Capítulo 19
Los pasos del mayordomo golpeaban el suelo de mármol marcando un ritmo ligero.
A esas horas, la casona ya permanecía en silencio; el servicio había terminado sus tareas y descansaba en sus dependencias.
Pero una llamada imprevista había sacado a Lorenzo, el mayordomo, de la cama, para recibir un mensaje urgente para el señor.
El mar de Liguria no entendía de guerras. Golpeaba contra los acantilados de la Isla Gallinara con la misma indiferencia con la que lo había hecho durante siglos. La antigua casona, hoy convertida en villa privada, vivía en una burbuja atrapada en el tiempo.
Lorenzo, el mayordomo de la casona, era parte de esa burbuja, ya trabajaba en la villa antes de que llegara el actual señor y allí estaría cuando se marchara.
Cruzó el comedor y el largo pasillo que conducía a las estancias señoriales con el farol en alto para no tropezar con nada.
Aunque después de cuarenta años podría andar por la casona entera con los ojos cerrados.
Al llegar a la puerta del dormitorio principal llamó con los nudillos dando tres golpes suaves.
Esperó un tiempo prudencial y luego abrió ligeramente la puerta.
–¿ Signore? Perdón por las horas, tiene una llamada.
La habitación estaba en penumbra, la luz de la luna que entraba levemente por el ventanal ayudaba a dibujar los perfiles de los muebles. De la oscuridad de la gran cama con dosel salió una voz profunda y rasposa.
–¿Qué ocurre Lorenzo? Espero que sea importante, porque si no voy a colgar a alguien en lo alto de la torre –dijo el señor con tono malhumorado.
–Parece urgente, signore , es el Cuervo.
Como si la cama tuviera un resorte, Giorgio Gorgonzoni rodó por encima del colchón hasta quedarse de pie. El nombre parecía enfriar la habitación más que la brisa marina. El Cuervo nunca llamaba a menos que el «sacrificio» estuviera en marcha.
–¡Mi batín, estúpido! Tráeme el batín –dijo el hombre mientras sacudía en el aire sus manos con dedos gordos como morcillas.
Lorenzo dejó el farol encima de la cómoda y le ayudó a pasar los brazos por las mangas de seda pesada mientras el señor refunfuñaba algo sobre la incompetencia de los mensajeros nocturnos.
Salieron del dormitorio con prisa; los dos sabían que una llamada así no podía hacerse esperar.
Lorenzo iba delante con el farol en alto, marcando el camino, seguido por la mole de su señor, que avanzaba con andares torpes, con pies rechonchos y descalzos.
Entraron al despacho y el mayordomo encendió el candil del escritorio.
—Ese maldito pájaro nunca vuela si no hay carogna 3 cerca —masculló Giorgio mientras se ajustaba el cinturón del batín—. Lorenzo, sal. Y cierra la puerta.
Se acercó el auricular a la oreja y oyó el ruido de la línea abierta.
—Espero que tengas una buena razón para interrumpir mi descanso —dijo Giorgio recuperando una autoridad fría a pesar de las horas.
Al otro lado de la línea, la voz de Brandt sonó limpia, con algo de estática al ser una llamada de larga distancia.
—Voy a reunirme con León.
—¿En persona? Te hacía de camino.
—Una parada técnica en el Lago de Biscarrosse. Repostaje y aprovecharé para verle y contarle las novedades.
—¿Qué novedades? —dijo Giorgio intrigado.
—La Clavis desembarcará en el norte de España.
—Esp… ¿Cómo que España?
—El grupo zarpó desde Cardiff en un carguero llamado Centauro. Nos han informado que su destino es el mar Cantábrico —le explicó Brandt.
Gorgonzoni apretó el auricular con sus dedos gruesos. El sueño desapareció de golpe de sus ojos, reemplazado por un brillo de codicia.
—¿Cómo habéis dejado que eso ocurra? –una especie de ira contenida le hizo hablar entre dientes. —Si los portadores son capturados allí, Taurus les perderá el rastro.
Hubo un silencio al otro lado del aparato. Mientras tanto, el italiano jugueteaba y acariciaba la pequeña figura del escorpión que había en la escultura de Mitra sacrificando el toro que tenía encima del escritorio. Se sentó en la silla del despacho, haciendo crujir la madera.
—España es un cementerio, Cuervo. Si los hombres de Franco ponen sus manos en el plato de latón, no sabrán qué es, pero lo fundirán para hacer balas.
