Capítulo 20
Las aguas tranquilas del Gran Lago de Biscarrosse hacían que pareciera un espejo natural en medio del paisaje. El cielo estrellado y la luna, que esa noche era de cuarto menguante, se podían ver perfectamente dibujados en la superficie del agua.
El hidroavión había amerizado hacía unos minutos y atracó en silencio en el muelle de Hourtiquets, donde ahora un par de tipos de los hangares de Latécoère llegaban con los carros de combustible y las mangueras listas.
Un pequeño destacamento de la Wehrmacht vigilaba el hangar y varias patrullas de soldados alemanes hacían la ronda por los callejones colindantes al lago.
Alemania se encargaba de dejar bien clara su invasión y de que nadie dudara de su presencia en el país.
No solo por los hombres uniformados, que andaban por las zonas de control, sino también por los grandes estandartes que ondeaban suavemente en las astas del edificio principal.
Las esvásticas podían verse prácticamente desde cualquier punto del lago.
Bernhard Brandt salió de la caseta desde donde había realizado la llamada a Gallinara y se acercó por el muelle hasta el pájaro negro.
Allí, Emmett, apoyado en una de las farolas, observaba el horizonte.
La luz amarillenta de la bombilla le daba un tono cobrizo al rojo de su pelo.
Brandt sacó un cigarrillo de su pitillera y antes de encenderlo observó el lago unos instantes.
Recortada entre los pinos, al otro lado, se veía la orilla de Gastes, tranquila y lejana, como si nada pudiera perturbar la calma del agua.
—¿De verdad no quieres que te acompañe? —preguntó Emmett.
—No me ausentaré mucho. León viene de camino. Tendremos el encuentro en el bosque de Navarrosse. —Miró hacia el hidroavión—. ¿Sigue dormida?
—Eso parece —respondió Emmett mirando hacia los muelles.
—Hay algunas patrullas por la zona, intentemos ser discretos. —Brandt soltó una bocanada de humo y se ajustó el sombrero para que las luces del muelle no le alumbraran la cara.
—Yo me encargo de todo.
Emmett dio un golpe de cabeza aceptando la orden.
Unos minutos más tarde, Evelyn despertó de un breve sueño y se encontró sola dentro del Short S.
23. Le extrañó el silencio hasta que descubrió que los motores estaban parados y que el hidroavión no estaba en el aire.
En el exterior, al otro lado del hangar, vio por la ventana a Emmett adentrarse en el edificio, alejándose del lugar.
La confianza de sus captores al dejarla sin vigilancia la desconcertó al principio. Quizá hubieran cerrado las puertas del hidroavión, así que avanzó agachada por el pasillo hasta que llegó a la puerta trasera.
Estaba entornada. Alguien había tenido un descuido y lo pagaría caro; pero ella no tendría muchas más oportunidades para intentar huir.
Abrió poco a poco mientras asomaba la cabeza al exterior.
—¿Dónde estamos? —se preguntó.
Un cartel a pocos metros del muelle, ligeramente iluminado, le respondió con unas letras grandes pintadas en rojo: Hourtiquets.
«No suena a italiano, puede que estemos en Francia», pensó mientras abría del todo la puerta del hidroavión.
Miró alrededor y como no vio a nadie cerca, bajó las escaleras.
No le hizo falta llegar al último escalón para tener claro donde había amerizado el hidroavión.
Uno de los estandartes rojos con la cruz gamada colgaba del muro que tenía enfrente.
«¡Mierda! Lo que me faltaba» pensó mirando la bandera inmensa.
Por unos segundos dudó si seguir adelante o volver al interior, pero unas voces cercanas la asustaron y corrió a esconderse detrás de unas cajas de madera apiladas en el mismo muelle.
— Dépêche-toi, il se fait tard! 4 —dijo uno de ellos.
«Franceses» pensó Evelyn. Habían parado a mitad camino, no había ninguna duda. A través de las cajas vio a los dos mozos conectar una manguera a una boca del lateral del Short. Estaban llenando el depósito de combustible.
«Ahora o nunca» se dijo a sí misma.
Pero no podía escapar por el muelle. Si intentaba pasar por ese camino, los dos mecánicos la verían y podrían dar la alarma.
Sin pensarlo, tomó el camino más directo a la orilla y muy poco a poco se introdujo en el agua para que su cuerpo no chapoteara.
Tuvo que contener un grito al notar como el agua le mordía la piel como si fueran un puñado de agujas.
Consiguió mantener la cabeza a flote y dando brazadas se alejó del muelle hasta que a unos quince metros de allí notó bajo los pies el suelo blando de barro.
Se ayudó, dando zancadas, clavando las botas en el fondo hasta que llegó a la orilla.
Corrió al exterior hasta esconderse dentro del bosque.
Los músculos de los brazos le temblaban sin poder controlarlo y notaba las manos entumecidas como si fueran de cartón.
El corazón acelerado le palpitaba en las sienes y el frío le hacía respirar con exhalaciones profundas.
—¿Y ahora qué, Evelyn, y ahora qué? —se repetía como un mantra.
Intentaba pensar mientras improvisaba cada paso.
