Capítulo 21
El médico de abordo, al que todos llamaban Txapeta, intentaba coser el corte del brazo de Henry; pero la tormenta que sacudía el Centauro no ayudaba.
— Tate quieto, hombre —dijo mientras sujetaba la aguja con una mano y el hombro de Henry con la otra.
La enfermería, que era un camarote un poco más ancho que el resto, era fría y poco iluminada.
En vez de un camastro, habían instalado una camilla amarrada con tornillos a la pared.
Un pequeño armario, al lado, guardaba lo necesario para curas habituales, y una mesa, al otro lado, donde Sancho Txapeta dejaba las herramientas quirúrgicas.
Henry le dio un trago largo a la botella de ginebra que le había dado el médico a modo de anestésico y lo miró con enfado.
—Dale ya! —dijo Henry con la boca pastosa—. ¡Acabemos con esto!
Greta le observaba de pie, apoyada en el quicio de la puerta.
—Tenías que dar un trago, no soplarte la botella entera.
Henry le miró con el ceño fruncido. Pero no dijo nada, estaba demasiado bebido para pensar. Solo podía concentrarse en que le dolía todo el cuerpo y necesitaba descansar.
—¡Eh! —levantó la mano hacia ella cuando vio que se iba—. Solo quería decirte… —hizo una pausa para pensar que decir— que siento mucho… —Le costaba articular más de tres palabras.
Greta le miraba desde la puerta, con los brazos cruzados debajo del pecho y sin decir nada. Solo esperó, hasta que los ojos de Henry empezaron a cerrarse levemente.
—Esto ya está, Greta —dijo el médico cortando el hilo e ignorando la borrachera de su paciente.
Sin decir palabra, como si fuera un muñeco de trapo, Henry cayó hacia atrás en la camilla. Estaba profundamente dormido.
—¿Cómo has visto al resto, Txapeta? —le preguntó mientras le retiraba la botella a Henry de las manos.
—El chico está bien. Contusiones que durarán unos días y le quité varios cristales de la cara, pero nada que vaya a ser permanente. Alguna cicatriz le quedará; pero eso os gusta a las chicas, ¿eh?
Mientras le respondía a Greta iba guardando el material en el armario. Luego se sentó en la silla de su pequeño despacho improvisado.
—La pelirroja es fuerte —eso hizo sonreír a Greta—; la bala que le rozó la oreja no le hizo casi nada. El golpe en las costillas… —hizo una mueca—, mejor que duerma unos días del otro lado. Dile que venga mañana y veré que tal mejora.
Greta asintió con la cabeza y miró de nuevo a Henry, que ahora roncaba como un cerdo tumbado en la camilla. Txapeta se percató de la mirada y sonrió levemente.
—A este déjalo que duerma la mona —dijo mientras escribía algo en su mesa—; y dejad la pelea de novios para mañana.
He visto muchos heridos en mi vida —se quitó las gafas y miró a Greta de nuevo—.
Por desgracia, y te puedo asegurar que, por la manera en que se ha bebido la botella, no son los golpes lo que más le duele.
Greta resopló y dio por terminada la visita a la enfermería.
—Tú solo avísame cuando despierte. —Se alejó andando por el pasillo—. ¡Y no es mi novio! —exclamó en alto para que Txapeta lo oyera.
Fuera la pequeña tripulación de Manuel se apresuraba para asegurar con cabos algunas cajas y amarres de la cubierta.
El carguero cruzaba en estos momentos el Canal de Bristol y una borrasca atlántica los había rodeado.
Había recorrido ochenta y cinco millas náuticas y desde la cabina de mando ya se divisaba el cabo de Cornualles.
Greta entró a la cabina de mando abrazándose los hombros por el frío.
Se sacudió el pelo para quitarse las gotas de lluvia que se le habían pegado y cerró la puerta.
El timonel la miró de reojo desde su puesto y volvió la vista al frente concentrado en el horizonte.
Detrás de él, sentado en una silla metálica alzada en un pequeño pedestal para tener mejor visión del exterior, fumaba tranquilo el capitán del barco.
—¿Cómo está tu gente? —le preguntó al verla.
Greta se acercó hasta su lado sin apartar la mirada de la tormenta que arreciaba al barco.
—Según Txapeta, saldremos de ésta.
—Menuda habéis liado en el puerto, ¿eh? —Greta torció el morro con el comentario—. Os vi venir de lejos.
—Bueno, ya sabes cómo es Henry. Le gusta dejar huella por dónde pasa.
Manuel sonrió a la vez que soltaba el humo de la calada. Bebió un trago de una pequeña petaca que tenía guardada dentro de su cazadora y luego le ofreció uno a ella. Greta lo aceptó.
—¿Qué te ocurre, mujer? Te veo enfurruñá .
—¿Cómo has dicho? —preguntó ella extrañada.
Greta conocía bien el idioma, pero a veces se le escapaban algunas expresiones.
— Enfurruñá . Enfadada, cómo si algo te molestara. ¿Es por el compañero?
Greta negó con la cabeza mientras le devolvía la petaca a Manuel.
—No es por eso —pensó un segundo—. A veces sí. Sabes que me gusta que las cosas salgan bien, y con él… Hay que estar improvisando constantemente.
—Es decir, que lo de esta mañana en el puerto fue cosa suya —confirmó Manuel—. Pero aquí estáis, una vez más.
—Llegará un día en que se nos acabará la suerte —dijo con la mirada perdida en el horizonte.
Manuel estalló con una carcajada.
—Pero ¿qué oigo? Esta no es la Greta que conocí hace cuatro años.
—Manuel encendió un nuevo pitillo—. Mira, no sé en qué estáis metidos.
Me pagáis; yo os llevo. Pero lo que sí sé, porque ya lo vi entonces, es que sois un equipo cojonudo.
Y en el fondo —la señaló con los dedos que sujetaban el cigarrillo—, os gusta el sabor que os deja en la boca vivir todas estas historias.
Yo he crecido en un barco, he vivido toda mi vida en el mar.
No sé hacer otra cosa. Henry y tú. Esto es lo que sois.
Greta se lo quedó mirando unos segundos con una leve sonrisa en los labios.
—Anda, poeta. Cállate y dame otro trago.
Manuel soltó otra carcajada mientras le entregaba la petaca. Greta borró la sonrisa.
—Pero esta vez —bebió antes de seguir—, esta vez creo que la cosa es seria.
—¿Y cuándo no es serio? Si tu vida está en juego.
Esta vez, sonrieron los dos.
El Centauro atravesaba las olas como un cuchillo abriéndose camino hacia el océano Atlántico. Aún quedaban unos días de viaje por delante. Días para recuperar fuerzas, para pensar en nuevas estrategias, para prepararse para lo que estaba a punto de suceder.