con un par de correas de cuero ancho.
Evelyn apenas tuvo fuerzas para oponer resistencia cuando le agarraron las muñecas con brusquedad, echándole los brazos hacia atrás y fijándolos con firmeza al respaldo metálico de la silla.
Las correas se clavaron en sus muñecas húmedas, cortando la circulación.
—¿Por qué…? —intentó protestar, pero la voz se le quebró en un carraspeo inútil.
Müller no contestó. Se arregló la guerrera con un gesto pausado, recogió su petaca de tabaco de la mesa y echó un vistazo al reloj de pulsera.
—El problema de las historias mal contadas, señorita Carter, es que requieren tiempo para desmoronarse. Y a veces, el mejor interrogador es el silencio.
Hizo una seña al oficial. Este recogió sus folios, cerró la tapa de la máquina de escribir con un chasquido metálico que resonó como un disparo en la sala y caminó hacia la puerta.
Müller se detuvo un instante en el umbral. Giró la cabeza hacia ella, con la silueta recortada contra la luz más tenue del pasillo.
—Le daré un tiempo para que piense en una profesión más creíble. Volveré cuando el sol empiece a salir.
La puerta de madera maciza se cerró con un golpe seco y la llave giró en la cerradura dos veces.
Luego, el silencio.
Un silencio pesado, interrumpido únicamente por el chasquido del carbón al consumirse en el interior de la estufa. La luz desnuda del techo chisporroteó levemente, proyectando sombras deformes en las paredes de cemento.
Evelyn estaba sola.
Apretó los dientes e intentó tirar de las muñecas, pero las tiras de cuero ni siquiera cedieron un ápice.
La postura forzada le enviaba calambres agudos por los hombros y la espalda.
El calor de la estufa, a menos de dos metros de ella, empezaba a volverse insoportable; sentía la piel del rostro tirante y ardiendo, pero no podía moverse ni un centímetro para alejarse.
«Piensa, Evelyn, piensa», se ordenó a sí misma.
Sin embargo, el dolor de cabeza y el agotamiento extremo impedían que las ideas cobraran forma.
Las sombras de la habitación parecían fluctuar.
El tictac de un reloj invisible en algún lugar del pasillo marcaba los segundos con una lentitud exasperante.
Cinco minutos. Diez minutos. O tal vez llevara allí horas.
Perdió la noción del tiempo casi de inmediato.
El pánico, que hasta entonces había estado contenido por la adrenalina del enfrentamiento, empezó a filtrarse lentamente por las grietas de su resistencia.
Sola en la oscuridad de aquella celda improvisada, con los brazos inmovilizados y la carne ardiendo, comprendió que la verdadera tortura no eran los golpes de Müller.
Era la certeza de que nadie vendría a rescatarla.