—Eso no pasará –Brandt habló por fin. –Hay custodes que los siguen de cerca. León irá detrás de ellos y le pediré que no intervenga a no ser que pongan en riesgo la empresa. Tú prepárate, la Isla Gallinara tiene que estar despejada de ojos curiosos. Traigo a la chica conmigo.
Giorgio guardó silencio un segundo, miró hacia el ventanal que daba al mar. Desde allí podía ver la costa de Albenga en oscuridad absoluta. La noche era clara y no había ni una nube en el cielo. Excepto una grande y negra que poco a poco fue tapando la luna.
—La chica de Cambridge. ¿Está lista?
—Lo estará cuando lleguemos y vea lo que conseguiremos con la ceremonia de Aión y el despertar del Fuego de Mitra.
—El tiempo apremia, Cuervo. Espero que tu presagio sobre ella sea cierto.
—Escorpión, ella es la que hará vibrar el metal y creará el fuego que no hicimos hace veintiséis años. Cada vez lo tengo más claro.
—Aún recuerdo lo que pasó en mil novecientos quince —dijo Giorgio, apretando el auricular contra su oreja—. Ese olor denso en la cámara y los gritos de aquel idiota mientras sus ojos se daban la vuelta. Perdimos una generación entera por esa Serpiente.
—Esta vez es distinto, Escorpión —respondió la voz de Brandt, gélida—. Ella tiene un don; no solo lee las runas, sino que es como si le hablaran. No habrá errores. La Clavis girará y la Estrella Blanca pondrá fin a este inminente apocalipsis.
Giorgio se levantó con esfuerzo de la silla y se acercó al aparato para finalizar la llamada.
—¿Cuándo llegaréis? —dijo más calmado.
—Mañana por la mañana estaremos allí —dijo Brandt.
Un clic seco dejó el aparato de Giorgio sin sonido, indicando que la conexión había finalizado.
Dejó el auricular lentamente en su lugar y acarició el rostro de Mitra en la pequeña escultura del escritorio.
Luego siguió con el dedo la silueta de la serpiente en el lomo del toro, suavemente, como si la acariciara.
—El Cuervo trae a la lectora, pero ¿sabrá ella aceptar el veneno? —preguntó Giorgio, mirando la pequeña figura de bronce.
La puerta se abrió ligeramente y Lorenzo se asomó para ver qué hacía su señor.
—¿Me necesita el signore ? —dijo con voz suave.
Giorgio no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en sus propias manos, abiertas sobre la mesa.
Un leve temblor las recorría; no el temblor del miedo, sino la agitación eléctrica de quien aguarda un nacimiento.
Eran manos que habían firmado sentencias y movido fortunas, pero en ese instante parecían extrañas incluso para él.
Levantó la mano y la agitó apenas, indicándole que se acercara.
—El prezzo siempre es la propia piel, Lorenzo —murmuró Giorgio, como si le hablara a la figura del escritorio—.
Todos los que se acercan a la fuente lo saben.
La Serpiente no se destruye; muda la humanidad que le queda para que nosotros heredemos la tierra nueva. Muere el molde, florece el nuevo ser.
Lorenzo permaneció en el límite de la penumbra, inclinado en un silencio cauteloso. Conocía los soliloquios de su señor lo suficiente como para no interrumpir cuando iniciaba uno de ellos.
Giorgio alzó despacio la cabeza, aunque sus ojos pasaron de largo sobre el mayordomo, buscando algo más lejano.
—¿Crees que un cirujano es un hombre malvagio por hundir el bisturí en la carne viva?
—Supongo que depende de si el paciente sobrevive, signore .
—No —dijo Giorgio, dejando escapar una exhalación que rozó la sonrisa—. Depende de que sepa usarlo como es debido. Europa está podrida, Lorenzo. Los nazis son la infección desatada y los ingleses... los ingleses son un trapo sucio con el que pretenden tapar el hedor.
Caminó hacia el ventanal y apoyó una mano en el cristal frío, contemplando la negrura del mar que se tragaba la costa.
—Nosotros seremos ese bisturí que abrirá el pecho del continente. Pero, hasta que llegue ese momento, que sufran un poco más. Que les lluevan bombas, que el mundo arda hasta los cimientos si hace falta. De las cenizas no quedará nada de su mentira... y el verdadero Sol volverá a salir.
Lorenzo observó a su señor y por unos instantes tuvo miedo. El Escorpión solía ser un ser vil y terrorífico, pero el brillo que tenían sus ojos en ese momento hizo temer lo peor al humilde mayordomo.
Todo parecía indicar que esos años de tranquilidad y calma en la isla habían llegado a su fin.