Tensó los brazos y las piernas para que las articulaciones se activaran de nuevo mientras andaba de forma torpe hacia el cobijo oscuro de los árboles cercanos al lago.
Lo primero era encontrar algo de ropa, calor o cobijo.
No, lo primero era alejarse todo lo que pudiera del lugar.
No tardarían en echarla de menos y empezarían a buscarla por todas partes.
«¿Me escondo? ¿O me alejo?», intentaba decidir deprisa, pero no era fácil tomar una determinación así: era la primera vez que conseguía huir de alguien y el frío no le dejaba pensar con claridad.
—Sécate, Evelyn, y luego podrás pensar —se dijo mientras no paraba de andar a zancadas grandes.
Antes de adentrarse en el bosque, miró por última vez el muelle y el hidroavión.
Una emoción extraña la embargó de golpe.
El intento de fuga del hangar le había dejado un amargo sabor a frustración.
Pero ahora por fin lo había logrado. Se giró hacia el bosque y echó a andar sin volver a mirar atrás.
A través del bosque, no muy lejos de allí, vio unas luces.
A medida que se acercaba descubrió que eran unas casas, alguna especie de pequeña villa pesquera.
Al final llegó a un sendero de tierra que se adentraba a la zona residencial.
Cuando estuvo a pocos metros, descubrió que no eran viviendas.
Tres hileras de bungalós, iguales, dispuestos paralelos al lago.
Eran posiblemente una especie de motel con aspecto rural.
Encogida para no ser vista, corrió por el sendero, hasta que llegó al lateral de la primera caseta. El lugar parecía tranquilo, posiblemente en estas fechas invernales el motel no recibía muchas visitas, el lago era más de actividad veraniega.
Se acercó, pegada a la pared lateral hasta una de las ventanas y entreabrió el portón de madera para ver el interior. El apartamento estaba a oscuras.
—Si hay alguien, estará durmiendo a estas horas. —Observó el resto de los apartamentos. —Quizá haya uno que sea del servicio y tendrán ropa seca.
Empezó a moverse entre las sombras de los bungalós buscando el edificio principal. Allí podría entrar en calor y decidir cuál era el siguiente paso.
***
Al otro lado del lago la situación empezó a complicarse.
En el interior del hidroavión una botella de ginebra medio vacía estallaba en mil pedazos contra una de las paredes.
—Mierda! —gritaba Emmett encendido en cólera—. Esto va a ser un problema. Hay que encontrarla.
Se sentó en el reposabrazos de una de las butacas de pasajeros, pensativo, mientras el piloto y los dos ayudantes permanecían de pie, a unos metros de él, esperando órdenes.
—¡Quiero saber cómo ha pasado! ¡Porque ninguno de los dos estaba vigilando! —Apretó los puños hasta dejar los nudillos blancos y dio un golpe seco a uno de los respaldos.
Se hizo el silencio en el interior del hidroavión.
—¡Los dos! ¡Conmigo! —Miró a sus guardias personales mientras se levantaba para salir—. Y tú —al piloto—. Espera a la llegada de Brandt.
—¿Quiere que avise por radio…?
—¡No! —le cortó en seco—. Esto lo vamos a solucionar ya. Tú solo espera y ten el pájaro preparado para cuando volvamos.
Al salir al muelle, Emmett vio a los mozos del hangar que empezaban a recoger las piezas y la manguera del combustible.
— ¿Habéis visto una mujer pasar por aquí? Hace unos minutos. —les preguntó en francés.
Los dos hombres negaron con la cabeza y siguieron con su faena.
Con las manos en los bolsillos del abrigo, miró desde el borde del muelle hacia el lago. «¿Ha sido capaz de lanzarse al agua?» pensó mientras buscaba algún rastro a lo lejos que pudiera darle una pista de hacia dónde podía haber ido.
—¿Y si está en el hangar? —preguntó uno de sus hombres.
—Hay que avisar al Cuervo —dijo el otro —. El equipo local nos puede ayudar.
Emmett se giró hacia ellos con la mirada oscurecida, como si los fuera a partir en dos.
—Esto… Ha sido una cagada vuestra —dijo con la voz llena de ira—. ¿Queréis saber lo que hará el Cuervo con vosotros si descubre que habéis dejado escapar a esa mujer? Y si llega a enterarse el Escorpión…
Los dos tragaron saliva y sin darse cuenta agacharon la cabeza.
—¡Corriendo a buscarla, ya mismo!
Afirmaron con la cabeza y marcharon veloces por el muelle en dirección al hangar.
—Buena la has liado, señorita Carter —dijo mirando hacia la otra orilla.
***
Cuando Evelyn superó la primera hilera de bungalós y consiguió llegar al camino principal, no le fue difícil reconocer lo que parecía el edificio principal: era de madera como el resto de las construcciones y mantenía el estilo arquitectónico de todo el complejo, pero tenía una segunda planta.
A través de los ventanales de la planta baja, Evelyn pudo ver alguna luz encendida en el interior.
Así que alguien estaba trabajando en el turno de noche.
