La estirpe de Mitra Capítulo 18
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Capítulo 18

Unas horas antes, Evelyn y sus dos captores, habían dejado atrás el hangar, recorriendo en el Bentley, de madrugada, carreteras secundarias hacia un pequeño pueblo costero al sur de Londres.

En el muelle, el rumor ahogado de una lancha motora los esperaba para internarse unos cientos de metros en la penumbra del agua.

La noche era tan oscura que ella solo adivinó la escalera del hidroavión cuando la proa de la barcaza casi rozaba su casco metálico.

Aguardaba mecido por el oleaje suave, como una gigantesca criatura adormecida en las aguas negras: era el avión personal de Bernhard Brandt.

—Cuando surca el cielo en noches como esta —le comentó Emmett a Evelyn (que no podía cerrar la boca por el asombro)—, es como un cuervo gigante entre las nubes.

Ahora, media hora después del despegue, el temblor de los cuatro motores no le resultaba del todo ajeno a Evelyn; le había devuelto un latido que creía olvidado.

Habían pasado casi diez años desde sus últimos vuelos, cuando estudiaba en Cambridge, y, durante unos segundos, su cuerpo reaccionó recordando antes que su mente.

Apenas había tenido tiempo de cerrar los ojos unos minutos.

Llevaba más de doce horas fuera de su apartamento, su refugio, y empezaba a estar realmente inquieta.

El hangar y el intento fallido de fuga la habían dejado descolocada.

Pero la traición de Henry y la historia de la orden de Taurus habían sido definitivamente demoledoras.

Cuando algo sacaba a Evelyn de sus rutinas y trastocaba sus cuadrículas, tarde o temprano necesitaba regresar a su guarida, a su zona de confort.

Pero aquel hidroavión volaba en esos momentos alejándose de ese lugar.

Encogida en la butaca, Evelyn miraba nerviosa su reflejo en la ventanilla, mientras se apretaba la boca con el puño.

Desde muy pequeña había evitado los espacios pequeños y le angustiaba la sensación de sentirse encerrada. En el hangar había sentido la necesidad de escapar. Pero el hidroavión no le permitía ese pensamiento, así que sus sentidos estaban chillando como una alarma.

El aire caliente le llegaba a Evelyn desde las rendijas cercanas como si viniera de una sala de calderas. Era tal la temperatura que le parecía oler el cuero caliente de los asientos, o quizá era el aceite denso de los motores o la humedad filtrándose por las molduras de madera.

Todo ese cóctel de olores se la llevó a kilómetros de allí. Empezaron a mezclarse recuerdos recientes con momentos pasados hasta que una turbulencia la devolvió a esa jaula de madera y oro. Miró las nubes grises y esponjosas afuera y le pareció estar en un sueño.

Pero nada en este viaje lo era.

Como si fuera un resorte, empezó a mover la pierna derecha bajo el asiento.

Luego la otra. El arnés del cinturón de seguridad la sujetaba con firmeza.

Sentía una urgencia casi compulsiva de ponerse en pie, de recorrer el pasillo de lado a lado.

Siempre había necesitado caminar para ordenar los pensamientos.

Dar vueltas por el despacho, recorrer una galería vacía o perderse por la calle hasta que los fragmentos de un problema terminaban por encajar.

Allí arriba, confinada en una caja de madera a más de seis mil pies sobre el mar, no había ningún sitio al que ir.

Sin la opción de moverse, su mente regresaba en bucle a Henry.

Reconstruía cada conversación reciente, cada pausa, cada mirada. ¿Qué parte de lo que le había contado era real? ¿Desde cuándo colaboraba con ellos? ¿Por qué necesitaban la combinación y qué relación exacta guardaba todo aquello con Taurus?

Procuraba encajar las piezas, pero cualquier intento de sacar conclusiones era inútil.

Chocaba con un muro. Las premisas estaban contaminadas, llenas de datos falsos en la ecuación, y cualquier deducción lógica que intentara trazar terminaba descarrilando.

La impotencia intelectual empezaba a traducirse en una respiración agitada.

Brandt, sentado frente a ella, leía con calma unos documentos. Estaba acostumbrado a los viajes largos. El señor Emmett se acercó desde la pequeña cocina con dos vasos de cristal en los que oscilaba un licor denso.

