La estirpe de Mitra Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Henry no tenía fuerzas para encajar un golpe, así que jugó a la desesperada.

Se dejó caer de lado contra un montículo de cabos de amarre, sintiendo cómo el metal del machete le silbaba a milímetros de la oreja y cortaba el aire con un chasquido seco.

El esfuerzo le sacó un latigazo de dolor en el pecho que le dejó la boca abierta sin poder soltar el aire.

Lorenzo recuperó el equilibrio y con un gesto rápido lanzó una patada frontal.

Henry apenas pudo rodar por el suelo de madera; la bota del maltés reventó la caja de arenques donde, hacía un segundo, estaba su cabeza.

Desesperado, Henry agarró una barra de hierro que tenía cerca, en el suelo. Se incorporó apoyando una rodilla y, con el último aliento que le quedaba, la descargó con todas sus fuerzas contra el abdomen del Carnicero.

El impacto sonó a metal contra cuero duro. Lorenzo ni se inmutó; apenas parpadeó, miró la barra en su estómago, miró a Henry y soltó una carcajada sorda. Era como intentar derribar un muro de ladrillos con una escoba.

Cerca de la proa del carguero, los otros tres ya estaban llegando a la pasarela de madera.

Sarah se detuvo un instante y se giró para comprobar la retaguardia.

Entre el bullicio de los estibadores y la bruma del puerto, descubrió a Henry.

Estaba acorralado contra los soportes de una grúa, esquivando a la desesperada al gigante maltés de dos metros que intentaba trocearlo.

—¡Seguid vosotros! ¡Solo son unos metros más! —les gritó Sarah mientras soltaba a Greta—. ¡Corred hacia la pasarela! Luego iré yo.

Samuel afirmó con la cabeza mientras ayudaba a Greta a seguir avanzando hacia el carguero.

Mientras tanto, la pelea en el muelle se volvía cada vez más caótica.

Lorenzo alzó de nuevo el machete para un golpe vertical definitivo.

Henry, sabiendo que no resistiría otro ataque, apuró al límite.

Justo cuando la hoja descendía, metió los dos brazos hacia arriba en un gesto rápido, atrapando la muñeca del maltés y desviando el filo contra el marco de hierro de la grúa.

El choque de metales hizo saltar chispas y el machete salió despedido y cayó al agua.

Sin arma, pero con el doble de rabia, Lorenzo agarró a Henry por las solapas de la chaqueta y lo estampó contra el pilar de hierro.

—Esto por dispararle a mi hermano —dijo entre dientes.

El impacto le sacó todo el aire y lo dejó ahogado por un segundo. El gigante alzó el puño dispuesto a partirle la cara, pero Henry, por puro instinto de supervivencia, le encajó un cabezazo seco en la nariz.

Lorenzo dio dos pasos atrás, sorprendido por el dolor, y se llevó la mano a la cara ensangrentada.

Henry cayó de culo al ser liberado por el gigante, tiritando por el esfuerzo, viendo cómo el coloso daba manotazos al aire con la mano que le quedaba libre.

El golpe en el tabique lo había cegado por momentos.

Tirado en el suelo de madera y sin fuerzas ni para levantarse, retrocedió arrastrándose con los codos mientras intentaba no ahogarse con su propio cansancio.

Al levantar la vista hacia la estructura metálica descubrió la grúa, y el brazo que utilizaban para mover las pesadas cargas de los botes.

Sin pensárselo dos veces, lanzó contra el mecanismo de freno la barra de hierro con la que había golpeado al maltés.

Justo en ese momento, Lorenzo, con un solo ojo abierto, agarró a Henry de un tobillo para arrastrarlo, pero un ruido encima de él lo distrajo un segundo.

El tope de hierro que frenaba la rueda de la grúa se había desenganchado y el brazo gigante de madera reaccionó al instante: giró fuera de control dando y dio un barrido salvaje a un metro por encima del muelle.

En su camino encontró al maltés, que no pudo hacer otra cosa que agarrarse a él, soltando el tobillo de Henry, quien vio cómo el mástil pasaba por encima de él.

El brazo, junto con Lorenzo, acabó por estrellarse de lleno contra una enorme montaña de sacos de grano apilados al borde del agua.

La pila entera cedió como una avalancha, lanzando un alud de sacos de tela y cereal sobre el Carnicero. El gigante ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de quedar sepultado por completo bajo cientos de kilos de trigo.

Sarah llegó del final de la dársena: atravesó la nube de polvo y saltó por encima de la montaña de sacos. Se acercó a Henry le tendió la mano con una sonrisa de oreja a oreja.

—No vuelvas a hacer una de estas sin mí, jefe —bromeó mientras lo ayudaba a ponerse en pie.

—He hecho... lo que he podido —consiguió articular Henry, mientras tropezaba con sus propios pies y se apretaba el costado.

Ninguno de los dos llegó a ver cómo el soldado Miller, vestido de civil, descendía de la grúa. Y Henry siempre creería que la barra que había lanzado era la causante de todo ese desastre.

Pero no tuvieron ni un segundo para celebrar.

A la entrada de la dársena, el motor de la camioneta de Bishop rugió al llegar a toda velocidad.

Los matones que iban en la parte trasera no esperaron a bajarse; abrieron fuego y una lluvia de balas empezó a granizar sobre el muelle, astillando los barriles y reventando las cajas de madera a su paso.

—¡A correr! —gritó Sarah, pasándole el brazo sano a Henry por la cintura para arrastrarlo hacia la pasarela del Centauro.

En unos segundos estalló el caos en el muelle de Bute.

Los dos corrían torpemente mientras aguantaban el dolor, con la cabeza agachada, por el último tramo de la dársena.

Les salvó que, de ese lado, las cajas y botas de madera quedaban entre ellos y sus tiradores a modo de cobertura.

Al fin llegaron a la pasarela del barco y empezaron a subirla con prisa mientras se tambaleaba de lado a lado.

Arriba estaba Manuel, esperándolos en la proa del barco.

—¡Manuel, hay que irse! —gritó Henry dando zancadas.

La tripulación del Centauro ya había desatado los amarres, y aunque lentamente, el carguero había iniciado su marcha. De un salto, Sarah llegó al final de la pasarela y corrió hasta que llegó a la cubierta superior. Allí la recibió un hombre mayor con gorra de capitán y un cigarro liado en la boca.

—Bienvenida a bordo —le dijo Manuel.

Sarah tenía la respiración entrecortada por la carrera que acababa de hacer. Se giró hacia el muelle y vio la camioneta de Bishop, que frenó de golpe al llegar al borde de la dársena.

—¡Que os den! —gritó Sarah mientras les levantaba el índice y el corazón de una mano.

Pero alguien más entre el gentío del muelle también vio al grupo subir al Centauro.

Phillips y sus dos soldados no tardaron en alejarse del lugar y meterse en el Ford aparcado en la calle Bute. Una vez en el coche, cogió un radiotransmisor y buscó la frecuencia acordada.

—Phillips a Cueva. Repito; Phillips a Cueva, cambio –decía mientras pulsaba el botón del comunicador.

—Aquí Cueva, transmita mensaje; cambio —una voz lejana habló a través del ruido estático del altavoz.

—El grupo ha salido de Cardiff. Repito. El objeto ha salido de Inglaterra. Cambio.

—Recibido. Cambio y corto.

El carguero, poco a poco, se fue alejando de Cardiff y empezó a abrirse paso hacia el nuevo horizonte del océano Atlántico. El grupo estaba junto y de camino a España.