Al acercarse sigilosamente descubrió que uno de los laterales del edificio principal era un gran salón, posiblemente el comedor, que daba acceso a un jardín con una cerca de madera que cubría todo el perímetro.
Al otro lado de la planta baja se encontraba la puerta principal que daba acceso a la recepción.
Rodeó el edificio principal por la parte del jardín, con la esperanza de encontrar alguna puerta o ventana que pudiera abrir con facilidad.
Pero tanto la entrada trasera al salón, como los ventanales, estaban todos bien sellados.
Los inviernos eran fríos en el sur de Francia.
«No puedo dar más vueltas» pensó.
A estas alturas ya estarían los hombres de Emmett, junto con la policía, buscándola.
Las piernas le seguían temblando y el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.
Necesitaba encontrar una solución, no podía quedarse a la intemperie por mucho tiempo.
Llegado a este punto, las medidas empezaban a ser desesperadas.
Tras varios intentos de empujar una de las puertas del salón y ver que no cedía ni un centímetro, decidió avanzar por el camino recto.
—Aquí no hay libros, Evelyn —se susurró a ella misma—. Usa las manos, joder.
Cogió una de las piedras que delimitaban el pequeño sendero que serpenteaba por el jardín y rompió el cristal de una de las ventanas laterales.
El estallido fue más escandaloso de lo que había imaginado y acabó rompiendo el ventanal entero.
No le hizo falta abrir el cerrojo, pudo entrar directamente a través del marco y corrió por entre las mesas, buscando algún lugar donde refugiarse.
Un par de puertas abatibles al otro lado del salón parecían la mejor opción de refugio.
La cocina. Apenas había luz, solo unas pequeñas ventanas alargadas a modo de respiraderos dejaban entrar algo del resplandor de las farolas del exterior.
Tropezó con la mesa central y sin querer volcó una batería de cacerolas.
Una de ellas cayó al suelo rodando y golpeando contra otra mesa.
Evelyn saltó al suelo y corrió a esconderse detrás de uno de los muebles auxiliares.
Alguien encendió la luz de la cocina y Evelyn aguantó la respiración y se tapó la boca.
— Si eres un ladrón, que sepas que eres el más torpe que he conocido —dijo una voz grave y cansada hablando en francés—. Voy armado con una escopeta y no dudaré en usarla.
Evelyn abrió los ojos asustada al oír eso y muerta de miedo decidió rendirse.
— ¡No dispare por favor! ¡No soy una ladrona! — respondió en un francés ligeramente oxidado por la falta de uso.
Evelyn salió de detrás del mueble auxiliar con las manos en alto.
Al otro lado, un hombre de unos sesenta y tantos, con un camisón de dormir, le apuntaba con una escopeta de caza.
Le cambió la cara cuando vio que lo que se había colado en su motel era una joven calada hasta los huesos.
Pero no dejó de mostrarse serio y sin dejar de apuntar.
— Mi mujer está llamando a la gendarmería. Más te vale tener un buen motivo para que no te ejecuten esta noche.
— Le pido por favor, deje que me vaya — Evelyn salió de detrás de la mesa lentamente para que la viera—. Soy inglesa, acabo de escapar de mis secuestradores. No puede dejar que me cojan.
Al acercarse vio como al hombre le temblaban las manos.
Si seguía apuntando así, acabaría disparándose el arma, aunque fuera por accidente.
En un intento desesperado de querer salvar la vida, Evelyn cogió una tapa de una cacerola que tenía a mano y la lanzó para distraer al hombre.
Con la mala suerte que acabó dándole en la frente.
Arrancó a correr por entre las mesas de la cocina hasta la puerta del lado opuesto al comedor.
El hombre, que había perdido el equilibrio por el golpe de la tapa, como acto reflejo, apretó el gatillo de la escopeta, disparando contra uno de los armarios que había cerca de Evelyn.
El ruido del disparo retumbó tan fuerte en la cocina que se asustaron los dos.
Pero Evelyn saltó contra la puerta, chillando espantada y tapándose las orejas.
Con los oídos ensordecidos por el disparo, el hombre volvió en sí y siguió a Evelyn para darle caza.
— Maldita sea, la muchacha inglesa. ¡Clodette! — gritó a su mujer —. ¡Que se escapa!
No se paró a pensar qué puerta podía ser la mejor, Evelyn simplemente se levantó del suelo y corrió hacia la más cercana.
Apareció en el vestíbulo del hotel. Una salida. Corrió por el largo pasillo, y mientras llegaba a las puertas que llevaban al exterior, vio a la mujer del mostrador de recepción mirarla con incredulidad, con el teléfono aún en la mano y sin saber cómo reaccionar.
Pero al salir fuera, todo empeoró. El disparo se había oído a lo lejos y una patrulla cercana acababa de llegar al complejo. En cuanto la vieron salir corriendo por la puerta, un disparo de alerta la hizo frenar de golpe. La patrulla de la Wehrmacht la sorprendió en el exterior.
— ¡Halt! Sonst schießen wir! 5 —gritó uno de ellos.
Evelyn levantó las manos y cayó de rodillas en el mismo sitio. «Ahora sí que se acabó», pensó mientras cerraba los ojos.