—¿No quiere nada, señorita Carter? —preguntó Emmett con una cortesía serena mientras tomaba asiento al lado de Brandt.

Evelyn negó en silencio, manteniendo la vista fija en la ventanilla.

Emmett percibió la tirantez de sus hombros y la respiración como la de un pez fuera del agua.

Alargó la mano hacia el asiento contiguo y tomó un volumen de tapas duras con el lomo en tela.

Durante un segundo los dos hermanos de orden cruzaron una leve mirada.

Lo que Emmett acababa de coger no era cualquier libro.

Bernhard entendió la intención de su compañero y lo aprobó con un leve golpe de cabeza que pasó inadvertido por Evelyn, que seguía mirando por la ventana.

—Pruebe con esto. Le distraerá durante el viaje —dijo, ofreciéndole el tomo—. Hay capítulos, como el cuarto, que pueden ser realmente interesantes.

Evelyn dudó antes de extender la mano. El título dorado en la cubierta decía: Mitología arcaica indoeuropea . Pasó el dedo sobre la rugosidad de la encuadernación y abrió el tomo buscando el índice.

—¿Mitra? —murmuró, leyendo el encabezado.

—¿Lo conoce? —inquirió Brandt sin levantar del todo la vista de sus propios papeles.

—Por encima. No es mi área principal, pero algo recuerdo de Cambridge.

—Pues lea todo lo que quiera —apuntó Emmett con un gesto afable de la mano—. Aún faltan unas horas para que lleguemos.

Evelyn no respondió y volvió la cara hacia la ventana.

Las nubes grises no frenaban el ruido sordo en su cabeza.

La arqueología siempre había sido su refugio contra el caos externo, el único territorio donde el orden y la lógica terminaban por imponerse.

Si no podía tener su apartamento para refugiarse, quizá la lectura le daría algo de silencio.

Apoyó el libro sobre las rodillas. Al principio, las palabras pasaron ante sus ojos como meros trazos de tinta: inscripciones litúrgicas, relieves en cuevas, contratos solemnes.

Obligó a su atención a detenerse en un párrafo sobre el culto en los espacios subterráneos.

Una palabra captó su atención; luego, una cita en latín; luego, la descripción de las pruebas de iniciación y la simulación de la muerte.

Poco a poco, el ritmo de su respiración comenzó a cambiar.

La tensión en los hombros cedió levemente a medida que la curiosidad intelectual tomaba el control.

La maraña de dudas sobre la traición de Henry no desapareció, pero quedó relegada a un segundo plano, sustituida por el impulso analítico de comprender el misterio que tenía entre las manos.

El tiempo perdió la nitidez de los minutos y, poco a poco, Evelyn fue sumergiéndose en la mitología arcaica indoeuropea.

Pasaron dos horas sin que Evelyn levantara la cabeza de las páginas, completamente absorta en los diagramas de la iconografía del dios y las interpretaciones de la luz primordial.

El mundo exterior —el ronroneo de los motores, la luz rosada del amanecer filtrándose por el interior de la madera pulida— había vuelto a diluirse.

Un asistente de vuelo se aproximó con sigilo. Evelyn apenas notó su presencia; solo percibió, por el rabillo del ojo, cómo depositaba una nota doblada sobre la mesa de Brandt.

Brandt la desplegó sin prisa. La nota contenía una única línea: «La Clavis Astralis ha salido de Cardiff» .

Los ojos de Brandt recorrieron el mensaje. Una sonrisa mínima, casi imperceptible, dibujó la comisura de sus labios. Dobló de nuevo el papel con deliberada lentitud y se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, sin cruzar una sola palabra con Emmett ni interrumpir la lectura de Evelyn.

El hidroavión inició un suave descenso entre los jirones de nubes. A lo lejos, el piloto divisó los contornos azulados y recortados de la costa francesa. En breves minutos harían la primera parada a mitad de camino. Bernhard tenía asuntos que atender en el lago de Biscarrosse.

Evelyn pasó de página, ajena al horizonte que se abría al otro lado del cristal.

Muy por debajo de ellos, sobre la negrura del mar, un carguero cortaba la marea para tomar la corriente que lo llevaría, en pocas horas, hacia las costas españolas